Epílogo para Ghaneantes

En Ghana las palabras fluían solas. Las historias se sucedían una tras otra. Los dedos querían ser más rápidos que la cabeza. Quizás porque allí cada minuto de electricidad cuenta. Un corte de luz te deja a oscuras durante un tiempo indeterminado. Una hora, dos o diez. Nunca lo sabes. O porque todo lo que te rodea es nuevo y quieres contar con pelos y señales lo que ves. O porque te sientes solo y no tienes muchas alternativas para pasar el rato. O porque te reencuentras contigo mismo cada vez que escribes y eso te ayuda a asimilar lo que vives.

Mi amiga Laura Pitson ha traducido al inglés -la interpretación que ha hecho de algunas expresiones castizas en la lengua de Shakespeare es realmente genial- para mis vecinos ghaneses los posts más relevantes de este blog que hoy termina. Y allí quedaron, como un regalo y una huella más de nuestra estancia, junto a las fotos que repartimos el último día entre los niños y niñas de Futuenya o, claro está, junto al resultado de los proyectos que nos llevaron a un lugar tan alejado de casa en la desembocadura del río Volta.

Despedida emotiva

El hospital Dangme East District cuenta ya con un fisioterapeuta local y con un nuevo voluntario internacional que estará al menos seis meses allí, Simon. El Dr. Philip le entregó a Elena un diploma que reconoce, con toda la ceremoniosidad africana, su esfuerzo y su labor durante este último año. Tuvimos una linda cena de despedida al más puro estilo ghanés; es decir, una cena en la que sólo comimos nosotros. El resto de invitados, la jefa de enfermeras, su hija, uno de los administradores y nuestro inseparable Albert habían venido cenados. Que nadie se alarme. Pidieron un take away con la comida para luego y, en un alarde de cortesía europea, un plato para compartir entre todos mientras nosotros devoramos nuestra última tilapia.

Radio Ada continúa sus emisiones con las novedades de un ordenador, Internet y una estructura profesional para sus informativos, así como un acuerdo verbal para recibir estudiantes españoles en prácticas de la Universidad Complutense en los próximos meses. Yo también me traigo un título debajo del brazo, el del extranjero que más tiempo ha pasado en la emisora. Un orgullo, oigan. “Angelo es más que un hermano para nosotros”, soltó el capullo de Daniel cuando me dijeron adiós y me emocioné.

El mismo día que regresamos a Madrid, el 28 de agosto, arrancó el curso en la escuela comunitaria internacional de Anyakpor, la que hemos construido con el apoyo de ustedes y de tantas personas locales.

Un profesor de la universidad regional y el responsable de los servicios sociales de Ada Foah acudieron a nuestra despedida de la comunidad y a oficializar, junto al Pastor James, David Ahadzie y tantos otros amigos, la puesta de largo de la escuelita.

El chamizo que visitamos en noviembre de 2011 se ha transformado, unos cuantos meses después, en tres clases con capacidad para más de 100 alumnos -empezamos con 97 pero este año se han apuntado 105- repartidos en al menos cinco niveles -las aulas se pueden desdoblar-, bancos y mesas estándares, libros adaptados a las exigencias del gobierno, material escolar digno y hasta una cocina-almacén para que el alumnado almuerce y los cuatro profesores guarden los enseres. En nuestro último día, celebramos la espagueti party” con padres, alumnos, autoridades y miembros de la comunidad.

 Contradicciones

Ghana es un buen lugar para tener una experiencia real de África. Es un país pacífico, estable, democrático y tiene ciertos atractivos, pero sobre todo destacan la amabilidad y capacidad de adaptación de sus gentes frente a unas condiciones hostiles. No es un lugar turístico con el que quedarse boquiabierto si uno busca los clichés habituales que se tienen sobre este continente. Los parques naturales son escasos y con pocos animales.

En Ghana hace un calor del carajo durante casi todo el año. En enero acontece el harmattan, un polvo subsahariano que impide la visibilidad. Y durante el verano europeo, las lluvias son torrenciales. Sin embargo, como el cambio climático también se siente por estas latitudes, el harmattan que tuvimos no fue más que una niebla terrosa que no nos afectó demasiado. Y las lluvias no fueron tan aparatosas como pensábamos. Aunque esto, como todo, depende de a quién le pregunten. Al norte, en Tamale, las mismas lluvias en el mismo período inundaron la ciudad y arrasaron numerosos hogares. Y en diversos puntos del país, incluida la capital, Acra, provocaron un brote de cólera que se cobró más de 60 vidas. 

Hoy escribo desde nuestra casa en Madrid, rodeado de lujos cotidianos: sofá, televisión, agua caliente, luz sin cortes y cuantas cosas puedan disponer la mayoría de ustedes. Miren a su alrededor y probablemente sabrán de lo que hablo. Pero sigo con la vista puesta en Ada. Algunos de estos lujos los añoraba en África, pero ahora no me parecen tan importantes.

Confieso que en las últimas semanas tenía ganas de regresar a España. Sentía que habíamos cumplido nuestra etapa allí y tenía la agradable sensación del deber cumplido. Los proyectos han terminado y tienen asegurada su continuidad. Y nos traemos de regalo una experiencia de vida irrepetible. No se puede pedir más.

Pero ahora, después de ver a la familia y a los amigos, entran en juego las dudas. ¿Ustedes se han parado a pensar en serio cómo vivimos?

El engaño del primer mundo

Desde nuestra ventana en Madrid, se intuyen las torres y edificios más altos de la Plaza de España. Desde nuestra ventana en Ada, se veía la realidad de Ghana. Al menos tres familias durmiendo bajo techos de hoja de palma. “Me duele mucho que os vayáis”, aseguró Daddy, el hombre de 60 años que tiene 13 hijos y que lleva toda la vida levantándose al alba con una preocupación prioritaria: alimentar a su prole. Le daba pena que nos fuéramos. Nos sentamos en un espacio intermedio entre su chabola y nuestra casa y le invitamos a una cerveza. Se la bebió de un trago, como siempre ocurre allí. Nos envolvió una enorme tristeza. Fue la última vez que nos vimos.

Hay un mundo más humano que late en las aldeas de África y es una suerte haberlo compartido. Hay además un entusiasmo vital que las personas te contagian a diario: con su sonrisa, su saludo o su forma de ser. Se palpa una alegría innata, una celebración de lo cotidiano, un agradecimiento simplemente por estar vivo, por disfrutar del sol, de caminar por la arena o de conversar con una persona conocida. En Ghana no hace falta hacer nada especial para sentirse contento y es prácticamente un deber transmitírselo a quienes te rodean. Además, en África uno percibe una convicción enorme en sus posibilidades, una sensación de que todo es posible y una energía impresionante para sacar fuerzas de flaqueza y hacer los proyectos realidad. Sí, en África, tus límites quedan cada vez más lejos y él afán de superación es constante y diario. Nunca había sentido algo parecido.

Por eso, no sé cuándo sobrevino el engaño. No sé cuándo dejamos en Europa que nos extirparan la humanidad. Supongo que fue cuando nos pusieron delante tantos objetos innecesarios que hemos convertido en soporte de nuestra felicidad.

Estamos de mudanza y eso siempre representa una buena oportunidad para ver cuántas cosas tenemos y cuántas no utilizamos. Es una rayada ver una televisión que parece una pantalla de cine, un sofá en el que caben dos personas tumbadas, tantas camisas ordenadas en el armario o tantos pares de zapatos, botas o sandalias, por citar sólo ejemplos vanos. Tenemos de todo y queremos más. El consumo se ha convertido en nuestra seña de identidad.

Hay una parte de la que somos responsables y toca asumirla. Nadie nos obliga estrictamente a tener tantas cosas. Y otra parte de culpa la tiene el entorno que nos rodea y al que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por cobardía o por pereza.

Estamos a las puertas del otoño, en la vuelta al “cole”, en la semana fantástica de unos Grandes Almacenes y dentro de muy poco en Navidad. Le tengo pánico a esa época del año. El ejemplo más claro y manifiesto de nuestra sociedad enferma. ¿Y entonces qué? ¿Nos acordaremos de cómo viven y cómo van a festejar esas fiestas tan entrañables, por ejemplo, Josaya, Forgive, Mesi, Do, Perpetua o tantos niños y niñas que han formado parte de nuestra vida en el último año?

Volver o no volver

Sí, me gustaría volver algún día a Ada para ver cómo están las cosas por allí y cómo siguen nuestros proyectos en la zona, y para saludar a los amigos, pero no querría volver a vivir allí, al menos de momento.

No contaba con encontrarme una influencia religiosa tan opresiva. En España, se presenta a menudo a los países musulmanes como lugares en los que las personas viven sometidas a una religión anclada en el pasado y restrictiva. Las mujeres llevan burkas por imposición y la religión les empequeñece reduciendo su condición a la de siervos y siervas, según la imagen que desprenden muchos medios de comunicación. Pero nadie habla de los lugares donde la religión cristiana -en el caso del sur de Ghana, en sus múltiples versiones: pentescosteses, metodistas, adventistas, evangelistas, baptistas, romanos…- condiciona de manera radical la vida de las personas.

Ada Foah, nuestro pueblo, es uno de ellos. Me ha dolido ver cerrada todo el año la biblioteca pública. Sólo circula un libro: la Biblia; y, si acaso, los comentarios que de ella escriben pastores, reverendos y otras autoridades religiosas, que reparten en fotocopias entre las pocas personas que saben leer.

 He visto muchas tardes cómo numerosos vecinos se reunían en una habitación a dar vueltas con los ojos cerrados gritando sus pecados en un ritual sin pies ni cabeza que duraba horas. He conocido cómo proliferan los campamentos para rezar a Jesucristo, donde las personas humildes llevan a sus hijos antes que al médico con la esperanza de que su Dios y no la medicina le salven de una diarrea o una neumonía, enfermedades que ahora mismo se curan gratuitamente en cualquier hospital de Ghana. He sabido que se practican exorcismos, que se confiscan algunos bienes de los fieles, que se promueve tener hijos en familias que no pueden mantenerlos y que se estigmatiza y amenaza desde los púlpitos a homosexuales y lesbianas.

Una influencia tan brutal de la religión me parece perniciosa para las personas, sobre todo para aquellas más pobres -el 80% en nuestro pueblo- que no tienen armas para defenderse. Internet, la televisión o cualquier forma de recibir información y abrirse al mundo -a excepción de Radio Ada– es inaccesible para la gente corriente. El aislamiento es casi total. Y por tanto, la manipulación que se ejerce sobre las personas es abrumadora.

Por otra parte, esa influencia cristiana también tiene efectos positivos, y quizás por ahí empieza su aceptación entre las personas locales. Puede que la alegría y el optimismo que comentaba unos párrafos más atrás tengan su origen en las creencias religiosas. No lo śe, pregunten a los antropólogos. Los hechos son que las personas en Ghana tienen perfectamente asumido que están en este mundo de paso, que no han venido aquí para estar tristes y que el día que mueran irán a otro lugar mucho mejor. Se aprecia con nitidez en cómo viven la vida… y la muerte. Allí morirse es una celebración que dura varios días y empeña a las familias como en la mejor de las bodas españolas. Una lección interesante.

Igualmente, es positivo ver cómo algunos pastores están verdaderamente involucrados en solucionar los problemas de sus comunidades, sobre todo aquellos relacionados con la educación. He trabajado codo con codo con uno de ellos durante meses -no hay otra manera de implicarse socialmente en un proyecto en Ada- y no tengo dudas de que el Pastor James es una persona volcada en su rebaño, que trabaja para él y que lo hace sin obtener otro beneficio que la Gracia de Dios.

Para mí, que creo en una sociedad laica a pesar de haber sido educado en la tradición cristiana, la vida diaria condicionada por la omnipresencia de la religión -afecta al ocio, a la cultura y a las relaciones humanas me resulta tremendamente aburrida. Además me despierta muchas reticencias la hipocresía que en muchos casos he observado. Como en todas las sociedades -la española era o es ejemplo de esto- donde se impone una religión, también hay resquicios para no seguir sus preceptos, aunque sea a hurtadillas o haciendo la vista gorda. Asuntos como el sexo fuera del matrimonio, el abuso del alcohol o las mentiras piadosas -deportes nacionales en Ghana– son ejemplos claros.

La alternativa a esa vida marcada por la influencia religiosa en los pueblos pequeños es la maravillosa burbuja en la que se refugian los expatriados y sus familias en los barrios residenciales de las ciudades, donde el lujo y los privilegios son constantes. Ustedes perdonen, pero tampoco me convence. No fuimos a África a vivir como ricos, a explotar los recursos naturales o a hacer negocios. Tampoco fuimos a convertirnos en nuevos yuppies de la cooperación. Fuimos a hacer un voluntariado internacional, a descubrir otra cultura y a crecer como personas. Y eso lo hemos conseguido, con mucho esfuerzo, pero lo hemos logrado. Por eso estamos satisfechos y agradecidos.

Con todo, a pesar de las contradicciones y de algunos malos ratos, mi pasión por África sigue viva, mi profundo respeto e interés por otras costumbres también -sobre todo por aquellas más tradicionales y que poco a poco se van perdiendo-; y mis ganas de regresar a este continente olvidado en busca de nuevas historias que contar, más preparado, están renovadas. Porque, África, aunque no queramos escucharlo en la Europa rica -por mucha crisis que haya-, llama con fuerza.

PD. Por cierto, ¿saben qué ocurre cuando cambias las comodidades de Madrid por las incertidumbres de vivir en Ghana? Que te adaptas. Tardas más o menos, pero te acabas adaptando y eres capaz de vivir -a veces feliz, a veces no tanto- de forma totalmente distinta a como lo habías hecho antes. Atrévanse a probarlo. No les dejará indiferentes.
Muchas gracias por acompañarnos en este camino. Voy a echarles de menos. Hasta siempre.

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Mercado de Barceló en Kasseh

Es martes y día de mercado en Ada Kasseh, el más grande de los tres municipios que forman Ada. No había reparado en que todos los martes también voy al mercado de Barceló en Madrid. Será que ahora tengo la cabeza puesta en la vuelta y que poco a poco me voy fijando más en pequeños detalles como este.

Había pensado titular este post sólo Mercado de Barceló, pero no quería plagiar a Almudena Grandes. Además, ella vive allí enfrente y desde su atalaya domina todo lo que ocurre en la plaza y en el mercado. Cuando fui a su casa para grabarle una entrevista hace años, me quedé fascinado con las vistas que tiene desde las ventanas. Y también con su biblioteca, claro. No sé si escribirá allí, pero si lo hace, no me extraña que le salgan páginas con tanta fuerza y tanto sentimiento.

En fin, pensaba en ella cuando íbamos al mercado de Kasseh este martes. En ella y en mi madre, porque mi madre también compraba en el mercado de Barceló, cuando era más jovencita -las madres nunca envejecen- y dejó su Valdepeñas natal para trasladarse junto a su padre y a la abuela Pepa -a la que tanto quise- a lo que hoy se conoce como Malasaña.

A veces, cuando voy a ese mismo mercado, me imagino cómo ha cambiado la zona desde entonces. Sin ir más lejos, antes de venirnos a Ada, el mercado llevaba un año de obras dentro de esos planes de remodelación y recuperación de los mercados de Madrid y se había instalado temporalmente en puestos prefabricados que le robaron buena parte de su encanto.

Elviro, que es mi frutero allí, lo tenía claro. Antes de iniciar esta aventura, me dijo varias cosas. Entre ellas, que África estaba muy lejos y que vaya cosa más rara esa de ir allá cuando ellos quieren venir acá. También me dijo que este año el Atleti ganaría un título -y bien que lo hizo-; que a mi vuelta, las obras del mercado no estarían terminadas; y que lo mismo ya sólo nos encontrábamos en la Cantina, que él estaba pensando en la jubilación y quería retirarse y venir sólo de visita. A pinchar un poco a Juanito -insistió- que es el del pollo, madridista, y gente de fiar, no obstante. A Antonio, el pescadero, también le echaría de menos -contaba- pero no tanto, y es que no es de pegar mucho la hebra. “A estos del pescado les gusta más hablarles a los peces. ¿Tú te crees? Imagínate que yo me pusiera de conversación con los tomates, las cebollas o las patatas. Pensarías que estoy loco”. La verdad es que no contesté, callé un poco avergonzado porque yo le hablo a menudo a la comida, cuando cocino.

En el mercado de Kasseh no se comenta mucho el fútbol, porque quienes allí venden son las mujeres y ellas no tienen mucha afición por el balompié, a pesar de que igual que los hombres y los niños visten a menudo con camisetas de diferentes equipos. Son vistosas y a la gente de Ghana le gustan los colores vivos y muy alegres. Los llevan siempre en sus telas y vestidos, en los tradicionales kentes. Cualquier prenda si es amarilla, azul o naranja es siempre mejor que blanca o negra. Esos colores solemnes se dejan para otras ocasiones.

En el mercado de Kasseh, sostengo, la mayoría de las personas son mujeres. Las que nos venden a nosotros seguro. Está Rebecca, que vende galletas, made in Sri Lanka, y que nunca tiene sardinas. Luego están las dos de las cebollas, Cristina y Ofelia. Siempre les compramos a ellas por riguroso orden de alternancia y tenemos plática garantizada todos los martes: que si la lluvia, que si ha subido el precio, que si me das alguna de regalo, que si estás muy flaca…

También me llama la atención esto. Aquí, Elena y yo vamos a hacer la compra juntos. Hay más tiempo. En Madrid suelo encargarme yo, ya que ella pasa consulta hasta tarde. Salgo de la oficina y de camino a casa me sumerjo en el Mercado de Barceló y en sus personajes. Conduzco mi bicicleta con una cesta acoplada sobre el portaequipajes que me ayudó a apañar Nieves. Paro en el mercado y comienzo la peregrinación. Una vez llevé a Elena para que la conocieran. Es tanta la confianza y la conversación que estaba feo hablar de ella sin que le pusieran cara.

Al señor de La Pequeñita le compro el jamón. Ya sabe que cuando tengo invitados tiene que darme de ese bueno que guarda para las ocasiones. Espero que se encuentre bien. Estuvo delicado el año pasado y le tengo mucho cariño. Aquí en Ada no hay jamón serrano y a menudo me acuerdo de él. Del jamón, quiero decir ahora.

Paseando entre los puestos de Kasseh uno ve un montón de cosas que no se encuentran en Madrid. El pescado ahumado o el fresco descansando sobre enormes baldes y una cantidad ingente de moscas revoloteando alrededor.

Cuando llegamos, nos obsesionaba la idea de comprar el pescado en el mercado. A pesar de que en Madrid me doy aires de conocerlo bien -como ustedes saben, un lugar donde a pesar de no tener mar, se vende el mejor pescado– aquí me entra el tembleque a la hora de elegirlo. Uno ha navegado con soltura y en muchas ocasiones por el estanque del Retiro y por el de la Casa de Campo, e incluso ha remontado el Manzanares desde muy niño en la zona de la Pedriza y tal, pero de ahí a discutir sobre la frescura de un atún, una barracuda o cualquiera de los bichos que uno ve aquí va un trecho. Que tenga buena cara, que no se hunda el dedo, que no huela demasiado fuerte… Que sí, que sí, pero que no. Por suerte, Mamma Ruth, paciente de Elena y nuestra hada madrina, con un restaurante local propio, lo elige por nosotros.

En Madrid lo hace Antonio, ya digo, el mismo al que no le gusta pegar mucho la hebra. Nos hicimos amigos un 24 de diciembre de hace unos pocos años. Recuerdo que monté un debate en la oficina y decidimos que compraría Rodaballo para Nochebuena. Entonces fue el momento de encontrar el género y pensar en cómo cocinarlo. Descarté la pescadería que hay en el portal de al lado de Amnistía porque allí se paga todo en billetes de 50 y yo no estaba muy sobrado. Eloy, que pasa los veranos en Galicia desde que es un niño, decía que a la plancha; Pastora sugirió un aderezo, el otro que cocido… y yo sin haber visto nunca un pez así, le pregunté a Antonio, primero si tenía, y luego cómo sabía mejor. Me gustó su familiaridad, su confianza y que a pesar de ser una fecha tan especial no incrementara el precio ni un euro. Desde entonces le compro siempre a él.

El pollo ahora no se lo podemos comprar a Juanito porque está muy lejos y tenemos que conformarnos con los cuartos traseros que vienen congelados de Portugal. El pollo fresco apenas se vende en el mercado de Kasseh. La gente tiene los pollos revoloteando en sus cercados y los matan cuando procede, pero a nosotros nunca nos llega. El que nos toca siempre es el congelado. Da miedito la pollería, se lo juro.

Y los huevos son otro cantar. Hay muchas gallinas pululando por cualquier esquina, pero comen basura y desperdicios, y los huevos que ponen son peores que los que se compran en cualquier supermercado de Madrid. Nada que ver con los que trae Elena de Punta Gorda, en la Isla de la Palma, donde la abuela Carmen los envuelve con mimo para que aguanten el trayecto de avión. Sí, Elena se trae los huevos y los mangos, y las bollas, y los aguacates y todo lo que pilla cuando visita la Isla Bonita. Los del escáner de la Guardia Civil tienen que flipar con su maleta; al menos lo mismo que flipo yo cuando, una vez en casa, la abre y esparce minuciosamente los alimentos por la cocina. Todavía no se rompió un huevo. Y todavía no probé uno mejor.

Lo que más se ve en el mercado de Kasseh son frutas -muchas tropicales como el coco, la piña o el mango- y, sobre todo, casaba, yuca y tubérculos gigantes, aunque las papas escasean. Se traen de fuera y generalmente llegan en mal estado. Está buena la yuca, pero enyuga, qué quieren. Y los boniatos vienen también por temporadas. Mi barriga ensancha con tantos hidratos, pero es que la alimentación no es variada. Cuando no son los tubérculos, es el arroz, made in Indonesia, Vietnam o Estados Unidos.

De España lo único que uno encuentra es vino de cartón, el mismo que rechazarían los borrachuzos de cualquier Plaza, la de Barceló sin ir más lejos. Sin embargo, en estos lares se vende y se consume con alegría. Cuánto desconocimiento y cuánta diferencia con el de la Bodega de mi barrio.

Qué pena que no ocurra lo mismo con el aceite de oliva, aunque fuera del malo, pero aquí no hay. Curiosamente, en la farmacia se vende uno, a precio de oro, y ¡para el cabello! En Ghana, y en casi todos los páises africanos, se cocina con aceite de palma y a mí me destroza el estómago. De ahí que hayamos ido un par de veces a Togo -como ya les conté- para traer del bueno escondido en los bajos de la mochila. Ayer abrí la última botella de virgen extra y el drama se cierne sobre nuestras cabezas. Desayunamos a diario tomates, ya que se encuentran fácilmente en el mercado. Es un gustazo triturarlos y extenderlos sobre el pan recién tostado.

Aunque el pan de barra, el normal, tampoco existe. Hacemos la vista gorda con el tea bread, que es el que más se parece al nuestro. También hay sugar bread, butter bread y brown bread, pero no los recomiendo. Demasiado dulces para el día a día y para mojar en esas salsas que inventamos con las guindillas que aquí tanto se usan. Los pimientos, asimismo, forma parte de la dieta, pero son un objeto de culto, sobre todo los que están bien. Las zanahorias también cotizan a la alza, aunque creo que ahí, Akolebú, la que nos las vende entre aleluyas y amenes, nos mete el clavo, porque en Ada se ven a tutiplén ¡y no pueden tener ese precio!.

También hay muchos cangrejos, si cierras los ojos parecen nécoras, pero tampoco nos atrevemos a comprarlos en el mercado y sólo los comemos en el restaurante de Kofi. Hoy mismo he pedido tres piezas para la cena. Además de Elena, vendrá Susan, una doctora alemana que ha llegado al hospital para echar un cable y dar un respiro a los tres galenos que curran 24h todos los días. Está en consulta de medicina general y alucina con los casos de malaria, y con los partos, y con cómo se opera y se trabaja aquí. Hay que llevarla a comer cangrejos, a ver si se recupera y coge fuerzas. Apenas tiene 28 años y trabajar en un hospital público africano no es fácil. Tampoco para los alemanes.

Me gustaría contarles todo esto a mis amigos del mercado de Barceló y decirles que tengo ganas de tomarme una caña bien tirada y probar unas aceitunas aliñadas, de esas que se venden junto a la Cantina y que a mi colega Manolo le vuelven loco.

También añoro al de la Quesería de al lado de casa, porque aquí el único queso que se encuentra es el de La Vaca que ríe, envasado en Marruecos y hecho en Francia. Y la carne roja, un chuletón de esos de la Sierra de Guadarrama o un solomillito, pura mantequilla, vuelta y vuelta, que me venden, de cuando en vez, en la carnicería.

Qué vamos a hacerle. Nos vinimos a África y hablar de comida es una falta de respeto. A diez pasos de donde escribo hay gente que pasa hambre. Pero a veces uno necesita evadirse y compartir lo que ve y lo que siente, y lo que echa de menos. Los golpes de realidad son duros y constantes, ya lo he dicho en muchas ocasiones.

Esta mañana he estado en la escuelita de Anyakpor y allí los niños y niñas estaban encantados porque Madame Helene había puesto un manojo de espaguetis, macarronis dicen ellos, en el puchero. Esa ha sido su comida especial del día y de la semana y quizás del mes. La pasta es un plato muy codiciado y por eso los críos se abalanzaban con sus manitas para comer un puñado -en Ghana sobran los cubiertos-. Los espaguetis se escurrían entre sus dedos. Apenas había para todos. Asistía a la escena en silencio, sin saber qué decir. Abriendo mucho los ojos para no llorar. Si ellos han comido pasta hoy es porque ha sobrado del remanente que compramos para alimentar a los obreros que trabajan en las obras de ampliación de la escuelita. Por cierto, ya está hecha la tercera clase y mola un montón. Ahora estamos empantanados con la cocina y los fogones. Quizá por eso me dio por escribir sobre la comida…

PD. Ahora sí. Los próximos cuatro jueves descanso. Gracias otra vez.


En las cloacas de Acra

Darse una vuelta por James Town, el puerto de Acra, el barrio antiguo donde se encuentra el Faro que en la época colonial servía de referencia a barcos europeos que atracaban en el muelle para cargar cacao, madera y oro, así como esclavos -aunque en menor medida que las vecinas Elmina o Cape Coast– es darse de bruces con una realidad latente en Ghana. Es, asimismo, iniciar un descenso para acercarse a las cloacas donde residen buena parte de los habitantes de África; es llegar hasta las profundidades de una miseria asumida como normal y cotidiana.

James Town es la sede de uno de los asentamientos humanos informales más grandes de la capital de este país -sensiblemente inferior a Old Fadama que compite en la misma división que Kibera, en los extrarradios de Nairobi-.

Está a escasos 15 minutos andando del mercado Makola, el centro neurálgico de la ciudad, y uno de los lugares más visitados por el turismo que se deja caer por aquí.

Un barrio marginal con vistas al mar

No se sabe con seguridad cuántas personas residen en James Town. 3.000, 5.000 o muchas más. No hay un registro oficial fiable. Quizá porque no interesa tenerlo. Las casas de pescadores, las infraviviendas de hoy en día, van avanzando según se forman nuevas familias. Poco a poco. Algunas están peligrosamente cerca de pequeños acantilados. Una ola fuerte se las llevaría por delante. Una brisa que se convierta en viento con algunos nudos de más también.

La luz eléctrica, como es común en las zonas rurales o marginales del país, se empalma mediante cables de forma artesanal. Otra vez la lluvia o el viento podrían provocar un cortocircuito en cualquier momento. Huele mal en James Town. Los gatos se disputan las tripas de pescado esparcidas por el suelo, una mezcla de arena de playa, poco cemento y tierra cobriza. No hay agua potable por ningún lado. Las mujeres bajan cargadas con enormes baldes de agua que consiguen en las fuentes cercanas de la parte alta de la ciudad. Huele mal por la basura acumulada pero también se perciben otros olores. Si uno afila la nariz, se distingue el característico olor del mar, y del salitre, y de la humanidad que vive hacinada. Este es un lugar pobre, muy pobre.

La mayoría de las personas que aquí residen se dedican a la pesca. Los hombres salen a faenar cada mañana en pequeñas chalupas, pateras o cayucos -en España las conocen bien-. Regresan al atardecer. Las mujeres esperan en la orilla. Siempre están allí, fieles, aguardando a sus maridos o parientes varones. Cualquier día del año, menos los martes. Ese día no se pesca por una antigua tradición. Se descansa. El resto de las jornadas, las mujeres, pacientes e incansables, recogen el pescado, lo limpian o lavan y lo cargan sobre sus cabezas para llevarlo al mercado –Elena, como saben, fisioterapeuta en el hospital de Ada, se asombra cada día de la fortaleza de estas mujeres. Es normal. Acuden a su consulta con contracturas en la parte superior de sus cuerpos. Piensen en cualquiera de ustedes, sobre todo quienes trabajan en oficinas. Seguro que a menudo sienten dolor en las cervicales, el cuello les molesta… Imaginen qué sentirían si llevaran durante horas, día tras día, enormes paquetes sobre la coronilla. A veces pesan 50 kg-.

Otras mujeres esperan también en la orilla, pero cogen su parte y lo llevan a los ahumaderos que han fabricado a las puertas de sus hogares. Se trata de parrillas colocadas sobre bidones de metal, cortados por la mitad. Ahí se secarán durante las 12 horas de sol y el tiempo que haga falta. Después se venderán para el consumo. Aguantará días. Es la forma tradicional de comer pescado para la gente local en África. Muy pocos pueden permitirse el fresco que, como en todos lados, siempre cotiza a la alza. Ése se reparte sobre todo en restaurantes, hoteles y está destinado a las personas pudientes.

Una vida en peligro

La pesca se ha vuelto cada vez más peligrosa en estas aguas. Los pescadores y artesanos llevan practicándola desde tiempo inmemorial. La forma de hacerlo se ha transmitido de generación en generación. No sólo cómo pescar sino también cómo fabricar la embarcación -en madera que proviene de los bosques y la selva de la Región Central– o cómo reparar las redes, trabajando y cosiendo en equipo. Impresiona verlo.

Sin embargo, la presencia cada vez más numerosa de grandes pesqueros europeos y asiáticos en la zona está esquilmando el mar. ¡Se están llevando los peces!

También les amenzaza la contaminación. Lo he contado otras veces. A este mar va todo. Los excrementos humanos y animales y la basura que las personas generan en el día a día: bolsas de plástico, restos de comida, latas de refresco… Y allí convive con la mierda de los petroleros y vertidos de empresas de todo tipo. Incluso es sabido que compañías europeas traen a Ghana los electrodomésticos y equipos informáticos que allí jubilamos: lavadoras, ordenadores, frigoríficos… todo lo que no se puede destruir en casa o que cuesta un pastón hacerlo se trae a Ghana, donde las aduanas son más flexibles, y donde el mar es abierto y absorbe todo… hasta que deje de hacerlo, claro está.

Aquí no hay ningún control sobre lo que se arroja al Océano Atlántico y eso afecta a los peces, al medio ambiente y a la supervivencia de las comunidades. Cada vez hay menos bancos de peces cerca de la costa. Resulta imposible competir con los mastodontes extranjeros. Las chalupas no están preparadas para navegar mar adentro, pero lo hacen y el resultado es el mismo que cuando se adentran en estas mareas para alcanzar nuestras costas. La mayoría naufragan y muchos pescadores nunca vuelven a casa. Piensen que estas embarcaciones no tienen GPS ni otros artilugios de navegación. Ni siquiera todas las pateras llevan motores, ni muchos pescadores saben nadar -aunque de poco les valdría con este oleaje-.

Muchos todavía siguen navegando a remo. Adentrarse cada más en el horizonte azul significa un viaje sin retorno para bastantes personas. No hay estadísticas. Nadie se ha parado a contar los muertos, pero sí puedo decirles que según visito pueblos costeros -y van nueve meses haciéndolo- encuentro maś niños y niñas huérfanos, más familias que han perdido a alguno de sus miembros y más pobreza y miseria. Cuando desaparece el cabeza de familia, la economía doméstica se tambalea. Piensen que en Ghana y en la mayoría de lugares de África la gente vive al día. Una enfermedad, una mala cosecha o una mala pesca condena a la miseria o a la mendicidad a toda una familia. Y estamos hablando de unas seis o siete personas de media. A veces es toda una comunidad. O todo un pueblo. O varios. O una región. Piensen en los 18 millones que tienen en peligro su seguridad alimentaria, como dicen las agencias humanitarias, en la franja de Sahel. Es terrible. Millones de personas con hambre y sin apenas recursos para hacerle frente.

El colorido de los mercados

Hubo suerte aquella mañana. Bajábamos precisamente del mercado Makola. Nos confundimos entre los cientos de puestos en los que se vende de todo: comida, bebida, ropa, productos de limpieza y decoración… una especie de Rastro en Madrid a lo bestia. Con mucha más gente, más callejuelas, más puestos, más variedad. Los mercados, ya lo saben, constituyen uno de los mejores lugares para tomarle el pulso a una ciudad.

Hay puestos formales y puestos informales. A veces una mujer llega, se sienta y toma posesión de un espacio. No se levantará de allí en diez horas. Como mucho se alejará un poco para orinar. Otro tema curioso. En Ghana los servicios escasean. Y cuando existen, es mejor obviarlos, ya que literalmente están desbordados… y no precisamente de agua limpia. Nunca vi nada tan asqueroso. Piensen que en la ciudad, reconocido por su propio alcalde, el 69% de los hogares registrados carecen de cuarto de baño -la estadística alcanza al 85% cuando incluimos los slums-, por lo que a menudo los restos de orines y heces están a la vista. Se esparcen impunemente por cualquier esquina. Las mujeres y hombres orinan de pie -no suelen llevar ropa interior- y esto facilita la tarea de aliviarse en un santiamén. Es pura necesidad. Doy fe.

El caso es que es una buena idea bajar andando desde el mercado Makola a James Town. Uno va sumergiéndose en las zonas ocultas de Acra, va acercándose a sus cloacas. No es extraño encontrarse durante el recorrido con caracoles gigantes, tomates, barracudas, latas de sardinas, sandalias de diferentes tipos, telas profusamente decoradas, camisetas de equipos de fútbol -la de la Roja está de moda en estos días. Tras salir Campeones de la Eurocopa, un cargamento de camisetas de la selección española inundó los mercados de Ghana, al precio de unos 8 euros al cambio, made in China y Vietnam, más falsas que Judas– tubérculos de varios kilos -siendo la casaba la estrella-, licores destilados y mil y un producto más a cada paso. Como todos los mercadillos, tiene su orden, pero si uno no lo visita con detenimiento es difícil percibirlo.

Pero sigamos descendiendo, hacia la playa, en dirección a James Town. Verán que es fácil toparse con la Oficina Postal central y sus numerosos apartados de correos. Esta es una costumbre inglesa heredada en la antigua colonia. Nadie recibe cartas en su domicilio -bien es cierto que muchos no saben leer-. Lo hace en estos apartados que se alquilan, comparten o adquieren por temporadas o definitivamente. No es extraño, por tanto, que la ciudad carezca de buzones y, en muchos casos, de nombres de calles y de direcciones.

Lo normal es subirse a un taxi o a un tro-tro y que el conductor no conozca el lugar al que te diriges. Como en muchas otras ciudades del mundo uno se orienta por edificios grandes o áreas. Por ejemplo, si uno viaja hacia el noroeste de Acra, hablará de Circle –Nkrumah Circle, una especie de Glorieta de Cuatro Caminos por la que obligatoriamente hay que pasar- o si lo hace hacia el sureste hablará de Labadi Beach. Es una ciudad caótica, pero con los meses vamos entendiendo a manejarnos por ella.

Cerca del Faro de James Town se encuentra un antiguo fuerte, que se utilizó durante años como lugar de reclusión para esclavos y como enclave militar. Y el antiguo puerto hoy sigue en pie como un ejemplo del progreso mal entendido y del abandono más absoluto. A las puertas del barrio, los niños juegan entre basuras. Muchos de ellos están sin escolarizar. La comunidad se ha organizado y algunos dan clase en una improvisada aula en mitad de la lonja: cuatro maderos y una pizarra. Cuando vimos esta escuela me acordé de la primera vez que visitamos Anyakpor en noviembre del año pasado. Están en el mismo punto de dejación y precariedad. Es una pena cuántos niños y niñas se quedan sin escolarizar en Ghana. Pierden el tiempo día a día sin nada que hacer, porque sus padres ni el Gobierno pueden –y en ocasiones no quieren- proporcionarles una educación gratuita.

Al poco de llegar a las primeras infraviviendas se acerca Mckinsey, un buen tipo al que conocí durante la marcha por la dignidad que Amnistía Internacional organizó en marzo por las calles principales de Acra. Es uno de los líderes comunitarios y se ofrece a hacernos de guía. Es entonces cuando nos acercamos a las chabolas y conocemos de primera mano cómo es la vida en el vecindario.

También nos pone al día sobre los planes del Gobierno. Quieren derribar algunas casas del barrio. Hace feo en los planes urbanísticos de la ciudad, ya que quieran recuperar la zona como atracción turística y quizás residencial. De la gente que hoy vive allí nadie sabe qué pasará con ellos. Puede que sean realojados o abandonados a su suerte. Ha pasado en otros asentamientos informales de Acra y en otras ciudades de África. Es una peligrosa moda. Son los desalojos forzados -sus ecos también han llegado a Madrid, no se crean. Pueden darse un paseo por la Cañada Real y comprobarlo-. Llegan las excavadoras del Gobierno, echan abajo las casas y si te he visto no me acuerdo. Aunque ahora es tiempo de precampaña electoral por aquí y los políticos empiezan con sus promesas y, si me lo permiten, con sus mentiras. Sea como fuere, parece que la cosa está tranquila. Pero Hay preocupación para el próximo año.

Le pregunto a Mckinsey por la historia de James Town. Me cuenta que fue un lugar histórico, que hasta allí llegaba la línea de ferrocarril de Kumasi -donde se extraían las materias primas que comentaba al principio de este post-. Luego, con la construcción del puerto de Tema, el lugar cayó en el olvido y ahí sigue, sólo rescatado por algunas personas mayores que aún hablan de la grandeza del lugar.

Es interesante recorrerlo a pie, con tranquilidad, visitando al chief y a las familias. Al hacerlo, descubrimos que la lengua que hablan, Ga, es muy similar al Dangme de la zona de Ada, donde vivimos. Al fin y al cabo sólo hay 120 km de distancia y es la misma costa. Interrelacionamos un poco con las escasas frases que manejamos y generamos una gran algarabía. Sí, La acogida es calurosa cuando uno se acerca con humildad y respeto. Es alentador ver lo bien que se recibe al visitante, cómo le preguntan quién es, qué quiere, qué nuevas trae. Es agradable conversar.

Eso sí, cuando termina la visita y uno se marcha, la cabeza vuelve a ir del revés. Sucede siempre que venimos a un lugar como este. ¿Qué esperanza tienen sus habitantes? ¿A quién le importa cómo viven? Confieso mi impotencia y mi ausencia de respuestas. Sólo se me ha ocurrido escribir este texto y compartirlo con ustedes.

PD. Durante los meses de julio y agosto la publicación de nuevos posts será irregular. Confío en colgar tres más antes de nuestro regreso a España. En septiembre, desde Madrid, escribiré un epílogo a modo de balance y despedida. Gracias mil por la atención. Saberles ahí me ha ayudado muchísimo. Feliz verano… en Europa.


Yo también soy homosexual

Estaba con Addi, artista local que hace auténticas maravillas en hierro forjado, madera, bambú y lo que le pongas por delante. Es un tipo curioso. Abre la tienda que tiene al lado de Radio Ada cuando le apetece o necesita dinero. No tiene mucha clientela. No aspira a hacerse rico, sino a disfrutar con lo que hace. Le admiro mucho. Además, no te da el coñazo para que le compres ni aprieta en los regateos. Me parece un hombre inteligente.

A menudo, cuando termina mi jornada, sobre las 14h me tomo el almuerzo con él -seguimos abonados al bocata de sardinas en lata de distinta procedencia: Marruecos, Malasia e Indonesia entre las más cotizadas-.

Disfruto de su compañía. Conversamos de todos los temas que se nos ocurren y suelo utilizar su opinión como referencia sobre los asuntos sociales en Ghana. Es un tipo instruido, con acceso a Internet, lee los periódicos y escucha la radio, tiene amigos en el extranjero y ha viajado fuera de Ghana en algunas ocasiones, no sólo a otros países cercanos como Togo, Costa de Marfil o Nigeria -lugares fácilmente accesibles por carretera y en los que muchos ghaneses tienen lazos familiares- sino también a Europa y Estados Unidos.

El tabú de la homosexualidad

Hace poco hablamos de homosexualidad. Un tema tabú en Ghana y en casi todo el continente. Al principio, se mostró sorprendido. Aparecieron las risitas.¿Tú no serás uno de esos desviados, verdad?” Le contesté. “¿Por qué no? ¿No me abrirías las puertas de tu casa si lo fuera? ¿No estarías aquí conmigo? ¿Llamarías a la policía para que me detuviera?” Se puso muy serio y me dijo: “Eso es antinatural. En tu país haz lo que quieras, pero aquí no. Eso no es parte de nuestra cultura. No es bueno.” Me dolieron sus comentarios, como casi siempre que escucho a alguien en Ghana y en otras partes de África o del mundo hablar en estos términos de homosexualidad.

Esta misma conversión se repitió poco después en el Rub-Stone, el club nocturno de Ada, durante unas de las fiestas que allí se organizan cada cierto tiempo. A la mesa nos sentábamos Albert, compañero de Elena en el hospital, y George, amigo de este. Volví a sacar el tema de la homosexualidad para ver qué opinaban dos jóvenes profesionales de la sanidad, universitarios. Albert guardó silencio, pero se encontraba incómodo. Pinché un poco más y George abrió el grifo comentando que la homosexualidad jamás sería legal en su país ni aceptada en ningún lugar de África. “No puede ser. Es antinatural -mismo argumento que Addi-. Y además lo prohíbe la religión”. Discutimos abiertamente sobre el tema.

Le hablé de la situación en España, de la evolución de las últimas décadas, de los avances -no debemos permitir retrocesos-. Demis amigos y amigas gays, bisexuales y lesbianas, de las parejas del mismo sexo que han formado una familia, de los hijos que tienen y crían con el mismo cariño y amor que el resto de parejas. “No puede ser. Eso es un delito. Y una monstruosidad. ¿Cómo dos mujeres van a criar un niño? ¿O dos hombres?” Les expliqué las ventajas de educar en la diversidad e intenté hacerles ver que la mente cerrada es el mayor peligro para una persona. Mis palabras cayeron en saco roto. Cambiaron de tema. Y le dieron un trago largo a su refresco de malta.

En ocasiones como esta, fíjense ustedes, la mente se me va hasta Berlín y la Guerra Fría para recordar el discurso de John F. Kennedy el 26 de junio de 1963: Ich bin ein Berliner, soy un berlinés. Pues eso, yo también me siento homosexual. Me indigna el rechazo, el encarcelamiento, la discriminación y el trato abusivo que sufren en este país y en muchos otros de África y del mundo, personas iguales que yo y con los mismos derechos. Son perseguidas sólo por sentir diferente o por elegir seres humanos de su mismo sexo para acompañarles en la cama… o en la vida.

Un niño diferente

Pensé entonces en un pequeñajo de los que acuden a diario a nuestra ventana. Esa ventana de casa que es una ventana abierta a África. Recordé una tarde, de hace unos meses. Elena y yo caminábamos por la playa de Ada. Íbamos a nuestro aire, comentando nuestras cosas y de repente alguien nos llamó. Nos paramos y nos dio alcance. Era uno de nuestros amiguitos. Nos saludó cortésmente y nos pidió permiso para acompañarnos.

No tendrá más de 10 años. Es un niño diferente. Aquí, en nuestro pueblo, los roles de niños y niñas están muy diferenciados y cumplen a rajatabla los estereotipos.

Los niños son brutos, kamikazes, se pegan, nunca lloran, le dan a la pelota, van siempre sucios y aplican la ley del más fuerte. Las niñas son más dulces, lloran, te buscan la mano, juegan en la arena, intentan alisarse los harapos o arreglarse cuando les vas a hacer una foto y siempre están a merced de lo que opinen sus hermanos mayores o varones de la familia.

Este niño que nos acompañaba no es como los demás. Se nota en el trato. En los gestos. En las muestras de cariño. En la forma de vestir. En sus movimientos. En su tono de voz. En su forma de relacionarse.

Seguimos andando por la playa, cada vez más lejos del pueblo, y en un momento dado metió la mano en su mochila escolar y sacó unos zapatos con tacones. ¿Pueden imaginarlo? Nos dijo que los había comprado en el mercado diciendo que eran para su hermana. No se atreve a llevarlos en el pueblo. Se los puso para caminar con nosotros.

La situación era curiosa. Primero, porque caminar por la arena con tacones es prácticamente imposible. Segundo, porque él estaba feliz. Se sentía libre de miradas y comprendido. Lucía sus tacones con orgullo. A nosotros nos entraron ganas de llorar. En un momento dado, volvimos sobre nuestros pasos. La noche caía y los mosquitos empezaban a dejarse ver. Cuando avistamos las primeras casas, nuestro pequeño amigo, sin que nadie le dijera nada, se descalzó nuevamente, sacó una bolsa de plástico de la mochila, guardó sus tacones y volvió a ponerse unas chanclas.

Se le borró la sonrisa del rostro. Se puso serio. Durante toda la escena nadie dijo nada. Sólo hubo intercambio de miradas y un enorme abrazo por nuestra parte. Queríamos decirle que le apoyábamos, que delante de nosotros podía vestirse como quisiera, que estábamos con él. Caminando por el pueblo vimos como otros niños le hacían burla y con el paso de los meses hemos sabido que le hacen el vacío, que hay habladurías, que se dirigen a él con desprecio. Es una injusticia. ¿Qué hacer en estas circunstancias?

Homosexualidad en Ghana

La homosexualidad está penada en la ley en Ghana, con hasta 25 años de cárcel para las relaciones entre hombres. A las lesbianas directamente se las invisibiliza. No existen para la ley. El presidente de la República, John Atta Mills, declaró en noviembre pasado que “ellos no apoyarán a los homosexuales”. No van a legalizar la homosexualidad. Cuentan con el apoyo del 88% de la población, según las estadísticas que maneja, y estamos cerca de las Elecciones de diciembre, que prometen ser reñidas.

Ser homosexual es una aberración, según los representantes religiosos de todas las Iglesias y confesiones religiosas del país. Tanto cristianos de todo tipo como musulmanes y tradicionalistas. Todos están a una en este tema.  “Si la homosexualidad es tolerada, la raza humana se extinguirá”, declaró abiertamente el Reverendo Stephen Wengan, hace unos meses, en un artículo escrito para Ghana Broadcasting Corporation -el principal medio de comunicación público del país-.

El año pasado, Raul Evas Aidoo ministro para la región occidental de Ghana ordenó a las Fuerzas de Seguridad detener a todos los gays y lesbianas que hubiera en el oeste del país y exhortó a los propietarios e inquilinos de viviendas a denunciar a toda persona a la que consideren sospechosa de ser gay o lesbiana.

La Constitución de Ghana garantiza la protección de los derechos humanos para los ciudadanos ghaneses, cualquiera que sea su raza, lugar de origen, opinión política, religión, creencia o género… pero olvida, intencionadamente, mencionar su orientación sexual.

Reacciones internacionales

Cuando a finales de 2011, durante una reunión de la Commonwealth, en Australia, el primer ministro británico, David Cameron, declaró que supeditaría la ayuda al desarrollo del Reino Unido a África a los países que avanzaran en derechos humanos, y especialmente, en derechos de las minorías sexuales, las reacciones furibundas de todas las fuerzas políticas de Ghana y de otros países no se hicieron esperar. Fue una vergüenza y en los periódicos, radios, digitales y televisiones más relevantes no escuché ni una sola voz que se alzara a favor de la diversidad afectivo sexual.

La tendencia de supeditar la ayuda al desarrollo al respeto a los derechos de las minorías sexuales también parece secundarla la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton. Durante su última visita a la región hace pocos meses, declaró la misma política que el mandatario británico. Otra vez protestaron los líderes religiosos, políticos, asociaciones de padres y autoridades comunitarias y educativas, incluidos los chiefs tradicionales.

Amnistía Internacional ha denunciado en numerosas ocasiones que el acoso, la discriminación, la violencia, la persecución y los asesinatos cometidos contra personas por su orientación sexual o identidad de género están aumentando en los últimos años alrededor de África Subsahariana.

Muchos políticos en estos países no sólo no protegen a estos ciudadanos y ciudadanas en peligro, sino que a través de sus declaraciones incitan a su discriminación y persecución, como en el caso de Ghana.

En Camerún, por ejemplo, siete hombres fueron detenidos hace un mes bajo leyes que prohíben conductas sexuales entre personas del mismo sexo. Desde 2011, 13 personas han sido arrestadas en ese país en base a estas mismas leyes. En Sudáfrica, los ataques contra personas homosexuales no son investigados, creando un clima de impunidad para los perpetradores. Y no se trata de casos aislados. Podría hablar de las sanciones impuestas en Malawi y Mauritania o de los exabruptos del presidente Robert Mugabe en Zimbaue, diciendo que los homosexuales son peores que perros y cerdos. Es una tendencia en esta parte del mundo. En algunos estados del norte de Nigeria, donde rige la sharia -ley islámica- la homosexualidad se castiga incluso con la muerte.

Silencio en los medios

En Ghana las asociaciones de gays y lesbianas existen, pero son minoritarias y tienen muchos problemas para hacerse escuchar. Desde luego no están registradas oficialmente. Nadie les dedica un mínimo espacio en los medios de comunicación y sólo en Internet y en publicaciones extranjeras encuentran cierto eco. La situación no ha llegado a ser tan grave como en Uganda, donde las leyes son más duras y las autoridades han disuelto recientemente encuentros y reuniones de gays y lesbianas, pero el escenario es similar en cuanto a la represión y el hostigamiento.

En mi propia emisora comunitaria, Radio Ada, mantuvimos un debate al respecto en la Redacción y me encontré solo. Las opiniones aquí no eran agresivas. La democracia es un valor aprendido y nadie me insultó, como he escuchado en otros lugares, pero no quisieron abrir el debate en antena. Nadie se atreve a defender la homosexualidad por miedo a quedar señalado.Trabajo desde entonces para que esto cambie.

Considero fundamental que en los medios de comunicación se visibilice. La homosexualidad, han llegado a decirme en otros foros, es un legado europeo, una más de las lacras colonialistas que los extranjeros hemos dejado en África. “No es parte de nuestra identidad. Ningún africano es homosexual”.

No es extraño encontrar noticias en el periódico tipo “Lesbianas intentan someter a sus prácticas sexuales a menores en un colegio de Tamale”, “Los homosexuales deben dejar el país”. Es terrible pero ocurre con normalidad.

Otro sencillo ejemplo de discriminación

El día de la independencia de Ghana, 8 de marzo, los compañeros de Elena en los servicios de salud del distrito organizaron una fiesta en la playa. Comida, música y bebida para estrechar lazos entre compañeros, familiares y visitantes. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, una de las personas homosexuales que conozco no fue invitada a la fiesta por ser gay. Imaginen la tristeza y la decepción.

Al día siguiente, nos encontramos en la carretera de Ada Foah, esperando ambos el tro-tro para dirigirnos al trabajo. “¿Qué tal la fiesta?”, me dijo. “Bien, divertido: música, juerga, baño en el río”, respondí. “A mí no me invitaron, ¿lo sabías?” Otra vez apareció la impotencia, el sentimiento de dolor.

Escribo estas líneas en Ghana en un día especial, el día del Orgullo Gay que espero que se celebre por todo lo alto en mi ciudad, Madrid.

Pienso en las miles de personas que salen estos días a la calle y gritan en libertad que son homosexuales, lesbianas, bisexuales o transexuales. Y lo comprendo perfectamente. No cantan, bailan y se dejan ver sólo por ellos. También lo hacen por estas personas, aquí en Ghana y en tantas otras partes del mundo, que no pueden hacerlo. Soy heterosexual, pero defiendo el derecho de toda persona a tener la orientación sexual que le plazca. Y no lo olviden, no es un capricho, sino un derecho humano.


Los ladrillos de Anyakpor

Los ladrillos de la nueva escuela de Anyakpor, 1.580 en el momento de escribir estas líneas, los ha fabricado uno a uno Kofi, un albañil honesto y trabajador de Aflao, en la Región del Volta. Él es el más currito de este proyecto. Construir esta escuela ha sido una experiencia nueva. Apasionante. Desesperante. Otra vez apasionante. Y más tarde realmente satisfactoria.

Empezamos trabajando en esta comunidad en noviembre de 2011, ya lo saben, construyendo bancos y mesas para una escuela que parecía un centro de acogida precario. Nuestros alumnos –97 menores sin recursos, algunos huérfanos- se sentaban entonces en la arena. Más tarde -en marzo de 2012- llegó el material escolar. Hasta ese momento, hacían cuentas también sobre la arena.

El progreso

Después, estuvimos valorando presupuestos para traer agua potable a la escuela,  luz eléctrica y construir un baño que contribuyera a mejorar las condiciones higiénicas de los menores.

He contado otras veces que Anyakpor es una comunidad pobre entre las pobres. Aquí muchos niños y niñas no reciben educación, duermen en el suelo, no tienen las necesidades básicas cubiertas. Sus padres no pueden pagar las tasas ni los uniformes ni el material escolar para que sean aceptados en un colegio público. Algunos ni siquiera tienen padres. Viven acogidos en otras familias de la comunidad.

Desechamos las ideas anteriores tras tener varias reuniones con las autoridades locales. En diciembre habrá Elecciones y el Gobierno quiere electrificar antes la parte a oscuras del país -30% según las estadísticas, mucho más amplia en áreas rurales como esta-. Entre sus apuestas puede estar la comunidad de Anyakpor. Los políticos locales hacen lobby para ello. “Estamos cerca”, nos dijeron.

En otra comunidad, Futuenya, donde vivimos, tampoco había electricidad pero llegó hace dos meses. Fue a lo bruto, como se hacen muchas cosas aquí. Aparecieron unos trabajadores, blandieron sus hachas, se cargaron el árbol de mango de la entrada de casa, talaron cuantas palmeras encontraron alrededor y arrasaron con todo lo que pudieron. Trajeron la luz, sí, y ahora los vecinos que pueden pagarla –7 familias de 300- se alumbran con bombillas, pero el entorno está arrasado.

Quienes no pueden pagar las facturas, como los que viven más cerca de nuestra casa, siguen alumbrándose con hogueras y candiles. El progreso está a la puerta de sus chabolas. Pueden verlo, tocarlo, pero no disfrutarlo. También se han quedado sin los mangos del árbol y sin los cocos de las palmeras. ¿Para eso trajeron la luz? Pero esa es otra historia…

Iglesia, escuela o centro de acogida

La anterior escuela de Anyakpor no era tal, sino una iglesia con poco uso o un centro de acogida temporal. Sí, topamos con la Iglesia.Y un buen día decidieron utilizarla para el fin para el que fue construida: dar misas y tener encuentros religiosos, así como estudios bíblicos, catequesis y todo lo que quisieran. El edificio es suyo y hacen lo que quieren con él. No nos echaron a la calle. Venían cediendo el local desde 2008 y al ver a unos blancos –dólares con patas– entendieron que cada cual en su casa y Dios en la de todos.

Entonces decidimos ponernos manos a la obra para construir una nueva escuela que mejorara las condiciones de los niños y niñas. Llegamos a un acuerdo con los servicios sociales, los líderes comunitarios, el chief de Anyakpor -que se lleva 10 cedis por consulta- los padres y tutores de los alumnos, el Pastor que guía nuestro proyecto -sí, ya está dicho, sin la religión es imposible impulsar nada aquí- y todas las personas que consideramos influyentes.

Pedimos varios presupuestos y ninguno se parecía a otro. Tampoco había maestros constructores que nos dieran seguridad. Ser blanco en África abre muchas puertas, pero también eleva los costes y dispara la imaginación de las personas a las que entrevistas.

Para contrastar la información que habíamos recogido acudimos a Peter, delegado de la ONG holandesa Foundation for build -dedicada a la construcción de escuelas, baños y otros servicios en Ghana-. Nos dio las indicaciones básicas, tras terminar el queso manchego que quedaba en nuestra despensa y darle un viaje a un vino español que ocultábamos en el fondo de un armario. Fuimos para adelante. Con casi 4.000 euros se podía construir una escuela.

Campo de refugiados

Cuando nos mudamos de la Iglesia/centro de acogida, todavía no estaban puestos los cimientos de la nueva escuela de Anyakpor y los niños y niñas dieron clase en un improvisado campo de refugiados, montado para la ocasión. Un puñado de tablones, dos lonas y a correr. Al menos no estaban todo el día en la playa y se convertían en testigos privilegiados de cómo avanzaba su escuela.

En mitad de una extensión de tierra que el Pastor había adquirido con donaciones de amigos, el cepillo de la iglesia, aportaciones de la comunidad y una rebaja tras arduas negociaciones con el Chief y otras autoridades locales, instalamos esta escuela provisional y comenzamos las obras de la definitiva. También se iniciaron los trámites necesarios para el registro y legalización de la escuela. En un futuro próximo podrá contar con el apoyo del Gobierno local.

Los obreros

Decidimos contratar a una cuadrilla de tres albañiles y tres carpinteros, y contar con 16 voluntarios de la comunidad. Estarían liderados espiritualmente por el Pastor James y supervisados por nosotros.

Jon, el carpintero jefe, se encargó de acompañarnos a hacer las compras en Kasseh. Seleccionamos las maderas para la estructura y el techo, las de más calidad y las más resistentes. Compramos los pilares, las vigas, los clavos, las planchas de aluminio… una lista interminable, que discutimos durante días. Era viernes 11 de mayo y a última hora de la tarde todo el material estaba descargado en Anyakpor. El lunes comenzaríamos a trabajar.

Transcurrió el fin de semana y el lunes me acerqué a las obras. Sorpresa. Ningún carpintero se había presentado. Jon se había dado a la fuga. De hecho, permanece en paradero desconocido desde entonces. Tengo ganas de echármelo en cara.

Y el resto no había comparecido, salvo Kofi, el albañil formal que encabeza este texto. Los padres de los alumnos que debían colaborar en el trabajo comunitario andaban desperdigados. Justo en estas fechas, estación de lluvias incipiente, comienza la temporada de “farming” y los terratenientes contratan agricultores a cambio de comida y un pequeño jornal. Por contra, a la mayoría, nosotros les habíamos ofrecido sólo comida y  bebidas. En eso consiste el trabajo comunitario y voluntario. Era lo convenido, pero en Ghana lo convenido es papel mojado por muchas reuniones previas que hayas tenido.

Así que ahí estábamos. El Pastor con su Biblia, algunos fieles secundándole -sin trabajar, pero haciendo bulto- y el blanco poniéndose colorado de indignación. Cargamos 100 bolsas de cemento, un camión entero de grava y fuimos a buscar a otros trabajadores. Las mujeres colaboraron más que nadie. Sus cabezas soportaban a veces 50 kilos de peso.

Me sentía un reclutador militar. Casa por casa, le preguntaba a quien abría si tenía hijos en nuestro colegio. Si era así, me los llevaba de una oreja. Era un auténtico baefono. Un auténtico capataz. La cabeza volvía a darme mil vueltas. Por fin, a la hora de la comida, las doce del mediodía, reuní una cuadrilla y empezamos a trabajar.

Como en todas las obras, a pesar de la planificación, los presupuestos y todo lo que ustedes quieran, los materiales no fueron suficientes y los plazos no se cumplieron. En una semana, fundimos casi todo el fondo de compensación que había reservado -20% extra-, pero al final, estirando, reduciendo bebidas y transportes, economizando y solicitando nuevos apoyo llegamos a puerto.

Hubo que hacer dos viajes más a Kasseh, comprar más madera para la estructura, más planchas de aluminio para el techo, recuperar unos clavos olvidados en la ferretería y discutir con unos y otros, además de hacer frente a situaciones curiosas.

Ya saben que en Ghana, los funerales son una fiesta y todo el mundo que está invitado acude, sí o sí, tenga o no que trabajar. En nuestro caso, se celebraba un funeral por un familiar lejano de uno de los trabajadores. Era una persona muy querida y los festejos comenzaron en la comunidad un jueves y terminaron un lunes. Perdimos cuatro jornadas de trabajo -aquí los sábados son laborables- y no se podía hacer nada, salvo dar el pésame  y esperar.

Sueño hecho realidad

Por fin, el 6 de junio terminamos la primera fase. Hemos mejorado sensiblemente la situación que encontramos en noviembre. Tenemos un espacio suficiente para que 97 niños y niñas den clase con cierta normalidad y lo hemos hecho con la época de lluvias encima. Nuestra estructura les cobija ahora con seguridad. Cinco líneas de ladrillo a la vista en las paredes -más dos bajo tierra que sostienen la construcción-, un suelo de cemento, tejado de doble hoja de aluminio y pilares y vigas resistentes e integradas en el entorno. Los niños no han estudiado en un lugar así en su vida. Estamos satisfechos. Esperamos que ustedes también.

La educación en Ghana, como en toda África, es fundamental y precaria. El 35% de la población en este país es analfabeta. En esta región la estadística alcanza el 65%. Construir una escuela es dotar de una pequeña esperanza a la comunidad. No creo que ninguno de los 97 menores que tengo delante ahora llegue nunca a la universidad. Lo digo con pesar. Con mucho pesar. Pero también creo que estos 97 elementos sabrán leer y escribir cuando salgan de aquí, se expresarán correctamente en su lengua local y en inglés, el idioma oficial, conocerán las cuatro reglas de matemáticas para desenvolverse en el mercado y puede que tengan una oportunidad de mejorar sus vidas. Con eso nos basta.

Hemos pasado muchas noches sin dormir, nos hemos dejado la garganta, he estado a punto de practicar el canibalismo, incluso el magnicidio al querer atentar contra el Pastor y nos hemos sentido engañados y defraudados en algunos momentos por los líderes comunitarios, los obreros, los servicios sociales y los proveedores. Pero también hemos disfrutado mucho. Hemos sacado fuerzas de flaqueza, hemos encontrado gente maravillosa y desinteresada dispuesta a no dejar que nos rindiéramos y, lo más importante, hemos cumplido el objetivo de construir una escuela digna. Los fondos los han aportado ustedes, lectores, visitantes, amigos, familiares. Qué podemos decirles. Gracias por hacer este sueño realidad.

Las visitas de estos días, Ana y Rafa, han traído más fondos y hemos decidido, con el apoyo de las personas implicadas en el proyecto, ampliar una clase más, separar los ambientes y lograr más espacio y comodidad para los alumnos. Nos cuesta unos 1.500 euros al cambio. Y en eso estamos, otra vez reclutando obreros, comprando material y empantanados hasta las orejas. Pero felices. Gracias por el apoyo y la confianza, de verdad.


La sal… ¿para quien la trabaja?

Esta es la historia de un conflicto tan antiguo y repetido que parece mentira que se reproduzca con tanta asiduidad en las distintas latitudes del mundo. Es un conflicto sobre la propiedad de la tierra y sobre los derechos de explotación de lo que esta produce. Bueno, no es estrictamente tierra… En esta ocasión se trata de sal y de la laguna de Songor, un enclave natural a las afueras de Ada Foah, al sureste de Ghana, con una extensión de casi 383 kilómetros cuadrados, según fuentes gubernamentales.

Al menos 65.000 personas viven en la zona -unos miles más durante la época de extracción más intensa-. Tienen desde hace años el alma en vilo y dos espadas de Damocles sobre sus cabezas. Por un lado, la de perder su trabajo, que consiste en obtener sal de esta laguna, llevarla al mercado en sacos de 25kg o venderla al mejor precio posible. Y por otro, la de perder sus hogares, ya que podrían ser desalojados de las proximidades de la laguna para que las empresas privadas con el consentimiento del Gobierno construyan una plataforma de explotación moderna. Es un viejo conflicto que reabre el debate del desarrollo. Dos mundos opuestos condenados a entenderse… o a enfrentarse.

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De acuerdo a la información oficial, la laguna de Songor concentra la producción de sal más importante de Ghana. La estimación del Gobierno es que esta laguna puede producir más de un millón de toneladas año, cuando en la actualidad sólo está produciendo 115.000. ¿Por qué? Porque, de momento, la mayor parte de su explotación la realizan de forma artesanal, durante la época seca, pequeños grupos de trabajadores. La propuesta del Gobierno es realizar la explotación a gran escala, con maquinaria avanzada y desarrollando una industria alrededor. Para ello, realojaría a las personas en otros lugares y daría trabajo a los que pudiera en la propia laguna.

Ghana y Senegal son los grandes exportadores de sal de África Occidental y compiten por exportar un producto natural vital para los habitantes de la zona, muy apreciado para el consumo humano y la conservación de alimentos. Piensen que se trata de lugares donde la electricidad todavía hoy es una quimera para miles de personas.

La tierra de los antepasados
Históricamente, el terreno pertenece a las comunidades asentadas desde antes de que existiera Ghana -1957-. Llegaron aquí hace siglos, se dice que procedentes del Valle del Nilo, descubrieron la laguna y tomaron posesión de ella. En África la tradición es oral y la Historia se cuenta sin fechas a través del boca a boca y generación tras generación, al menos hasta hace poco, cuando intelectuales y universitarios locales -y algunos extranjeros- empezaron a plasmar el pasado sobre el papel.

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Las 15 comunidades de la laguna de Songor están agrupadas en 10 clanes, cada uno con su propio chief, autoridad local sin papel administrativo real pero muy respetado por la cultura local. De los 10 chiefs, y aquí empiezan las confusiones, cuatro son considerados por la corriente tradicional como los únicos con poder de negociación real, ya que afirman que los seis restantes representan a comunidades que se asentaron en la zona más tarde. No todas las partes implicadas opinan igual.

Según la ley no escrita del lugar, a nadie que pertenezca a cualquiera de estas comunidades se le puede negar nunca el trabajo y el beneficio de la sal que obtenga. Cualquiera podía y puede llegar allí, asentarse y trabajar, con el consentimiento del chief de turno. Así han funcionado siempre y así quieren seguir funcionando.

El Estado quiere la tierra
Sin embargo, las autoridades tienen otra postura. Desde los años 70, dos empresas de explotación -una ghanesa y una multinacional- presionan a las autoridades para que promulguen leyes que les permitan extraer y comerciar la sal de Songor.

El Gobierno ha probado varias estrategias para hacerse con el control. Lo intentó por la fuerza bruta durante la época del gobierno militar de Rawlings y en 1985 una joven, Margaret Kuworno, Maggie, embarazada, murió tras los disturbios provocados por la policía, que entró a sangre y fuego en las comunidades próximas a la laguna, desalojó a sus habitantes y tomó el territorio. Maggie se convirtió en una mártir local. No fue el primer enfrentamiento pero sí el más violento de la historia contemporánea de la laguna. La presión popular posterior hizo que las fuerzas del orden tuvieran que retirarse, aunque el Estado se apropió de una pequeña extensión, que posteriormente cedió a dos empresas extractoras para que trabajaran en la zona.

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A lo largo de los años se ha logrado un equilibrio tenso entre las partes. Las empresas han querido más territorio y han firmado acuerdos que no todos reconocen como válidos. En estos años, algunos chiefs han vendido parte de “su” terreno sin informar a los habitantes – recibiendo regalos y dinero a cambio- lo que ha encendido aún más a la población y ha provocado una gran desconfianza. Si el chief ha vendido el terreno sin consultarme, el chief no me representa, es un corrupto y no acepto esta decisión. Pero no todo el mundo ha sido capaz de volverse contra su propio chief.

La vuelta a la democracia de Ghana en 1992 también trajo cambios en los métodos para hacerse con la propiedad de la laguna. El Gobierno considera, a raíz de la Constitución aprobada ese año y el conjunto de normas legislativas desarrolladas después sobre este respecto, que todos los minerales que se producen en el país son propiedad del Estado. Y la sal entra en esta categoría, igual que el oro o el petróleo, otros de los ricos recursos naturales de este país.

La Carta Magna les da el derecho de explotación y se ha plasmado en un plan de acción que no se ha negociado con toda la población local y que lleva desde 2004 pendiente de ejecución.

Una cooperativa, una voz…
La mayoría de las comunidades están dispuestas a resistir y a luchar por lo que consideran suyo, su modo de vida y el lugar donde están sus hogares y el resto de pequeños puestos de trabajo que se han generado alrededor: mujeres que venden comida, agua o crédito para móviles a los trabajadores. En 1984 para proteger sus intereses nació la cooperativa de defensa de la laguna de Songor, en la que están representados muchos trabajadores, aunque no todos.

Sin embargo, la división y diversas actuaciones de los distintos agentes implicados le ha dado al gobierno la excusa perfecta para afirmar públicamente que no tiene con quién negociar y que por tanto aplica la ley a su manera.

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… Y un ejemplo de democracia
De esta guisa, llegamos a la actualidad y a Radio Ada, que como emisora comunitaria y defensora de la identidad de las comunidades del distrito Dangme, entre las que se incluyen Songor y otras, pretende mediar en el conflicto.

Para empezar, ha generado encuentros entre las empresas, los chiefs, el Gobierno, los políticos, la cooperativa y la ciudadanía, basados en tres principios clave: libertad de expresión, respeto mutuo y rendición de cuentas. Estas reuniones se celebran cada dos meses, son abiertas -he participado en tres de ellas- y, además, se realiza un programa de radio con las novedades sobre lo que se discute, dando voz a todas las partes e informando a la ciudadanía veraz y puntualmente.

Hay testimonios interesantes. Cynthia Dornukie Setiameh, perteneciente a la comunidad Goi, una de las más afectadas y amenazadas de desalojo, declaró hace poco: “Si ellos quieren realojarnos en otro lugar, nosotros queremos que la laguna nos siga adonde vayamos… nuestra mayor ocupación aquí es obtener sal… Nosotros no sabemos hacer otra cosa. ¿Qué vamos a hacer en otro lado? ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos o a pagar las tasas de las escuelas?”

Durante el último encuentro celebrado a finales de marzo, uno de los chiefs tradicionales habló claro sobre el sentir popular: “Nadie puede separar a las personas de Ada de la laguna de Songor. Culturalmente, la laguna de Songor es parte de las personas de Ada y las personas de Ada son parte de la laguna de Songor. Define nuestra identidad”.

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Por su parte, las empresas también intervinieron y a través de sus portavoces expresaron la oportunidad de empleo local y mejora para los jóvenes de Songor que generaría la nueva industria. Las autoridades, apoyándolas, añadieron los avances que podrían traer en unas comunidades donde sus habitantes no disfrutan de los servicios básicos ni de infraestructuras mínimas, y donde el trabajo infantil es una realidad.

Y así están las cosas ahora, en la fase de la discusión, la participación y la búsqueda de soluciones democráticas. Como observador, una vez más, África me brinda una lección. A pesar de que muchos de los habitantes de las comunidades son iletrados -el 32% nunca pisó una escuela-, su determinación y espíritu de lucha es inmenso. Se enfrentan a un enemigo poderoso, Gobierno y empresas, que tienen a su favor leyes locales, abogados preparados y muchos más recursos. Pero aquí no se rinde nadie.

Por fortuna, la batalla en estos momentos se libra en el escenario público, frente a los micrófonos de Radio Ada, y todas las partes parecen aceptar el envite. En el horizonte, están las Elecciones Generales de diciembre -las últimas se ganaron hace cuatro años por un escaso margen- y cualquier candidato regional sabe que su posición sobre la laguna puede darle o quitarle miles de votos. Es el momento de las promesas, todos lo saben y ejercen influencia a su manera.


El viaje de Giulia (y II)

El objetivo principal del viaje de Giulia y de las personas que la acompañaban era conocer “el sueño de Anyankpor”, la escuela para menores de la playa que estamos impulsando desde el pasado mes de noviembre en las afueras de Ada Foah ,con el apoyo de ustedes.

Traían bajo el brazo parte del dinero que hemos recaudado en estos meses para dotar de condiciones mínimas a una escuela que atiende a 97 niños y niñas de edades comprendidas entre los 2 y los 10 años.

En total, junto a lo que conseguimos en España antes de nuestra partida y descontando lo que hemos invertido en la comunidad de Futuenya, el hospital del distrito y Radio Ada, disponemos de unos 4.000 euros. –Las personas que han colaborado y de las que tenemos dirección electrónica recibirán más información a este respecto vía email o pueden solicitarla contactando conmigo. Pinchando en mi nombre, arriba a la derecha, los datos de contacto aparecen al final del texto. Vaya por delante nuestro inmenso agradecimiento-.

Bienvenido Mr Bafono

Aparecimos en Anyakpor y se desató la euforia. Sería un bonito resumen. Pero vayamos al principio. Era miércoles, me levanté temprano -una proeza cuando tienes invitados españoles en casa y las tertulias nocturnas se alargan sin hora al calor del gin-tonic– y fui hasta Ada Kasseh, municipio hermano, para comprar la madera con la que armar los pupitres, bancos, pizarras y mesas de los profes.

Allí me esperaban Pastor James, líder espiritual de la escuela -aquí no se puede hacer nada sin la Iglesia, la que sea, que nadie se confunda-, y Prosper, el segundo Carpintero. -El primero que contratamos no se presentó al trabajo después de haber apalabrado salario, jornadas y proyecto.-

Los tres pasamos por la tienda para seleccionar la madera. También visitamos la ferretería para comprar papel de lija, barniz, pintura, clavos, contrachapado para las pizarras, bisagras para los armarios donde guardaremos los libros y todo lo necesario para terminar con esta primera fase del proyecto: que el alumnado pueda sentarse en un banco y apoyarse en una mesa. Una vez que estuvo todo -y después de regresar dos veces a la ferretería porque se nos habían olvidado las brochas y un par de libras de clavos de diferente medida- llegamos a la junction de Futuenya , donde recogimos a Elena con la delegación española.

Nos subimos al camión y recorrimos los 4 ó 5 km -las distancias no están claras- que separan nuestra casa de la escuela de Anyakpor. Aparecimos en la comunidad subidos en la parte de atrás del pick-up, una especie de papa móvil africano sin cristal antibalas.

Julia y Giulia iban sentadas delante, junto al conductor, la mayor de las dos tomando buena nota de cuanto pasaba. Tenía la tarea, entre otras, de informar a mi madre a su regreso a España. Ya saben que las madres utilizan un lenguaje propio.

El resto de la cuadrilla, Óscar, Jose, Carmen, Elena, el Pastor, Prosper, el chaval que ayuda en la tienda de maderas y el que suscribe viajábamos detrás, agarrados como podíamos y saludando a diestra y siniestra. Me dio por pensar en la película “Bienvenido Mr Marshall”, ya que , cuando enfilamos Anyakpor , la gente se echó a la calle, los niños abandonaron la escuela y todo el mundo nos saludaba. Habían llegado los bafonos y la madera. Es verdad. ¡Van a mejorar la escuela para los niños de la playa!

Descendimos entre vítores y colaboramos en la descarga. Cuando terminamos, nos acomodamos a la sombra, con uno de los líderes comunitarios, para beber agua y hacer las presentaciones pertinentes.

Posteriormente, ajustamos cuentas con el maestro Carpintero, revisamos el trabajo que habían realizado -este es el segundo cargamento de madera que llevábamos. Hubo que esperar un par de semanas entre uno y otro porque el de la tienda de Ada Kasseh no nos fiaba más- e intercambiamos información sobre plazos de entrega, calidad del acabado y dónde guardar los bancos hasta que los traslademos a la escuela, no vaya a ser que llueva y se desarme el Belén.

Después, nos fuimos a visitar al Chief local, que nos esperaba en su casa. Óscar apuntó que se notaba que era el jefe, por la planta, la actitud de mando y cómo dirigió la sesión. Le presentamos a la delegación, conversamos sobre la escuela, nos dio las gracias por el esfuerzo, hizo carantoñas a Giulia y fuimos a cumplimentar la siguiente visita: los padres pescadores que en ese momento tensaban la red de sus capturas.

Compartimos un rato con ellos, una vez que sacaron los peces del mar. Era una conversación a varias bandas. Uno de los líderes comunitarios traducía del dangme al inglés y nosotros del inglés al español. Cada frase pasaba por varios idiomas así que esto era una versión seria del juego infantil “el teléfono escacharrado”.

Media hora más tarde, pusimos rumbo al colegio. Los niños estaban comiendo. Debía ser mediodía, pero nadie probaba bocado, con lo que esto supone en este entorno. Estaban embobados mirando a Giulia. Y el embobamiento era mutuo. Del primer abrazo casi la tumban. Después le tiraron pellizcos en los mofletes, en los brazos, acariciaron su pelo… Era como si tocaran una muñeca. En su lugar, yo me habría agobiado. 97 niños a tu alrededor hablando en una lengua que no entiendes es mucha tela. Aguantó estoicamente.

Elena intervino, cuando se percató, y organizó una dinámica. Al fin y al cabo es monitora en la escuela. Consiguió hacer un corro y empezaron los juegos infantiles. Inflamos unos globos y apuramos lo que quedaba de mañana.

También, saludamos a los profesores, les pedimos disculpas por aparecer como elefantes en una cacharrería -habíamos avisado de nuestra visita la víspera- y estuvimos conversando con los padres que se acercaron al percatarse de la algarabía.

Futuenya desbordada

Agotados, bajo un sol de justicia, emprendimos la retirada y regresamos a nuestra casa, Mizpah. Apenas pudimos entrar. Si habitualmente, Elena y yo recibimos la visita diaria de cuatro o cinco niños que nos acompañan de la mano cada vez que nos ven aparecer, la llegada de Giulia desbordó las expectativas y no eran menos de 10 los que se agolpaban y agarraban a nuestras piernas. Se había corrido la voz. Una bafono de su estatura había ido a conocerles.

Pasaron varios días juntos, observándose, conociéndose, intercambiando información, ideando coreografías y bailando al son de la música canaria, latina, africana -se negaron a pinchar rock and roll– y quien sabe qué más estilos. El ipod de Giulia parecía no tener fin. También jugaron a las chapas, pintaron, compartieron cocos y en apenas unos días se forjaron amistades como las que sólo son capaces de desarrollar los más pequeños. 

Al día siguiente, acudimos al hospital del distrito y a Radio Ada, donde ya saben que Elena y yo pasamos la mayor parte de los días.

En el hospital visitamos a Alberta, una paciente que padece una enfermedad grave -los médicos no saben cuál es-. Como su caso es especialmente difícil, desde España llegó una donación para ella. Ahora puede cubrir los gastos de hospitalización y ha sido trasladada a otro lugar donde le harán nuevas pruebas. Ojalá mejore.

Mamma Rasta

Nos quedaba por ver otra parte interesante de Ghana. Conocer un poco más de su cultura y nos embarcamos en una ruta por el río Volta en dirección a Keta. Durante una hora, asistimos a esos contrastes que no dejan de sorprendernos en este contexto.

A un lado, la pobreza, los pescadores que viven al día y faenan en sus chalupas, las infraviviendas sin luz ni más agua que la del río o el mar en la comunidad de Maranatha o en las islas de alrededor. Y a otro, las mansiones de los europeos y libaneses, y miembros del gobierno de Ghana, el club náutico privado y su muelle con motos de agua y catamaranes, los hoteles con piscinas privadas, el humeante olor a pescado fresco a la parrilla… Cuando uno navega el río aprecia la diferencia con todos sus matices y toda su brutalidad.

Alcanzamos el embarcadero de Anyanui y enganchamos un tro-tro rumbo a la casa de Madame Mamishie Rasta, Mamma Rasta, una de las fetish priest, autoridades religiosas locales, de más prestigio en la zona. Allí todos los viernes se celebra un ritual para agasajar a las divinidades tradicionales. Las mujeres bailan con frenesí al ritmo que marcan los tambores que agitan los hombres. Niños y niñas participan de la fiesta y algunas mujeres adultas parece que alcanzan un estado de trance tras beber un líquido de color amarillento que nace de la mezcla de varios brebajes -qué difícil le resultó a su madre, Carmen, explicarle a  Giulia qué significa estar en trance-.

Fue una aproximación limitada a la cultura religiosa ancestral de esta tierra que no satisfizo las expectativas de todos nuestros visitantes. Acudimos con cierto recelo, ya que algunos de estos rituales incluyen el sacrificio de animales y otras costumbres que provocan rechazo en nuestra cultura, así que procuramos limitar los daños, sobre todo en la sensibilidad de Giulia, asistiendo sólo a una hora de un evento que dura por lo menos siete.

La vuelta la hicimos en patera, ya de noche, siguiendo el rumbo a través de las estrellas, sin luz en la embarcación y fiándonos de la pericia de nuestro piloto, con la confianza extra que nos daba llevar a bordo a Jose, un experto navegante y astrofísico acostumbrado a interpretar las estrellas en La Palma.

Llegamos a Ada Foah sanos y salvos, tras superar alguna que otra duda en el atraque. Quedaba poco para las temidas despedidas y algunas lágrimas empezaban a aflorar. El tiempo se agotaba. Fue duro para los niños y niñas despedirse de Giulia y viceversa. Fue curioso ver cómo se observaban a través de la ventana, tras tanto tiempo compartido.

Unas horas después de su marcha, todo parecía más triste y silencioso en Futuenya. Incluso se produjo un apagón nacional -¡y eso que nuestros vecinos están a punto de estrenar tendido eléctrico!-.

Aprovechamos para reflexionar sobre esta experiencia que nos ha traído de vuelta los ecos del mundo que dejamos atrás hace cuatro meses. En esas estábamos cuando una araña peluda perturbó nuestra melancolía y nos devolvió a la realidad. Zapatilla en ristre, y al segundo intento, acabamos con ella. Volvíamos de golpe y porrazo a estar en África.