Carretera y saco sábana en Benín

Es martes por la tarde, sobre las 18h, y estamos atascados en Liberation Road, la principal avenida de Acra. Vamos hacia el aeropuerto. Jota inaugura el vuelo de Iberia que conecta Madrid con la capital de Ghana en apenas seis horas. Es el último visitante y con él nos iremos de luna de miel.

Si hace años alguien me hubiera dicho que iba a pasar mi luna de miel con un señor de Guadalajara, con barba, entrado en los 40 -aunque en forma- y de pitillo sempiterno pegado a los labios, me hubiera partido de risa.

Sin embargo, así ha sido y estamos felices de haber compartido esta experiencia con tan buen compañero de viaje.

Además, se maneja perfectamente en francés y sus conocimientos han sido de una utilidad tremenda.

Jota llega justo a tiempo, cuando más necesitamos un poco de carretera, salir de la rutina y que África vuelva a conquistarnos. Estamos apurando nuestra estancia aquí y queremos despedirnos con el mejor sabor de boca posible.

Tranquilidad tensa en Lomé

Entrar en Togo por carretera me gusta. Es la tercera vez que lo hacemos. Pasamos la frontera de Aflao sin problemas y sin que nos pidan regalos ni unos ni otros agentes de aduanas. Es un triunfo y creo ver un atisbo de esperanza. Así da gusto.

Justo después de la barrera nos encontramos con un músico del sur de Burkina Faso, un muchacho al que conocimos en un lodge de Keta, apenas a una hora de aquí en el lado de Ghana. Hace música tradicional, alejado del highlife, e intenta que la cultura que sus padres le transmitieron no se pierda. Hoy no ha traído los instrumentos para hacer Fra Fra pero nos dice que pronto volverá a actuar en Acra. Viene a Lomé de fiesta y es que esta es una ciudad alegre, con mucha vida cultural.

La Embajada española desaconseja la visita a Lomé en estas fechas. Ha habido disturbios recientemente, motivados por la represión policial de unas manifestaciones, y se esperan más problemas para los próximos fines de semana. Parece que ha prendido la llama de la indignación y la ciudadanía ha dicho basta a 50 años de simulacro de democracia, en un lugar donde la misma familia lleva gobernando prácticamente desde los años de la independencia. Primero, el padre; luego el hijo. Así es difícil avanzar. Ya saben lo que ocurre en cualquier lugar del mundo cuando el mismo  gobierno permanece tantos años en el poder.

A pesar de esas informaciones, en Lomé parece que está todo tranquilo. En fin, todo lo tranquila que puede estar esta ciudad. Me refiero a que se respira el caos habitual. Miles de motos que no respetan las normas de circulación, decenas de camiones que cruzan por el Bulevar de la Marina en un trasiego constante de Lagos a Abiyán, cientos de tro-tros y taxis cargando y descargando viajeros y fardos de equipaje y alimentos, y muchas, muchas personas paseando, comprando, buscándose la vida. Son apenas las 12 de la mañana y Lomé hierve de actividad. Los policías y los militares, por fortuna, pierden el tiempo en sus comisarías y cuarteles.

Pasamos un día agradable y callejero. Nos damos un capricho de queso y vino tras encontrar estos productos en oferta en un supermercado libanés. De vuelta a nuestro hotel fetiche, Le Galion, buscamos pan salado para acompañar estos manjares. Topamos con una niña que dice saber dónde se consigue. Vamos detrás de ella, en procesión, por las calles oscuras que hay detrás del Gran Mercado. Nos lleva a un puticlub que regenta un europeo de película, con greñas plateadas, rostro curtido en mil noches sin dormir y pocas ganas de conversar con tres personas tan despistadas como nosotros. Una vez deshecho el entuerto nos despedimos de nuestra guía y decidimos buscar pan por nuestros propios medios. Un abuelo nos ofrece bollos de azúcar en una esquina y los damos por buenos. Con su venta, el anciano concluye una jornada que comenzó al amanecer. Regresa a su chamizo apoyándose en un pequeño bastón.

Las montañas de Togo

Madrugamos para desplazarnos a Kpalimè, un curioso enclave en las montañas del noroeste de Togo, a la altura de la capital de la Región del Volta de Ghana, Ho. Tardamos más de dos horas en llegar. Es un paisaje lindo, selvático por la frondosa vegetación, con chorros de agua que la población llama cataratas y que en esta época del año -estación de lluvias- lucen en todo su esplendor, cafetales que nos permitirán escapar del café soluble por unos días y un entorno natural alejado del caos de las grandes ciudades africanas y de las carreteras atestadas que llevamos días transitando.

En un restaurante local, mientras le hincamos el diente a una gallina de Guinea, se presenta Guillaume; un veinteañero de conversación fácil que ofrece sus servicios de Lazarillo y que resultará una compañía imprescindible para recorrer los pueblos que nos rodean. Acordamos ascender al monte Klotou -casi 900 metros de altitud- con él y visitar las comunidades locales que viven en el entorno. Él pertenece a una de ellas y nos franqueará el acceso.

La mañana siguiente amanezco entumecido. Apenas he podido dormir y empiezo a acusar un resfriado que me ha cogido por sorpresa. A lo largo de este año, no hemos tenido gripe, dada la ausencia de invierno, pero el cambio de temperatura al subir hacia el norte ha vapuleado mis defensas.

Andamos durante seis horas por un paisaje bucólico, la campiña togolesa, pero sufro una pájara. Estoy muy cansado. Elena y Jota se hacen cargo de la situación y me animan a continuar hasta la cima.

Estoy deseando regresar a Kpalimè, ya que hemos decidido regalarnos un homenaje tras cumplir con éxito nuestra misión. Es increíble lo bien que se come en Togo. Apenas nos separan unos kilómetros de Ghana, pero la variedad culinaria y el arte que se aprecia en los fogones son inmensos. Además, como recuerdo de la colonización francesa se puede conseguir, fácilmente y sin pagar un precio excesivo, vino de calidad en cualquier tienda. Brindamos con un Burdeos y comemos carne de antílope antes de meternos al sobre.

Al día siguiente nos saluda una fina lluvia mañanera. Bajamos hacia Lomé siete personas en un viejo Peugeot que funciona como taxi clandestino. Guillaume nos lo consigue. Pretendemos alcanzar Cotonou ese mismo día. Apenas deberían ser más de dos horas de trayecto desde Lomé, según las guías de turismo que llevamos, pero un trámite administrativo con el visado de Benín nos retiene 24h más en Togo.

Después de ese tiempo y de tener los papeles en regla, iniciamos el asalto a la nueva frontera. Son las 17h. No me gusta viajar de noche por África Occidental, pero aquí, a menudo, no se pueden elegir los horarios. Logramos plaza en un taxi compartido tras discutir con varios conductores de furgonetas que operan como autobuses. Jota viaja en el asiento del copiloto. Lo comparte con una joven beninesa entrada en carnes. Elena y yo nos acoplamos detrás, con una madre togolesa que va a Cotonou con su bebé recién nacido. Tampoco hay mucho espacio, pero más del que disfruta el alcarreño. A pesar de la incomodidad, Jota se duerme las cuatro horas largas que dura el trayecto, en un equilibrio que debería haberle tronchado la espalda. El olor a gasolina que inunda el vehículo, el tráfico intenso que nos acompaña y la contaminación a raudales convierten el aire en irrespirable. Además, mi resfriado ha ido en aumento, Elena también se encuentra tocada y Jota no para de toser. Nuestros microbios bailan un vals con la polución. El ambiente dentro del taxi es denso. ¿Se imaginan viajar de Salamanca a Oporto en un coche con tres africanos enfermos? Aquí nadie se queja. Nadie protesta.

Oscuridad en Cotonou

Llegamos a Cotonou tarde, demasiado porque hay una hora de diferencia con Togo y no lo hemos tenido en cuenta.

Lo primero que me sorprende es un detalle sin importancia: un cartel de cerveza Mahou anunciando un sabor de cinco estrellas, en francés, en mitad de la calle donde pretendemos encontrar alojamiento. Es un buen augurio, creo. Pero en seguida compruebo que no. En el lugar donde planeábamos dormir, una especie de albergue cristiano, no nos admiten por llegar demasiado tarde. Peregrinamos hasta encontrar otro establecimiento, también cristiano, Codiam, donde sí nos acogen.

Esta calle está repleta de oficinas de ONG. Será una constante en el país. De hecho, ocurrirá lo mismo con los vehículos que nos crucemos. Casi todos pertenecen a agencias humanitarias y así lo corroboran las matrículas verdes que portan. Es una forma de identificar los coches y evitar los controles  policiales -he contado siete desde Lomé a Cotonou, cada uno con su correspondiente extorsión de 1.000 CFA , menos de dos euros, que apoquina el conductor-, así como de pagar menos impuestos.

Me gusta estar en Benín. Mis amigos Cotolo, Laura, Jorge y David vinieron hace cinco años y desde entonces algunos de los lugares que ahora visitaremos llevaban tiempo siendo tema recurrente en nuestras conversaciones.

Cotonou es una ciudad grande, con más de un millón de habitantes, podría ser la capital del país y de hecho funciona en muchos aspectos como tal. Aquí está el palacio presidencial, el aeropuerto internacional y el mayor conglomerado de población e instituciones financieras. Me sorprende una vez más la omnipresencia de la religión. En comparación con el sur de Ghana, se percibe una mayor influencia del Islam. Son numerosas y muy bellas las mezquitas en prácticamente todos los barrios de la ciudad. Y también se dejan ver los lugares de culto católico, incluida una catedral. El Papa Benedicto XVI visitó Benín hace unos meses y todavía quedan vestigios de ese viaje. Se aprecian carteles de bienvenida en muchas de las avenidas principales de la ciudad.

Vagabundeamos por el gran mercado Dantokpa por la mañana. Es un enjambre de vida, de movimiento y de actividad cotidiana. En el medio de extensas calles y estrechos callejones con cientos de puestos ambulantes se concentran miles de personas todos los días para vender y comprar prácticamente de todo. Este mercado es especialmente interesante porque tiene una partefetish. Es impresionante ver de cerca los cráneos de monos, las serpientes disecadas -y pitones vivas-, los líquidos extraídos de raíces silvestres y los diferentes artilugios que se utilizan en las ceremonias religiosas tradicionales. En este año hemos asistido a varias de ellas y es curioso ver el lugar donde se adquieren muchos de los productos que luego forman parte de sus rituales. En una de las tiendas nos dejan curiosear y nos explican algunas de las cosas que tienen a la venta.

En Cotonou coincidimos con Katrine, una de esas periodistas que uno admira. Desafiando la lógica del mercado, con treinta y pocos años, se estableció hace tres entre Lagos y Cotonou para cubrir lo que ocurre en África Occidental para varios medios alemanes. Consigue ir tirando con dignidad -lo que significa mucho teniendo en cuenta cómo está la profesión periodística, al menos en España– y desprende alegría y confianza en sí misma. Cenando comentamos la reciente muerte de Atta Mills, el presidente de Ghana. Maldigo mi suerte. Me hubiera gustado poder contarlo para los medios españoles, pero he estado ilocalizable viajando y mi teléfono ghanés no funciona en Benín, a pesar de tener activada la cobertura internacional. Para una vez que Ghana es noticia en España

Los caminos perdidos de la Atacora

Al día siguiente pasamos 10 horas de viaje en una nevera -maldito aire acondicionado- llamada autobús de línea. Nos conduce desde Cotonou hasta Natitingou, ciudad importante del noroeste de Benín, con casi cien mil habitantes, al pie de las montañas de la Atacora y puerta de entrada al país Tata Somba, desde donde se divisan las fronteras de Togo y Burkina Faso. Otra vez, los límites inventados que dividen pueblos y grupos étnicos con las mismas costumbres, la misma lengua y la misma identidad comunitaria.

En Natitingou nos espera Telma, trabajadora boliviana de una ONG belga. Hace de anfitriona y nos acerca a un grupo de monjas liderado por sor Rosario, que fueron las personas que acogieron hace cinco años a nuestros amigos. Es un placer compartir su experiencia de vida y trabajo en África.

Además de visitarlas, venimos a descubrir esta zona de Benín y nos adentraremos durante cinco jornadas en los caminos perdidos de las montañas de la Atacora.

De la mano de Jules, otro veinteañero simpático y preparado que trabaja para la organización Eco-Benin, nos dejamos conducir por estos caminos tan poco transitados.

Irrumpimos en los dominios de los Taneka, uno de esos pueblos olvidados en los que el tiempo se detuvo hace siglos. Conocemos su estilo de vida, sus tradiciones y cómo sobreviven en un mundo que avanza demasiado deprisa. Allí no hay ningún síntoma de modernidad. Ni agua potable ni luz eléctrica ni nada que no se obtenga de la madre naturaleza.

El entorno es espectacular. Las montañas no tienen más de 1.000 metros de altitud pero la cadena se extiende a lo ancho más allá de donde alcanza la vista. Para nosotros, que hemos pasado un año al nivel del mar, es un descanso para los sentidos.

En pocas horas entramos en terreno Otammari para conocer el país Tata Somba, “los que saben construir las casas”. Sus moradas son legendarias. En la planta baja, se muele el grano, se hace fuego, se cocinan los alimentos y se agrupa el ganado. En la terraza, están los dormitorios: padre, madre e hijos, así como el granero y otro fuego para cocinar durante la estación seca. Son construcciones de adobe que todavía se utilizan por miles de personas para vivir, al margen, también, de las comodidades que disfrutamos en Europa. Pasaremos un par de jornadas en estos hogares, durmiendo tres noches en uno de ellos reformado, en el pueblo de Koussoukoingou,desplegando nuestro saco sábana para cubrirnos durante las noches frías. Los atardeceres desde allí, en un paisaje rodeado de baobabs, son maravillosos.

Nos despedimos con fascinación del mundo Otammari para sumergirnos en el parque natural Pendjari, un entorno que comparten Benín y Burkina Faso. Tenemos suerte a pesar de venir en el peor momento del año. Vemos una manada de elefantes, otro despistado que quería cruzar la frontera campo traviesa y una leona con tres de sus cachorros que nos mira desafiante desde la carretera, además de antílopes varios, monos babuinos y una naturaleza exuberante. El calor que soportamos en el techo del vehículo nos deja cerca de la deshidratación. Nos batimos en retirada.

Esa noche dormimos en una casa local de Tanoungou, una pintoresca aldea donde se ubican unas preciosas cataratas. Es lindo compartir la cena con la familia local. Nos miran extrañados por nuestros atuendos y costumbres tan diferentes, pero destilan humanidad y amabilidad.

Disfrutamos y apuramos una botella de vino que veníamos cargando desde hace un par de jornadas, cuando aparecimos en el pueblo de Boukumbé, tras más de ocho horas de caminata, en una de las excursiones más completas que recuerdo.

Vuelta a casa

Nos esperan largas jornadas de viaje. Debemos apurar los días para llegar a Ghana con tiempo de disfrutar del festival Asofotu 2012 que se celebra en Ada. Los ecos del funeral por la muerte del presidente tienen paralizado el país. Decidimos hacer una noche en Natitingou para despedirnos de Telma y de las monjas; y otra en Cotonou, donde volvemos a saludar a Katrine.

Después, enfilaremos por carretera el camino de regreso a Ghana, incluida una parada para ver Ouidah, uno de los lugares emblemáticos de Benín; el puerto donde más personas reducidas a esclavas embarcaron hacia América; y la cuna del vudú, una sorprendente religión cuyo rastro puede seguirse hoy en Haití, la santería de Cuba o las misas de candomblé de Salvador de Bahía, Brasil.

Impresiona recorrer a pie los tres kilómetros largos de la ruta de los esclavos, desde la plaza Cha cha -mucho más que visitar el templo de las pitones donde un guardia pasado de alcohol muestra orgulloso las serpientes que custodian la ciudad-. Ocurrió cuando estuvimos en Cape Coast o Elmina, enclaves similares en Ghana para el tráfico cruel y masivo de personas. Visitar estas ciudades donde se cometió una de las mayores afrentas de la humanidad es terrible. Millones de personas, hombres, menores y mujeres, tratadas peor que animales, vejadas, humilladas, encadenadas, violadas y privadas de cualquier atisbo de identidad fueron capturadas por otras personas como ellos, alentadas por árabes y europeos, en cuya codicia no cabía el respeto por otros seres humanos. Así se construyó nuestra llamada civilización. No es posible ser indiferente a tanto sufrimiento ni a sus consecuencias, a pesar del paso de los años. Hoy, ciudades como esta, son un punto de encuentro para la diáspora africana y numerosos monumentos y cementerios honran la memoria de quienes tanto padecieron.

El runrún de la carretera acompaña nuestros pensamientos. Los tres vamos en silencio, cada uno asimilando lo que hemos visto y lo que nos ha contado Olivier, nuestro guía.

Tenemos varias horas desde Ouidah hasta casa, quizás siete, cruzando dos puestos fronterizos en los que tampoco encontramos dificultades.

Estoy exhausto cuando, tras el enésimo control en Ghana, llegamos finalmente a Ada Kasseh.Hemos tenido que pagar billete hasta Acra y hemos hecho el viaje con el corazón en un puño. Como es nuestra costumbre, traemos las mochilas repletas de provisiones de Togo. El color de nuestra piel nos exime, en esta ocasión, de abrir los paquetes y de rendir cuentas ante los agentes policiales. En cualquier caso, no creo que se nos pueda acusar de contrabando, pero experiencias y relatos de otros viajeros nos hacen desconfiar. Blancos transportando alimentos y vino de un lugar a otro de la frontera es sinónimo de problemas. Por suerte, pasadas las ocho de la noche alcanzamos Mizpah. Estamos a salvo. Un nuevo corte de luz y una ausencia de agua en los grifos nos dan la bienvenida. Sí, estamos en casa.


En ruta por el Far West

Estábamos en el paraíso de ninguna parte, en los confines occidentales de Ghana, en el pueblito flotante de Nzulezo. Un lugar que nos dejó un sabor agridulce. Es un asentamiento humilde donde apenas viven 500 personas, dedicadas en su mayoría a la pesca en el lago que lo rodea. La tilapia es el pez estrella, como en casi todo el país.

Para visitar Nzulezo hay que sacar un ticket oficial en una oficina gubernamental. Te cobran también por la cámara. Hasta ahí, todo bien, siempre y cuando el dinero se emplee para beneficio de la gente local.

Mr Mohíno

Apareció Mr Mohíno, nuestro guía, y resultó que, como era época seca, el lago se encontraba a 45 minutos a pie de donde suele estar cuando las lluvias llegan. En marcha. Mr Mohíno ni siquiera nos dijo su nombre y tenía la fea costumbre de andar varios metros por delante. Por suerte, era sábado por la mañana y Beyin estaba desierto. Podíamos seguirle con facilidad. Ya saben, la gente local seguía celebrando la Semana Santa en sus iglesias. Atravesamos un vertedero y avanzamos por el no lago hasta que, en un momento dado, llegamos al agua. No cubría más allá de la rodilla y estaba estancada: imagen la cantidad de bichos y bacterias que acumulaba.

Nuestro guía nos dijo entonces que no había barcas suficientes y que teníamos que esperar a un grupo más grande. ¿Cómo? Elena reaccionó: “o manejas la barca, o la manejo yo, pero no me vengas con monsergas” El colega comprendió. Se dio media vuelta y acercó una canoa. De repente sí había. Debía de estar cansado porque salimos los primeros y a mitad de recorrido nos adelantaron cuatro chalupas. El ambiente en el bote era extraño. Llegamos a Nzulezo y, siento decirlo, no hemos encontrado gente menos amable en Ghana.

Habíamos pagado por la cámara, pero una vez allí no se podía fotografiar nada sin apoquinar otra vez. Nos negamos. Después, nos enseñaron una escuelita comunitaria. Nos sentaron en unas sillas y nos contaron una retahíla sobre la educación precaria y las necesidades que tenían que cubrir. No dudo que fuera todo verdad, pero cuando quise pegar la hebra y contar que estamos trabajando en un proyecto parecido, que nosotros apoyamos una escuelita comunitaria en Ada, que cómo consiguen los libros y el material escolar, si el gobierno apoya o cubre los salarios de los profesores, si hay alguna organización detrás para obtener fondos, cuánto tiempo lleva funcionando y cuál es la actitud de los padres… me di cuenta de que no les interesaba nada de lo que dijera y que no tenían ninguna respuesta, que sólo estaban ahí para sacar unos cedis y punto. Fue desagradable. Y nos largamos con viento fresco.

Sin embargo, el destino nos tenía reservado una compensación. Costó llegar, como viene siendo habitual, y más si a uno le da por emprender la marcha en domingo de resurrección. Las calles y carreteras estaban vacías. Desolado paisaje. Los pueblos que cruzamos esa mañana parecían abandonados, auténtico Far West de las películas. Encontrar transporte era difícil, aunque no imposible. Era cuestión de cuántos cedis se podían poner encima de la mano oportuna.

Refugiados marfileños

Nuestra condición de voluntarios reduce mucho el presupuesto y en vez en de en cedis, pagamos en horas de espera. No había más de 30 kilómetros -de Madrid a Alcalá de Henares- hasta nuestro nuevo destino, pero tardamos tres horas en recorrerlo.

Esperamos el primer transporte tostándonos como lagartos. Primero avanzamos en dirección opuesta a nuestro destino, buscando una carretera principal. Lo logramos, sorteando al menos dos campamentos de refugiados, de los cinco que mantiene ACNUR en Ghana. Estábamos próximos a Elubo la ciudad fronteriza con Costa de Marfil y punto de encuentro y acogida de refugiados. 

En estos campamentos viven desde hace un año entre 16.000 y 18.000 personas. Huyeron a Ghana desde Costa de Marfil, después del conflicto interno de 2011, desatado tras las Elecciones Generales que perdió el ex presidente Laurent Gbagbo -es el primer exjefe de Estado enjuiciado en el Tribunal Penal Internacional por crímenes contra la humanidad-.

No pudimos entrar en los campamentos, pero sí nos hablaron de ellos y muchos refugiados paseaban por los pueblos vecinos con normalidad. Los campamentos son asentamientos a las afueras de otros pueblos. Las personas que allí viven tienen las necesidades básicas cubiertas -alimentación, alojamiento, sanidad básica, agua potable- y poco más. También tienen muchas ganas de buscarse la vida y muchas dificultades lingüísticas para conseguirlo. Costa de Marfil es un país francófono y Ghana anglófono. ACNUR proporciona educación primaria en francés para los menores -después, toca integrarse en un sistema inglés-, pero los adultos no lo tienen fácil. Las etnias, a pesar de la proximidad, en este caso no comparten lenguaje local aunque sí costumbres y clima. La falta de oportunidades es el problema.

Muchas de las personas refugiadas: hombres, mujeres, niños y ancianos temen regresar. En Costa de Marfil se desató una guerra civil y esto siempre provoca divisiones entre familias, comunidades, tensiones y miedo, mucho miedo a volver. Algunos incluso son excombatientes. Cuando uno se marcha, lo abandona todo y entonces… ¿para qué dar marcha atrás? Y encima hacerlo con las manos vacías, ¿qué pueden encontrar allí? ¿Paz? ¿Algún familiar? ¿Rechazo? ¿Represalias?

New and old Akwidaa

Le íbamos dando vueltas a este tema cuando el tro-tro llegó a un lugar donde no podía avanzar más en lo alto de una cuesta. Habíamos viajado por caminos de cabras traqueteando. Paró, desembarcamos y ahí nos quedamos. Estábamos en NewAkwidaa y teníamos que ir a Old Akwidaa. Algo así como Patones de Abajo y Patones de Arriba en Madrid pero al revés. Un chico muy amable nos invitó a seguirle entre ambos pueblos.

Se trataba de una aldea de pescadores, uno de esos lugares en Ghana donde las casas se construyen con bambú y techo de paja, a veces uralita, y puede que algo de adobe o cemento, depende del poder adquisitivo, a menudo muy escaso, de quienes las habiten. Sin calles trazadas, donde las lluvias pueden hacer estragos, con los niños compartiendo hábitat con animales, aguas estancadas, sin saneamiento ni servicios básicos. Un sitio humilde donde la gente hace acopio de dignidad para sobrevivir.

Cruzamos entre las casas y al llegar a la playa nuestro nuevo amigo nos señaló hacia el este. “Vuestro alojamiento está por allí “¿Cómo?” -dije- “Hacia allí, en línea recta, no dejéis la playa y llegaréis”. No tengo mala vista, hacia un calor agotador, con el sol abrasándonos la sesera, y no me lo podía creer. Casi una horita de caminata para descubrir un eco-lodge montado por una pareja de británicos -otros buscadores de sandalias perdidas-, enamorada del lugar y promotora de varios proyectos de turismo sostenible, empleando personal local y respetando el medio.

La coherencia obligaba a no contar con más luz que la de las placas solares, tener límites en el agua para ducharse y disponer de un váter donde los excrementos se disuelven hasta convertirse en compost o abono orgánico. Hasta que el proceso se culmina los olores se adueñan del espacio. Un pequeño sacrificio cuando uno no está acostumbrado. Pero como dice mi amigo Víctor, milana bonita, también parecía una molestia separar la basura en varios cubos hace años y hoy ya lo tenemos asimilado. Pues eso.

Los alimentos que allí se consumen son de temporada y salvo la cerveza, los refrescos o el vino, todo era del lugar. Buen proyecto, lleno de extranjeros, como no podía ser de otra manera. Las personas locales juegan en otra liga. Allí conocimos a Steffi y James, británica y australiano, broker de la city londinense y empleado de multinacional en Lomé. Una pareja, a priori, con intereses muy opuestos a los nuestros. Pero una noche de conversación, con unas copas de por medio e intercambio de experiencias, hace que las diferencias se evaporen. Es interesante aprender también de otros estilos de vida y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Al final de la velada, quedó un brillo de duda en sus ojos. Ninguno estaba del todo satisfecho con trabajar catorce horas al día, no verse casi nunca, vivir en hoteles, comer a diario en restaurantes o viajar por África en vehículo privado con chofer incorporado. Mala vida, buena gente.

A casa

El martes emprendimos regreso a Takoradi, junto a una pareja de alemanes, ambos voluntarios. Él había pasado seis meses trabajando en un proyecto con niños de la calle en las afueras de Kampala, Uganda, y ella regresaba este año a Ghana tras una estancia de varios meses en 2011 como voluntaria en la Región Central. No tenían mucho más de 20 años y ya atesoraban unas cuantas experiencias fuera de su país. Dudaban entre seguir estudiando o incorporarse al mercado laboral -claro, son alemanes-, y habían decidido viajar un tiempo por África. Ya lo conté una vez, pero uno siente envidia de estos chicos que hacen con poco más de 20 lo que uno se atreve con poco menos de 40.

La vuelta a Acra fue larga, pero cómoda. No sé cómo es posible, pero el caso es que existen unos autobuses elegantes y europeos que hacen el trayecto Acra-Takoradi en los dos sentidos en 4 horas. En varias ocasiones he preguntado por ellos a diversas personas, compañías de transporte y en estaciones de autobuses de la capital. Nadie ha sabido decirme de dónde parten en Acra. Sin embargo, en Takoradi, resulta facilísimo encontrarlos y se promocionan mediante altavoces a los cuatro vientos.

Fue llegar a Acra y darnos de bruces con un contraste de esos que duelen. Veníamos con un sabor de boca lindo, bronceados por el sol, encantados de haber variado nuestra dieta, hecho nuevos amigos y paseado por playas preciosas. Pero de golpe y porrazo rompíamos la maldita burbuja para ver de nuevo la realidad. Bajo el puente de la desesperación, en las proximidades del Nkrumah Circle, el corazón mismo de la ciudad, encontramos a una persona avanzando con medio cuerpo sumergido entre las aguas fecales, buscando cualquiera sabe qué. Una imagen terrible. La pobreza en estado puro. Sólo alguien necesitado de verdad bajaría a esas aguas inmundas jugándose la salud. Estábamos de vuelta.


En busca de la sandalia perdida

Sé que llegará un día en el que echaré de menos el polvo rojo del camino, las incomodidades constantes de viajar en tro-tro, no saber nunca la hora de partida del vehículo en el que te encuentras montado, la extenuante humedad que a veces te dificulta la respiración, los ataques repentinos de fiebre que van, vienen y a mitad de recorrido se entretienen… y cuantos inconvenientes afronta uno al desplazarse por las zonas rurales de África en transporte público. Algún día también echaré de menos el viento alborotándome la melena, la libertad de poder dirigir los pasos donde se nos tercie, la agradable sensación de compartir esta experiencia o la sonrisa infantil que aparece en mi rostro cada vez que preparo la mochila. 

Algún día, insisto, extrañaré que sea jueves y no tenga nada que contarles, salvo un comunicado de más o de menos sobre algo grave que ocurra en cualquier parte del mundo.

Huyendo de las celebraciones religiosas

Era Semana Santa y en Ghana se celebra por todo lo alto, como cualquier festividad cristiana, al menos en la parte Sur donde vivimos. No hay procesiones, ni capuchones, ni velas, ni personas echándole saetas a las imágenes… pero tampoco hay silencio. Resuenan los tambores, los cánticos, se agitan las hojas de las palmeras en el domingo de ramos, las calles se vacían durante las ceremonias, se llenan las iglesias hasta la bandera y a veces se habilitan sillas en las afueras.

Los Pastores, reverendos, sacerdotes y demás ministros de Dios afinan sus gargantas, ensayan sus sermones, repasan las referencias bíblicas; y los feligreses se visten de domingo, aunque a diario no tengan más que harapos. La solemnidad también se apodera de los rostros de los niños. Ay, los rostros de los niños africanos, cuán expresivos son, ¿verdad? 

Ante este panorama y sin ánimo de resultar frívolos, nosotros nos fuimos en busca de nuevos destinos. Allá cada cual con sus creencias.

Para adelantarnos al tráfico, partimos el miércoles -en Ghana son festivos el viernes y el lunes, a diferencia de la mayoría de localidades españolas que celebran jueves y viernes santos-. Dimos las vueltas de siempre en Acra para llegar a nuestro hotel habitual. A medida que pasa el tiempo y uno reconoce los lugares también los va haciendo un poco suyos y la pereza de la capital se diluye como una de esas pastillas efervescentes. Aunque no lo parezca, tenemos nuestros bares, restaurantes, tiendas y lugares preferidos en esta ciudad que tan poco nos gusta.

Feliz Cumpleaños, Mr Harris

La noche nos guardaba una sorpresa. Celebraríamos el cumpleaños de Mr. Brian Harris, septuagenario británico, en una taberna humilde y con solera, de esas que uno sueña siempre con descubrir. Uno de esos lugares donde se aprecia el sabor de la tradición, de la historia, de la idiosincrasia de un país. Una especie de Casa Labra en Madrid. Se llama Attos y para mi desgracia no sabría volver.

Mr Harris, con más de cuatro décadas residiendo en Acra, conoce los rincones y rutas secretas de la capital ghanesa como si fuera su Londres natal. No en vano, a pesar de que maneja un chofer, él siempre guía, indicando en qué calle girar o en cual otra aparcar. Y eso en Acra no es nada fácil, créanme.

A falta de pintas de real ale -añorando a Oli-, fuimos apurando botellas de Club y Star, las marcas rubias de cerveza local más populares. Brian nos regaló detalles de su biografía. Llegó a Ghana en 1966, después de que su padre le quitara de la cabeza la idea de ser piloto al servicio de su majestad. Se hizo ingeniero, aventurero y hombre de negocios con base en África Occidental, alternando Acra con Lagos (Nigeria), formando una de las primeras colonias de expatriados en la zona.

Oyó hablar de nosotros en Ada, donde tiene una casa frente al Volta, y un día de hace dos meses dejó recado en Mizpah para invitarnos a cenar. Brian es una persona acomodada con preocupaciones sociales, una especie de mecenas para las comunidades pobres de la zona. Orfanatos, escuelas, hospitales… Son muchos los proyectos en los que invierte su dinero y su tiempo. Uno de ellos es la escuela para menores sin escolarizar y sin recursos en la comunidad de Maranatha, junto al estuario de Ada

Esa escuela es nuestro espejo, la hermana mayor de lo que estamos haciendo en Anyankpor.

Pero volvamos a la noche. Ya saben que somos voluntarios y que vivimos en una zona rural. Nuestro contacto con expatriados es escaso, pero esa noche desfilaron unos cuantos personajes por nuestra mesa para felicitar a Mr. Harris y pudimos comprobar lo diferente que puede resultar un lugar dependiendo de quién lo mire, de dónde mire y de cuánto quiera abrir los ojos.

Además, pasamos en pocas horas de la humilde taberna al lujoso restaurante, del tabernero local al dueño australiano, de la cerveza ghanesa al vino sudafricano. Un brutal contraste de esta experiencia africana que vivimos. Qué extraño resulta adaptarse tan rápido a lo bueno, si es langosta, viene servida en vajilla de porcelana y hay tantos cubiertos alrededor que uno duda sobre cuál debe coger primero.

Busua, de nuevo

La mañana siguiente, a eso de las 7, nos pusimos en marcha. Buscábamos una sandalia perdida en los confines occidentales de Ghana.

A bordo de un autobús de línea con dirección a Takoradi entablamos conversación con una trabajadora social finlandesa -entrada en años-, de vacaciones en Ghana, voluntaria hace décadas en Israel. Al palique se unió el ayudante del conductor y una familia local -dos mujeres y tres niños, los cinco en tres asientos-.

Desgranamos palabras en lengua local, conversamos sobre el país, curioseamos sobre los lugares que íbamos a visitar al oeste e hicimos el trayecto de seis horas mucho más llevadero. Es fácil en África pegar la hebra con cualquiera. En Europa, a menudo viajamos de forma individualista, intercambiando -como mucho- frases de cortesía con la persona que se sienta al lado, pero eso es imposible en Ghana. Todo el mundo quiere saber dónde vas, quién eres, qué haces…. Después de varios meses, también nosotros lo preguntamos. Lo que en casa es una invasión de la intimidad aquí se considera buena educación.

El reloj acariciaba las 4 de la tarde cuando llegamos a la playa. Antes del baño, volvimos a padecer esta costumbre ghanesa a la que no terminamos de cogerle el puntillo. Hacía tres semanas que habíamos reservado una habitación en Busua -estuvimos allí en Navidades- y confirmamos la reserva y hora de llegada dos días antes… Pues bien, cuando nos presentamos en el Lodge –hotel/casa rural- no teníamos habitación. Con esa tranquilidad local, sin ningún remordimiento, nos tocó acomodarnos en un habitáculo minúsculo y gracias. Nos dieron una colchoneta y a otra cosa, mariposa.

Al menos, allí seguían mamá Florence, Frank the juiceman y otros artistas que promocionan sus productos con su nombre, como ya les conté hace meses. Comimos a gusto y disfrutamos de la mejor playa del país. 

Recordamos por qué habíamos decidido volver, a pesar de las informalidades de algunos hosteleros.

Sandalia, ¿qué sandalia?

Ya era viernes y festivo cuando volvimos a la carretera, en dirección hacia Costa de Marfil. Nos separaban unos 70 kilómetros de nuestro destino, Beyin, y de ahí restarían menos de 30 hasta la frontera. Cogimos una sucesión de taxi compartido más tro-tro-, más taxi compartido de nuevo y más taxi recompartido por última vez -recompartido significa que en vez de cuatro pasajeros, los últimos 15 kilómetros éramos seis en los tres asientos de atrás-. Total: cinco horas de viaje. Sí, han leído bien. Cinco horas para 70 kilómetros. Como si fueran de Madrid a Toledo, por ejemplo. Sin duda, en bici lo habríamos hecho más rápido… o no. El estado de las carreteras era peor que paupérrimo, los tiempos de espera en la distintas estaciones o cruces de caminos fueron largos, las paradas de los viajeros cada pocos metros de trayecto eran continuas. Qué sé yo. Estos son los viajes de los que hablaba al principio de este post.

Llegamos agotados, empapados en sudor, bajo ese sol de justicia que tantas veces he descrito, pero con la moral alta. Estábamos en uno de esos lugares donde probablemente Jesucristo perdió una de sus famosas sandalias. Quizá pudiéramos encontrarla. Nos sentíamos exploradores de un mundo nuevo. ¿Quizá los primeros españoles en llegar allí? La emoción duró apenas cinco pasos, los que dimos hasta advertir un cartel en lengua castellana: Café Puerto

Preguntamos y, efectivamente, Pepe, valenciano, lleva más de una década en la zona. Se dedica al negocio de la madera pero hace cuatro meses montó un restaurante que despacha las mejores paellas del país -con arroz chino-, regadas con vino de Valdepeñas -aúpa La Mancha– y un entrante de ali oli, sepia y otras viandas semejantes. Como si se tratara de un chiringuito español, pero en plan elegante.

Y por la noche, a la luz de las velas y al calor de un sorbo de ginebra azul, Pepe cuenta historias de por qué la vida le llevó hasta allí. Más tarde, de madrugada, cuando los últimos clientes se retiran -nosotros- coge su barca con motor y se adentra en los manglares del lago cercano. Allí se construyó una casa y la música de Mozart rivaliza con los aullidos de la fauna del lugar.

Como vecinos, a varios centenares de metros -imposible calcular las distancias en la selva-, Pepe tiene a una comunidad de unas 500 personas que viven en el pueblo flotante de Nzulezo

No puede haber un lugar más aislado en este país, aunque la bella costa que lo baña y la frondosidad de la selva justifican de sobra la visita.

Además, nosotros descubrimos otro paraíso para alojarnos -en realidad nos lo había soplado un canadiense que encontramos en el Norte hace meses-: cabañas de madera, palmeras gigantes y un mar bravío para nosotros solos. 

Sí, elegimos un buen lugar para dedicarnos un poco de tiempo. Ahh… y no, no encontramos ninguna sandalia. A decir verdad, se nos olvidó buscarla.


El viaje de Giulia (y II)

El objetivo principal del viaje de Giulia y de las personas que la acompañaban era conocer “el sueño de Anyankpor”, la escuela para menores de la playa que estamos impulsando desde el pasado mes de noviembre en las afueras de Ada Foah ,con el apoyo de ustedes.

Traían bajo el brazo parte del dinero que hemos recaudado en estos meses para dotar de condiciones mínimas a una escuela que atiende a 97 niños y niñas de edades comprendidas entre los 2 y los 10 años.

En total, junto a lo que conseguimos en España antes de nuestra partida y descontando lo que hemos invertido en la comunidad de Futuenya, el hospital del distrito y Radio Ada, disponemos de unos 4.000 euros. –Las personas que han colaborado y de las que tenemos dirección electrónica recibirán más información a este respecto vía email o pueden solicitarla contactando conmigo. Pinchando en mi nombre, arriba a la derecha, los datos de contacto aparecen al final del texto. Vaya por delante nuestro inmenso agradecimiento-.

Bienvenido Mr Bafono

Aparecimos en Anyakpor y se desató la euforia. Sería un bonito resumen. Pero vayamos al principio. Era miércoles, me levanté temprano -una proeza cuando tienes invitados españoles en casa y las tertulias nocturnas se alargan sin hora al calor del gin-tonic– y fui hasta Ada Kasseh, municipio hermano, para comprar la madera con la que armar los pupitres, bancos, pizarras y mesas de los profes.

Allí me esperaban Pastor James, líder espiritual de la escuela -aquí no se puede hacer nada sin la Iglesia, la que sea, que nadie se confunda-, y Prosper, el segundo Carpintero. -El primero que contratamos no se presentó al trabajo después de haber apalabrado salario, jornadas y proyecto.-

Los tres pasamos por la tienda para seleccionar la madera. También visitamos la ferretería para comprar papel de lija, barniz, pintura, clavos, contrachapado para las pizarras, bisagras para los armarios donde guardaremos los libros y todo lo necesario para terminar con esta primera fase del proyecto: que el alumnado pueda sentarse en un banco y apoyarse en una mesa. Una vez que estuvo todo -y después de regresar dos veces a la ferretería porque se nos habían olvidado las brochas y un par de libras de clavos de diferente medida- llegamos a la junction de Futuenya , donde recogimos a Elena con la delegación española.

Nos subimos al camión y recorrimos los 4 ó 5 km -las distancias no están claras- que separan nuestra casa de la escuela de Anyakpor. Aparecimos en la comunidad subidos en la parte de atrás del pick-up, una especie de papa móvil africano sin cristal antibalas.

Julia y Giulia iban sentadas delante, junto al conductor, la mayor de las dos tomando buena nota de cuanto pasaba. Tenía la tarea, entre otras, de informar a mi madre a su regreso a España. Ya saben que las madres utilizan un lenguaje propio.

El resto de la cuadrilla, Óscar, Jose, Carmen, Elena, el Pastor, Prosper, el chaval que ayuda en la tienda de maderas y el que suscribe viajábamos detrás, agarrados como podíamos y saludando a diestra y siniestra. Me dio por pensar en la película “Bienvenido Mr Marshall”, ya que , cuando enfilamos Anyakpor , la gente se echó a la calle, los niños abandonaron la escuela y todo el mundo nos saludaba. Habían llegado los bafonos y la madera. Es verdad. ¡Van a mejorar la escuela para los niños de la playa!

Descendimos entre vítores y colaboramos en la descarga. Cuando terminamos, nos acomodamos a la sombra, con uno de los líderes comunitarios, para beber agua y hacer las presentaciones pertinentes.

Posteriormente, ajustamos cuentas con el maestro Carpintero, revisamos el trabajo que habían realizado -este es el segundo cargamento de madera que llevábamos. Hubo que esperar un par de semanas entre uno y otro porque el de la tienda de Ada Kasseh no nos fiaba más- e intercambiamos información sobre plazos de entrega, calidad del acabado y dónde guardar los bancos hasta que los traslademos a la escuela, no vaya a ser que llueva y se desarme el Belén.

Después, nos fuimos a visitar al Chief local, que nos esperaba en su casa. Óscar apuntó que se notaba que era el jefe, por la planta, la actitud de mando y cómo dirigió la sesión. Le presentamos a la delegación, conversamos sobre la escuela, nos dio las gracias por el esfuerzo, hizo carantoñas a Giulia y fuimos a cumplimentar la siguiente visita: los padres pescadores que en ese momento tensaban la red de sus capturas.

Compartimos un rato con ellos, una vez que sacaron los peces del mar. Era una conversación a varias bandas. Uno de los líderes comunitarios traducía del dangme al inglés y nosotros del inglés al español. Cada frase pasaba por varios idiomas así que esto era una versión seria del juego infantil “el teléfono escacharrado”.

Media hora más tarde, pusimos rumbo al colegio. Los niños estaban comiendo. Debía ser mediodía, pero nadie probaba bocado, con lo que esto supone en este entorno. Estaban embobados mirando a Giulia. Y el embobamiento era mutuo. Del primer abrazo casi la tumban. Después le tiraron pellizcos en los mofletes, en los brazos, acariciaron su pelo… Era como si tocaran una muñeca. En su lugar, yo me habría agobiado. 97 niños a tu alrededor hablando en una lengua que no entiendes es mucha tela. Aguantó estoicamente.

Elena intervino, cuando se percató, y organizó una dinámica. Al fin y al cabo es monitora en la escuela. Consiguió hacer un corro y empezaron los juegos infantiles. Inflamos unos globos y apuramos lo que quedaba de mañana.

También, saludamos a los profesores, les pedimos disculpas por aparecer como elefantes en una cacharrería -habíamos avisado de nuestra visita la víspera- y estuvimos conversando con los padres que se acercaron al percatarse de la algarabía.

Futuenya desbordada

Agotados, bajo un sol de justicia, emprendimos la retirada y regresamos a nuestra casa, Mizpah. Apenas pudimos entrar. Si habitualmente, Elena y yo recibimos la visita diaria de cuatro o cinco niños que nos acompañan de la mano cada vez que nos ven aparecer, la llegada de Giulia desbordó las expectativas y no eran menos de 10 los que se agolpaban y agarraban a nuestras piernas. Se había corrido la voz. Una bafono de su estatura había ido a conocerles.

Pasaron varios días juntos, observándose, conociéndose, intercambiando información, ideando coreografías y bailando al son de la música canaria, latina, africana -se negaron a pinchar rock and roll– y quien sabe qué más estilos. El ipod de Giulia parecía no tener fin. También jugaron a las chapas, pintaron, compartieron cocos y en apenas unos días se forjaron amistades como las que sólo son capaces de desarrollar los más pequeños. 

Al día siguiente, acudimos al hospital del distrito y a Radio Ada, donde ya saben que Elena y yo pasamos la mayor parte de los días.

En el hospital visitamos a Alberta, una paciente que padece una enfermedad grave -los médicos no saben cuál es-. Como su caso es especialmente difícil, desde España llegó una donación para ella. Ahora puede cubrir los gastos de hospitalización y ha sido trasladada a otro lugar donde le harán nuevas pruebas. Ojalá mejore.

Mamma Rasta

Nos quedaba por ver otra parte interesante de Ghana. Conocer un poco más de su cultura y nos embarcamos en una ruta por el río Volta en dirección a Keta. Durante una hora, asistimos a esos contrastes que no dejan de sorprendernos en este contexto.

A un lado, la pobreza, los pescadores que viven al día y faenan en sus chalupas, las infraviviendas sin luz ni más agua que la del río o el mar en la comunidad de Maranatha o en las islas de alrededor. Y a otro, las mansiones de los europeos y libaneses, y miembros del gobierno de Ghana, el club náutico privado y su muelle con motos de agua y catamaranes, los hoteles con piscinas privadas, el humeante olor a pescado fresco a la parrilla… Cuando uno navega el río aprecia la diferencia con todos sus matices y toda su brutalidad.

Alcanzamos el embarcadero de Anyanui y enganchamos un tro-tro rumbo a la casa de Madame Mamishie Rasta, Mamma Rasta, una de las fetish priest, autoridades religiosas locales, de más prestigio en la zona. Allí todos los viernes se celebra un ritual para agasajar a las divinidades tradicionales. Las mujeres bailan con frenesí al ritmo que marcan los tambores que agitan los hombres. Niños y niñas participan de la fiesta y algunas mujeres adultas parece que alcanzan un estado de trance tras beber un líquido de color amarillento que nace de la mezcla de varios brebajes -qué difícil le resultó a su madre, Carmen, explicarle a  Giulia qué significa estar en trance-.

Fue una aproximación limitada a la cultura religiosa ancestral de esta tierra que no satisfizo las expectativas de todos nuestros visitantes. Acudimos con cierto recelo, ya que algunos de estos rituales incluyen el sacrificio de animales y otras costumbres que provocan rechazo en nuestra cultura, así que procuramos limitar los daños, sobre todo en la sensibilidad de Giulia, asistiendo sólo a una hora de un evento que dura por lo menos siete.

La vuelta la hicimos en patera, ya de noche, siguiendo el rumbo a través de las estrellas, sin luz en la embarcación y fiándonos de la pericia de nuestro piloto, con la confianza extra que nos daba llevar a bordo a Jose, un experto navegante y astrofísico acostumbrado a interpretar las estrellas en La Palma.

Llegamos a Ada Foah sanos y salvos, tras superar alguna que otra duda en el atraque. Quedaba poco para las temidas despedidas y algunas lágrimas empezaban a aflorar. El tiempo se agotaba. Fue duro para los niños y niñas despedirse de Giulia y viceversa. Fue curioso ver cómo se observaban a través de la ventana, tras tanto tiempo compartido.

Unas horas después de su marcha, todo parecía más triste y silencioso en Futuenya. Incluso se produjo un apagón nacional -¡y eso que nuestros vecinos están a punto de estrenar tendido eléctrico!-.

Aprovechamos para reflexionar sobre esta experiencia que nos ha traído de vuelta los ecos del mundo que dejamos atrás hace cuatro meses. En esas estábamos cuando una araña peluda perturbó nuestra melancolía y nos devolvió a la realidad. Zapatilla en ristre, y al segundo intento, acabamos con ella. Volvíamos de golpe y porrazo a estar en África.


El viaje de Giulia (I)

¿Qué siente una niña europea de nueve años cuando viene por primera vez a África y se da de bruces con todas las desigualdades, la pobreza hiriente y las diferencias culturales que se ven aquí? ¿Cómo reacciona ante la abrumadora hospitalidad de sus gentes, el cariño desbordante de los niños de su edad y la belleza salvaje de un entorno natural tan diferente al de España?

Nada más bajar del avión, y más en estas fechas donde están recientes los ecos del frío ahí arriba, lo primero que sorprende es la bofetada de calor del trópico. Da igual que sean las 22h y que sea un aeropuerto pequeño donde al menos hay cierta cantidad de aparatos de aire acondicionado y ventiladores. Basta poner un pie en la calle para sentir que esta es otra realidad. Julia -renombrada Giulia cuando empezó a interaccionar con la población local- lo advirtió enseguida y fue la primera en quitarse capas de ropa. Encabezaba la primera visita que recibimos en cuatro meses. Sus ojos marrones se abrían como ventanas y se fijaban en la cantidad de taxis desvencijados que nos rodeaban y en el constante trasiego de personas cuyo color de piel es más oscuro que el nuestro. Sus oídos captaban palabras en otros idiomas ora en inglés ora en ga, twi o eve… las principales lenguas locales que se hablan en la capital de Ghana. Y empezó a apreciar la diferencia.

Para llegar hasta aquí desde su Tenerife natal, tuvo que hacer un rocambolesco viaje con escala en Madrid y Londres. De la majestuosidad de Heathrow a la precariedad de Kotoka en apenas ocho horas. Incluso sufrió la desaparición de Spanair y estuvo cerca de ser víctima de la huelga de Iberia. Se libró por los pelos. Aunque quizás ella viajó ajena a estas circunstancias. Sus padres –Carmen y Jose– y sus tíos y padres de ElenaÓscar y Julia– estuvieron y nos tuvieron en vilo hasta que les vimos pasar el último control de policía.

Giulia debió quedarse aún más sorprendida cuando comprobó que el taxi que habíamos apalabrado para recogernos en el aeropuerto había decidido no aparecer, quedarse su conductor con la propina previa, y sumirnos a su prima y a mí en un estado de resignación que a menudo nos acompaña por estas tierras. Siete europeos rodeados de maletas, con rostros de cansancio, junto a la oficina de cambio con muchos cedis en el bolsillo y tirados en las afueras del aeropuerto son una presa fácil. Tocaba lidiar con los duros negociadores de Acra -en clara desventaja- para encontrar un vehículo que nos llevara al hotel. No fue fácil, pero lo conseguimos, aunque aflojamos una cantidad desproporcionada: dos veces y medio el precio normal.

La desnudez de Acra

Los primeros días de aclimatación a Acra son los más duros del viaje. Lo he contado en otras ocasiones. Es una ciudad caótica, sobre todo si uno viene por primera vez y se atreve a recorrer sus barrios, alejándose del lujo de las zonas residenciales -donde se encuentran los restaurantes buenos- o de la occidentalización de Oxford Street -donde abundan las tiendas, los locales europeos y los clubes nocturnos para expatriados-.

Intentar cruzar Nkrumah Circle -el principal nudo de comunicaciones de la ciudad- a cualquier hora entre las 8 y las 20h es regalarse una hora de tráfico intenso y mucho sudor. Pónganse cómodos y descubran una olla a presión. Coches particulares, taxis compartidos, tro-tros de diferentes tamaños, autobuses de larga distancia, motos que hacen malabarismos para ganar puestos y cientos de personas por todos lados, en mitad de la rotonda, ocupando las inexistentes aceras o caminando junto a los vehículos para vender sus productos: papel higiénico, empanadas de carne, plantain frito, mapas de carretera, alfombrillas para el coche, pure water, helados derretidos, galletas dulces… Todo se puede conseguir bajando la ventanilla. Giulia miraba sorprendida, por momentos quizás asustada, este enjambre de vida y empezaba a comprender que estaba en África.

Observaba con curiosidad las infraviviendas junto a los pequeños puestos al lado de la estación de Neoplan o en las proximidades de Kaneshie Market. Sentía el hedor que desprenden las aguas fecales estancadas tras la última lluvia, que se funde con el asfixiante calor, la contaminación que desprenden los tubos de escape y el ruido ensordecedor de motores, aparatos de música y vendedores ambulantes. Su mirada se fijaba, también, en los niños y niñas que nos rodeaban, muchos pidiendo dinero. Sólo en la Greater Accra Region hay 62.000 menores de la calle censados por la admnisitración, el 57% niñas, como ella. El 60% del total nunca pasó por una escuela.

Al amanecer las cosas no mejoran. Acra duerme pocas horas y los decibelios se mantienen a buen nivel. La playa se intuye lejana, el olor del mar no se distingue y la brisa marina se pierde antes de llegar al centro de la ciudad. Si es fin de semana, la música de los funerales inunda los barrios y la gente sale a buscarse la vida. No hay descanso para quien no tiene un trabajo fijo, la mayoría de la gente. Si encima te toca un mitin político y coincide con el aumento de las temperaturas posterior a la paulatina desaparición del harmattan… tienes todos los ingredientes para preguntarte por qué tus padres han elegido este sitio tan raro para traerte de vacaciones. Sin embargo no lo hizo.

Giulia es una niña paciente, curiosa y tremendamente adaptable. Ni una sola queja brotó de sus labios y fue capaz de mirar el entorno con naturalidad, mucho más que cualquiera de los adultos que la acompañábamos. Sin soltar la mano de sus padres, se movía con desparpajo entre las callejuelas del Arts Center de Acra, el lugar donde los artesanos ofrecen sus productos a turistas y visitantes: telas coloridas, kentes vistosos, figuras y máscaras de madera talladas a mano,  bisutería realizada en oro o con conchas de mar, tambores cubiertos con piel de vaca o cordero, tapices con mil motivos africanos, batiks que reflejan escenas de la vida cotidiana… Giulia desgranaba saludos en inglés y aprendía a chocar la mano al estilo ghanés. Atraía las miradas, se paraba en los puestos y disfrutaba con lo que veía.

Un pasado vergonzante

Viajar en domingo es satisfactorio en el sur de Ghana, de mayoría cristiana. La población local acude en masa a sus diferentes iglesias y las calles y carreteras se vacían. Esperábamos agazapados en el hotel el mejor momento para ponernos en marcha. A fe que lo conseguimos y en apenas tres horas ganamos Cape Coast, una de las zonas más visitadas del país y antigua capital británica de la Costa del Oro, el nombre por el que se conocía a Ghana durante el período colonial.

La ciudad está dominada por un antiguo castillo, muy típicos en África Occidental, que sirvió como almacén de oro desde su construcción en el siglo XVII y vergonzante prisión para las personas capturadas y convertidas en esclavas durante los dos siglos posteriores. La mayoría procedían de las actuales Níger y Burkina Faso. Es difícil explicarle a una niña de nueve años qué significa la esclavitud. ¿Cómo explicar el dolor infligido por nuestros antepasados? ¿Cómo explicar que miles de personas murieron de hambre y de sed en los muros que ahora recorríamos? ¿Cómo explicar que las personas que te guían a través de los túneles y las habitaciones de oprobio mantienen un discurso de paz y de serenidad respecto a los europeos que humillaron, vejaron, dominaron, vendieron y nunca repararon a sus abuelos, tatarabuelos y demás familiares? El presidente Obama visitó estos lugares antes que nosotros, no hace demasiado, y quizá se hizo estas mismas preguntas.

Giulia parecía impresionada. Cuando en alguna de las celdas, la luz se apagó unos segundos, el aire se comprimió y el silencio se hizo entre nosotros… la tensión se mascaba en el ambiente. Al fondo de uno de los corredores estaba la Puerta de No Retorno, el umbral que cruzaron millones de personas rumbo a Brasil o Haití, entre otros destinos, para ser vendidas como esclavas. Es un lugar estremecedor. El castillo se protegía con cañones cuando el comercio de esclavos era uno de los negocios más prósperos. Participaban europeos de muchas nacionalidades: ingleses, franceses, belgas, portugueses, holandeses, alemanes, daneses… árabes y algunos chiefs locales que traficaban con su propia gente. Las caravanas de esclavos han existido desde tiempos inmemoriales. Cuando los europeos se hicieron con el negocio, se calcula que desde el siglo XV hasta finales del XIX unos 20 millones de africanos cruzaron el Atlántico para ser utilizados como esclavos. Los viajes duraban unas cinco semanas. Muchos eran vendidos a cambio de tabaco, alcohol y vestidos. Las baratijas que los europeos pagaban a algunos chiefs locales por el comercio de personas.

Los españoles también tenían su participación en este negocio, dada su experiencia en la materia. En el XIX ya habíamos perdido protagonismo mundial, pero cometieron los mismos abusos y expolios en las Américas, desde unos siglos antes.

El castillo de Elmina, Sant George -el más antiguo de esta parte del mundo, construido por los portugueses a finales del siglo XV, a escasa media hora de Cape Coast, tiene la misma historia, los mismos corredores, la misma división para esclavos y esclavas. Las mujeres, además de las vejaciones que he relatado, eran violadas selectivamente por parte del Gobernador del castillo y los soldados. Si se quedaban embarazadas, tenían nueve meses de semi libertad y eran conducidas a las barriadas extramuros, donde daban a luz hijos mestizos y donde posteriormente podrían volver a ser recluidas o permanecer en la miseria por no resultar útiles, si sus defensas habían quedado mermadas.

La división de los hombres, entre aquellos que eran jóvenes y fuertes, y otros más débiles o enfermizos, marcaba la línea entre la vida y la muerte. Quienes fallecían durante el cautiverio, eran arrojados al mar. Durante la travesía, en condiciones inhumanas, morían también muchos. Los que se rebelaban eran encerrados de por vida sin agua ni comida en las mazmorras del castillo. Es especialmente desagradable ver las condiciones en las que malvivían y advertir la línea a la que llegaban sus excrementos, por encima de la rodilla. Quizá esta sea una de las crueldades más terribles que el ser humano ha cometido y consentido a lo largo de la Historia. Tantos siglos de dominación y de humillación no se borran de la noche a la mañana. Nadie pagó por ello, insisto.

A las afueras de Elmina, sin apenas tiempo para la recuperación, el pintoresco puerto pesquero te reconcilia con el mundo. Los barcos se juntan en poco espacio en el muelle y las mujeres en tierra comercian con el pescado fresco recién desembarcado. Fue lindo recorrer las calles del pueblo de la mano de Giulia y ver cómo los niños la miraban, tocaban, sonreían… Tenían su propio lenguaje de complicidad. La caída de la noche, con su ausencia de alumbrado, invita a dormir de un tirón escuchando el incansable sonido de grillos, ranas y otros animales que viven en la selva cercana.

La selva de Kakum

Al día siguiente, nos adentramos en una jungla de 607 kilómetros cuadrados. Entre los aullidos de los monos, fuimos sorteando raíces de árboles milenarios, una frondosa vegetación y llegamos a una de las atracciones del parque nacional de Kakum: un paseo por los puentes colgantes.

A una distancia del suelo de entre 28 y 40m se alzan orgullosos siete puentes colgantes, construidos con apoyo exterior de la Agencia de Cooperación norteamericana en 1995, en lo que supone un verdadero paseo por las alturas, entre tablones de madera que no parecen muy estables, sin más sujeción que las cuerdas que lo sostienen -y unos cables metálicos a prueba de toneladas de peso-. No es apto para quien sufra vértigo.

Con la respiración encogida cruzamos el primer tramo, saludando a los árboles, tarareando canciones para ahuyentar el miedo y admirando la extensión selvática que nos rodeaba por los cuatro costados. Qué pequeño se siente uno ante tanta belleza. Qué pequeña tenía que sentirse Giulia ante un paisaje tan salvaje. La experiencia hubiera sido más gratificante si no hubiéramos coincidido con un grupo de japoneses adolescentes que hicieron moverse alguno de los puentes más de la cuenta y con sus cabriolas y saltos nos asustaron a todos. Lo que no pudo la altura, lo pudo la inconsciencia. Hubo que abortar la operación. Pero nadie nos arrebató la satisfacción de permanecer allí arriba el tiempo suficiente para rendirnos ante la grandeza y la inmensidad de la naturaleza de África.


Sorpresas en el noroeste

La mochila pesa más cuando la moral está baja. Y la nuestra se arrastraba como una lombriz. Divine, un oficial de inmigración de Ghana, natural de Ada, nos daba ánimos y nos proponía excursiones por los alrededores de la frontera como alternativa al chasco de no haber cruzado a Burkina Faso.

En las afueras de Paga hay una laguna donde unos cocodrilos devoran trozos de pollo para regocijo de los turistas. Malditas las ganas que teníamos de  ver cocodrilos e incluso de pasear sobre sus lomos. Le dimos las gracias y nos regresamos a Bolgatanga. Una buena ducha, una buena comida y una buena cama resucitan a cualquiera.

Tongo, Patrimonio de la Humanidad

En el camino de vuelta, descubrimos un cartel curioso: Tongo. Parecía una burla del destino, pero cogimos un tro-tro y nos acoplamos a una norteamericana, voluntaria de los Cuerpos de Paz, que trabaja en la zona.  Nos dio información sobre el  lugar y nos indicó dónde conseguir una moto para llegar al centro de visitantes de este pequeño pueblo. Allí coincidimos con un grupo de voluntarias austriacas y esperamos acontecimientos.

Se trataba de una aldea perdida en mitad de un desierto, rodeada de piedras y de pequeñas colinas. No se veían cultivos ni apenas verde en derredor. Me preguntaba a qué se dedicarían sus habitantes y cómo podrían vivir en unas condiciones tan duras. Llevan haciéndolo generación tras generación y las preguntas son pura ignorancia. La gente sobrevive, disfruta de su entorno y es feliz con lo que tiene. La mayoría no ha salido de la región y no lo harán. No tienen ninguna necesidad. Ellos no cambiarían sus tradiciones por nuestra modernidad. Si acaso, algún control sobre la naturaleza, alguna forma de evitar las sequías, alguna información sobre las cosechas y algunas cabezas más de ganado… pero nada de edificios, de ajetreo o de bullicio.

Los británicos se las tuvieron tiesas con la población local para hacerse con el territorio a principios del siglo pasado. Los Talensi no dejarán la tierra de sus antepasados salvo que ocurra una catástrofe y, de momento, a pesar de la pobreza, van tirando.

Me llamó la atención que utilizaran el fuego para purificar la tierra, algo que Mr Djlabletey, nuestro anfitrión en Tamale y responsable de medio ambiente en la región, criticaba amargamente.

La comunidad mantiene sus creencias animistas, su estilo de vida ancestral y los jóvenes, con el consentimiento de los ancianos, han montado un proyecto de turismo comunitario como fuente de ingresos adicional para enseñar su pueblo a las pocas personas que se dejan caer por allí. Llevan unos años detrás de la UNESCO para ver si lo declaran Patrimonio de la Humanidad. Vaya desde aquí nuestro apoyo para que lo consideren.

Cuando sopla el harmattan, entre diciembre y marzo, en el interior de sus cuevas se escucha el viento de una forma peculiar. El roce con la piedra lo convierte en algo mágico y a oscuras uno se imagina leyendas de otro tiempo. Cuentan, que hace muchos años, los Talensi se reunían allí para transmitir su cultura y de ahí que posean una rica tradición oral. Como corresponde, los mayores hablaban rodeados de los menores. Y estos escuchaban atentos. Roger, nuestro guía, era uno de aquellos niños. Hoy nos sienta como antaño y nos pide silencio. Cerramos los ojos y evocamos otra época, otro mundo, otra forma de vivir.

Sus casas son pintorescas por fuera, de formas circulares, y frescas por dentro. Están construidas de adobe y recubiertas por una fina capa de cemento. Duermen sobre jergones o esteras, cocinan en el exterior sobre una hoguera y honran a sus difuntos manteniendo sus tumbas cerca de la entrada principal de las casas. Se agrupan por familias. Mantienen algunos de los objetos que estos utilizaron en vida como recuerdo constante de quiénes son.

Visitar al Chief, encargado de solucionar los entuertos de los vecinos, es también una experiencia. Aquí rige la ley del país, claro, pero está demasiado lejos de ningún lugar para que un oficial de policía o un juez intervenga en los asuntos locales. El Chief es el que manda y el que aconseja, y su voluntad es aceptada. Antes de entrar en ningún lugar hay que pedirle permiso, explicarle quiénes somos, de dónde venimos y qué queremos. Autoriza nuestra visita y nos invita a recorrer su casa, que es laberíntica, y desde cuya azotea se tiene una magnífica vista del entorno.

Ritual local

Sin embargo, lo que más nos impresionó fue conocer a la autoridad religiosa local. Para hacerlo, hay que caminar hasta lo alto de una colina, desvestirse de cintura para arriba -hombres y mujeres-, subirse los pantalones hasta la rodilla y  descalzarse. Acompañados de Roger iniciamos la ascensión. Las austriacas volvieron a casa. El pudor occidental pudo más que la curiosidad.

Escalar una montaña medio desnudos y descalzos no deja de ser algo extraño. Al pie de la colina, están las calaveras de los burros, las cabras y vacas sacrificadas. Entre las rocas, se aprecian restos de la sangre derramada. A partir de un punto determinado, ya no se admiten animales grandes. Roger nos explica que responde a una razón práctica, ya que pesan mucho y no pueden cargarse entre las rocas sobre la espalda.

Durante toda la escalada, como si fueran las migas de Pulgarcito, hay plumas de un ave parecido al pollo -sin serlo- que es el animal estrella para las ofrendas. Después de un rato de subida, nos presentamos en lo alto de la colina y allí la autoridad religiosa nos preguntó por nuestros problemas, nuestros anhelos y nuestras preocupaciones. Solucionar cada cuita cuesta una pequeña donación: comida, bebida, ropa… Nosotros sólo llevábamos dinero y le entregamos una pequeña cantidad de cedis, unos tres euros al cambio.

No teníamos grandes preocupaciones que contarle, pero queríamos saber cómo vive, cómo trabaja y teníamos ganas de conversar con él. Él estaba dentro de una cueva, en penumbra, rodeado de plumas de ave, también semidesnudo, y nosotros nos sentamos de lado, casi dándole la espalda, un poco más elevados. Era una conversación difícil con el guía de intérprete y se parecía remotamente a una confesión cristiana. Antes de que anocheciera, emprendimos la retirada.

En Tongo no hay ningún lugar para dormir aunque Roger nos contó que les gustaría adecentar algunas de las casas locales para que los turistas puedan pernoctar en la comunidad. Charlamos de ello mientras esperábamos en mitad del camino que una moto o cualquier otro vehículo nos devolviera a algún otro lugar más habitado donde enganchar transporte hasta Bolgatanga.

En África siempre hay personas en la cuneta, esperando ir a un lugar u otro. Y allí nos quedamos, con tranquilidad, asistiendo a una de esas puestas de sol que en sitios como este se aprecian con mucho gusto.

La joya de Ghana

A la mañana siguiente, otra vez en la carretera, pusimos rumbo al noroeste, en busca de Larabanga, la mezquita, y probablemente el edificio, más antiguo del país. Después de algunos años de desacuerdo, parece que historiadores y religiosos han fechado su origen en 1421. En cualquier caso es una joya arquitectónica que nos dejó maravillados y la fundaron los primeros musulmanes que llevaron el Islam a África Occidental.

Visitar Larabanga es iniciar un viaje al pasado. Según nos contaron, un Corán tradicional se encuentra en su interior, pero los no creyentes no pueden acceder, y no pudimos comprobarlo. Es un lugar sagrado y muchos musulmanes de la zona peregrinan hasta él.

El trayecto hasta la comunidad qué la acoge también es de otro mundo. Las construcciones de adobe circulares coronadas por techos de paja, quizás parecidas a las tatá somba de Benín, se hacen evidentes a cada paso, como la pobreza y la aridez de toda la región. La gente es amistosa, reciben al visitante con hospitalidad y es sencillo participar de la vida cotidiana.

Siempre hay que andar con cuidado al tratar los asuntos políticos espinosos, pero conversamos sobre la situación que han provocado los atentados de Boko Haram en la vecina Nigeria. Desde Navidad, el norte de este país se encuentra en estado de emergencia, con varios atentados que han dejado un reguero de muertos cristianos. Algunos han sido contraatacados, y el gobierno también ha llevado a cabo detenciones. La situación es muy grave. Nosotros estábamos en la zona musulmana más pobre de Ghana, caldo de cultivo para el radicalismo en otras latitudes, pero aquí rechazan abiertamente el conflicto. El Islam, nos recordaron, apuesta por la tolerancia, el respeto y la convivencia de las religiones. Aquí, los imanes animan a sus feligreses a rezar por la paz.

Elefantes en Mole

Junto a Larabanga se halla una de las maravillas de Ghana que exaltan las guías de turismo, el parque nacional Mole. He contado en otras ocasiones que la naturaleza y la fauna de Ghana no son comparables a las de otros lugares del continente, pero este es uno de los pocos lugares del país, si no el único, donde pueden verse elefantes. Darse una vuelta por el parque es barato y puede hacerse a pie, junto a un ranger armado.

Como digo, los elefantes son la estrella del parque y nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos a cuatro mientras se bañaban. Allí nos sentamos a ver cómo los paquidermos disfrutaban de su vida en libertad. De vez en cuando, algún antílope pasaba a nuestro lado y, junto a la charca, podían apreciarse cocodrilos tomando el sol.

La jornada siguiente tocaba madrugar de nuevo y comenzar la vuelta a Ada. Quedaban por delante unas cuantas jornadas de viaje. La moral ya estaba alta.


Burkina Chasco

No piensen en kilómetros sino en jornadas de viaje. Y fueron cuatro, con una de descanso, sólo para la ida. Cruzamos Ghana de sur a norte, por tierra, desde Ada Foah, en la desembocadura del río Volta, hasta la frontera de Burkina Faso, antiguamente conocido como Alto Volta. Podría ser equivalente a un viaje desde Algeciras a Irún en los años 60.

Me dolió abandonar la idea de remontar el río, pero la incertidumbre de la ruta y la falta de seguridad del ferry -con dos accidentes recientes- fueron más fuertes que el espíritu de aventura.

Transportes

En Ghana no hay autopistas -salvo un pequeño tramo de menos de 20 km entre Tema y Acra o lo que es lo mismo entre el puerto y la city-, las carreteras son de un solo carril en cada dirección o caminos que en España llamaríamos de cabras. El asfalto escasea, los baches son constantes y la entrada y salida a las grandes ciudades debe hacerse de madrugada so pena de perder varias horas en el intento.

Los autobuses de largo recorrido son modernos y cómodos, de fabricación china, como casi todo lo nuevo en Ghana. En 2011 China invirtió $3.5 billion USD en este país, y en toda África $14.7 billion USD lo que afianza su liderazgo en el continente. El símbolo más reciente es la nueva sede de la Unión Africana en Addis Abeba (Etiopía) financiada por China con un coste de 200 millones de dólares. Algunos dicen que es una nueva forma de colonización.

En cuanto a las medias y cortas distancias se recorren en taxis compartidos y tro-tros a punto de desgüace, motocicletas de origen asiático -también relativamente modernas- y autobuses que han pasado sus mejores años haciendo trayectos urbanos en ciudades europeas.

Noche en blanco

Arrancamos un jueves, después de que Elena terminara de atender a los pacientes más urgentes del hospital y yo cumpliera en Radio Ada -se me desmorona la Redacción de Informativos. El aumento del precio de la gasolina ha hecho estragos entre la plantilla. Mi gente no tiene para pagar el transporte diario y no pueden venir a trabajar-.

Darek, uno de los culés de la zona a los que me enfrento heroicamente cada vez que Mourinho se acobarda, nos recogió en la carretera para acercarnos a la rotonda de Tema, la misma en la que estuvimos en el post pasado. Allí nos comimos nuestro tradicional bocata de sardinas -en esta ocasión, en tomate y de procedencia marroquí– y enganchamos un tro-tro hacia Acra. En menos de tres horas ganamos el corazón de la ciudad.

Empleamos la tarde en conseguir provisiones por lo que pudiera pasar en los próximos días y dando tumbos encontramos un restaurante español. Estas son las contradicciones de vivir tan lejos de casa. Uno lee: escalibada, puntillitas de solomillo, calamares a la andaluza o berenjenas caramelizadas y se olvida de África por unos momentos. Qué fáciles somos.

Hubiera sido una noche redonda, rematada además con un vino patrio en botella, pero un mosquito puñetero nos declaró la guerra sin cuartel cuando nos metimos en el sobre. Siete horas en blanco y al menos nueve picaduras per capita después, izamos bandera blanca. Estaba claro que el mosquito había conquistado el territorio y ni siquiera el ataque desesperado de insecticida especial para el trópico le hizo desistir. Agotados, nos echamos a la calle.

En ruta

Lo bueno de los taxistas en Ghana es que nunca se rinden. Siempre hay una alternativa. El tráfico diario en Acra o Kumasi es similar a la salida de Madrid en hora punta la víspera del jueves de Semana Santa. Pero los taxistas no se quedan dentro del embotellamiento mirando cómo sube el contador… entre otras cosas, porque no llevan. El precio se negocia por adelantado y se toman muy en serio su trabajo. No se abandonan a la inercia. Luchan por alcanzar su destino con una profesionalidad envidiable. Llegamos a la estación veinte minutos antes de la salida de nuestro autobús cruzando por el medio de barriadas donde las familias se empleaban en sus rutinas diarias y donde hubiera jurado que no cabía un vehículo.  

Sólo tuvimos que esperar dos horas más para partir. El feliz acontecimiento se produjo a las 11h y alcanzamos nuestra primera parada, Tamale, pasadas las dos de la madrugada.

Una vez a bordo, tuvimos una nueva sensación: frío polar en el trópico -curiosa la imagen de los viajeros con gorros de lana, cazadoras y mantas-. Aquí las cosas funcionan así. Si tienes aire acondicionado, lo pones a tope. Si tienes equipo de música, también. Y si tienes vídeo y películas -ya digo, los autobuses chinos traen de todo- te tragas 15 horas de seriales nigerianos encadenados. Y, oigan, no tienen nada que envidiar a los culebrones latinoamericanos de tanto éxito en España.

Aparecer en Tamale, ciudad musulmana y capital del norte de Ghana, algo menos de medio millón de habitantes, poco antes de la llamada a la oración, es impresionante. Una ciudad dormida que despierta en la oscuridad más absoluta, por vecindarios, a la llamada de su imán.

Abraham, hijo de Isaac -director de Radio Ada– nos recogió en la estación con el mismo cansancio que nosotros, pero con esa hospitalidad africana que no deja de sorprendernos.

Tamale es una ciudad agradable, menos caótica que otras capitales regionales, con unas cuantas mezquitas bien conservadas y con ¡carril bici! Además, es vibrante, con mucha música, y  a su gente le gusta compartirla con los visitantes. Merece la pena el largo viaje para descubrirla.

Hambre visible

También, muestra la cara más extrema de la pobreza. Viajar por carretera permite percibir todos los contrastes. A medida que nos acercábamos al desierto, la tierra es más árida, los cultivos y la vegetación desaparecen, el cemento de las casas va dejando paso al adobe, la temperatura pasa de los 40º y no hay brisa que refresque… Sin embargo, lo más duro es la ingente cantidad de niños que, con una lata al cuello, piden comida. Sus vientres hichados, su mirada triste, la vergüenza de los adultos. Es un panorama desolador.

Esta imagen se repetiría hasta la frontera con Burkina Faso, donde son evidentes los ecos de la crisis alimentaria que azota el Sahel. En Tamale tienen su sede muchas organizaciones humanitarias y llevan meses avisando de la catástrofe que tenemos encima. Apenas nos separaba una jornada de viaje del Sahel, donde millones de personas de Burkina Faso, Mali, Níger y Mauritania, entre otros lugares, no tienen, literalmente, nada que llevarse a la boca.

Una nueva lección

Tras descansar una jornada y media en casa de Abraham y su tío, Mr Djabletey, continuamos hacia Bolgatanga durante unas cuatro horas más.

Volvimos a la carretera de madrugada, hacinados en un espacio ínfimo y boquiabiertos ante la fortaleza de la gente local. Ni siquiera los bebés rechistan a pesar del polvo del harmattan que se cuela entre las ventanillas y te hace tragar arena, ni por el agobio asfixiante y el olor a humanidad que desprenden cientos de personas en poco espacio, ni por las incomodidades de compartir asiento y sentir un brazo por aquí, una pierna por allá, una cabeza en el hombro… –se te duerme medio cuerpo de no moverte-.

La lección es que al menos teníamos un sitio. Tendrían que ver el rostro de quienes hacen cola durante horas –y si partimos de madrugada, estarían ahí desde el anochecer- esperando el autobús… Y cuando aparece, no pueden cogerlo porque no queda espacio para ellos. Protestan, claro, pero saben que no hay nada que hacer. Mientras, yo añoraba los autobuses chinos y entendí por qué se promocionan en las ciudades a la voz de: “un asiento, una persona” seguido del destino.

El gran Chasco

Cuando llegamos a Bolgatanga, esperamos a que se llenara un taxi compartido para cruzar la frontera por el paso de  Paga –menos de una hora de trayecto-.

Habían transcurrido cuatro días desde que abandonamos Ada y llegábamos a las puertas de Burkina Faso, un lugar que llevo persiguiendo desde hace años y en el que nos esperaba David, un compañero que pasa una temporada en el país. Teníamos Ouagadougu, la capital, a menos de tres horas… y ahí se quedó.

Quisieron cobrarnos por el visado de una semana unos 300 euros al cambio, cantidad con la que casi vivimos un mes en Ada y 10 veces más de lo que suponíamos. Quizá hubiéramos podido pasar por menos negociando un soborno, una realidad que ya hemos advertido en numerosas ocasiones, pero hacerlo nos convertía en cómplices de aquello que criticamos.

Sin embargo, tanto recorrido hecho, de Algeciras a Irún en los años 60, recuerden, para darnos la vuelta en el último momento… Uff… no voy a negar la decepción ni la tristeza, pero es absurdo el lamento cuando uno quiere subir por placer y ve a tantos que bajan por necesidad. This is Africa, también, y cómo responder a los contratiempos es parte del aprendizaje.