En ruta por el Far West

Estábamos en el paraíso de ninguna parte, en los confines occidentales de Ghana, en el pueblito flotante de Nzulezo. Un lugar que nos dejó un sabor agridulce. Es un asentamiento humilde donde apenas viven 500 personas, dedicadas en su mayoría a la pesca en el lago que lo rodea. La tilapia es el pez estrella, como en casi todo el país.

Para visitar Nzulezo hay que sacar un ticket oficial en una oficina gubernamental. Te cobran también por la cámara. Hasta ahí, todo bien, siempre y cuando el dinero se emplee para beneficio de la gente local.

Mr Mohíno

Apareció Mr Mohíno, nuestro guía, y resultó que, como era época seca, el lago se encontraba a 45 minutos a pie de donde suele estar cuando las lluvias llegan. En marcha. Mr Mohíno ni siquiera nos dijo su nombre y tenía la fea costumbre de andar varios metros por delante. Por suerte, era sábado por la mañana y Beyin estaba desierto. Podíamos seguirle con facilidad. Ya saben, la gente local seguía celebrando la Semana Santa en sus iglesias. Atravesamos un vertedero y avanzamos por el no lago hasta que, en un momento dado, llegamos al agua. No cubría más allá de la rodilla y estaba estancada: imagen la cantidad de bichos y bacterias que acumulaba.

Nuestro guía nos dijo entonces que no había barcas suficientes y que teníamos que esperar a un grupo más grande. ¿Cómo? Elena reaccionó: “o manejas la barca, o la manejo yo, pero no me vengas con monsergas” El colega comprendió. Se dio media vuelta y acercó una canoa. De repente sí había. Debía de estar cansado porque salimos los primeros y a mitad de recorrido nos adelantaron cuatro chalupas. El ambiente en el bote era extraño. Llegamos a Nzulezo y, siento decirlo, no hemos encontrado gente menos amable en Ghana.

Habíamos pagado por la cámara, pero una vez allí no se podía fotografiar nada sin apoquinar otra vez. Nos negamos. Después, nos enseñaron una escuelita comunitaria. Nos sentaron en unas sillas y nos contaron una retahíla sobre la educación precaria y las necesidades que tenían que cubrir. No dudo que fuera todo verdad, pero cuando quise pegar la hebra y contar que estamos trabajando en un proyecto parecido, que nosotros apoyamos una escuelita comunitaria en Ada, que cómo consiguen los libros y el material escolar, si el gobierno apoya o cubre los salarios de los profesores, si hay alguna organización detrás para obtener fondos, cuánto tiempo lleva funcionando y cuál es la actitud de los padres… me di cuenta de que no les interesaba nada de lo que dijera y que no tenían ninguna respuesta, que sólo estaban ahí para sacar unos cedis y punto. Fue desagradable. Y nos largamos con viento fresco.

Sin embargo, el destino nos tenía reservado una compensación. Costó llegar, como viene siendo habitual, y más si a uno le da por emprender la marcha en domingo de resurrección. Las calles y carreteras estaban vacías. Desolado paisaje. Los pueblos que cruzamos esa mañana parecían abandonados, auténtico Far West de las películas. Encontrar transporte era difícil, aunque no imposible. Era cuestión de cuántos cedis se podían poner encima de la mano oportuna.

Refugiados marfileños

Nuestra condición de voluntarios reduce mucho el presupuesto y en vez en de en cedis, pagamos en horas de espera. No había más de 30 kilómetros -de Madrid a Alcalá de Henares- hasta nuestro nuevo destino, pero tardamos tres horas en recorrerlo.

Esperamos el primer transporte tostándonos como lagartos. Primero avanzamos en dirección opuesta a nuestro destino, buscando una carretera principal. Lo logramos, sorteando al menos dos campamentos de refugiados, de los cinco que mantiene ACNUR en Ghana. Estábamos próximos a Elubo la ciudad fronteriza con Costa de Marfil y punto de encuentro y acogida de refugiados. 

En estos campamentos viven desde hace un año entre 16.000 y 18.000 personas. Huyeron a Ghana desde Costa de Marfil, después del conflicto interno de 2011, desatado tras las Elecciones Generales que perdió el ex presidente Laurent Gbagbo -es el primer exjefe de Estado enjuiciado en el Tribunal Penal Internacional por crímenes contra la humanidad-.

No pudimos entrar en los campamentos, pero sí nos hablaron de ellos y muchos refugiados paseaban por los pueblos vecinos con normalidad. Los campamentos son asentamientos a las afueras de otros pueblos. Las personas que allí viven tienen las necesidades básicas cubiertas -alimentación, alojamiento, sanidad básica, agua potable- y poco más. También tienen muchas ganas de buscarse la vida y muchas dificultades lingüísticas para conseguirlo. Costa de Marfil es un país francófono y Ghana anglófono. ACNUR proporciona educación primaria en francés para los menores -después, toca integrarse en un sistema inglés-, pero los adultos no lo tienen fácil. Las etnias, a pesar de la proximidad, en este caso no comparten lenguaje local aunque sí costumbres y clima. La falta de oportunidades es el problema.

Muchas de las personas refugiadas: hombres, mujeres, niños y ancianos temen regresar. En Costa de Marfil se desató una guerra civil y esto siempre provoca divisiones entre familias, comunidades, tensiones y miedo, mucho miedo a volver. Algunos incluso son excombatientes. Cuando uno se marcha, lo abandona todo y entonces… ¿para qué dar marcha atrás? Y encima hacerlo con las manos vacías, ¿qué pueden encontrar allí? ¿Paz? ¿Algún familiar? ¿Rechazo? ¿Represalias?

New and old Akwidaa

Le íbamos dando vueltas a este tema cuando el tro-tro llegó a un lugar donde no podía avanzar más en lo alto de una cuesta. Habíamos viajado por caminos de cabras traqueteando. Paró, desembarcamos y ahí nos quedamos. Estábamos en NewAkwidaa y teníamos que ir a Old Akwidaa. Algo así como Patones de Abajo y Patones de Arriba en Madrid pero al revés. Un chico muy amable nos invitó a seguirle entre ambos pueblos.

Se trataba de una aldea de pescadores, uno de esos lugares en Ghana donde las casas se construyen con bambú y techo de paja, a veces uralita, y puede que algo de adobe o cemento, depende del poder adquisitivo, a menudo muy escaso, de quienes las habiten. Sin calles trazadas, donde las lluvias pueden hacer estragos, con los niños compartiendo hábitat con animales, aguas estancadas, sin saneamiento ni servicios básicos. Un sitio humilde donde la gente hace acopio de dignidad para sobrevivir.

Cruzamos entre las casas y al llegar a la playa nuestro nuevo amigo nos señaló hacia el este. “Vuestro alojamiento está por allí “¿Cómo?” -dije- “Hacia allí, en línea recta, no dejéis la playa y llegaréis”. No tengo mala vista, hacia un calor agotador, con el sol abrasándonos la sesera, y no me lo podía creer. Casi una horita de caminata para descubrir un eco-lodge montado por una pareja de británicos -otros buscadores de sandalias perdidas-, enamorada del lugar y promotora de varios proyectos de turismo sostenible, empleando personal local y respetando el medio.

La coherencia obligaba a no contar con más luz que la de las placas solares, tener límites en el agua para ducharse y disponer de un váter donde los excrementos se disuelven hasta convertirse en compost o abono orgánico. Hasta que el proceso se culmina los olores se adueñan del espacio. Un pequeño sacrificio cuando uno no está acostumbrado. Pero como dice mi amigo Víctor, milana bonita, también parecía una molestia separar la basura en varios cubos hace años y hoy ya lo tenemos asimilado. Pues eso.

Los alimentos que allí se consumen son de temporada y salvo la cerveza, los refrescos o el vino, todo era del lugar. Buen proyecto, lleno de extranjeros, como no podía ser de otra manera. Las personas locales juegan en otra liga. Allí conocimos a Steffi y James, británica y australiano, broker de la city londinense y empleado de multinacional en Lomé. Una pareja, a priori, con intereses muy opuestos a los nuestros. Pero una noche de conversación, con unas copas de por medio e intercambio de experiencias, hace que las diferencias se evaporen. Es interesante aprender también de otros estilos de vida y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Al final de la velada, quedó un brillo de duda en sus ojos. Ninguno estaba del todo satisfecho con trabajar catorce horas al día, no verse casi nunca, vivir en hoteles, comer a diario en restaurantes o viajar por África en vehículo privado con chofer incorporado. Mala vida, buena gente.

A casa

El martes emprendimos regreso a Takoradi, junto a una pareja de alemanes, ambos voluntarios. Él había pasado seis meses trabajando en un proyecto con niños de la calle en las afueras de Kampala, Uganda, y ella regresaba este año a Ghana tras una estancia de varios meses en 2011 como voluntaria en la Región Central. No tenían mucho más de 20 años y ya atesoraban unas cuantas experiencias fuera de su país. Dudaban entre seguir estudiando o incorporarse al mercado laboral -claro, son alemanes-, y habían decidido viajar un tiempo por África. Ya lo conté una vez, pero uno siente envidia de estos chicos que hacen con poco más de 20 lo que uno se atreve con poco menos de 40.

La vuelta a Acra fue larga, pero cómoda. No sé cómo es posible, pero el caso es que existen unos autobuses elegantes y europeos que hacen el trayecto Acra-Takoradi en los dos sentidos en 4 horas. En varias ocasiones he preguntado por ellos a diversas personas, compañías de transporte y en estaciones de autobuses de la capital. Nadie ha sabido decirme de dónde parten en Acra. Sin embargo, en Takoradi, resulta facilísimo encontrarlos y se promocionan mediante altavoces a los cuatro vientos.

Fue llegar a Acra y darnos de bruces con un contraste de esos que duelen. Veníamos con un sabor de boca lindo, bronceados por el sol, encantados de haber variado nuestra dieta, hecho nuevos amigos y paseado por playas preciosas. Pero de golpe y porrazo rompíamos la maldita burbuja para ver de nuevo la realidad. Bajo el puente de la desesperación, en las proximidades del Nkrumah Circle, el corazón mismo de la ciudad, encontramos a una persona avanzando con medio cuerpo sumergido entre las aguas fecales, buscando cualquiera sabe qué. Una imagen terrible. La pobreza en estado puro. Sólo alguien necesitado de verdad bajaría a esas aguas inmundas jugándose la salud. Estábamos de vuelta.

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