Mercado de Barceló en Kasseh

Es martes y día de mercado en Ada Kasseh, el más grande de los tres municipios que forman Ada. No había reparado en que todos los martes también voy al mercado de Barceló en Madrid. Será que ahora tengo la cabeza puesta en la vuelta y que poco a poco me voy fijando más en pequeños detalles como este.

Había pensado titular este post sólo Mercado de Barceló, pero no quería plagiar a Almudena Grandes. Además, ella vive allí enfrente y desde su atalaya domina todo lo que ocurre en la plaza y en el mercado. Cuando fui a su casa para grabarle una entrevista hace años, me quedé fascinado con las vistas que tiene desde las ventanas. Y también con su biblioteca, claro. No sé si escribirá allí, pero si lo hace, no me extraña que le salgan páginas con tanta fuerza y tanto sentimiento.

En fin, pensaba en ella cuando íbamos al mercado de Kasseh este martes. En ella y en mi madre, porque mi madre también compraba en el mercado de Barceló, cuando era más jovencita -las madres nunca envejecen- y dejó su Valdepeñas natal para trasladarse junto a su padre y a la abuela Pepa -a la que tanto quise- a lo que hoy se conoce como Malasaña.

A veces, cuando voy a ese mismo mercado, me imagino cómo ha cambiado la zona desde entonces. Sin ir más lejos, antes de venirnos a Ada, el mercado llevaba un año de obras dentro de esos planes de remodelación y recuperación de los mercados de Madrid y se había instalado temporalmente en puestos prefabricados que le robaron buena parte de su encanto.

Elviro, que es mi frutero allí, lo tenía claro. Antes de iniciar esta aventura, me dijo varias cosas. Entre ellas, que África estaba muy lejos y que vaya cosa más rara esa de ir allá cuando ellos quieren venir acá. También me dijo que este año el Atleti ganaría un título -y bien que lo hizo-; que a mi vuelta, las obras del mercado no estarían terminadas; y que lo mismo ya sólo nos encontrábamos en la Cantina, que él estaba pensando en la jubilación y quería retirarse y venir sólo de visita. A pinchar un poco a Juanito -insistió- que es el del pollo, madridista, y gente de fiar, no obstante. A Antonio, el pescadero, también le echaría de menos -contaba- pero no tanto, y es que no es de pegar mucho la hebra. “A estos del pescado les gusta más hablarles a los peces. ¿Tú te crees? Imagínate que yo me pusiera de conversación con los tomates, las cebollas o las patatas. Pensarías que estoy loco”. La verdad es que no contesté, callé un poco avergonzado porque yo le hablo a menudo a la comida, cuando cocino.

En el mercado de Kasseh no se comenta mucho el fútbol, porque quienes allí venden son las mujeres y ellas no tienen mucha afición por el balompié, a pesar de que igual que los hombres y los niños visten a menudo con camisetas de diferentes equipos. Son vistosas y a la gente de Ghana le gustan los colores vivos y muy alegres. Los llevan siempre en sus telas y vestidos, en los tradicionales kentes. Cualquier prenda si es amarilla, azul o naranja es siempre mejor que blanca o negra. Esos colores solemnes se dejan para otras ocasiones.

En el mercado de Kasseh, sostengo, la mayoría de las personas son mujeres. Las que nos venden a nosotros seguro. Está Rebecca, que vende galletas, made in Sri Lanka, y que nunca tiene sardinas. Luego están las dos de las cebollas, Cristina y Ofelia. Siempre les compramos a ellas por riguroso orden de alternancia y tenemos plática garantizada todos los martes: que si la lluvia, que si ha subido el precio, que si me das alguna de regalo, que si estás muy flaca…

También me llama la atención esto. Aquí, Elena y yo vamos a hacer la compra juntos. Hay más tiempo. En Madrid suelo encargarme yo, ya que ella pasa consulta hasta tarde. Salgo de la oficina y de camino a casa me sumerjo en el Mercado de Barceló y en sus personajes. Conduzco mi bicicleta con una cesta acoplada sobre el portaequipajes que me ayudó a apañar Nieves. Paro en el mercado y comienzo la peregrinación. Una vez llevé a Elena para que la conocieran. Es tanta la confianza y la conversación que estaba feo hablar de ella sin que le pusieran cara.

Al señor de La Pequeñita le compro el jamón. Ya sabe que cuando tengo invitados tiene que darme de ese bueno que guarda para las ocasiones. Espero que se encuentre bien. Estuvo delicado el año pasado y le tengo mucho cariño. Aquí en Ada no hay jamón serrano y a menudo me acuerdo de él. Del jamón, quiero decir ahora.

Paseando entre los puestos de Kasseh uno ve un montón de cosas que no se encuentran en Madrid. El pescado ahumado o el fresco descansando sobre enormes baldes y una cantidad ingente de moscas revoloteando alrededor.

Cuando llegamos, nos obsesionaba la idea de comprar el pescado en el mercado. A pesar de que en Madrid me doy aires de conocerlo bien -como ustedes saben, un lugar donde a pesar de no tener mar, se vende el mejor pescado– aquí me entra el tembleque a la hora de elegirlo. Uno ha navegado con soltura y en muchas ocasiones por el estanque del Retiro y por el de la Casa de Campo, e incluso ha remontado el Manzanares desde muy niño en la zona de la Pedriza y tal, pero de ahí a discutir sobre la frescura de un atún, una barracuda o cualquiera de los bichos que uno ve aquí va un trecho. Que tenga buena cara, que no se hunda el dedo, que no huela demasiado fuerte… Que sí, que sí, pero que no. Por suerte, Mamma Ruth, paciente de Elena y nuestra hada madrina, con un restaurante local propio, lo elige por nosotros.

En Madrid lo hace Antonio, ya digo, el mismo al que no le gusta pegar mucho la hebra. Nos hicimos amigos un 24 de diciembre de hace unos pocos años. Recuerdo que monté un debate en la oficina y decidimos que compraría Rodaballo para Nochebuena. Entonces fue el momento de encontrar el género y pensar en cómo cocinarlo. Descarté la pescadería que hay en el portal de al lado de Amnistía porque allí se paga todo en billetes de 50 y yo no estaba muy sobrado. Eloy, que pasa los veranos en Galicia desde que es un niño, decía que a la plancha; Pastora sugirió un aderezo, el otro que cocido… y yo sin haber visto nunca un pez así, le pregunté a Antonio, primero si tenía, y luego cómo sabía mejor. Me gustó su familiaridad, su confianza y que a pesar de ser una fecha tan especial no incrementara el precio ni un euro. Desde entonces le compro siempre a él.

El pollo ahora no se lo podemos comprar a Juanito porque está muy lejos y tenemos que conformarnos con los cuartos traseros que vienen congelados de Portugal. El pollo fresco apenas se vende en el mercado de Kasseh. La gente tiene los pollos revoloteando en sus cercados y los matan cuando procede, pero a nosotros nunca nos llega. El que nos toca siempre es el congelado. Da miedito la pollería, se lo juro.

Y los huevos son otro cantar. Hay muchas gallinas pululando por cualquier esquina, pero comen basura y desperdicios, y los huevos que ponen son peores que los que se compran en cualquier supermercado de Madrid. Nada que ver con los que trae Elena de Punta Gorda, en la Isla de la Palma, donde la abuela Carmen los envuelve con mimo para que aguanten el trayecto de avión. Sí, Elena se trae los huevos y los mangos, y las bollas, y los aguacates y todo lo que pilla cuando visita la Isla Bonita. Los del escáner de la Guardia Civil tienen que flipar con su maleta; al menos lo mismo que flipo yo cuando, una vez en casa, la abre y esparce minuciosamente los alimentos por la cocina. Todavía no se rompió un huevo. Y todavía no probé uno mejor.

Lo que más se ve en el mercado de Kasseh son frutas -muchas tropicales como el coco, la piña o el mango- y, sobre todo, casaba, yuca y tubérculos gigantes, aunque las papas escasean. Se traen de fuera y generalmente llegan en mal estado. Está buena la yuca, pero enyuga, qué quieren. Y los boniatos vienen también por temporadas. Mi barriga ensancha con tantos hidratos, pero es que la alimentación no es variada. Cuando no son los tubérculos, es el arroz, made in Indonesia, Vietnam o Estados Unidos.

De España lo único que uno encuentra es vino de cartón, el mismo que rechazarían los borrachuzos de cualquier Plaza, la de Barceló sin ir más lejos. Sin embargo, en estos lares se vende y se consume con alegría. Cuánto desconocimiento y cuánta diferencia con el de la Bodega de mi barrio.

Qué pena que no ocurra lo mismo con el aceite de oliva, aunque fuera del malo, pero aquí no hay. Curiosamente, en la farmacia se vende uno, a precio de oro, y ¡para el cabello! En Ghana, y en casi todos los páises africanos, se cocina con aceite de palma y a mí me destroza el estómago. De ahí que hayamos ido un par de veces a Togo -como ya les conté- para traer del bueno escondido en los bajos de la mochila. Ayer abrí la última botella de virgen extra y el drama se cierne sobre nuestras cabezas. Desayunamos a diario tomates, ya que se encuentran fácilmente en el mercado. Es un gustazo triturarlos y extenderlos sobre el pan recién tostado.

Aunque el pan de barra, el normal, tampoco existe. Hacemos la vista gorda con el tea bread, que es el que más se parece al nuestro. También hay sugar bread, butter bread y brown bread, pero no los recomiendo. Demasiado dulces para el día a día y para mojar en esas salsas que inventamos con las guindillas que aquí tanto se usan. Los pimientos, asimismo, forma parte de la dieta, pero son un objeto de culto, sobre todo los que están bien. Las zanahorias también cotizan a la alza, aunque creo que ahí, Akolebú, la que nos las vende entre aleluyas y amenes, nos mete el clavo, porque en Ada se ven a tutiplén ¡y no pueden tener ese precio!.

También hay muchos cangrejos, si cierras los ojos parecen nécoras, pero tampoco nos atrevemos a comprarlos en el mercado y sólo los comemos en el restaurante de Kofi. Hoy mismo he pedido tres piezas para la cena. Además de Elena, vendrá Susan, una doctora alemana que ha llegado al hospital para echar un cable y dar un respiro a los tres galenos que curran 24h todos los días. Está en consulta de medicina general y alucina con los casos de malaria, y con los partos, y con cómo se opera y se trabaja aquí. Hay que llevarla a comer cangrejos, a ver si se recupera y coge fuerzas. Apenas tiene 28 años y trabajar en un hospital público africano no es fácil. Tampoco para los alemanes.

Me gustaría contarles todo esto a mis amigos del mercado de Barceló y decirles que tengo ganas de tomarme una caña bien tirada y probar unas aceitunas aliñadas, de esas que se venden junto a la Cantina y que a mi colega Manolo le vuelven loco.

También añoro al de la Quesería de al lado de casa, porque aquí el único queso que se encuentra es el de La Vaca que ríe, envasado en Marruecos y hecho en Francia. Y la carne roja, un chuletón de esos de la Sierra de Guadarrama o un solomillito, pura mantequilla, vuelta y vuelta, que me venden, de cuando en vez, en la carnicería.

Qué vamos a hacerle. Nos vinimos a África y hablar de comida es una falta de respeto. A diez pasos de donde escribo hay gente que pasa hambre. Pero a veces uno necesita evadirse y compartir lo que ve y lo que siente, y lo que echa de menos. Los golpes de realidad son duros y constantes, ya lo he dicho en muchas ocasiones.

Esta mañana he estado en la escuelita de Anyakpor y allí los niños y niñas estaban encantados porque Madame Helene había puesto un manojo de espaguetis, macarronis dicen ellos, en el puchero. Esa ha sido su comida especial del día y de la semana y quizás del mes. La pasta es un plato muy codiciado y por eso los críos se abalanzaban con sus manitas para comer un puñado -en Ghana sobran los cubiertos-. Los espaguetis se escurrían entre sus dedos. Apenas había para todos. Asistía a la escena en silencio, sin saber qué decir. Abriendo mucho los ojos para no llorar. Si ellos han comido pasta hoy es porque ha sobrado del remanente que compramos para alimentar a los obreros que trabajan en las obras de ampliación de la escuelita. Por cierto, ya está hecha la tercera clase y mola un montón. Ahora estamos empantanados con la cocina y los fogones. Quizá por eso me dio por escribir sobre la comida…

PD. Ahora sí. Los próximos cuatro jueves descanso. Gracias otra vez.


Casados y bien casados

Me casé en Ghana

durante la estación de lluvias

un día del cual

tengo ya el recuerdo

No sé por qué, pero parafrasear a César Vallejo se ha convertido en una curiosa costumbre en los momentos solemnes de mi vida. Así fue cuando presenté mi libro, Sin miedo a la derrota, en Madrid, con aguacero, hace ya casi siete años. Y así fue ahora, durante la estación de lluvias, en Ada, cuando  Elena y yo nos casamos en la escuelita de Anyakpor. Ya saben, ese sueño que hemos hecho realidad con el apoyo de ustedes.

Debo ser sincero. Nunca reconocí ninguna otra autoridad en materia de amor que la de un poeta. Ni jueces ni curas ni políticos ni notarios. Para un mí Te quiero es más importante que un Sí quiero.

Por eso me gusta más la palabra compañera que la palabra esposa y tantos otros matices que ustedes pueden imaginar. Empero, esto del amor, como tantas otras cosas importantes, es algo compartido. Y me siento muy feliz y satisfecho de que Elena y yo hayamos alcanzado un acuerdo sobre este asunto y hayamos sido capaces de celebrar un acto tan bonito y tan simbólico. Se me ensanchó el corazón cuando la vi aparecer por la puerta de la escuela de Anyakpor. Cientos de niños cantaban para recibirla a ritmo de tam-tam.

Era 13 de junio. Muy temprano. Amenazaba tormenta o cualquiera sabe. Aquí, tan pronto te mueres de calor como te calas hasta los huesos. A veces es cuestión de minutos. Junto a nosotros, Mamma Anna, hermana de Elena, en un triple papel como camarógrafa, testigo y madrina –dos días más tarde, en la embajada de España en Acra, tornaría su papel por el de Mamma Chicho-; y Rafa, el amigo al que presenté hace bastantes posts, fotógrafo, testigo y mi bestman.

El atrezzo

Aquel día, sostengo, amenazaba tormenta y a eso de las 9 de la mañana a Rafa y a mí nos mandaron, sin pudor ni disimulo, a Anyakpor para dejar el espacio libre. Así la novia y la madrina se acicalarían a gusto y sin prisas.

Días antes, con unas telas compradas en el mercado de Kasseh, habían encargado sendos trajes tradicionales. Mamma Anna, al más puro estilo africano. Lucía muy integrada en el entorno. Y Elena, con colores vivos, tocada con unas flores y una trenza, mezclaba sus raíces canarias con el exotismo de una princesa asiática. El padrino y yo vestíamos con sobriedad, con camisa blanca y azul celeste, respectivamente.

Llegamos a la escuela manchados de barro tras sortear, sobre dos ruedas, baches, charcos y demás accidentes del camino. Rafa me miraba sorprendido. “Igual deberíamos haber pillado un taxi”, creo que dijo. “Igual”, creo que respondí.

Pastor James nos esperaba en Anyakpor y había movilizado a toda la comunidad para nuestro enlace. Incluso se había traído a otro Pastor, Samuel –su mentor-, de la región del Volta. Enseguida percibí muchas caras nuevas entre las personas de medio metro que darían fe de lo que allí iba a pasar -la educación gratuita atrae a más menores sin recursos, pero no se preocupen, estamos ampliando.-

Las mujeres se afanaban en preparar el decorado con retales y globos de colores llamativos. Madame Elene y la esposa del Pastor se esmeraban en los fogones cocinando para los niños y la comunidad -por primera vez, muchas personas comerían carne-. Y Pastor Samuel aclaraba su voz y calentaba motores para la función. Este hombre es un auténtico animador. Poca gente entendió lo que dijo durante la celebración porque hablaba en un inglés acelerado y la traductora de dangme no podía seguirle la rueda. Pero qué saltos, qué alegría, qué desenfreno… Hasta yo le jaleaba. Más me parecía estar en un partido de fútbol animando a La Roja que en mi propia boda, pero así son las cosas aquí. Amen.

La música

Antes de empezar a cantar los goles, Pastor James me sugirió que deberíamos traer una machine, es decir, un equipo de sonido. Pues vale. Enseguida se movilizaron David, Christian y las fuerzas vivas de Anyakpor. La novia se retrasaba, según la costumbre, así que había tiempo.

Como si lo vieran. Al final llegó Elena, pero no así los bafles, la gasolina para el generador, la mesa de mezclas ni los técnicos de sonido. Así que le tocó esperar un par de horitas, escondida entre unos matorrales a cien metros de la escuela, no fuera a mostrarse al novio antes de tiempo y romper el encantamiento.

Suerte que por allí apareció Sonia, una voluntaria austriaca a quien presenté durante nuestro viaje hacia Burkina Chasco, y que se cruzó el país, desde Tamale –dos o tres días de viaje-, para darnos un beso y un abrazo. Se agradecen estos detalles. Ella ejerció como dama de honor.

Cuando decidimos empezar sin machine, de repente, todo se resolvió. La ley de Murphy también está vigente en África. Rugió entonces Anyakpor y surgieron las sonrisas de los niños. Los que estaban ya dormidos por la tardanza despertaron y se sumaron a la fiesta. Los primeros acordes de Azonto -que empiezo a comparar sospechosamente con la Macarena española -levantaron el ánimo a los presentes, unas 150 personas.

Los discursos

Después de la entrada de la novia, vinieron los cánticos y el follón. Elena se hizo acompañar de DoBarrabás– y Perpetua, nuestros preferidos, y comenzaron los discursos.

Mamma Anna aparcó la cámara de video para mirarnos con esos ojos grandes y alegres que tiene. Nos dijo muchas cosas lindas y sinceras. Empezó el moqueo constante que ya no nos abandonaría.

Rafa, rebautizado con posterioridad King Africa, sufrió un ataque de Parkinson y entre la emoción y el cariño nos dedicó unas palabras cargadas de sentimiento.

Luego fue el turno de Elena. Habló a corazón abierto, como suele hacerlo, y me gustó mucho escucharla, allí sentado, a su vera. No recuerdo qué dijo. Recuerdo su mirada. Y la felicidad compartida.

Y luego cogí el micro yo, breve, sin extenderme, aunque no lo crean. Para decir Te amo y quiero compartir la vida contigo no hacen falta muchas subordinadas. Para demostrarlo, tampoco.

Escuchaba los estómagos y la impaciencia de los niños a mi espalda. Eran más de las 13h y tenían hambre. Aunque hubiera dado igual la hora. Los niños africanos siempre tienen hambre. Así que nos entregamos unos collares que compramos unas semanas antes en Lomé y nos dimos por casados, con un beso suave y tierno. Dejaríamos la pasión para más adelante.

Y después, qué quieren, allí nos remangamos y empezamos a repartir platos de comida entre la concurrencia –arroz picante con tajadas de pollo-, coca colas, mirindas y bolsas de agua potable. Y comenzó una fiesta como no ha habido otra igual en Anyakpor. Todavía se recuerda. Y todavía me paran por la calle para decírmelo.

Suave es la noche

Cuando las chanclas no nos sujetaban, iniciamos la retirada. Llegamos a casa y nos dejamos envolver por la magia del día.

Aguardamos la noche dormitando. Y cuando llegó, al calor de una caldereta de pescado, vino de Rioja y ginebra de importación pasamos la velada más excitante de cuantas llevamos en África.

Jawey, nuestro amigo rasta, se arrancó con sus grandes éxitos y todos le dimos unos toques al tambor. Rafa se convirtió en DJ y con nostalgia rockera y ochentera fuimos robándole minutos a una noche que no quería morir.

Elena y yo flotábamos, acompañados de Ana -bailona y divertida-. Lo dimos todo. Tanto que hasta competimos con el sempiterno ruido de la Iglesia de Pentecostés. Por una vez, seríamos nosotros los que joderíamos el sueño a los vecinos. Allí se estaba liando parda.

El despertar no fue duro. Tenía a Elena al lado y eso ayuda a afrontar cada día. Soy un hombre afortunado.

La embajada

El 15 de junio firmamos los papeles oficiales en la Embajada de España en Acra. Juan Antonio, cónsul, ofició la ceremonia como autoridad correspondiente. Fue en el despacho de la embajadora, bajo el retrato de su Majestad el Rey Don Juan Carlos, como manda el protocolo, aunque yo no podía evitar imaginarme a su regia figura en Botswana, de cacería, mientras me miraba así tan serio desde la pared. También pensaba en su yerno, Urdangarín, pero eso, me temo, es otra historia…

Fue cosa de 10 minutos. Consentimos y salimos de allí con el libro de familia a cuestas. Sin embargo, nunca imaginé que conseguir un libro diera tanta guerra. Para llegar hasta aquí sufrimos un auténtico camino de obstáculos.

Hace unos meses, cuando tratamos de ganar la frontera de Burkina Faso, me puse digno y dije que nosotros no pagábamos sobornos. Poco después, con los pantalones por debajo de las rodillas, reconozco que he sido víctima de dos de ellos. Un golpe duro para mi orgullo.

La embajada de España en Acra exige una licencia especial de matrimonio expedida por las autoridades ghanesas para que el matrimonio consular entre dos ciudadanos españoles pueda celebrarse.

Conseguir esa licencia es prácticamente imposible. Elena penó un mes por las instituciones de AdaDistrict Assambly y Juzgados, pagando una tasa que no era tal sino dinero en efectivo para el funcionario de turno- y yo me subí al carro para las gestiones en Acra.

Después de sufrir abusos y humillaciones por parte de funcionarios locales que no tenían otra cosa mejor que hacer que reírse de nosotros, acudimos a nuestra embajada en busca de protección. Nos dieron la información con cuentagotas y con más pena que gloria fuimos avanzando. Había pasado un mes.

Nos dijeron que debíamos apoquinar 200 cedis por la dichosa licencia en el Registro de Acra. Mr. Okyere -tiene gracia el apellido- nos pidió 300 dólares en un primer momento. Tras regatear, se quedó en 200 cedis. Nos dieron un papel con un plazo determinado. Ese plazo no resultó apropiado para resolver los trámites legales de la administración española. Un funcionario de nuestra embajada nos confundió sobre este aspecto. Entonces hubo que volver y repetir el soborno o la extorsión, esta vez, sin ni siquiera pantalones y las lágrimas de impotencia asomando en las pupilas. Al final, uno asume que un corrupto es más útil que un incompetente. Con esos 400 cedis hubiéramos podido subir una línea más de ladrillos en la escuela de Anyakpor o alimentar un mes a los 97 niños y niñas que allí estudian. Pero no, así son las cosas aquí. Fueron a parar al bolsillo de alguien que no lo merecía.

El cónsul español nos pidió disculpas por teléfono y en persona por la actuación equivocada del personal a su cargo. Agradecimos esta muestra de humildad y templó, un poco, nuestros ánimos. Todo esto me pasaba por la cabeza mientras decía yo consiento.

Después, todo ocurrió muy rápido y sin apenas darnos cuenta estábamos ya a bordo de un tro-tro rumbo a Keta.

Ana y Rafa, después del esfuerzo del viaje, no podían marcharse de Ghana sin conocer a Mamma Rasta y llevarse en la mochila de vuelta un trozo de esta cultura africana tan diferente, sugerente y atractiva.

Con nuestros papeles a buen recaudo y siendo ya marido y mujer a ojos de la ley, salimos pitando. A ver quién nos echa el guante.


El misterio del barco varado

El primer día que llegué a Ada, hace ya varios meses, lo dediqué a vagabundear por sus calles para hacerme una idea lo más real posible de dónde estaba y qué podía esperar del lugar.

Recorrí a pie y a plena luz del sol la principal avenida del pueblo, los estrechos caminos que llevan hacia el mar, el lugar donde se instala el mercado dos días a la semana –miércoles y sábados-, la larga carretera paralela a la playa, el pequeño embarcadero donde se alquilan las chalupas para navegar el Volta, algunos de los hoteles, pensiones y lodges donde las personas con dinero descansan y se divierten los fines de semana… Así fui dibujando un pequeño mapa en mi cabeza.

Hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Un barco de carga varado en mitad del río Volta, enorme, de casi 90 metros de largo. Le pregunté a un paisano por ese misterioso barco. “¿Y ese mastodonte, qué hace ahí?” Se encogió de hombros, desvío la mirada y me negó una respuesta. Es como si hubiera mentado al mismísimo diablo.

Leyenda urbana

Poco después, una vez que nos asentamos en el pueblo, empezamos a escuchar sospechosas leyendas sobre ese barco, su función allí, la tripulación, oscuros objetivos… Algunos de estos chismes los propagaba la escasa población extranjera que en aquel momento había en las inmediaciones. La mayoría local las secundaba. El barco es un símbolo de pecado, algo lógico teniendo en cuenta la excesiva religiosidad y mojigatería de mis vecinos -tomar una cerveza, no acudir a la iglesia o vestir de corto también es pecado. Igualito que en muchos pueblos de nuestra tierra, no se crean-.

Cuando los tripulantes del misterioso barco llegan a tierra, algo que ocurre los fines de semana y fiestas de guardar, el miedo recorre las cuatro calles de Ada. Los padres encierran a sus hijas. Los jóvenes afilan sus colmillos. El silencio se instala en un pueblo habitualmente atronador. Algunos comerciantes y las escasas criaturas noctámbulas que pululan por los alrededores se frotan las manos.

El capitán Fadhi, libanés de mirada perdida y tez morena, treintaypocos años mal llevados, menos de 1,80m de estatura, complexión delgada y boca con algunas ausencias molares desciende como un conquistador de su pequeña lancha inflable.

Le acompaña su inestimable George, nigeriano cincuentón, ágil y fiel escudero. Lo mismo ejerce de cocinero que de primer oficial a bordo, conseguidor en tierra o guardaespaldas, si la cosa se pone fea.

A veces, también les sigue el doberman Karlos, sin las orejas cortadas y de ladrido fácil. En su peregrinar hacia el Rub-Stone, club nocturno de Ada, se les une Gadafi, ghanés de mediana edad y borrachín del pueblo. Juntos forman la cuadrilla de la muerte.

Nuestro encuentro

Si no los encuentras allí, no resulta extraño hacerlo los fines de semana en la playa del Maranatha, a la hora del almuerzo o durante la hoguera nocturna de los sábados. Ahí no suele acompañarles Gadafi, sino dos o tres hombres de negocios libaneses que trabajan para el mismo dueño del barco.

Arriban en la misma pequeña embarcación, cargados del pescado de mar más fresco que hemos probado, pan de pita que parece recién horneado en el mismísimo Beirut, una ensalada aliñada con aceite de oliva y ajo que nos recuerda lo mejor de la dieta mediterránea, bebida variada bien fría en neveras que transporta George sin rechistar y altavoces donde se escucha música libanesa, donde no es difícil reconocer ritmos que bien podrían proceder del sur de la Península Ibérica.

En una de esas visitas a la playa, nos encontramos por primera vez. Era sábado a la noche, estábamos cansados, se había apagado la hoguera del Maranatha y queríamos regresar a casa. La jornada había sido larga. A un lado, podíamos atravesar un campamento sin senderos, repleto de infraviviendas, sin luz y con basura… y con suerte alcanzar un puente que nos pusiera en camino hacia casa. No había motos disponibles a esas horas y nos quedaría un largo trayecto de unos cinco kilómetros de regreso. No era la mejor idea.

Otra opción era alquilar una lancha y cruzar el río hasta el embarcadero. Y desde allí, andar hacia Mizpah, donde residimos, a una distancia de unos dos kilómetros. Parecía más sensato.

La tercera vía la descartamos. Dormir en la playa. Ya lo hicimos con anterioridad y las cabañas hippies que nos rodean, a pesar de su buena apariencia, son poco confortables, además de la ausencia de cuarto de baño y agua dulce para asearse.

Apuramos el último trago de vino Terminator y le pedimos a Papas, gerente del Maranatha, que arrancara el fuera borda. Cuando nos levantábamos, se acercó el capitán, que vestía bermudas floreadas, un polo con un cocodrilo en el corazón y una gorra azul con la publicidad de una empresa de construcción. Saludó cortésmente y se ofreció a llevarnos a casa. Caímos en sus redes.

Durante el viaje, nos presentamos, comentamos qué hacíamos en este perdido y olvidado lugar de África, nos contó que él era el temible Capitán Fadhi y nos invitó a visitar el barco a cualquier hora y en cualquier momento. Había nacido una extraña relación.

Al día siguiente, por Ada se extendieron extrañas habladurías. El capitán y los blancos eran amigos. Los voluntarios bienintencionados se juntaban con el personaje mas controvertido del pueblo. Ardían los chismorreos en Radio Macuto. Noté algunas miradas de desaprobación en el cogote mientras cogía el tro-tro que me llevaba al trabajo.

Poco después, visitamos el barco varado y no descubrimos armas ni fardos de droga ni especies en peligro de extinción recluidas ni ninguna sustancia ilegal almacenada en sus bodegas. Descubrimos, simplemente, que se dedica a extraer arena del Volta para venderla en uno de los negocios de construcción que el Big Brother libanés tiene en Acra -la denominación del jefe es real. Nadie le llama por su nombre-. Estará allí por tres años tras una concesión del gobierno ghanés. Todo en regla. Todo legal.

Torrente en Ada

El capitán es un personaje que provoca devoción y rechazo en Ada. Para unos es machista, juerguista y autoritario. Para otros, cortés, desprendido y melancólico. De un lado, sus forofos le adoran.  Quien comparte su mesa no paga y quien le sirve o satisface recibe una propina equivalente al sueldo de un mes. Estas personas hablan maravillas del capitán Fadhi. Otros le acusan de tratar con desprecio a la población local, de comportarse como un conquistador y de mostrarse por encima del bien y del mal.

A mí me parece una versión libanoghanesa del inspector Torrente, personaje creado por Santiago Segura, un antihéroe total que podría inspirar novelas o posts como este. Mi capitán no rinde pleitesía a El Fary, sino que se deleita con la música de los Gipsy Kings. Más de una vez hemos bailado en la playa, al son de sus acordes. Es musulmán aunque su Dios, dice, es muy democrático ya que le permite cometer cuantos excesos quiera. Se trata de un tipo curioso, quizá no nos hubiéramos acercado nunca de no vivir ambos en un lugar como este, sin más alternativas. A él también le resulta extraño alternar con voluntarios sociales.

Por supuesto, hay muchas actitudes y comportamientos que no me gustan o que no comparto. Pero también reconozco que es un personaje entrañable, solitario, que muere por un poco de calor humano y que trata a cuerpo de Rey a sus amigos.

Además, su piel y la mía tienen la misma tez, nuestra edad es pareja y a veces somos los únicos que pedimos cerveza en el bar. Estas coincidencias tan frívolas nos han convertido en algo así como compañeros de armas.

La soledad, ya lo saben, hace extrañas parejas. Fadhi es también el único en este entorno que me llama por mi nombre: Ángel, pronunciando la g debidamente. En el pueblo nadie distingue entre uno y otro, lo que a veces provoca inquietantes confusiones. Observar a veces te convierte en cómplice. Y asumo mi responsabilidad. Quizá por eso no nos juntamos mucho, sólo cuando esa maldita sensación, que se llama soledad, golpea con insistencia nuestra puerta y soy capaz de pactar con el mismísimo diablo a cambio de una dosis de diversión.


Síndrome de Baefono

Hoy es uno de esos días en los que le perdonarías a Fito la traición a Los Platero. Uno de esos días en los que necesitas escuchar canciones tristes, sencillas y melancólicas para ver si las desgracias de los demás te suben el ánimo. Quieres sentir cómo Camarón se desgarra la única camisa que tiene o cómo Morente se rompe la garganta por dedicarte un cante. Hoy te gustaría que el maestro Rosendo saliera de Carabanchel para gritarle a los cuatro berberechos de la administración de Ghana, a los mismos que te ponen tantas zancadillas, que son unos flojos de pantalón.

Es un día gris y te cubres los rizos con el pañuelo a cuadros de Kutxi, sacas el trabuco, acomodas la faca en la faltriquera y subes el volumen para que se estremezcan las palmeras de Futuenya. Necesitas ruido y rock and roll, hacer un brindis al sol con Los Enemigos. Hasta el Rulo, recién huido,o el Yosi, suavemente, se dejan caer por este lugar perdido de África Occidental. Así podría seguir con la banda sonora de estos meses, pero ustedes están aquí para leer un post, no para escuchar música.

Aquí se vive cada momento con verdadera intensidad. A veces te toca hacer frente a dificultades y las fuerzas merman, se derriten, no sólo por la temperatura. También tiene que ver con la idiosincrasia del país, la forma tan distinta que tenemos de resolver las situaciones. El caso es que a veces el cansancio te suelta un derechazo y te vas contra la lona, miras al tendido -no ves nada- y estás a punto de tirar la toalla. Luego recuerdas unas cuántas cosas: la sonrisa de los niños, la capacidad de resistencia de estas gentes, la vida a borbotones que emana de cada chabola… Entonces te levantas, dispuesto a parar otro golpe.

A veces son cosas cotidianas. La luz y el agua se van a diario. Es algo normal y hasta puede parecer divertido la primera vez. O el primer mes. Pero resulta que es lunes y vienes de jugar al fútbol, con arena hasta en las orejas, los pies negros, la camisa adherida a la piel. Y no tienes ducha para lavarte. Y te da vergüenza quejarte porque los vecinos no tienen agua para beber. A su lado eres sólo un baefono protestando sin adaptación al medio.

Pero es que otro día vienes de Acra, bien podría ser un martes, y esta vez se te dio mal de verdad. Tardaste cuatro horas de ida y cuatro de vuelta, metido en un tro-tro que paraba cada cinco minutos. Estabas pegado al asiento. Lo compartías con otra persona. Tuviste mala suerte y ni siquiera lograste uno propio. Sudabas. Y el olor en el vehículo era intenso porque quien viajaba cerca de ti acudía al mercado de Kasseh para vender cuatro tilapias y un puñado de peces ahumados -que no sabes nombrar en español- . Y era tan temprano que se te revolvió el estómago. Y a punto estuviste de liarla con un amago de vómito. Y te hubieras convertido en un baefono blandito y quejumbroso.

Y en Acra, según ibas hacia la administración, recordaste las palabras de la máxima autoridad judicial del país. Se llama, Teodora y te la encontraste hace meses en el pueblo, cuando inauguraron el mismo juzgado en el que han pretendido timarte hace unos días. “Nadie debe pagar un soborno por un trámite administrativo legal”. Y sabes que es mentira. Te hacen esperar horas y horas sentado en una silla incómoda, sin darte ninguna información. Hablan de ti en su lengua local lanzándote miradas furtivas. La guerra psicológica está en marcha. Y se sienten vencedores porque son los dueños del tiempo y saben leer tu ansiedad. Y te han visto tres veces en esa ventanilla. Y saben que van a ganar. Pero esta vez no ganan. Porque te rebelas. Y por eso te ha tocado comerte este viajecito a Acra, de gratis, por listo y por blanco.

Y si no es la funcionaria de turno, lo será el policía que te da el alto en la carretera. Te mira con cara de perdonarte la vida, te pide los papeles, revisa tu pasaporte y te indica que, si quieres seguir, debes darle una propina. Y te niegas, como siempre, con una sonrisa, levantando las gafas de sol, mostrando que tú no ocultas nada, que no tienes miedo, que eres un voluntario que ayuda a la comunidad. A su comunidad. A sus hijos. A los de su hermana. Y a los que se ponen por delante. Tú no vas pidiendo papeles a nadie para echar un cable.

Otro día cruzas la frontera por Aflao, otra vez, con dirección a Togo, porque es más fácil este trámite que pelear durante días, semanas o meses con otra funcionaria amargada y estreñida en la oficina de inmigración de la capital del país. Para que te dé largas, luego, alegando que el tipo que firma la solicitud se ha marchado justo dos minutos antes de que llegaras. Y tendrás que regresar en otro momento. Siempre se va cuando tú apareces. Qué casualidad.

Pero no hay problema, tú eres duro y llegas fácilmente a Lomé. Y lo pasáis bien porque es una ciudad agradable cuando se va de turismo. Y tiene mucha alegría en sus calles. Y algunos restaurantes buenos. Y lugares donde la música te hace vibrar. Y la mujer de un suizo, togolesa, te corta el pelo gratis, por el placer de hacerlo. Y te reconcilias con África. Y con sus gentes. Y todo es maravilloso.

Y resulta que es la Final de la Champions League y Monsieur Mariscal Didier Drogba marca para el Chelsea cuando va a expirar el partido. Y el tipo es tan machote que tira el penalti decisivo y marca. Y no le importó haber fallado unos meses antes frente a Zambia en la final de la Copa de África. Él es un señor, un ganador y representa el espíritu de este continente. Y por eso en todos los bares de Lomé, de Ghana, dicen que de Burkina Faso, Níger y, por supuesto, Costa de Marfil se celebra esta victoria como propia. Tan necesitada está África de victorias que con poco se conforma. Y tú también estás feliz. Porque te gusta ver a la gente contenta aunque sea por el resultado de un partido de fútbol.

Y con ese buen rollo regresas a la frontera, con las pilas cargadas, para volver a casa, donde te espera la rutina, el trabajo, el esfuerzo, las dudas, la lucha, la satisfacción. Pero te encuentras a otro policía que deja pasar sólo a Elena y a ti te retiene diciendo estupideces que no son verdad. Ambos sabéis que sólo quiere sacarte un poco de dinero. Los funcionarios cobran poco y siempre te la lanzan, por chicuela. Pero tú envidas a grande. Tu lenguaje corporal dice que no vas a pagar. Ni al tipo que quiere cobrar un cedi por ver que tienes la vacuna de la fiebre amarilla en regla ni al jefe fronterizo que durante una hora sigue haciendo preguntas absurdas para ver si te coge en un renuncio. Aguantas, aguantas, estás tranquilo y al final cruzas la barrera. Pero detrás vienen tres holandesas, jóvenes, voluntarias y escuchas cómo les piden 150$ por una visa que no vale más de 30$. Y no te dejan volver atrás y ellas no alcanzan a ver la seña que les haces, dúplex, para que no les estafen, para que estén firmes y no se rindan. Pero ceden. Son víctimas de este atraco legal. Estamos a mediados de mes. Cedis a la buchaca para un miembro destacado de la burocracia de un país de renta media.

Y otra vez vuelves a la administración de Acra, cada vez más desanimado. Ya no sabes qué día es, tal vez miércoles. Estás en el Registro General para que te den un papel importante. Vuelva usted mañana. Y vuelves. Venga otro día. Y regresas. Pague usted una tasa, pero no le doy recibo. Y preguntas en tu Embajada. Y te dicen que es así. Entonces 300$ te parecen demasiados. Y lo dejas en 200 cedis porque, señor corrupto, soy voluntario y eso es más de lo que pagamos por el alquiler de la casa un mes. El tipo te mira con indiferencia. A la vez que resuelve tu trámite, se hace con un bolso para su mujer. Ese es el impuesto revolucionario que una ciudadana ha pagado para acelerar su gestión.

Si no lo haces, tu solicitud dormirá el sueño de los justos. Y te revuelves. Y lo dices. Y vuelves a informar a tu Embajada. Y sientes impotencia. Y todo el mundo sabe que es un soborno pero nadie hace nada. Y tú no te lo explicas. Y sabes que en España a ellos les tratan peor. Pero tú no tienes la culpa. No tienes que pagar porque tu Gobierno y el de la Unión Europea blinden sus fronteras, ni porque tus policías tengan comportamientos racistas ni por tantas otras historias a las que precisamente te opones. Y no sabes por qué ocurre esto. Y no quieres que ocurra. Y es una vergüenza y todo el mundo parece estar en el ajo.

Sales a la calle con las manos en los bolsillos, eres un soldadito marinero que camina, sin prisa, por un asfalto que se te pega a las suelas con cada paso. Y te llaman blanco. Obroni. Y te chistan. Y quieres que te dejen en paz. Que no te molesten. Que no te traten como si fueras un marciano. No quieres que cada dos minutos te pregunten adónde vas, qué haces aquí, cómprame un puñado de cacahuetes. Quieres un poco de tranquilidad. Rumiar tus circunstancias. Confundirte en el caos de los coches sin que te atropellen. Sí, eres un urbanita y a veces el anonimato de la Gran Vía no es tan malo. Entonces te acuerdas de una noche, junto a Dani, en Lavapiés, hace una eternidad. Y de una pintada que os llamó la atención. “Al César lo que es del César…. 23 puñaladas”. Y sientes que llevas unas cuantas en la espalda.

Estáis construyendo una escuela para niños pobres de la calle. Trabajas en la Radio comunitaria. Elena lo hace en el hospital. No hay regalos para todos. Vivir en África Subsahariana es apasionante. Pero también duro. Y difícil. Hay muchos momentos.

Llegas a Ada en viernes y quieres encontrarte con un amigo para tomar una cerveza. No están. Los colegas locales desaparecieron cuando dejaste de pagar las consumiciones. No quieres que miren más tu billetera. Así que coges una caja de birras y te vas para kely. Este no es un lugar bucólico. Aquí la miseria es sangrante. Nadie tiene para vicios. Si el blanco paga, todos contentos. Si no, mala suerte, ya vendrá otro. Por eso, te encierras y pones otra vez música. Y te imaginas en el Maneras, en el corazón de Chamberí. El barrio de tu padre. Y tu última morada antes de partir hacia estas tierras. Y recuerdas a Carlos, su mirada comprensiva, mesándose los cabellos, haciéndose la coleta. Le ves encendiéndose un cigarro de esos que ya no le dejan fumar. Te abre una Mahou. Él se pone otra. Y chocáis los tercios, en silencio. Y aparece Eloy. Y comparte la escena, con discreción, ajustándose las lentes y dando un trago corto a su botella sin plomo.

Pero fue un espejismo. Ahora estás sentado a la mesa, para el desayuno o la cena, cualquier día, sucede siempre. Encuentras los rostros desesperados de mocosos de cinco años pidiéndote las sobras. Josaia, Forgive, Mesi, Eduard, Enok, Prince, Benedicta…Y te revuelve. Y te indigna. Y no sabes si cerrar la ventana y meterte debajo de la mesa. Porque ellos no se van. Te acompañan sus voces: “baefono, biscuits”, “baefono rice”, “baefono, baby chop chop”. Y conoces a la familia. Habéis intentado ayudarles. La mujer tiene 40 años y acaba de tener su decimoprimer hijo. No puede alimentarlos a todos. Un día sacasteis comida. Poco después había una fila de gente aguardando su ración. Y si no das nada, se quedan en tu puerta. Claro que lo comprendes. Tienen hambre y el hambre es cruel. Y tú tienes dinero. Al menos más que cualquiera de los que te rodean en la comunidad. Y ellos ni saben ni quieren entender que eres voluntario. Y que esto será pan para hoy y hambre para mañana. Y seguirá mientras no haya trabajo ni reparto de la riqueza. Ni lleguen a las personas los dividendos de ese petróleo que dibuja cifras magníficas en las estadísticas del país. La Noruega de África le dicen a Ghana. Pues estos no viven como noruegos, ni siquiera como griegos.

Por fin, llega la noche. Y te acuestas. Estás cansado, derrotado, quieres descansar diez horas. Pero comienza un funeral. La misma música machacona de siempre en la Iglesia de Pentecostés. Durará todo el fin de semana, como poco. No se puede dormir. La comunidad está de fiesta una semana tras otra. No tendrán para cubrir las necesidades básicas pero se empeñan hasta las cejas para despedir a los suyos con dignidad. Y es bonito, pero jode cuando están en la ventana de tu dormitorio. Feligreses danzando con sus linternas, chupando whisky en monodosis de plástico, bebiendo a gollete licores destilados en cualquier caseta y vino de palma caliente y fermentado dos días antes. Velan a sus muertos. Y tú eres insensible por querer planchar la oreja.

Y ya es por la mañana, temprano. Y empieza otro día. No tienes mucha energía, pero te levantas y vas al baño. Sigue sin correr agua por el grifo. Y Mr Narty tiene puesta la radio desde las seis de la mañana. La sintonía de Radio Ada te taladra la mollera. El casero es simpático, tienes un montón de anécdotas con él, pero también es un viejo avaro que sólo mira la pasta. Hoy toca limpieza. Te dice que sí. Siempre dice lo que que quieres escuchar. Y es una pena. Porque es falso. Y pasará un día. Y otro. Y al final lo harás tú, a pesar de haber pagado por ello y pensar que generas empleo local.

Y traerás gente a dormir a tu casa y te dirá que pagues un extra por ellos. Porque gastan luz y agua. Pero si apenas hay luz ni agua. Y siempre querrá más. Y no tendrá en cuenta que pasas mucho tiempo con sus hijos, educándoles noche a noche, que cuidas su hacienda cuando no está, que le ayudas con las tareas, que confías en él. No. Sólo le importa tu dinero. Y eso también duele. Porque tú no eres un hombre de negocios. Ni te interesan. Él es un pobre diablo que no mira más allá de hoy y no valora más que los billetes que guarda bajo llave. Y cansa ponerse siempre en el lugar del otro porque nunca nadie se pone en el tuyo. Y así también es África. Y todo esto te ayudará a crecer, lo sabes. Pero a veces no quieres crecer más. Ya te ves bastante talludito. Da igual. Esto son emociones fuertes.

Tu espalda burguesa necesita un colchón adecuado o un sofá. Y tu paladar, un café de verdad. Y tu corazón necesita ver el rostro de tu madre. Y de tus hermanos. Y te llaman. Y te gusta. Y les echas de menos. Y no te rindes porque ellos se sienten orgullosos de ti, de Elena, de lo que hacéis.

Te encuentras con algunas personas con las que colaboras. Saben que te marchas a finales de agosto o a primeros de septiembre, nunca prestan atención, por más veces que lo digas. Y entonces saben que se les acaban las oportunidades de quedarse con algunos cedis más. Y aprietan. Y se quitan las caretas. Y tú les dices: “Los billetes no son mangos. No crecen en los árboles”. Y se ríen. Se ríen mucho. Y a ti no te hace ni puta gracia porque estás muy serio. No son todos. Son algunos. Pero son de tu círculo y te cogen con la guardia baja.

Y encima siguen las nubes. Y vienen las lluvias que aquí son como diluvios universales. Y los casos de cólera se disparan. Y hoy se habla de 17 muertos y 640 casos sólo en Acra el último mes. Y otros dicen que hay más. Y el cerco de la malaria se estrecha. Y la gente enferma. No tienen mosquiteras. Viven junto a aguas estancadas. Serán víctimas inminentes. Y se lo dices a los curas, a los pastores, a los reverendos, a los chiefs, a los líderes comunitarios. Y hablas con el gobierno local. Y te dicen que vayas a rezar. Y tú no quieres rezar. Y te miran como si fueras un blanco que no se entera de nada. Y la cabeza te da vueltas. Y dicen que no les entiendes. Te responden que tú eres baefono y los sábados te vas a la piscina. Y los fines de semana bebes vino. Y una vez fuiste a una isla privada. Y te piden más plata. Te preguntas si hacía falta venir para esto. Te enfadas mucho. Y entonces reculan. Se achantan. Y estás tan confundido que sólo necesitas escribir este post o que suene una canción. “Es sólo una canción pero me siento mejor”.


Con la Jet Set

Era un sábado tranquilo. Estábamos en el Tsarley Korpey, el hotel de Ada donde nos dejan bañarnos gratis en la piscina una vez a la semana. Es el único privilegio que tenemos por ser voluntarios. Y se agradece.

Es un hotel de lujo, en comparación con cualquier otro lugar público de este entorno. Aunque en España sería el equivalente a un hotel de tres estrellas superior, aquí nos parece el Hilton. Además, tiene wifi gratis. Y Fred, el encargado, y estudiante de periodismo, nos deja utilizarla con un guiño cómplice cuando nos ve aparecer por el vestíbulo.

Íbamos a largarnos cuando escuchamos hablar en nuestro idioma. Una increíble novedad por estos lares. Nos acercamos y conocimos a dos familias de expatriados españoles. Estaban allí porque al día siguiente se celebraba una fiesta en una isla privada y les habían invitado. Nos dijeron que podíamos sumarnos. Fue nuestro billete de entrada a la Jet Set de Ghana.

Ada, como saben, es una fuente inagotable de contrastes. Por un lado, es el lugar donde las personas adineradas tienen sus mansiones y pasan los fines de semana, a todo trapo y sin cortarse un pelo. Y por otro, es una zona rural y pobre donde la mayoría de la gente vive en infraviviendas, con altos niveles de analfabetismo, ausencia de tendido eléctrico y falta de suministro de agua potable. Elijan ustedes el bando al que prefieren pertenecer. O intenten quedarse en tierra de nadie, haciendo equilibrios entre dos mundos tan opuestos.

Nos fuimos a casa sorprendidos por tener un plan nuevo para el fin de semana y por poder meter las narices en un entorno tan distinto al nuestro. Ya ven, nos ponen delante un trapo rojo y entramos como miuras. Qué debilidad.

Una cena irlandesa

Ese sábado también teníamos una cita con Mr Bryan Harrys, hombre de negocios británico a quien presenté hace unos pocos posts. Resulta que tuvo un accidente hace poco y Elena se ha convertido en su fisioterapeuta de cabecera. Digamos que cambia una sesión de masaje por una invitación a cenar. Y yo, como fisio consorte, también estoy incluido en el trueque. Pues guay.

Mr Harrys tiene un amplio círculo de amistades. 43 años en el país dan para mucho, me imagino que se hacen cargo. Cuando organiza algo, siempre hay más invitados.

En esta ocasión vino Bryan, un irlandés de Cork, cuarentón, superviviente del Tsunami que devastó el sudeste asiático en diciembre de 2006.

Bryan el irlandés no sabe cómo sobrevivió a aquello. Él estaba en la isla de Phuket, en Tailandia, uno de los paraísos del turismo internacional. De repente el mar se alejó, se perdió en la lejanía y luego atacó con una fuerza inusitada. No fue una única ola, sino varias. Su testimonio es estremecedor.

He escuchado historias similares en el lugar donde ocurrieron, junto a Jacobo, que trabajó muchos años en proyectos post Tsunami en la zona, pero no dejan de sobrecogerme. La impotencia, el miedo, la sensación de que la muerte se te viene encima y no tienes salida. Debió ser terrible.

Como recuerdo de aquella tragedia, a nuestro amigo irlandés le queda una parálisis parcial en una mano y otras heridas en el cuerpo. Aún así tuvo suerte. Salvó la vida, huelga decirlo.

Después de aquello, decidió establecerse definitivamente en este rincón de Ghana, comprarse un barco y dedicarse a organizar salidas para pescar o excursiones por el océano Atlántico con extranjeros o con quien puede pagarlas. El mar es su vida. Le ha perdonado aquella traición. Nos ha invitado a navegar con él un día de estos. A ver si Elena se anima.

Es un lobo de mar experimentado y, como corresponde, su cuerpo está lleno de tatuajes. Es parco en palabras y suele hablar para el cuello de su camisa, pero es una persona divertida y canta magníficamente bien.

Como buen irlandés, cuando llevábamos unas cuantas copas de vino encima -la Guinnes se vende embotellada en este país y no sabe igual, por lo que no la consume- se arrancó con una copla tabernera y alegre. Faltó la gaita. El cuadro fue enternecedor. Lo pasamos realmente bien. Además, nos comimos un pollo a la lata de cerveza. Sí, como lo leen. Otro día les cuento cómo es esto porque se cocina con la lata atravesando al ave. La receta la copió Mr Harrys en el aeropuerto de Zurich y tiene tela.

A toda vela

Nos levantamos el domingo bastante tarde, perjudicados por los excesos de la noche anterior. Además, por si fuera poco, la madrugada nos regaló una tormenta tropical, con rayos, centellas y truenos. Parecía que la casa se nos iba a caer encima. Imaginen a nuestros vecinos, con sus techos de hoja de palma y sus casas de adobe o bambú. Nos asomamos por la ventana y, al menos, no hubo que lamentar daños por ese lado. El agua, eso sí, estaba estancada cercando los hogares de la gente, casi aislándolos.

A nosotros, se nos inundó el baño, pecata minuta. Una vez que estuvimos dispuestos en perfecto estado de revista, llamamos a Álex, uno de los españoles que habíamos conocido el día anterior, para confirmar que verdaderamente podíamos ir a la fiesta en la isla privada. Nos dio luz verde.

Embarcamos en una lancha fueraborda prevista para la ocasión y disponible para los invitados. Antes de hacerlo, nos asaltó una duda. ¿Deberíamos llevar algo? ¿Qué se le lleva a un millonario? ¿Qué se puede comprar en nuestro pueblo un domingo? Fuimos con las manos vacías y nada más montarnos en la lancha sentimos un poco de vergüenza. Junto a nosotros, venía un grupo de jóvenes franceses: guapos, fashion, cool … de los que te puedes encontrar en el Barrio de Salamanca de Madrid, vaya. Venían cargados con unas cajas de Moêt Chandon. Joder, qué movida.

Llegamos a la isla y nos recibió el anfitrión, Mr Subi, libanés representante de Toyota, Porsche y otras firmas de alto standing en Ghana. Tendrá unos 50 años y es alto, elegante y delgado. De tez morena, muy mediterráneo y sonrisa permanente. Una persona educada y afable. Nos invitó a disfrutar de la fiesta con naturalidad.

Después, conocimos a su mujer. Había sufrido un accidente de surf hacía unas semanas y una caída posterior le había dislocado el hombro. Acudir con una fisio a cualquier parte es como hacerlo con un informático.

En el primer caso, siempre hay alguien a quien le duele algo, tiene una contractura o necesita un masaje. En el segundo, siempre hay alguien con un virus en el ordenador o un cable que conectar. Después de jornadas diarias y agotadoras en un hospital público ghanés, imaginen las ganas que puede tener Elena de dar un masaje en domingo, teniendo además a Mr Harrys como paciente de fin de semana. Seguramente, las mismas que tiene mi amigo Cotolo de arreglarme el portátil cada vez que la pifio y eso que desde que uso Ubuntu casi funciono solo -con el Plaza en el control remoto-.

Dimos una vuelta por la isla privada, quizá como el Santiago Bernabéu, en cuanto a tamaño. Antes de llegar allí, la leyenda urbana de Ada decía que este lugar pertenecía a un japonés, que era dueño de Suzuki y que era un hotel. Ya ven cómo el juego del teléfono escacharrado no conoce fronteras.

En uno de los extremos de la isla, rodeada por río y mar, se desarrollaban los espectáculos deportivos que justificaban el evento de ese día. Se celebraba una regata que había empezado en Sogakope, uno de los pueblos cercanos que también baña el Volta, y una competición privada de Skate Surf. Las conversaciones giraban entorno a estos deportes y no tuvimos mucho que aportar. A este respecto, sólo tengo que indicar que cuando, horas después, marcó el Kun y le dio el título de la Premier al Manchester City, en uno de los finales más apasionantes que se recuerdan, lo estuve celebrando con el personal de servicio, que también estaba más interesado en el fútbol que en la vela.

Durante la jornada, hubo un par de situaciones violentas. Cuando alguien nos presentaba y conocía nuestra condición de voluntarios y nuestra dedicación a proyectos sociales como la escuela de Anyakpor, se hacía un incómodo silencio seguido de una pregunta igualmente incómoda ¿por qué hacéis esto? O sentíamos las miradas de desinterés por parte de nuestros interlocutores. Afortunadamente, también una de las españolas mostró su respeto por nuestro trabajo. Nunca pedimos reconocimiento, pero sí esperamos respeto, como todo el mundo. El ambiente era raro, raro y nos encontrábamos fuera de sitio, como dos belgas cantando por soleares para qué voy a engañarles.

Champagne, por favor

Quizá por eso, después de un par de intentos baldíos de pegar la hebra, fuimos al único lugar donde no se necesitan amigos: la barra del bar. Pedimos un trago, a ver qué se trasegaba por allí.

El camarero sirvió Champagne con zumo de naranja. Le dejamos hacer. No sé cómo explicarlo. Uno es más de Kalimotxo, pero qué quieren, esto es la Jet Set.

Los chicos con los que vinimos en la barca, además de cargar con el Môet Chandon, también venían con un panel multilogo y banderas de publicidad, así como merchandaising. Repartían por doquier gorras, polos, camisetas y otros regalos por el estilo. Nos tocaron dos gorras, una roja y otra blanca. Nos las pusimos para agradecer el detalle.

Algunos invitados posaban delante de la publicidad, igualito que en las fiestas esas horteras que pasan por la televisión española al mediodía, donde famosos de medio pelo inauguran tiendas o acuden a preestrenos de cine. Qué movida.

Empezaron a desfilar personajes y fueron cayendo las botellas de champagne. No había ni un solo ghanés, a excepción de las personas del servicio, que superaban la decena. Todos estaban muy entregados a su labor. No sé qué pensarían de todo esto.

Había un montón de comida: arroz, pasta, kebabs, pescados, humus y tartas de chocolate. Nosotros le hincamos el diente a todo lo que pudimos, como si no hubiera un mañana. Pero era una rayada estar allí.

La mayoría de las personas que nos rodeaban nunca habían montado en tro-tro, comido bankú con las manos, visitado una comunidad de las miles que hay por todo el país o comprado alimentos en un mercado local. Tampoco parecían tener interés por hacerlo. Su experiencia de África era otra. Es más, aparte del clima que es igual para todos -aunque su aire acondicionado desnivela la balanza- parecía que vivíamos en países distintos.

La verdad es que por eso nos sentimos un poco solos. Estábamos rodeados de lujo libanés, comida deliciosa y bebida abundante pero solos. No fue culpa de nadie. Tampoco hicimos mucho por integrarnos.

Cuando alguien se interesaba por nuestra labor, les hablábamos de la pobreza que a diario nos rodea. Qué quieren, es lo que vemos todos los días, es la cruda realidad y no somos indiferentes a ella por mucho que estemos con la Jet Set. Aquí no se desconecta. Abierto 24 horas. Y, claro, en un día de fiesta a nadie le gusta que le amarguen. Es como ver las noticias tristes del telediario a la hora de sentarse a la mesa. Mucha gente prefiere cambiar de canal. Aunque aquí para cambiar de canal tienes que tener mucha pasta, comprarte una isla, construirte una mansión y tener una legión de sirvientes. También tienes que ganar un sueldo de miles de dólares o euros, no de cedis. Y nosotros no tenemos ingresos. Estamos aquí con nuestros ahorros. Es nuestra decisión. Por eso no encajamos en el maravilloso mundo de los expatriados. Somos el eslabón perdido. Porque tampoco somos pobres y nuestro color de piel nos distingue, y abre puertas, como las de esta isla.

Por la tarde, nos rescató de nuestro aislamiento, Mr Bryan Harrys, que se presentó en la fiesta para recogernos. O para recoger a su fisio, mejor dicho. Su condición de expatriado veterano le hace conocer a todo el mundo. No precisa invitación para acudir a ningún lado, ni siquiera a una fiesta exclusiva.

¿Pero saben? Harrys es distinto. Le he visto mancharse las manos con la tierra, invertir su dinero en hospitales, orfanatos y escuelas para personas desfavorecidas, adentrarse y respetar profundamente la cultura local y pagarles los estudios a jóvenes locales con ganas de progresar. No sé si entre las personas que había en la fiesta alguien hacía algo parecido. Si así era, no lo descubrimos, pero en vista de cómo rehuían nuestra conversación, me extrañaría mucho.

Estaba todo el pescado vendido. Había que volver a casa. Dimos un último trago a nuestra copa de champagne -también pescamos un gin-tonic durante la retirada, de Tanqueray, como le gusta a Alfonso– y nos despedimos educadamente de los anfitriones y las personas que habíamos conocido. Lo cortés no quita lo valiente.

Así fue nuestro primer y quizás último día entre la Jet Set. Qué vamos a hacerle. Los niños y niñas de Futuenya nos aportan más. Para eso vinimos a vivir a África Subsahariana, no para alternar en esta versión ghanesa de Puerto Banús.


Un blanco bajo los palos del Ada FC

Siento un gran escalofrío antes de que el árbitro pite el inicio del partido. Las miradas de la afición están volcadas en mí, el portero, el bafono, el único que parece un maniquí sacado de unos grandes almacenes deportivos. El árbitro comprueba la presión del balón con ambas manos, lo coloca con mimo en el centro del campo, calculado a ojo, mira a los dos capitanes y celebra el sorteo inicial. Los equipos no se mueven. Jugamos en casa y defiendo la portería del Ada FC.

Las camisetas llegaron justo cinco minutos antes. Jugamos de oscuro. Estoy nervioso. El árbitro me mira y me hace una seña. Levanto los pulgares. Estoy listo. Como siempre, cuando me coloco bajo los palos, dibujo una línea recta desde el centro de la portería al punto de penalti. Necesito orientarme cuando me alejo. Tampoco quiero que se me caiga el larguero encima y me desgracie. Los palos han conocido mejores años. Los niños se arremolinan detrás de mi portería. Me hablan y yo me vuelvo. Saludo con gesto serio. Estoy concentrado.

Poco antes de comenzar, Enock -el capitán- da las últimas instrucciones. Termina la charla y formamos un corro abrazados en nuestra parte del campo. Toca rezar y me piden que dirija la oración. Me cogen fuera de juego. Pregunto si puedo hacerlo en español. Me dicen que sí. Es un momento solemne y no sé qué decir. Improviso: “¡A la bim, a la bam, a la bim bom bam, Ada, Ada y nada más! Que dios nos coja confesados, porque he visto rivales de dos metros. Venga, con un par. No hay dolor. Amén”. Todos repiten “Amén”.

Cuando me retiro hacia mi portería, me dirijo a la defensa de cuatro. Hemos ensayado los movimientos durante las últimas semanas y nos conocemos, pero no recuerdo sus nombres. Los llamo por números. El 2 y el 3 son los laterales y el 4 y el 6 los centrales. Les miro fijamente y les digo: “Balón dividido, patadón. No me esperéis, me clavo en la arena de playa de este campo. Nunca se despeja al centro, siempre a los lados. En los saques de esquina, los laterales me cogen los palos. Uno al primero y otro al segundo y no se mueven hasta que sacamos la pelota. Dentro del área pequeña, mando yo. Si veis que me tiro al suelo y no me levanto, aunque grite mucho, tranquilos, gano tiempo. No me pasa nada. Si vamos ganando, nadie corre a por el balón cuando se vaya fuera. Disimulamos. En los saques de puerta, lanzan los centrales, pero yo coloco la pelota. Si vamos perdiendo, los últimos 15 minutos, defensa de tres y uno de los centrales se sube de Palomero. A por ellos, chavales, a por ellos que podemos”. Hablo muy rápido, en spanglish, embriagado por la tensión del momento y no sé si me entienden.

Arranca el partido. Siento la presión y procuro relajarme. Necesito tocar la pelota, necesito hacer una buena parada para insuflar confianza a mi defensa. Juego por ser blanco y no me gusta. Quiero ganarme el puesto en el campo.

Un partido de fútbol en África es un acontecimiento social muy serio. Cuando hace unos meses leí que Rivaldo se había enrolado en un equipo angoleño y por primera vez un campeón del mundo jugaría en África… una sonrisa me invadió. No estás solo, Rivaldo. Al menos, así me reciben mis compañeros y los medios de comunicación. Me dejo querer. Traigo credenciales de la Liga Fútbol-Caña de Legazpi (Madrid). Las paseo con orgullo por la radio y la televisión locales. Algunas personas me saludan por la calle. Me dicen Casillas o De Gea, aunque insisto en que me llamen Yashin, la araña negra… más pálida que nunca.

No sé qué será más importante si ir a la iglesia o acudir a un partido de fútbol. La comunidad se congrega en el campo, animan con verdadera devoción, y los jugadores, aunque apenas tengan equipación, se visten con una dignidad brutal -medias rotas pero bien estiradas, botas sin puntera pero bien anudadas, camisetas raídas pero todas del mismo color, campo de fútbol lleno de guijarros pero con bandas marcadas con ladrillos y banderines, porterías cubiertas con redes de pescar, árbitros cuya autoridad no se discute, jueces de línea perfectamente situados, banquillos y toda la parafernalia. Jugar en África al fútbol es sentir este deporte con toda su pureza.

La pelota llega a mis inmediaciones, la acaricio, doy varios pasos y golpeo con fuerza. Me siento mejor. Acariciar el esférico es como recitar un mantra. Cada portero tiene el suyo propio. Libero adrenalina. El balón sale escorado al callejón del 8, Daniel avanza por la banda, frena en seco y la juega con el mediocentro, el 5, la toca, recorta y abre a la izquierda, donde el 11, Julius, encara a su lateral, le tienen bien tapado pero se revuelve y acelera, corre como un gamo y centra el balón al punto de penalti. Enock, que luce el 10 y es muy habilidoso, la engancha de primeras y suelta un zambombazo que se cuela por el centro de la portería, donde duele. La afición estalla. Enock recorre 30 metros gritando y dándose golpes en el pecho. Se forma una melé junto a nuestro banquillo. Yo también participo. Estoy exultante. Vamos ganando y estamos en el primer cuarto de hora.

Tenemos un equipo aguerrido, poco hecho para el toque, pero voluntarioso, bregador y con dos puñales en las bandas, muy africano. De repente llega un balón a mi área grande. El 4 intenta un despeje pero la pelota sale mordida hacia atrás. Creo que llego y dudo si atajarla con las manos. No, mejor la despejo con el pie para evitar que me piten cesión. Avanzo rápido, pero indeciso. El 6 viene hacia mí y el delantero centro rival le presiona por detrás. Cuando voy a sacudirla, me clavo en la arena, Dios ¡no llego! me roban la cartera y la pelota entra mansamente en la portería. Empate a 1. Me vengo abajo. Me la he comido. Puedo leer la cara de decepción en mis compañeros. Ni campeón del mundo ni leches. Estoy abatido, en cuclillas, con la mirada perdida, maldiciendo la soledad y mi estampa. Siento el silencio detrás de mi portería. Los niños ya no gritan. Se enciende un rumor en la grada y no me atrevo a mirar el banquillo. ¿Se atreverán a quitar al bafono? Si me sustituyen ahora, me muero.

Tengo que venirme arriba. Pasan los minutos. Estoy aturdido. La pelota viene por mi izquierda,  el extremo avanza y la cuelga. Salto como un tigre, con toda la rabia que llevo dentro, agarro el balón, grito y pateo con el alma. “Come on, up, up, up!” No sé ni qué digo, pero necesito gritar. Mis compañeros me miran extrañados. La pelota está en campo rival. Le llega a nuestro 9, tiene el segundo gol en sus botas, el defensa que le cubría se ha resbalado. Va a ser gol… pero chuta a las nubes.

Los rivales vuelven a la carga. Llevan la camiseta de la vecchia signora. No me intimida. El que me ha robado la cartera en el gol, que luce el 30, se acerca en el corner. Voy por detrás y le digo: “Ni una más. Tuviste suerte”. “Are you sure?” me espeta. Miro al tendido, le bajo los pantalones y le doy un pequeño pellizco en el glúteo. El árbitro no me ve. Emulo a Míchel y Valderrama. Se vuelve escandalizado. Le guiño un ojo. Está fuera de sí, mira al arbitro, mira en derredor. No sabe qué decir. El caso es que botan el corner, me elevo, trinco el esférico y saco fuerte, abierto a la derecha. Seguimos atacando. El primer tiempo se esfuma sin más contratiempos. Algunas paradas mínimas. No van a marcarme desde 40 metros a estas alturas.

Arranca la segunda mitad y casi la primera pelota va a la espalda de mis centrales. El 30 se planta delante de mí. Intenta un regate, pero yo soy de la escuela argentina. No me voy al suelo con facilidad. Aguanto hasta el final. Le pongo nervioso y en el mano a mano le gano la partida. La pelota se va fuera. El 30 se desespera. Me acerco y le digo. Bad luck, man. Next time try on your left”. Me mira atónito.

Siguen atacando. La pelota viene de derechas. Magnífico centro y testarazo rival a media altura… ay, ay, ay, ay… me estiro y atajo con seguridad: palomita. El público aplaude y estoy crecido. Ahora sí, ahora sí que podemos, pero el caso es que no llegamos a la portería contraria. Vuelve la pelota a mi área, el 30 regatea a su par, avanza y salgo a por él, intenta driblarme y me estiro todo lo largo que soy. No llego, pero se la ha echado muy larga. Le engancho del tobillo. Quiere avanzar. En España, si se hubiera tirado, penalti y expulsión… pero él sigue, aquí no se van al suelo con facilidad. Son fuertes y nobles… y el balón se le va fuera. Le cambian en la siguiente jugada.

Quedan 10 minutos y el partido puede acabar en tablas. De repente, se forma una tangana por una falta a destiempo en la frontal del área contraria. Se juega duro. Se llevan a uno de los nuestros fuera del campo. Los ánimos están caldeados. Mando a los centrales a rematar y salgo del área grande para jugar de líbero. Estoy casi en el círculo central. Enock saca la falta, con la fuerza justa y una rosca perfecta, balón templado al punto de penalti… fallan en el despeje, la pelota cae libre al área pequeña, el portero está a por uvas, hay varios errores en cadena y el 4 nuestro la empuja a la red… Es el delirio. La gente salta, yo también, flipamos en colores. Hemos marcado.

Queda poco y le digo al entrenador que agtote los cambios. Hay que perder tiempo. Cada vez que me llega la pelota tardo una eternidad en sacar. Le digo a los niños que no corran para devolver el balón. Tranquilos. Al blanco no le van a expulsar. Me hago el despistado…  hasta que los tres pitidos del árbitro se convierten en el himno de la alegría. Gana Ada Foah.


Aquí sí hay playa

Cuando uno es de Madrid idealiza el mar. Quizá porque representa la libertad, la inmensidad, justo lo contrario del asfalto o del hormigón que nos rodea. Quizá porque no lo tiene a mano. Quizá porque desde pequeño es el destino inalcanzable, el sueño de las vacaciones, el lugar donde uno va a relajarse, donde generalmente todo es agradable y nunca hay prisa. Quizá porque mi madre también lo adora. Quizá porque aparte de nacer en Madrid, yo viví 20 años en la Carretera de la Playa… y eso tiene que marcar de alguna manera.

Ya ven, para que luego nos acusen a los madrileños en los pueblos de la costa de invadirlo todo y de montar la verbena de la Paloma cada vez que el buen tiempo asoma en la capital. Qué quieren que hagamos. Nos lo meten en la cabeza desde la cuna. ¿Cómo no vamos a salir pitando cada vez que tenemos un día libre? Y luego piensen qué sería de sus pueblos sin los madrileños. ¿Cuántas familias habremos alimentado con los clavos que nos han metido en las cuentas? Un madrileño es capaz de pagar una fortuna por unas papas arrugás con mojo en Las Canarias, por una ración de gambas en Huelva, por un espeto de sardinas en Málaga, por un atún en Cádiz, por una paella en Valencia, por una escalibada en la Costa Brava, por un pastel de cabracho en Asturias o por una ración de pulpo en Galicia. No sigo porque me voy a comer la pantalla del ordenador.

Nostalgia y melancolía

Sin embargo, cuando uno tiene la playa al alcance de la mano, se da cuenta de que por mucho mar, muchas olas, muchos atardeceres… lo que realmente importa es la gente que te rodea. Los amigos y la familia. Por supuesto Elena. Esto es la vida real. Y no un cuento de hadas. Y además de ser pareja, somos personas y echamos de menos a nuestra gente. No hay nada malo en reconocerlo. Hubiera sido mucho peor venir solos. Al menos nos tenemos el uno al otro para las tardes de melancolía, como esta, y para los buenos ratos que pasamos, no se crean. Venir aquí ayuda a crecer como pareja. Y como seres humanos. Les recomiendo esta terapia vivamente. África sorprende también por ese lado.

Pero vuelvo a mis recuerdos, déjenme, que hoy tengo saudade. Hace años, por ejemplo, bastaba que Raúl se presentara en casa una tarde de viernes, a bordo de su SEAT Málaga desvencijado, con el perro Otto acomodado en los asientos de atrás, y con una guitarra envuelta en una manta en el maletero. Entonces poníamos rumbo a Levante, en busca de la playa más cercana. Y nos pasábamos un par de días durmiendo sobre la arena, con la mirada puesta en el horizonte, cantando canciones y enviando mensajes en botellas vacías. Quizá fuimos precursores del perroflautismo.

A veces pienso en aquellos años 20 -los nuestros- cuando paseo por la playa del Maranatha. La basura que levantan los pies al caminar me devuelve a la realidad. Se difumina la nostalgia cuando Eddi, una niña de 10 años más lista que el hambre, nos coge de la mano y nos lleva caminando a su casa. Le hemos comprado unas naranjas y sonríe contenta.

Atravesamos un lugar que para algunos sería el paraíso hippy. A saber: cocos, piñas, palmeras, hamacas, marihuana, cerveza fría, arena blanca, el agua dulce del río, el mar embravecido… Y para otros, la expresión de la pobreza: miles de personas en infraviviendas, agua estancada, un colegio financiado con donaciones de voluntarios, ningún hospital a menos de varias horas de trayecto, ausencia de electricidad y unos gusanos que se ponen las botas cada vez que trincan piel blanca. La piel local está inmunizada. Al menos en este caso, no están en desventaja.

El saqueo del mar

Así es el entorno en el que vivimos. Si uno anda desde el estuario, donde se abrazan río y mar, hasta Anyakpor, donde está nuestra escuela para menores abandonados -unas dos horas sin prisas- advierte un montón de detalles. La playa no es idílica, aunque podría serlo. Las bolsas de agua tiradas en la orilla, las latas de refrescos, las botellas de cristal, los restos de cualquier cosa manipulada por el ser humano están esparcidos por la playa. Nadie lo limpia.

A este hecho, se suma una sucesión de pequeños peces muertos. También de tortugas gigantes más tiesas que la mojama. Ya hemos visto varias. Y este es uno de los lugares protegidos de Ghana para estos animales. Sin embargo, en los diarios han denunciado el tŕafico de la carne de tortuga. Al parecer es muy apreciada en China y se la llevan de forma ilegal. El caso es que las tortugas aquí vienen de noche a poner sus huevos y a veces no regresan al mar.

Quizá los peces y las tortugas han muerto por la contaminación del agua. Apenas 300 kilómetros más al este, se encuentran los yacimientos de gas y petróleo de Nigeria. Allí se han producido graves accidentes que han terminado con miles de toneladas de crudo y de otros materiales tóxicos en las aguas. Pero nadie rinde cuentas. Como mucho han supuesto tres o cuatro días de noticias, pero la Shell, Chevron o la empresa responsable casi siempre escapa impune. Menos cuando se moviliza la opinión pública y la comunidad internacional hace campaña para impedirlo.

En los países pobres se expolian los recursos naturales a capricho, sin apenas respetar las reglas del juego. Las empresas extractoras tienen los ases en la manga. Tú tienes el gas o el petróleo pero yo lo exploto, te doy un poco de pasta, y miras hacia otro lado. No ocurre sólo en África y no ocurre sólo en el sector de los combustibles. En América Latina, por ejemplo, las eléctricas también tienen varias denuncias y algunas son empresas españolas.

Pero menuda está cayendo ahora en Nigeria, con los radicales de Boko Haram sembrando el terror en el norte del país, en nombre del islamismo extremo, asesinando cristianos y atentando contra instituciones oficiales. Menuda tienen allí liada, insisto, para que alguien se preocupe del mar… y de quienes lo habitan, los peces; y de quienes viven de él, los pescadores.

Tan poco importa el mar aquí que muy pocos han reparado en que el golfo de Guinea también es lugar de piratas. En toda la costa de África Occidental se produjeron el año pasado al menos 45 ataques. 21 en Benín, 14 en Nigeria, 7 en Togo, 2 en Ghana y 1 en Costa de Marfil. Mientras escribo estas líneas se tiene noticia de un nuevo ataque a un barco en Nigeria. Estas costas son tan peligrosas como las de Somalia, en términos estadísticos. Sobre todo se persigue el petróleo que por aquí circula. Se calcula que unos 4 millones de barriles por día. No me negarán que es un botín jugoso.

Claro que esto de la piratería siempre tiene dos puntos de vista. Porque es sabido que muchos barcos europeos, españoles incluidos, faenan en aguas de África Occidental sin pagar impuestos ni rendir cuentas de sus capturas. Aquí vienen cargueros enormes, se llevan el pescado, esquilman el mar y rumbo a casa; o a los lugares establecidos en la costa africana donde almacenan el pescado, mucho del que consumimos en España. Chema Caballero lo ha explicado muy bien hace poco en una serie de artículos http://linuca.org/link/?l14254  y no puedo estar más de acuerdo.

El mar como amenaza

Pero volvamos a la playa, que es donde estoy mientras pienso en este post. Acompáñenme y sigan caminando. Verán que no es extraño encontrarse a pescadores arrastrando la red hasta la playa: hombres, mujeres, niños… todos tiran de la cuerda para recoger el pescado. En ocasiones, tienen que meterse en el agua para hacer bien el trabajo. A veces quienes se meten no saben nadar y hace poco se ahogó un chaval. Una mala ola se lo llevó.

Una vez en tierra reparan sus redes. Es un trabajo duro y mal remunerado. No alcanza para alimentar a todas las bocas.

Este mar también esconde un pueblo entero: Ada Foah. Durante años, el agua fue engullendo metros de tierra hasta que dio jaque mate y se merendó casi tres kilómetros de casas y calles. Hoy quedan en pie restos de la antigua cárcel, el cementerio de los blancos, algunas construcciones y un trozo de la vieja carretera principal.

No hay paseo marítimo

Pasear por la playa también es una carretera de obstáculos. Como no hay servicios en las casas –el 51% de la población de Ghana orina y defeca al aire libre-, la costumbre local es hacer las necesidades mirando al mar. Lo peor es que a nadie le da por enterrarlas. Y cuando se trata de aguas mayores, no te das cuenta y entras en terreno minado. Nunca he estado en un campo de minas, lo máximo en un campo de tiro, pero estar rodeado por excrementos humanos es asqueroso. Aquí la playa no es un lugar para andar. De hecho, la gente nos mira atónitos cuando lo hacemos. Aquí la playa, es un lugar de trabajo o el baño comunitario.

Ahora que Julia nos trajo unas raquetas, Elena y yo también hemos convertido un trocito de arena en una pista de tenis. Una vez a la semana las personas de las comunidades se congregan para vernos dar raquetazos. Lo pasan en grande. Y animan más a Elena. No lo hace mal.

Para evitar la furia de las olas y que vuelvan a arrasar con todo se está construyendo una defensa. Una barrera artificial de piedras, parecida a otra que hay en la vecina localidad de Keta. El proyecto estuvo a punto de caerse hace un mes por falta de presupuesto. La duda estaba entre construir un edificio nuevo para el Gobierno Local –District Assembly– o seguir con la defensa del mar. Ganó por poco la barrera de piedra y el edificio del Gobierno ha quedado a medio hacer en la carretera que une Ada Foah con Ada Kasseh.

Últimamente, a todas horas -trabajan también de noche- grandes camiones pasan a toda velocidad transportando enormes piedras sin ninguna seguridad. A veces, estás en mitad de la carretera y los ves pasar. Piensas en que se puede caer una piedra -se transportan sin asegurar- y provocar un accidente. Ya he contado que los accidentes de tráfico son muy frecuentes en Ghana y no es extraño ver un coche tirado en la cuneta, un tro-tro incinerado o una moto reducida a un amasijo de hierros. Además, los camiones tan pesados estropean el delgado asfalto y provocan más baches en la calzada. Los sufridos vecinos los reparan como pueden, pero haría falta una buena inversión en infraestructuras. Bueno, y en educación, y en sanidad… y en tantas cosas. Pero esto es África Subsahariana, no lo olviden, y los presupuestos no dan para más, y menos en un pueblo.

Y así, despacito, sin apenas darme cuenta hemos llegado a casa. Elena estará a punto de aparecer. Será cuestión de cenar, sentarnos en el patio donde se aprecia una ligera brisa marina, tomarnos una cerveza y meternos al sobre. En las noches sin funeral se escuchan las olas rompiendo en la playa. Mola dormirse con ese sonido.