En busca de la sandalia perdida

Sé que llegará un día en el que echaré de menos el polvo rojo del camino, las incomodidades constantes de viajar en tro-tro, no saber nunca la hora de partida del vehículo en el que te encuentras montado, la extenuante humedad que a veces te dificulta la respiración, los ataques repentinos de fiebre que van, vienen y a mitad de recorrido se entretienen… y cuantos inconvenientes afronta uno al desplazarse por las zonas rurales de África en transporte público. Algún día también echaré de menos el viento alborotándome la melena, la libertad de poder dirigir los pasos donde se nos tercie, la agradable sensación de compartir esta experiencia o la sonrisa infantil que aparece en mi rostro cada vez que preparo la mochila. 

Algún día, insisto, extrañaré que sea jueves y no tenga nada que contarles, salvo un comunicado de más o de menos sobre algo grave que ocurra en cualquier parte del mundo.

Huyendo de las celebraciones religiosas

Era Semana Santa y en Ghana se celebra por todo lo alto, como cualquier festividad cristiana, al menos en la parte Sur donde vivimos. No hay procesiones, ni capuchones, ni velas, ni personas echándole saetas a las imágenes… pero tampoco hay silencio. Resuenan los tambores, los cánticos, se agitan las hojas de las palmeras en el domingo de ramos, las calles se vacían durante las ceremonias, se llenan las iglesias hasta la bandera y a veces se habilitan sillas en las afueras.

Los Pastores, reverendos, sacerdotes y demás ministros de Dios afinan sus gargantas, ensayan sus sermones, repasan las referencias bíblicas; y los feligreses se visten de domingo, aunque a diario no tengan más que harapos. La solemnidad también se apodera de los rostros de los niños. Ay, los rostros de los niños africanos, cuán expresivos son, ¿verdad? 

Ante este panorama y sin ánimo de resultar frívolos, nosotros nos fuimos en busca de nuevos destinos. Allá cada cual con sus creencias.

Para adelantarnos al tráfico, partimos el miércoles -en Ghana son festivos el viernes y el lunes, a diferencia de la mayoría de localidades españolas que celebran jueves y viernes santos-. Dimos las vueltas de siempre en Acra para llegar a nuestro hotel habitual. A medida que pasa el tiempo y uno reconoce los lugares también los va haciendo un poco suyos y la pereza de la capital se diluye como una de esas pastillas efervescentes. Aunque no lo parezca, tenemos nuestros bares, restaurantes, tiendas y lugares preferidos en esta ciudad que tan poco nos gusta.

Feliz Cumpleaños, Mr Harris

La noche nos guardaba una sorpresa. Celebraríamos el cumpleaños de Mr. Brian Harris, septuagenario británico, en una taberna humilde y con solera, de esas que uno sueña siempre con descubrir. Uno de esos lugares donde se aprecia el sabor de la tradición, de la historia, de la idiosincrasia de un país. Una especie de Casa Labra en Madrid. Se llama Attos y para mi desgracia no sabría volver.

Mr Harris, con más de cuatro décadas residiendo en Acra, conoce los rincones y rutas secretas de la capital ghanesa como si fuera su Londres natal. No en vano, a pesar de que maneja un chofer, él siempre guía, indicando en qué calle girar o en cual otra aparcar. Y eso en Acra no es nada fácil, créanme.

A falta de pintas de real ale -añorando a Oli-, fuimos apurando botellas de Club y Star, las marcas rubias de cerveza local más populares. Brian nos regaló detalles de su biografía. Llegó a Ghana en 1966, después de que su padre le quitara de la cabeza la idea de ser piloto al servicio de su majestad. Se hizo ingeniero, aventurero y hombre de negocios con base en África Occidental, alternando Acra con Lagos (Nigeria), formando una de las primeras colonias de expatriados en la zona.

Oyó hablar de nosotros en Ada, donde tiene una casa frente al Volta, y un día de hace dos meses dejó recado en Mizpah para invitarnos a cenar. Brian es una persona acomodada con preocupaciones sociales, una especie de mecenas para las comunidades pobres de la zona. Orfanatos, escuelas, hospitales… Son muchos los proyectos en los que invierte su dinero y su tiempo. Uno de ellos es la escuela para menores sin escolarizar y sin recursos en la comunidad de Maranatha, junto al estuario de Ada

Esa escuela es nuestro espejo, la hermana mayor de lo que estamos haciendo en Anyankpor.

Pero volvamos a la noche. Ya saben que somos voluntarios y que vivimos en una zona rural. Nuestro contacto con expatriados es escaso, pero esa noche desfilaron unos cuantos personajes por nuestra mesa para felicitar a Mr. Harris y pudimos comprobar lo diferente que puede resultar un lugar dependiendo de quién lo mire, de dónde mire y de cuánto quiera abrir los ojos.

Además, pasamos en pocas horas de la humilde taberna al lujoso restaurante, del tabernero local al dueño australiano, de la cerveza ghanesa al vino sudafricano. Un brutal contraste de esta experiencia africana que vivimos. Qué extraño resulta adaptarse tan rápido a lo bueno, si es langosta, viene servida en vajilla de porcelana y hay tantos cubiertos alrededor que uno duda sobre cuál debe coger primero.

Busua, de nuevo

La mañana siguiente, a eso de las 7, nos pusimos en marcha. Buscábamos una sandalia perdida en los confines occidentales de Ghana.

A bordo de un autobús de línea con dirección a Takoradi entablamos conversación con una trabajadora social finlandesa -entrada en años-, de vacaciones en Ghana, voluntaria hace décadas en Israel. Al palique se unió el ayudante del conductor y una familia local -dos mujeres y tres niños, los cinco en tres asientos-.

Desgranamos palabras en lengua local, conversamos sobre el país, curioseamos sobre los lugares que íbamos a visitar al oeste e hicimos el trayecto de seis horas mucho más llevadero. Es fácil en África pegar la hebra con cualquiera. En Europa, a menudo viajamos de forma individualista, intercambiando -como mucho- frases de cortesía con la persona que se sienta al lado, pero eso es imposible en Ghana. Todo el mundo quiere saber dónde vas, quién eres, qué haces…. Después de varios meses, también nosotros lo preguntamos. Lo que en casa es una invasión de la intimidad aquí se considera buena educación.

El reloj acariciaba las 4 de la tarde cuando llegamos a la playa. Antes del baño, volvimos a padecer esta costumbre ghanesa a la que no terminamos de cogerle el puntillo. Hacía tres semanas que habíamos reservado una habitación en Busua -estuvimos allí en Navidades- y confirmamos la reserva y hora de llegada dos días antes… Pues bien, cuando nos presentamos en el Lodge –hotel/casa rural- no teníamos habitación. Con esa tranquilidad local, sin ningún remordimiento, nos tocó acomodarnos en un habitáculo minúsculo y gracias. Nos dieron una colchoneta y a otra cosa, mariposa.

Al menos, allí seguían mamá Florence, Frank the juiceman y otros artistas que promocionan sus productos con su nombre, como ya les conté hace meses. Comimos a gusto y disfrutamos de la mejor playa del país. 

Recordamos por qué habíamos decidido volver, a pesar de las informalidades de algunos hosteleros.

Sandalia, ¿qué sandalia?

Ya era viernes y festivo cuando volvimos a la carretera, en dirección hacia Costa de Marfil. Nos separaban unos 70 kilómetros de nuestro destino, Beyin, y de ahí restarían menos de 30 hasta la frontera. Cogimos una sucesión de taxi compartido más tro-tro-, más taxi compartido de nuevo y más taxi recompartido por última vez -recompartido significa que en vez de cuatro pasajeros, los últimos 15 kilómetros éramos seis en los tres asientos de atrás-. Total: cinco horas de viaje. Sí, han leído bien. Cinco horas para 70 kilómetros. Como si fueran de Madrid a Toledo, por ejemplo. Sin duda, en bici lo habríamos hecho más rápido… o no. El estado de las carreteras era peor que paupérrimo, los tiempos de espera en la distintas estaciones o cruces de caminos fueron largos, las paradas de los viajeros cada pocos metros de trayecto eran continuas. Qué sé yo. Estos son los viajes de los que hablaba al principio de este post.

Llegamos agotados, empapados en sudor, bajo ese sol de justicia que tantas veces he descrito, pero con la moral alta. Estábamos en uno de esos lugares donde probablemente Jesucristo perdió una de sus famosas sandalias. Quizá pudiéramos encontrarla. Nos sentíamos exploradores de un mundo nuevo. ¿Quizá los primeros españoles en llegar allí? La emoción duró apenas cinco pasos, los que dimos hasta advertir un cartel en lengua castellana: Café Puerto

Preguntamos y, efectivamente, Pepe, valenciano, lleva más de una década en la zona. Se dedica al negocio de la madera pero hace cuatro meses montó un restaurante que despacha las mejores paellas del país -con arroz chino-, regadas con vino de Valdepeñas -aúpa La Mancha– y un entrante de ali oli, sepia y otras viandas semejantes. Como si se tratara de un chiringuito español, pero en plan elegante.

Y por la noche, a la luz de las velas y al calor de un sorbo de ginebra azul, Pepe cuenta historias de por qué la vida le llevó hasta allí. Más tarde, de madrugada, cuando los últimos clientes se retiran -nosotros- coge su barca con motor y se adentra en los manglares del lago cercano. Allí se construyó una casa y la música de Mozart rivaliza con los aullidos de la fauna del lugar.

Como vecinos, a varios centenares de metros -imposible calcular las distancias en la selva-, Pepe tiene a una comunidad de unas 500 personas que viven en el pueblo flotante de Nzulezo

No puede haber un lugar más aislado en este país, aunque la bella costa que lo baña y la frondosidad de la selva justifican de sobra la visita.

Además, nosotros descubrimos otro paraíso para alojarnos -en realidad nos lo había soplado un canadiense que encontramos en el Norte hace meses-: cabañas de madera, palmeras gigantes y un mar bravío para nosotros solos. 

Sí, elegimos un buen lugar para dedicarnos un poco de tiempo. Ahh… y no, no encontramos ninguna sandalia. A decir verdad, se nos olvidó buscarla.

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Burkina Chasco

No piensen en kilómetros sino en jornadas de viaje. Y fueron cuatro, con una de descanso, sólo para la ida. Cruzamos Ghana de sur a norte, por tierra, desde Ada Foah, en la desembocadura del río Volta, hasta la frontera de Burkina Faso, antiguamente conocido como Alto Volta. Podría ser equivalente a un viaje desde Algeciras a Irún en los años 60.

Me dolió abandonar la idea de remontar el río, pero la incertidumbre de la ruta y la falta de seguridad del ferry -con dos accidentes recientes- fueron más fuertes que el espíritu de aventura.

Transportes

En Ghana no hay autopistas -salvo un pequeño tramo de menos de 20 km entre Tema y Acra o lo que es lo mismo entre el puerto y la city-, las carreteras son de un solo carril en cada dirección o caminos que en España llamaríamos de cabras. El asfalto escasea, los baches son constantes y la entrada y salida a las grandes ciudades debe hacerse de madrugada so pena de perder varias horas en el intento.

Los autobuses de largo recorrido son modernos y cómodos, de fabricación china, como casi todo lo nuevo en Ghana. En 2011 China invirtió $3.5 billion USD en este país, y en toda África $14.7 billion USD lo que afianza su liderazgo en el continente. El símbolo más reciente es la nueva sede de la Unión Africana en Addis Abeba (Etiopía) financiada por China con un coste de 200 millones de dólares. Algunos dicen que es una nueva forma de colonización.

En cuanto a las medias y cortas distancias se recorren en taxis compartidos y tro-tros a punto de desgüace, motocicletas de origen asiático -también relativamente modernas- y autobuses que han pasado sus mejores años haciendo trayectos urbanos en ciudades europeas.

Noche en blanco

Arrancamos un jueves, después de que Elena terminara de atender a los pacientes más urgentes del hospital y yo cumpliera en Radio Ada -se me desmorona la Redacción de Informativos. El aumento del precio de la gasolina ha hecho estragos entre la plantilla. Mi gente no tiene para pagar el transporte diario y no pueden venir a trabajar-.

Darek, uno de los culés de la zona a los que me enfrento heroicamente cada vez que Mourinho se acobarda, nos recogió en la carretera para acercarnos a la rotonda de Tema, la misma en la que estuvimos en el post pasado. Allí nos comimos nuestro tradicional bocata de sardinas -en esta ocasión, en tomate y de procedencia marroquí– y enganchamos un tro-tro hacia Acra. En menos de tres horas ganamos el corazón de la ciudad.

Empleamos la tarde en conseguir provisiones por lo que pudiera pasar en los próximos días y dando tumbos encontramos un restaurante español. Estas son las contradicciones de vivir tan lejos de casa. Uno lee: escalibada, puntillitas de solomillo, calamares a la andaluza o berenjenas caramelizadas y se olvida de África por unos momentos. Qué fáciles somos.

Hubiera sido una noche redonda, rematada además con un vino patrio en botella, pero un mosquito puñetero nos declaró la guerra sin cuartel cuando nos metimos en el sobre. Siete horas en blanco y al menos nueve picaduras per capita después, izamos bandera blanca. Estaba claro que el mosquito había conquistado el territorio y ni siquiera el ataque desesperado de insecticida especial para el trópico le hizo desistir. Agotados, nos echamos a la calle.

En ruta

Lo bueno de los taxistas en Ghana es que nunca se rinden. Siempre hay una alternativa. El tráfico diario en Acra o Kumasi es similar a la salida de Madrid en hora punta la víspera del jueves de Semana Santa. Pero los taxistas no se quedan dentro del embotellamiento mirando cómo sube el contador… entre otras cosas, porque no llevan. El precio se negocia por adelantado y se toman muy en serio su trabajo. No se abandonan a la inercia. Luchan por alcanzar su destino con una profesionalidad envidiable. Llegamos a la estación veinte minutos antes de la salida de nuestro autobús cruzando por el medio de barriadas donde las familias se empleaban en sus rutinas diarias y donde hubiera jurado que no cabía un vehículo.  

Sólo tuvimos que esperar dos horas más para partir. El feliz acontecimiento se produjo a las 11h y alcanzamos nuestra primera parada, Tamale, pasadas las dos de la madrugada.

Una vez a bordo, tuvimos una nueva sensación: frío polar en el trópico -curiosa la imagen de los viajeros con gorros de lana, cazadoras y mantas-. Aquí las cosas funcionan así. Si tienes aire acondicionado, lo pones a tope. Si tienes equipo de música, también. Y si tienes vídeo y películas -ya digo, los autobuses chinos traen de todo- te tragas 15 horas de seriales nigerianos encadenados. Y, oigan, no tienen nada que envidiar a los culebrones latinoamericanos de tanto éxito en España.

Aparecer en Tamale, ciudad musulmana y capital del norte de Ghana, algo menos de medio millón de habitantes, poco antes de la llamada a la oración, es impresionante. Una ciudad dormida que despierta en la oscuridad más absoluta, por vecindarios, a la llamada de su imán.

Abraham, hijo de Isaac -director de Radio Ada– nos recogió en la estación con el mismo cansancio que nosotros, pero con esa hospitalidad africana que no deja de sorprendernos.

Tamale es una ciudad agradable, menos caótica que otras capitales regionales, con unas cuantas mezquitas bien conservadas y con ¡carril bici! Además, es vibrante, con mucha música, y  a su gente le gusta compartirla con los visitantes. Merece la pena el largo viaje para descubrirla.

Hambre visible

También, muestra la cara más extrema de la pobreza. Viajar por carretera permite percibir todos los contrastes. A medida que nos acercábamos al desierto, la tierra es más árida, los cultivos y la vegetación desaparecen, el cemento de las casas va dejando paso al adobe, la temperatura pasa de los 40º y no hay brisa que refresque… Sin embargo, lo más duro es la ingente cantidad de niños que, con una lata al cuello, piden comida. Sus vientres hichados, su mirada triste, la vergüenza de los adultos. Es un panorama desolador.

Esta imagen se repetiría hasta la frontera con Burkina Faso, donde son evidentes los ecos de la crisis alimentaria que azota el Sahel. En Tamale tienen su sede muchas organizaciones humanitarias y llevan meses avisando de la catástrofe que tenemos encima. Apenas nos separaba una jornada de viaje del Sahel, donde millones de personas de Burkina Faso, Mali, Níger y Mauritania, entre otros lugares, no tienen, literalmente, nada que llevarse a la boca.

Una nueva lección

Tras descansar una jornada y media en casa de Abraham y su tío, Mr Djabletey, continuamos hacia Bolgatanga durante unas cuatro horas más.

Volvimos a la carretera de madrugada, hacinados en un espacio ínfimo y boquiabiertos ante la fortaleza de la gente local. Ni siquiera los bebés rechistan a pesar del polvo del harmattan que se cuela entre las ventanillas y te hace tragar arena, ni por el agobio asfixiante y el olor a humanidad que desprenden cientos de personas en poco espacio, ni por las incomodidades de compartir asiento y sentir un brazo por aquí, una pierna por allá, una cabeza en el hombro… –se te duerme medio cuerpo de no moverte-.

La lección es que al menos teníamos un sitio. Tendrían que ver el rostro de quienes hacen cola durante horas –y si partimos de madrugada, estarían ahí desde el anochecer- esperando el autobús… Y cuando aparece, no pueden cogerlo porque no queda espacio para ellos. Protestan, claro, pero saben que no hay nada que hacer. Mientras, yo añoraba los autobuses chinos y entendí por qué se promocionan en las ciudades a la voz de: “un asiento, una persona” seguido del destino.

El gran Chasco

Cuando llegamos a Bolgatanga, esperamos a que se llenara un taxi compartido para cruzar la frontera por el paso de  Paga –menos de una hora de trayecto-.

Habían transcurrido cuatro días desde que abandonamos Ada y llegábamos a las puertas de Burkina Faso, un lugar que llevo persiguiendo desde hace años y en el que nos esperaba David, un compañero que pasa una temporada en el país. Teníamos Ouagadougu, la capital, a menos de tres horas… y ahí se quedó.

Quisieron cobrarnos por el visado de una semana unos 300 euros al cambio, cantidad con la que casi vivimos un mes en Ada y 10 veces más de lo que suponíamos. Quizá hubiéramos podido pasar por menos negociando un soborno, una realidad que ya hemos advertido en numerosas ocasiones, pero hacerlo nos convertía en cómplices de aquello que criticamos.

Sin embargo, tanto recorrido hecho, de Algeciras a Irún en los años 60, recuerden, para darnos la vuelta en el último momento… Uff… no voy a negar la decepción ni la tristeza, pero es absurdo el lamento cuando uno quiere subir por placer y ve a tantos que bajan por necesidad. This is Africa, también, y cómo responder a los contratiempos es parte del aprendizaje.


Historias mínimas, prioridades máximas

Mr Narty tiene 63 años y en 1999 sufrió un accidente de tráfico. El coche en el que viajaba dio una vuelta de campana al intentar esquivar otro vehículo que venía de frente. Tuvo numerosas heridas y se rompió el fémur de una pierna. Desde entonces, camina apoyándose en muletas.

No es un caso aislado. Los accidentes de tráfico son comunes en Ghana. Las cifras oficiales hablan de cuatro muertos cada día y de 15.000 heridos al año. La falta de alumbrado, los excesos de velocidad y el mal estado de las carreteras son una combinación peligrosa. Tampoco los vehículos llevan ningún sistema de seguridad, no respetan el número de pasajeros y la mayoría tiene más de 20 años y hace mucho que no pasan ningún tipo de inspección.

Además, muchos conductores, sobre todo de motocicletas y de tro-tros (minibuses que se utilizan como transporte público), no tienen licencia y nunca han pisado una autoescuela. Sufrir un accidente de tráfico es la segunda causa de ingreso en un hospital, sólo por debajo de la malaria, endémica en el país.

En las grandes ciudades, enormes carteles señalan los puntos conflictivos y ruegan prudencia. También hay algunos controles en las carreteras nacionales y badenes para controlar la velocidad en vías urbanas e interurbanas. Pero no es suficiente.

Falta de recursos en hospitales públicos

A Mr Narty le operaron, como operan aquí en la mayoría de los hospitales públicos, con los mejores conocimientos que pueden aplicar, pero con pocos medios –los ricos nunca acuden a estos hospitales, disponen de otros privados, mucho más modernos, en la capital-. Si hubiera vivido en España hoy podría andar sin problemas.

Elena y Alicia ven verdaderos dramas a diario. No dejan de ser europeas y de llevar batas blancas, símbolo de esperanza para quienes sufren las peores dolencias. Quizás por eso, en ocasiones, les envían pacientes con enfermedades que no tienen nada que ver con su especialidad, la fisioterapia. Le ponen mucho corazón y mucho interés, pero su ciencia –que tanto bienestar proporciona a otras personas- poco puede hacer por quienes sufren enfermedades que dejan en estado de máxima debilidad a los pacientes. La verdad es que nadie aquí puede hacer casi nada por quienes sufren enfermedades muy graves, sobre todo si no se sabe cuáles son o si no se disponen de los medicamentos para aliviarlas.

Algunos diagnósticos se hacen por intuición, ya que hacer una radiografía o una resonancia magnética –y hacerla bien- es misión casi imposible y disponer de material adecuado, incluso de electricidad, no está siempre asegurado. Tampoco abundan los laboratorios. Desde luego no disponen de posibilidades de hacer un TAC.

No es culpa de los médicos, algunos como el Dr. Philip Nart son una eminencia. Es cuestión de falta de recursos y, sin ellos, ni siquiera un premio Nobel de Medicina podría salir airoso de las situaciones que afrontan los galenos de aquí.

Además de hacer lo que pueden, son pocos, están sobrecargados de trabajo y mal pagados -es normal que se les adeuden nóminas durante meses-. Estuvieron en huelga hace unas semanas y eso provocó una gran alarma social, así como que se pusiera en duda su profesionalidad e incluso su humanidad.

Ghana avanza

Mr Narty es nuestro casero y, como todos los caseros del mundo, tiene afición por el dinero fresco. Es un tipo agradable a pesar de su apariencia de cascarrabias. Gestiona con habilidad de comerciante curtido la casa de huéspedes en la que nos alojamos, Mizpah; administra un frigorífico que provee de agua fría, refrescos y cerveza a la comunidad próxima; y vende cemento y otros materiales de construcción, cuando se tercia, en el mercado local.

De acuerdo a las estadísticas del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –recién publicado- que sitúan la esperanza de vida en Ghana en 64 años, a Mr Narty le quedaría uno, pero él está fuerte como el árbol de mango que preside la entrada a la casa.

Cuando los miércoles me ve salir de casa vestido de futbolista, me dice que a la vuelta me chutará unos cuantos tiros, a ver si soy capaz de parárselos. Siempre le digo que sí, pero cuando regreso sólo alcanzo a  pedirle una cerveza con la que recuperar algo de energía –los jugadores de la Liga Fútbol-Caña de Legazpi (Madrid) aseguran que la birra recupera más que el agua. Miren si no a Albertini, vaya pedazo de jugador, a los 40, quisimos jubilarlo… Y me cuentan que, casi una década después, sigue driblando rivales en la banda izquierda-.

El PNUD sitúa a Ghana en el puesto 135 de 187 países, lo que marca una gran diferencia con los países vecinos. De hecho, también aparece como un país de renta media según los estándares internacionales. El Gobierno celebra con entusiasmo estos indicadores. Los pozos petrolíferos descubiertos hace pocos años dibujan un futuro prometedor. Será así si los recursos se invierten en sectores clave: educación, sanidad e infraestructuras, y no ocurre como en Nigeria o Guinea Ecuatorial.

El lujo de estudiar

Mr Narty tiene dos hijos: Gloria, de 15, y Michael, de 11. Ambos tienen la suerte de estudiar –la llegada de tres extranjeros a su casa ha supuesto una importante inyección económica-, porque aunque las cosas han mejorado mucho en este país –Ghana tiene la cifra de escolarización más alta de la región y el 80% de los menores están escolarizados-, la educación sigue siendo una quimera para al menos medio millón de niños y niñas.

El programa del gobierno de educación básica gratuita alcanza hasta la educación primaria. A partir de secundaria, educación técnica o universidad, toca buscarse la vida.

Las cifras del desarrollo también tienen letra pequeña. UNICEF asegura que 3,4 millones de menores viven en la pobreza en Ghana, 2,2 de ellos en la extrema pobreza y más de 50.000 en la calle.

De todos los niños y niñas pobres, el 71% son analfabetos y una cifra preocupante son víctimas del comercio sexual y explotación, además de estar gravemente expuestos a enfermedades y contagio del VIH.

UNICEF denuncia que en las zonas rurales los menores van al trabajo y no a la escuela con cierta frecuencia. Las distancias al colegio son grandes –cada mañana, antes de las 7 am, escucho como los niños y niñas de mi comunidad pasan junto a nuestra ventana para recorrer 4 o 5 kilómetros a pie por caminos de tierra que serán intransitables durante la época de lluvias- y las necesidades familiares son altas –los uniformes y los cuadernos cuestan dinero-.

La situación en las escuelas también necesita mejorar. Menos del 60% de los profesores están especializados en primaria y en las zonas más deprimidas, la estadística baja hasta el 37%. En todo el país, sólo el 57% de las escuelas cuentan con agua potable y sólo el 48% se consideran lugares adecuados para recibir educación, con aulas acondicionadas, pupitres y material escolar básico. La escuela de Ayankco donde Elena y Alicia colaboran desde hace poco es un ejemplo de precariedad. Ni siquiera tiene techo, ni hay libros de texto, ni cuadernos, ni lápices, ni apenas sillas para que se sienten todos. Es una escuela de niños y niñas abandonados, de huérfanos o de aquellos cuyos padres no pueden pagarles los uniformes y el material mínimo para ir a la escuela pública.

PD 1. Mizpah conoció tiempos mejores, pero se alza orgullosa a la entrada de Ada Foah. Mr Narty nos ha alquilado uno de sus apartamentos. Es un sitio humilde, limpio, espacioso y muy digno. Tenemos agua, electricidad, ducha, servicio y camas cómodas. Incluso una televisión.Todas las tardes los niños de la comunidad próxima se acercan a la ventana del salón para ver entre las rejillas de los mosquitos lo que ponen en la tele. A las 8 pm se acercan los adolescentes: dan los deportes. Somos los vecinos privilegiados