Epílogo para Ghaneantes

En Ghana las palabras fluían solas. Las historias se sucedían una tras otra. Los dedos querían ser más rápidos que la cabeza. Quizás porque allí cada minuto de electricidad cuenta. Un corte de luz te deja a oscuras durante un tiempo indeterminado. Una hora, dos o diez. Nunca lo sabes. O porque todo lo que te rodea es nuevo y quieres contar con pelos y señales lo que ves. O porque te sientes solo y no tienes muchas alternativas para pasar el rato. O porque te reencuentras contigo mismo cada vez que escribes y eso te ayuda a asimilar lo que vives.

Mi amiga Laura Pitson ha traducido al inglés -la interpretación que ha hecho de algunas expresiones castizas en la lengua de Shakespeare es realmente genial- para mis vecinos ghaneses los posts más relevantes de este blog que hoy termina. Y allí quedaron, como un regalo y una huella más de nuestra estancia, junto a las fotos que repartimos el último día entre los niños y niñas de Futuenya o, claro está, junto al resultado de los proyectos que nos llevaron a un lugar tan alejado de casa en la desembocadura del río Volta.

Despedida emotiva

El hospital Dangme East District cuenta ya con un fisioterapeuta local y con un nuevo voluntario internacional que estará al menos seis meses allí, Simon. El Dr. Philip le entregó a Elena un diploma que reconoce, con toda la ceremoniosidad africana, su esfuerzo y su labor durante este último año. Tuvimos una linda cena de despedida al más puro estilo ghanés; es decir, una cena en la que sólo comimos nosotros. El resto de invitados, la jefa de enfermeras, su hija, uno de los administradores y nuestro inseparable Albert habían venido cenados. Que nadie se alarme. Pidieron un take away con la comida para luego y, en un alarde de cortesía europea, un plato para compartir entre todos mientras nosotros devoramos nuestra última tilapia.

Radio Ada continúa sus emisiones con las novedades de un ordenador, Internet y una estructura profesional para sus informativos, así como un acuerdo verbal para recibir estudiantes españoles en prácticas de la Universidad Complutense en los próximos meses. Yo también me traigo un título debajo del brazo, el del extranjero que más tiempo ha pasado en la emisora. Un orgullo, oigan. “Angelo es más que un hermano para nosotros”, soltó el capullo de Daniel cuando me dijeron adiós y me emocioné.

El mismo día que regresamos a Madrid, el 28 de agosto, arrancó el curso en la escuela comunitaria internacional de Anyakpor, la que hemos construido con el apoyo de ustedes y de tantas personas locales.

Un profesor de la universidad regional y el responsable de los servicios sociales de Ada Foah acudieron a nuestra despedida de la comunidad y a oficializar, junto al Pastor James, David Ahadzie y tantos otros amigos, la puesta de largo de la escuelita.

El chamizo que visitamos en noviembre de 2011 se ha transformado, unos cuantos meses después, en tres clases con capacidad para más de 100 alumnos -empezamos con 97 pero este año se han apuntado 105- repartidos en al menos cinco niveles -las aulas se pueden desdoblar-, bancos y mesas estándares, libros adaptados a las exigencias del gobierno, material escolar digno y hasta una cocina-almacén para que el alumnado almuerce y los cuatro profesores guarden los enseres. En nuestro último día, celebramos la espagueti party” con padres, alumnos, autoridades y miembros de la comunidad.

 Contradicciones

Ghana es un buen lugar para tener una experiencia real de África. Es un país pacífico, estable, democrático y tiene ciertos atractivos, pero sobre todo destacan la amabilidad y capacidad de adaptación de sus gentes frente a unas condiciones hostiles. No es un lugar turístico con el que quedarse boquiabierto si uno busca los clichés habituales que se tienen sobre este continente. Los parques naturales son escasos y con pocos animales.

En Ghana hace un calor del carajo durante casi todo el año. En enero acontece el harmattan, un polvo subsahariano que impide la visibilidad. Y durante el verano europeo, las lluvias son torrenciales. Sin embargo, como el cambio climático también se siente por estas latitudes, el harmattan que tuvimos no fue más que una niebla terrosa que no nos afectó demasiado. Y las lluvias no fueron tan aparatosas como pensábamos. Aunque esto, como todo, depende de a quién le pregunten. Al norte, en Tamale, las mismas lluvias en el mismo período inundaron la ciudad y arrasaron numerosos hogares. Y en diversos puntos del país, incluida la capital, Acra, provocaron un brote de cólera que se cobró más de 60 vidas. 

Hoy escribo desde nuestra casa en Madrid, rodeado de lujos cotidianos: sofá, televisión, agua caliente, luz sin cortes y cuantas cosas puedan disponer la mayoría de ustedes. Miren a su alrededor y probablemente sabrán de lo que hablo. Pero sigo con la vista puesta en Ada. Algunos de estos lujos los añoraba en África, pero ahora no me parecen tan importantes.

Confieso que en las últimas semanas tenía ganas de regresar a España. Sentía que habíamos cumplido nuestra etapa allí y tenía la agradable sensación del deber cumplido. Los proyectos han terminado y tienen asegurada su continuidad. Y nos traemos de regalo una experiencia de vida irrepetible. No se puede pedir más.

Pero ahora, después de ver a la familia y a los amigos, entran en juego las dudas. ¿Ustedes se han parado a pensar en serio cómo vivimos?

El engaño del primer mundo

Desde nuestra ventana en Madrid, se intuyen las torres y edificios más altos de la Plaza de España. Desde nuestra ventana en Ada, se veía la realidad de Ghana. Al menos tres familias durmiendo bajo techos de hoja de palma. “Me duele mucho que os vayáis”, aseguró Daddy, el hombre de 60 años que tiene 13 hijos y que lleva toda la vida levantándose al alba con una preocupación prioritaria: alimentar a su prole. Le daba pena que nos fuéramos. Nos sentamos en un espacio intermedio entre su chabola y nuestra casa y le invitamos a una cerveza. Se la bebió de un trago, como siempre ocurre allí. Nos envolvió una enorme tristeza. Fue la última vez que nos vimos.

Hay un mundo más humano que late en las aldeas de África y es una suerte haberlo compartido. Hay además un entusiasmo vital que las personas te contagian a diario: con su sonrisa, su saludo o su forma de ser. Se palpa una alegría innata, una celebración de lo cotidiano, un agradecimiento simplemente por estar vivo, por disfrutar del sol, de caminar por la arena o de conversar con una persona conocida. En Ghana no hace falta hacer nada especial para sentirse contento y es prácticamente un deber transmitírselo a quienes te rodean. Además, en África uno percibe una convicción enorme en sus posibilidades, una sensación de que todo es posible y una energía impresionante para sacar fuerzas de flaqueza y hacer los proyectos realidad. Sí, en África, tus límites quedan cada vez más lejos y él afán de superación es constante y diario. Nunca había sentido algo parecido.

Por eso, no sé cuándo sobrevino el engaño. No sé cuándo dejamos en Europa que nos extirparan la humanidad. Supongo que fue cuando nos pusieron delante tantos objetos innecesarios que hemos convertido en soporte de nuestra felicidad.

Estamos de mudanza y eso siempre representa una buena oportunidad para ver cuántas cosas tenemos y cuántas no utilizamos. Es una rayada ver una televisión que parece una pantalla de cine, un sofá en el que caben dos personas tumbadas, tantas camisas ordenadas en el armario o tantos pares de zapatos, botas o sandalias, por citar sólo ejemplos vanos. Tenemos de todo y queremos más. El consumo se ha convertido en nuestra seña de identidad.

Hay una parte de la que somos responsables y toca asumirla. Nadie nos obliga estrictamente a tener tantas cosas. Y otra parte de culpa la tiene el entorno que nos rodea y al que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por cobardía o por pereza.

Estamos a las puertas del otoño, en la vuelta al “cole”, en la semana fantástica de unos Grandes Almacenes y dentro de muy poco en Navidad. Le tengo pánico a esa época del año. El ejemplo más claro y manifiesto de nuestra sociedad enferma. ¿Y entonces qué? ¿Nos acordaremos de cómo viven y cómo van a festejar esas fiestas tan entrañables, por ejemplo, Josaya, Forgive, Mesi, Do, Perpetua o tantos niños y niñas que han formado parte de nuestra vida en el último año?

Volver o no volver

Sí, me gustaría volver algún día a Ada para ver cómo están las cosas por allí y cómo siguen nuestros proyectos en la zona, y para saludar a los amigos, pero no querría volver a vivir allí, al menos de momento.

No contaba con encontrarme una influencia religiosa tan opresiva. En España, se presenta a menudo a los países musulmanes como lugares en los que las personas viven sometidas a una religión anclada en el pasado y restrictiva. Las mujeres llevan burkas por imposición y la religión les empequeñece reduciendo su condición a la de siervos y siervas, según la imagen que desprenden muchos medios de comunicación. Pero nadie habla de los lugares donde la religión cristiana -en el caso del sur de Ghana, en sus múltiples versiones: pentescosteses, metodistas, adventistas, evangelistas, baptistas, romanos…- condiciona de manera radical la vida de las personas.

Ada Foah, nuestro pueblo, es uno de ellos. Me ha dolido ver cerrada todo el año la biblioteca pública. Sólo circula un libro: la Biblia; y, si acaso, los comentarios que de ella escriben pastores, reverendos y otras autoridades religiosas, que reparten en fotocopias entre las pocas personas que saben leer.

 He visto muchas tardes cómo numerosos vecinos se reunían en una habitación a dar vueltas con los ojos cerrados gritando sus pecados en un ritual sin pies ni cabeza que duraba horas. He conocido cómo proliferan los campamentos para rezar a Jesucristo, donde las personas humildes llevan a sus hijos antes que al médico con la esperanza de que su Dios y no la medicina le salven de una diarrea o una neumonía, enfermedades que ahora mismo se curan gratuitamente en cualquier hospital de Ghana. He sabido que se practican exorcismos, que se confiscan algunos bienes de los fieles, que se promueve tener hijos en familias que no pueden mantenerlos y que se estigmatiza y amenaza desde los púlpitos a homosexuales y lesbianas.

Una influencia tan brutal de la religión me parece perniciosa para las personas, sobre todo para aquellas más pobres -el 80% en nuestro pueblo- que no tienen armas para defenderse. Internet, la televisión o cualquier forma de recibir información y abrirse al mundo -a excepción de Radio Ada– es inaccesible para la gente corriente. El aislamiento es casi total. Y por tanto, la manipulación que se ejerce sobre las personas es abrumadora.

Por otra parte, esa influencia cristiana también tiene efectos positivos, y quizás por ahí empieza su aceptación entre las personas locales. Puede que la alegría y el optimismo que comentaba unos párrafos más atrás tengan su origen en las creencias religiosas. No lo śe, pregunten a los antropólogos. Los hechos son que las personas en Ghana tienen perfectamente asumido que están en este mundo de paso, que no han venido aquí para estar tristes y que el día que mueran irán a otro lugar mucho mejor. Se aprecia con nitidez en cómo viven la vida… y la muerte. Allí morirse es una celebración que dura varios días y empeña a las familias como en la mejor de las bodas españolas. Una lección interesante.

Igualmente, es positivo ver cómo algunos pastores están verdaderamente involucrados en solucionar los problemas de sus comunidades, sobre todo aquellos relacionados con la educación. He trabajado codo con codo con uno de ellos durante meses -no hay otra manera de implicarse socialmente en un proyecto en Ada- y no tengo dudas de que el Pastor James es una persona volcada en su rebaño, que trabaja para él y que lo hace sin obtener otro beneficio que la Gracia de Dios.

Para mí, que creo en una sociedad laica a pesar de haber sido educado en la tradición cristiana, la vida diaria condicionada por la omnipresencia de la religión -afecta al ocio, a la cultura y a las relaciones humanas me resulta tremendamente aburrida. Además me despierta muchas reticencias la hipocresía que en muchos casos he observado. Como en todas las sociedades -la española era o es ejemplo de esto- donde se impone una religión, también hay resquicios para no seguir sus preceptos, aunque sea a hurtadillas o haciendo la vista gorda. Asuntos como el sexo fuera del matrimonio, el abuso del alcohol o las mentiras piadosas -deportes nacionales en Ghana– son ejemplos claros.

La alternativa a esa vida marcada por la influencia religiosa en los pueblos pequeños es la maravillosa burbuja en la que se refugian los expatriados y sus familias en los barrios residenciales de las ciudades, donde el lujo y los privilegios son constantes. Ustedes perdonen, pero tampoco me convence. No fuimos a África a vivir como ricos, a explotar los recursos naturales o a hacer negocios. Tampoco fuimos a convertirnos en nuevos yuppies de la cooperación. Fuimos a hacer un voluntariado internacional, a descubrir otra cultura y a crecer como personas. Y eso lo hemos conseguido, con mucho esfuerzo, pero lo hemos logrado. Por eso estamos satisfechos y agradecidos.

Con todo, a pesar de las contradicciones y de algunos malos ratos, mi pasión por África sigue viva, mi profundo respeto e interés por otras costumbres también -sobre todo por aquellas más tradicionales y que poco a poco se van perdiendo-; y mis ganas de regresar a este continente olvidado en busca de nuevas historias que contar, más preparado, están renovadas. Porque, África, aunque no queramos escucharlo en la Europa rica -por mucha crisis que haya-, llama con fuerza.

PD. Por cierto, ¿saben qué ocurre cuando cambias las comodidades de Madrid por las incertidumbres de vivir en Ghana? Que te adaptas. Tardas más o menos, pero te acabas adaptando y eres capaz de vivir -a veces feliz, a veces no tanto- de forma totalmente distinta a como lo habías hecho antes. Atrévanse a probarlo. No les dejará indiferentes.
Muchas gracias por acompañarnos en este camino. Voy a echarles de menos. Hasta siempre.

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Mercado de Barceló en Kasseh

Es martes y día de mercado en Ada Kasseh, el más grande de los tres municipios que forman Ada. No había reparado en que todos los martes también voy al mercado de Barceló en Madrid. Será que ahora tengo la cabeza puesta en la vuelta y que poco a poco me voy fijando más en pequeños detalles como este.

Había pensado titular este post sólo Mercado de Barceló, pero no quería plagiar a Almudena Grandes. Además, ella vive allí enfrente y desde su atalaya domina todo lo que ocurre en la plaza y en el mercado. Cuando fui a su casa para grabarle una entrevista hace años, me quedé fascinado con las vistas que tiene desde las ventanas. Y también con su biblioteca, claro. No sé si escribirá allí, pero si lo hace, no me extraña que le salgan páginas con tanta fuerza y tanto sentimiento.

En fin, pensaba en ella cuando íbamos al mercado de Kasseh este martes. En ella y en mi madre, porque mi madre también compraba en el mercado de Barceló, cuando era más jovencita -las madres nunca envejecen- y dejó su Valdepeñas natal para trasladarse junto a su padre y a la abuela Pepa -a la que tanto quise- a lo que hoy se conoce como Malasaña.

A veces, cuando voy a ese mismo mercado, me imagino cómo ha cambiado la zona desde entonces. Sin ir más lejos, antes de venirnos a Ada, el mercado llevaba un año de obras dentro de esos planes de remodelación y recuperación de los mercados de Madrid y se había instalado temporalmente en puestos prefabricados que le robaron buena parte de su encanto.

Elviro, que es mi frutero allí, lo tenía claro. Antes de iniciar esta aventura, me dijo varias cosas. Entre ellas, que África estaba muy lejos y que vaya cosa más rara esa de ir allá cuando ellos quieren venir acá. También me dijo que este año el Atleti ganaría un título -y bien que lo hizo-; que a mi vuelta, las obras del mercado no estarían terminadas; y que lo mismo ya sólo nos encontrábamos en la Cantina, que él estaba pensando en la jubilación y quería retirarse y venir sólo de visita. A pinchar un poco a Juanito -insistió- que es el del pollo, madridista, y gente de fiar, no obstante. A Antonio, el pescadero, también le echaría de menos -contaba- pero no tanto, y es que no es de pegar mucho la hebra. “A estos del pescado les gusta más hablarles a los peces. ¿Tú te crees? Imagínate que yo me pusiera de conversación con los tomates, las cebollas o las patatas. Pensarías que estoy loco”. La verdad es que no contesté, callé un poco avergonzado porque yo le hablo a menudo a la comida, cuando cocino.

En el mercado de Kasseh no se comenta mucho el fútbol, porque quienes allí venden son las mujeres y ellas no tienen mucha afición por el balompié, a pesar de que igual que los hombres y los niños visten a menudo con camisetas de diferentes equipos. Son vistosas y a la gente de Ghana le gustan los colores vivos y muy alegres. Los llevan siempre en sus telas y vestidos, en los tradicionales kentes. Cualquier prenda si es amarilla, azul o naranja es siempre mejor que blanca o negra. Esos colores solemnes se dejan para otras ocasiones.

En el mercado de Kasseh, sostengo, la mayoría de las personas son mujeres. Las que nos venden a nosotros seguro. Está Rebecca, que vende galletas, made in Sri Lanka, y que nunca tiene sardinas. Luego están las dos de las cebollas, Cristina y Ofelia. Siempre les compramos a ellas por riguroso orden de alternancia y tenemos plática garantizada todos los martes: que si la lluvia, que si ha subido el precio, que si me das alguna de regalo, que si estás muy flaca…

También me llama la atención esto. Aquí, Elena y yo vamos a hacer la compra juntos. Hay más tiempo. En Madrid suelo encargarme yo, ya que ella pasa consulta hasta tarde. Salgo de la oficina y de camino a casa me sumerjo en el Mercado de Barceló y en sus personajes. Conduzco mi bicicleta con una cesta acoplada sobre el portaequipajes que me ayudó a apañar Nieves. Paro en el mercado y comienzo la peregrinación. Una vez llevé a Elena para que la conocieran. Es tanta la confianza y la conversación que estaba feo hablar de ella sin que le pusieran cara.

Al señor de La Pequeñita le compro el jamón. Ya sabe que cuando tengo invitados tiene que darme de ese bueno que guarda para las ocasiones. Espero que se encuentre bien. Estuvo delicado el año pasado y le tengo mucho cariño. Aquí en Ada no hay jamón serrano y a menudo me acuerdo de él. Del jamón, quiero decir ahora.

Paseando entre los puestos de Kasseh uno ve un montón de cosas que no se encuentran en Madrid. El pescado ahumado o el fresco descansando sobre enormes baldes y una cantidad ingente de moscas revoloteando alrededor.

Cuando llegamos, nos obsesionaba la idea de comprar el pescado en el mercado. A pesar de que en Madrid me doy aires de conocerlo bien -como ustedes saben, un lugar donde a pesar de no tener mar, se vende el mejor pescado– aquí me entra el tembleque a la hora de elegirlo. Uno ha navegado con soltura y en muchas ocasiones por el estanque del Retiro y por el de la Casa de Campo, e incluso ha remontado el Manzanares desde muy niño en la zona de la Pedriza y tal, pero de ahí a discutir sobre la frescura de un atún, una barracuda o cualquiera de los bichos que uno ve aquí va un trecho. Que tenga buena cara, que no se hunda el dedo, que no huela demasiado fuerte… Que sí, que sí, pero que no. Por suerte, Mamma Ruth, paciente de Elena y nuestra hada madrina, con un restaurante local propio, lo elige por nosotros.

En Madrid lo hace Antonio, ya digo, el mismo al que no le gusta pegar mucho la hebra. Nos hicimos amigos un 24 de diciembre de hace unos pocos años. Recuerdo que monté un debate en la oficina y decidimos que compraría Rodaballo para Nochebuena. Entonces fue el momento de encontrar el género y pensar en cómo cocinarlo. Descarté la pescadería que hay en el portal de al lado de Amnistía porque allí se paga todo en billetes de 50 y yo no estaba muy sobrado. Eloy, que pasa los veranos en Galicia desde que es un niño, decía que a la plancha; Pastora sugirió un aderezo, el otro que cocido… y yo sin haber visto nunca un pez así, le pregunté a Antonio, primero si tenía, y luego cómo sabía mejor. Me gustó su familiaridad, su confianza y que a pesar de ser una fecha tan especial no incrementara el precio ni un euro. Desde entonces le compro siempre a él.

El pollo ahora no se lo podemos comprar a Juanito porque está muy lejos y tenemos que conformarnos con los cuartos traseros que vienen congelados de Portugal. El pollo fresco apenas se vende en el mercado de Kasseh. La gente tiene los pollos revoloteando en sus cercados y los matan cuando procede, pero a nosotros nunca nos llega. El que nos toca siempre es el congelado. Da miedito la pollería, se lo juro.

Y los huevos son otro cantar. Hay muchas gallinas pululando por cualquier esquina, pero comen basura y desperdicios, y los huevos que ponen son peores que los que se compran en cualquier supermercado de Madrid. Nada que ver con los que trae Elena de Punta Gorda, en la Isla de la Palma, donde la abuela Carmen los envuelve con mimo para que aguanten el trayecto de avión. Sí, Elena se trae los huevos y los mangos, y las bollas, y los aguacates y todo lo que pilla cuando visita la Isla Bonita. Los del escáner de la Guardia Civil tienen que flipar con su maleta; al menos lo mismo que flipo yo cuando, una vez en casa, la abre y esparce minuciosamente los alimentos por la cocina. Todavía no se rompió un huevo. Y todavía no probé uno mejor.

Lo que más se ve en el mercado de Kasseh son frutas -muchas tropicales como el coco, la piña o el mango- y, sobre todo, casaba, yuca y tubérculos gigantes, aunque las papas escasean. Se traen de fuera y generalmente llegan en mal estado. Está buena la yuca, pero enyuga, qué quieren. Y los boniatos vienen también por temporadas. Mi barriga ensancha con tantos hidratos, pero es que la alimentación no es variada. Cuando no son los tubérculos, es el arroz, made in Indonesia, Vietnam o Estados Unidos.

De España lo único que uno encuentra es vino de cartón, el mismo que rechazarían los borrachuzos de cualquier Plaza, la de Barceló sin ir más lejos. Sin embargo, en estos lares se vende y se consume con alegría. Cuánto desconocimiento y cuánta diferencia con el de la Bodega de mi barrio.

Qué pena que no ocurra lo mismo con el aceite de oliva, aunque fuera del malo, pero aquí no hay. Curiosamente, en la farmacia se vende uno, a precio de oro, y ¡para el cabello! En Ghana, y en casi todos los páises africanos, se cocina con aceite de palma y a mí me destroza el estómago. De ahí que hayamos ido un par de veces a Togo -como ya les conté- para traer del bueno escondido en los bajos de la mochila. Ayer abrí la última botella de virgen extra y el drama se cierne sobre nuestras cabezas. Desayunamos a diario tomates, ya que se encuentran fácilmente en el mercado. Es un gustazo triturarlos y extenderlos sobre el pan recién tostado.

Aunque el pan de barra, el normal, tampoco existe. Hacemos la vista gorda con el tea bread, que es el que más se parece al nuestro. También hay sugar bread, butter bread y brown bread, pero no los recomiendo. Demasiado dulces para el día a día y para mojar en esas salsas que inventamos con las guindillas que aquí tanto se usan. Los pimientos, asimismo, forma parte de la dieta, pero son un objeto de culto, sobre todo los que están bien. Las zanahorias también cotizan a la alza, aunque creo que ahí, Akolebú, la que nos las vende entre aleluyas y amenes, nos mete el clavo, porque en Ada se ven a tutiplén ¡y no pueden tener ese precio!.

También hay muchos cangrejos, si cierras los ojos parecen nécoras, pero tampoco nos atrevemos a comprarlos en el mercado y sólo los comemos en el restaurante de Kofi. Hoy mismo he pedido tres piezas para la cena. Además de Elena, vendrá Susan, una doctora alemana que ha llegado al hospital para echar un cable y dar un respiro a los tres galenos que curran 24h todos los días. Está en consulta de medicina general y alucina con los casos de malaria, y con los partos, y con cómo se opera y se trabaja aquí. Hay que llevarla a comer cangrejos, a ver si se recupera y coge fuerzas. Apenas tiene 28 años y trabajar en un hospital público africano no es fácil. Tampoco para los alemanes.

Me gustaría contarles todo esto a mis amigos del mercado de Barceló y decirles que tengo ganas de tomarme una caña bien tirada y probar unas aceitunas aliñadas, de esas que se venden junto a la Cantina y que a mi colega Manolo le vuelven loco.

También añoro al de la Quesería de al lado de casa, porque aquí el único queso que se encuentra es el de La Vaca que ríe, envasado en Marruecos y hecho en Francia. Y la carne roja, un chuletón de esos de la Sierra de Guadarrama o un solomillito, pura mantequilla, vuelta y vuelta, que me venden, de cuando en vez, en la carnicería.

Qué vamos a hacerle. Nos vinimos a África y hablar de comida es una falta de respeto. A diez pasos de donde escribo hay gente que pasa hambre. Pero a veces uno necesita evadirse y compartir lo que ve y lo que siente, y lo que echa de menos. Los golpes de realidad son duros y constantes, ya lo he dicho en muchas ocasiones.

Esta mañana he estado en la escuelita de Anyakpor y allí los niños y niñas estaban encantados porque Madame Helene había puesto un manojo de espaguetis, macarronis dicen ellos, en el puchero. Esa ha sido su comida especial del día y de la semana y quizás del mes. La pasta es un plato muy codiciado y por eso los críos se abalanzaban con sus manitas para comer un puñado -en Ghana sobran los cubiertos-. Los espaguetis se escurrían entre sus dedos. Apenas había para todos. Asistía a la escena en silencio, sin saber qué decir. Abriendo mucho los ojos para no llorar. Si ellos han comido pasta hoy es porque ha sobrado del remanente que compramos para alimentar a los obreros que trabajan en las obras de ampliación de la escuelita. Por cierto, ya está hecha la tercera clase y mola un montón. Ahora estamos empantanados con la cocina y los fogones. Quizá por eso me dio por escribir sobre la comida…

PD. Ahora sí. Los próximos cuatro jueves descanso. Gracias otra vez.


En las cloacas de Acra

Darse una vuelta por James Town, el puerto de Acra, el barrio antiguo donde se encuentra el Faro que en la época colonial servía de referencia a barcos europeos que atracaban en el muelle para cargar cacao, madera y oro, así como esclavos -aunque en menor medida que las vecinas Elmina o Cape Coast– es darse de bruces con una realidad latente en Ghana. Es, asimismo, iniciar un descenso para acercarse a las cloacas donde residen buena parte de los habitantes de África; es llegar hasta las profundidades de una miseria asumida como normal y cotidiana.

James Town es la sede de uno de los asentamientos humanos informales más grandes de la capital de este país -sensiblemente inferior a Old Fadama que compite en la misma división que Kibera, en los extrarradios de Nairobi-.

Está a escasos 15 minutos andando del mercado Makola, el centro neurálgico de la ciudad, y uno de los lugares más visitados por el turismo que se deja caer por aquí.

Un barrio marginal con vistas al mar

No se sabe con seguridad cuántas personas residen en James Town. 3.000, 5.000 o muchas más. No hay un registro oficial fiable. Quizá porque no interesa tenerlo. Las casas de pescadores, las infraviviendas de hoy en día, van avanzando según se forman nuevas familias. Poco a poco. Algunas están peligrosamente cerca de pequeños acantilados. Una ola fuerte se las llevaría por delante. Una brisa que se convierta en viento con algunos nudos de más también.

La luz eléctrica, como es común en las zonas rurales o marginales del país, se empalma mediante cables de forma artesanal. Otra vez la lluvia o el viento podrían provocar un cortocircuito en cualquier momento. Huele mal en James Town. Los gatos se disputan las tripas de pescado esparcidas por el suelo, una mezcla de arena de playa, poco cemento y tierra cobriza. No hay agua potable por ningún lado. Las mujeres bajan cargadas con enormes baldes de agua que consiguen en las fuentes cercanas de la parte alta de la ciudad. Huele mal por la basura acumulada pero también se perciben otros olores. Si uno afila la nariz, se distingue el característico olor del mar, y del salitre, y de la humanidad que vive hacinada. Este es un lugar pobre, muy pobre.

La mayoría de las personas que aquí residen se dedican a la pesca. Los hombres salen a faenar cada mañana en pequeñas chalupas, pateras o cayucos -en España las conocen bien-. Regresan al atardecer. Las mujeres esperan en la orilla. Siempre están allí, fieles, aguardando a sus maridos o parientes varones. Cualquier día del año, menos los martes. Ese día no se pesca por una antigua tradición. Se descansa. El resto de las jornadas, las mujeres, pacientes e incansables, recogen el pescado, lo limpian o lavan y lo cargan sobre sus cabezas para llevarlo al mercado –Elena, como saben, fisioterapeuta en el hospital de Ada, se asombra cada día de la fortaleza de estas mujeres. Es normal. Acuden a su consulta con contracturas en la parte superior de sus cuerpos. Piensen en cualquiera de ustedes, sobre todo quienes trabajan en oficinas. Seguro que a menudo sienten dolor en las cervicales, el cuello les molesta… Imaginen qué sentirían si llevaran durante horas, día tras día, enormes paquetes sobre la coronilla. A veces pesan 50 kg-.

Otras mujeres esperan también en la orilla, pero cogen su parte y lo llevan a los ahumaderos que han fabricado a las puertas de sus hogares. Se trata de parrillas colocadas sobre bidones de metal, cortados por la mitad. Ahí se secarán durante las 12 horas de sol y el tiempo que haga falta. Después se venderán para el consumo. Aguantará días. Es la forma tradicional de comer pescado para la gente local en África. Muy pocos pueden permitirse el fresco que, como en todos lados, siempre cotiza a la alza. Ése se reparte sobre todo en restaurantes, hoteles y está destinado a las personas pudientes.

Una vida en peligro

La pesca se ha vuelto cada vez más peligrosa en estas aguas. Los pescadores y artesanos llevan practicándola desde tiempo inmemorial. La forma de hacerlo se ha transmitido de generación en generación. No sólo cómo pescar sino también cómo fabricar la embarcación -en madera que proviene de los bosques y la selva de la Región Central– o cómo reparar las redes, trabajando y cosiendo en equipo. Impresiona verlo.

Sin embargo, la presencia cada vez más numerosa de grandes pesqueros europeos y asiáticos en la zona está esquilmando el mar. ¡Se están llevando los peces!

También les amenzaza la contaminación. Lo he contado otras veces. A este mar va todo. Los excrementos humanos y animales y la basura que las personas generan en el día a día: bolsas de plástico, restos de comida, latas de refresco… Y allí convive con la mierda de los petroleros y vertidos de empresas de todo tipo. Incluso es sabido que compañías europeas traen a Ghana los electrodomésticos y equipos informáticos que allí jubilamos: lavadoras, ordenadores, frigoríficos… todo lo que no se puede destruir en casa o que cuesta un pastón hacerlo se trae a Ghana, donde las aduanas son más flexibles, y donde el mar es abierto y absorbe todo… hasta que deje de hacerlo, claro está.

Aquí no hay ningún control sobre lo que se arroja al Océano Atlántico y eso afecta a los peces, al medio ambiente y a la supervivencia de las comunidades. Cada vez hay menos bancos de peces cerca de la costa. Resulta imposible competir con los mastodontes extranjeros. Las chalupas no están preparadas para navegar mar adentro, pero lo hacen y el resultado es el mismo que cuando se adentran en estas mareas para alcanzar nuestras costas. La mayoría naufragan y muchos pescadores nunca vuelven a casa. Piensen que estas embarcaciones no tienen GPS ni otros artilugios de navegación. Ni siquiera todas las pateras llevan motores, ni muchos pescadores saben nadar -aunque de poco les valdría con este oleaje-.

Muchos todavía siguen navegando a remo. Adentrarse cada más en el horizonte azul significa un viaje sin retorno para bastantes personas. No hay estadísticas. Nadie se ha parado a contar los muertos, pero sí puedo decirles que según visito pueblos costeros -y van nueve meses haciéndolo- encuentro maś niños y niñas huérfanos, más familias que han perdido a alguno de sus miembros y más pobreza y miseria. Cuando desaparece el cabeza de familia, la economía doméstica se tambalea. Piensen que en Ghana y en la mayoría de lugares de África la gente vive al día. Una enfermedad, una mala cosecha o una mala pesca condena a la miseria o a la mendicidad a toda una familia. Y estamos hablando de unas seis o siete personas de media. A veces es toda una comunidad. O todo un pueblo. O varios. O una región. Piensen en los 18 millones que tienen en peligro su seguridad alimentaria, como dicen las agencias humanitarias, en la franja de Sahel. Es terrible. Millones de personas con hambre y sin apenas recursos para hacerle frente.

El colorido de los mercados

Hubo suerte aquella mañana. Bajábamos precisamente del mercado Makola. Nos confundimos entre los cientos de puestos en los que se vende de todo: comida, bebida, ropa, productos de limpieza y decoración… una especie de Rastro en Madrid a lo bestia. Con mucha más gente, más callejuelas, más puestos, más variedad. Los mercados, ya lo saben, constituyen uno de los mejores lugares para tomarle el pulso a una ciudad.

Hay puestos formales y puestos informales. A veces una mujer llega, se sienta y toma posesión de un espacio. No se levantará de allí en diez horas. Como mucho se alejará un poco para orinar. Otro tema curioso. En Ghana los servicios escasean. Y cuando existen, es mejor obviarlos, ya que literalmente están desbordados… y no precisamente de agua limpia. Nunca vi nada tan asqueroso. Piensen que en la ciudad, reconocido por su propio alcalde, el 69% de los hogares registrados carecen de cuarto de baño -la estadística alcanza al 85% cuando incluimos los slums-, por lo que a menudo los restos de orines y heces están a la vista. Se esparcen impunemente por cualquier esquina. Las mujeres y hombres orinan de pie -no suelen llevar ropa interior- y esto facilita la tarea de aliviarse en un santiamén. Es pura necesidad. Doy fe.

El caso es que es una buena idea bajar andando desde el mercado Makola a James Town. Uno va sumergiéndose en las zonas ocultas de Acra, va acercándose a sus cloacas. No es extraño encontrarse durante el recorrido con caracoles gigantes, tomates, barracudas, latas de sardinas, sandalias de diferentes tipos, telas profusamente decoradas, camisetas de equipos de fútbol -la de la Roja está de moda en estos días. Tras salir Campeones de la Eurocopa, un cargamento de camisetas de la selección española inundó los mercados de Ghana, al precio de unos 8 euros al cambio, made in China y Vietnam, más falsas que Judas– tubérculos de varios kilos -siendo la casaba la estrella-, licores destilados y mil y un producto más a cada paso. Como todos los mercadillos, tiene su orden, pero si uno no lo visita con detenimiento es difícil percibirlo.

Pero sigamos descendiendo, hacia la playa, en dirección a James Town. Verán que es fácil toparse con la Oficina Postal central y sus numerosos apartados de correos. Esta es una costumbre inglesa heredada en la antigua colonia. Nadie recibe cartas en su domicilio -bien es cierto que muchos no saben leer-. Lo hace en estos apartados que se alquilan, comparten o adquieren por temporadas o definitivamente. No es extraño, por tanto, que la ciudad carezca de buzones y, en muchos casos, de nombres de calles y de direcciones.

Lo normal es subirse a un taxi o a un tro-tro y que el conductor no conozca el lugar al que te diriges. Como en muchas otras ciudades del mundo uno se orienta por edificios grandes o áreas. Por ejemplo, si uno viaja hacia el noroeste de Acra, hablará de Circle –Nkrumah Circle, una especie de Glorieta de Cuatro Caminos por la que obligatoriamente hay que pasar- o si lo hace hacia el sureste hablará de Labadi Beach. Es una ciudad caótica, pero con los meses vamos entendiendo a manejarnos por ella.

Cerca del Faro de James Town se encuentra un antiguo fuerte, que se utilizó durante años como lugar de reclusión para esclavos y como enclave militar. Y el antiguo puerto hoy sigue en pie como un ejemplo del progreso mal entendido y del abandono más absoluto. A las puertas del barrio, los niños juegan entre basuras. Muchos de ellos están sin escolarizar. La comunidad se ha organizado y algunos dan clase en una improvisada aula en mitad de la lonja: cuatro maderos y una pizarra. Cuando vimos esta escuela me acordé de la primera vez que visitamos Anyakpor en noviembre del año pasado. Están en el mismo punto de dejación y precariedad. Es una pena cuántos niños y niñas se quedan sin escolarizar en Ghana. Pierden el tiempo día a día sin nada que hacer, porque sus padres ni el Gobierno pueden –y en ocasiones no quieren- proporcionarles una educación gratuita.

Al poco de llegar a las primeras infraviviendas se acerca Mckinsey, un buen tipo al que conocí durante la marcha por la dignidad que Amnistía Internacional organizó en marzo por las calles principales de Acra. Es uno de los líderes comunitarios y se ofrece a hacernos de guía. Es entonces cuando nos acercamos a las chabolas y conocemos de primera mano cómo es la vida en el vecindario.

También nos pone al día sobre los planes del Gobierno. Quieren derribar algunas casas del barrio. Hace feo en los planes urbanísticos de la ciudad, ya que quieran recuperar la zona como atracción turística y quizás residencial. De la gente que hoy vive allí nadie sabe qué pasará con ellos. Puede que sean realojados o abandonados a su suerte. Ha pasado en otros asentamientos informales de Acra y en otras ciudades de África. Es una peligrosa moda. Son los desalojos forzados -sus ecos también han llegado a Madrid, no se crean. Pueden darse un paseo por la Cañada Real y comprobarlo-. Llegan las excavadoras del Gobierno, echan abajo las casas y si te he visto no me acuerdo. Aunque ahora es tiempo de precampaña electoral por aquí y los políticos empiezan con sus promesas y, si me lo permiten, con sus mentiras. Sea como fuere, parece que la cosa está tranquila. Pero Hay preocupación para el próximo año.

Le pregunto a Mckinsey por la historia de James Town. Me cuenta que fue un lugar histórico, que hasta allí llegaba la línea de ferrocarril de Kumasi -donde se extraían las materias primas que comentaba al principio de este post-. Luego, con la construcción del puerto de Tema, el lugar cayó en el olvido y ahí sigue, sólo rescatado por algunas personas mayores que aún hablan de la grandeza del lugar.

Es interesante recorrerlo a pie, con tranquilidad, visitando al chief y a las familias. Al hacerlo, descubrimos que la lengua que hablan, Ga, es muy similar al Dangme de la zona de Ada, donde vivimos. Al fin y al cabo sólo hay 120 km de distancia y es la misma costa. Interrelacionamos un poco con las escasas frases que manejamos y generamos una gran algarabía. Sí, La acogida es calurosa cuando uno se acerca con humildad y respeto. Es alentador ver lo bien que se recibe al visitante, cómo le preguntan quién es, qué quiere, qué nuevas trae. Es agradable conversar.

Eso sí, cuando termina la visita y uno se marcha, la cabeza vuelve a ir del revés. Sucede siempre que venimos a un lugar como este. ¿Qué esperanza tienen sus habitantes? ¿A quién le importa cómo viven? Confieso mi impotencia y mi ausencia de respuestas. Sólo se me ha ocurrido escribir este texto y compartirlo con ustedes.

PD. Durante los meses de julio y agosto la publicación de nuevos posts será irregular. Confío en colgar tres más antes de nuestro regreso a España. En septiembre, desde Madrid, escribiré un epílogo a modo de balance y despedida. Gracias mil por la atención. Saberles ahí me ha ayudado muchísimo. Feliz verano… en Europa.


Los ladrillos de Anyakpor

Los ladrillos de la nueva escuela de Anyakpor, 1.580 en el momento de escribir estas líneas, los ha fabricado uno a uno Kofi, un albañil honesto y trabajador de Aflao, en la Región del Volta. Él es el más currito de este proyecto. Construir esta escuela ha sido una experiencia nueva. Apasionante. Desesperante. Otra vez apasionante. Y más tarde realmente satisfactoria.

Empezamos trabajando en esta comunidad en noviembre de 2011, ya lo saben, construyendo bancos y mesas para una escuela que parecía un centro de acogida precario. Nuestros alumnos –97 menores sin recursos, algunos huérfanos- se sentaban entonces en la arena. Más tarde -en marzo de 2012- llegó el material escolar. Hasta ese momento, hacían cuentas también sobre la arena.

El progreso

Después, estuvimos valorando presupuestos para traer agua potable a la escuela,  luz eléctrica y construir un baño que contribuyera a mejorar las condiciones higiénicas de los menores.

He contado otras veces que Anyakpor es una comunidad pobre entre las pobres. Aquí muchos niños y niñas no reciben educación, duermen en el suelo, no tienen las necesidades básicas cubiertas. Sus padres no pueden pagar las tasas ni los uniformes ni el material escolar para que sean aceptados en un colegio público. Algunos ni siquiera tienen padres. Viven acogidos en otras familias de la comunidad.

Desechamos las ideas anteriores tras tener varias reuniones con las autoridades locales. En diciembre habrá Elecciones y el Gobierno quiere electrificar antes la parte a oscuras del país -30% según las estadísticas, mucho más amplia en áreas rurales como esta-. Entre sus apuestas puede estar la comunidad de Anyakpor. Los políticos locales hacen lobby para ello. “Estamos cerca”, nos dijeron.

En otra comunidad, Futuenya, donde vivimos, tampoco había electricidad pero llegó hace dos meses. Fue a lo bruto, como se hacen muchas cosas aquí. Aparecieron unos trabajadores, blandieron sus hachas, se cargaron el árbol de mango de la entrada de casa, talaron cuantas palmeras encontraron alrededor y arrasaron con todo lo que pudieron. Trajeron la luz, sí, y ahora los vecinos que pueden pagarla –7 familias de 300- se alumbran con bombillas, pero el entorno está arrasado.

Quienes no pueden pagar las facturas, como los que viven más cerca de nuestra casa, siguen alumbrándose con hogueras y candiles. El progreso está a la puerta de sus chabolas. Pueden verlo, tocarlo, pero no disfrutarlo. También se han quedado sin los mangos del árbol y sin los cocos de las palmeras. ¿Para eso trajeron la luz? Pero esa es otra historia…

Iglesia, escuela o centro de acogida

La anterior escuela de Anyakpor no era tal, sino una iglesia con poco uso o un centro de acogida temporal. Sí, topamos con la Iglesia.Y un buen día decidieron utilizarla para el fin para el que fue construida: dar misas y tener encuentros religiosos, así como estudios bíblicos, catequesis y todo lo que quisieran. El edificio es suyo y hacen lo que quieren con él. No nos echaron a la calle. Venían cediendo el local desde 2008 y al ver a unos blancos –dólares con patas– entendieron que cada cual en su casa y Dios en la de todos.

Entonces decidimos ponernos manos a la obra para construir una nueva escuela que mejorara las condiciones de los niños y niñas. Llegamos a un acuerdo con los servicios sociales, los líderes comunitarios, el chief de Anyakpor -que se lleva 10 cedis por consulta- los padres y tutores de los alumnos, el Pastor que guía nuestro proyecto -sí, ya está dicho, sin la religión es imposible impulsar nada aquí- y todas las personas que consideramos influyentes.

Pedimos varios presupuestos y ninguno se parecía a otro. Tampoco había maestros constructores que nos dieran seguridad. Ser blanco en África abre muchas puertas, pero también eleva los costes y dispara la imaginación de las personas a las que entrevistas.

Para contrastar la información que habíamos recogido acudimos a Peter, delegado de la ONG holandesa Foundation for build -dedicada a la construcción de escuelas, baños y otros servicios en Ghana-. Nos dio las indicaciones básicas, tras terminar el queso manchego que quedaba en nuestra despensa y darle un viaje a un vino español que ocultábamos en el fondo de un armario. Fuimos para adelante. Con casi 4.000 euros se podía construir una escuela.

Campo de refugiados

Cuando nos mudamos de la Iglesia/centro de acogida, todavía no estaban puestos los cimientos de la nueva escuela de Anyakpor y los niños y niñas dieron clase en un improvisado campo de refugiados, montado para la ocasión. Un puñado de tablones, dos lonas y a correr. Al menos no estaban todo el día en la playa y se convertían en testigos privilegiados de cómo avanzaba su escuela.

En mitad de una extensión de tierra que el Pastor había adquirido con donaciones de amigos, el cepillo de la iglesia, aportaciones de la comunidad y una rebaja tras arduas negociaciones con el Chief y otras autoridades locales, instalamos esta escuela provisional y comenzamos las obras de la definitiva. También se iniciaron los trámites necesarios para el registro y legalización de la escuela. En un futuro próximo podrá contar con el apoyo del Gobierno local.

Los obreros

Decidimos contratar a una cuadrilla de tres albañiles y tres carpinteros, y contar con 16 voluntarios de la comunidad. Estarían liderados espiritualmente por el Pastor James y supervisados por nosotros.

Jon, el carpintero jefe, se encargó de acompañarnos a hacer las compras en Kasseh. Seleccionamos las maderas para la estructura y el techo, las de más calidad y las más resistentes. Compramos los pilares, las vigas, los clavos, las planchas de aluminio… una lista interminable, que discutimos durante días. Era viernes 11 de mayo y a última hora de la tarde todo el material estaba descargado en Anyakpor. El lunes comenzaríamos a trabajar.

Transcurrió el fin de semana y el lunes me acerqué a las obras. Sorpresa. Ningún carpintero se había presentado. Jon se había dado a la fuga. De hecho, permanece en paradero desconocido desde entonces. Tengo ganas de echármelo en cara.

Y el resto no había comparecido, salvo Kofi, el albañil formal que encabeza este texto. Los padres de los alumnos que debían colaborar en el trabajo comunitario andaban desperdigados. Justo en estas fechas, estación de lluvias incipiente, comienza la temporada de “farming” y los terratenientes contratan agricultores a cambio de comida y un pequeño jornal. Por contra, a la mayoría, nosotros les habíamos ofrecido sólo comida y  bebidas. En eso consiste el trabajo comunitario y voluntario. Era lo convenido, pero en Ghana lo convenido es papel mojado por muchas reuniones previas que hayas tenido.

Así que ahí estábamos. El Pastor con su Biblia, algunos fieles secundándole -sin trabajar, pero haciendo bulto- y el blanco poniéndose colorado de indignación. Cargamos 100 bolsas de cemento, un camión entero de grava y fuimos a buscar a otros trabajadores. Las mujeres colaboraron más que nadie. Sus cabezas soportaban a veces 50 kilos de peso.

Me sentía un reclutador militar. Casa por casa, le preguntaba a quien abría si tenía hijos en nuestro colegio. Si era así, me los llevaba de una oreja. Era un auténtico baefono. Un auténtico capataz. La cabeza volvía a darme mil vueltas. Por fin, a la hora de la comida, las doce del mediodía, reuní una cuadrilla y empezamos a trabajar.

Como en todas las obras, a pesar de la planificación, los presupuestos y todo lo que ustedes quieran, los materiales no fueron suficientes y los plazos no se cumplieron. En una semana, fundimos casi todo el fondo de compensación que había reservado -20% extra-, pero al final, estirando, reduciendo bebidas y transportes, economizando y solicitando nuevos apoyo llegamos a puerto.

Hubo que hacer dos viajes más a Kasseh, comprar más madera para la estructura, más planchas de aluminio para el techo, recuperar unos clavos olvidados en la ferretería y discutir con unos y otros, además de hacer frente a situaciones curiosas.

Ya saben que en Ghana, los funerales son una fiesta y todo el mundo que está invitado acude, sí o sí, tenga o no que trabajar. En nuestro caso, se celebraba un funeral por un familiar lejano de uno de los trabajadores. Era una persona muy querida y los festejos comenzaron en la comunidad un jueves y terminaron un lunes. Perdimos cuatro jornadas de trabajo -aquí los sábados son laborables- y no se podía hacer nada, salvo dar el pésame  y esperar.

Sueño hecho realidad

Por fin, el 6 de junio terminamos la primera fase. Hemos mejorado sensiblemente la situación que encontramos en noviembre. Tenemos un espacio suficiente para que 97 niños y niñas den clase con cierta normalidad y lo hemos hecho con la época de lluvias encima. Nuestra estructura les cobija ahora con seguridad. Cinco líneas de ladrillo a la vista en las paredes -más dos bajo tierra que sostienen la construcción-, un suelo de cemento, tejado de doble hoja de aluminio y pilares y vigas resistentes e integradas en el entorno. Los niños no han estudiado en un lugar así en su vida. Estamos satisfechos. Esperamos que ustedes también.

La educación en Ghana, como en toda África, es fundamental y precaria. El 35% de la población en este país es analfabeta. En esta región la estadística alcanza el 65%. Construir una escuela es dotar de una pequeña esperanza a la comunidad. No creo que ninguno de los 97 menores que tengo delante ahora llegue nunca a la universidad. Lo digo con pesar. Con mucho pesar. Pero también creo que estos 97 elementos sabrán leer y escribir cuando salgan de aquí, se expresarán correctamente en su lengua local y en inglés, el idioma oficial, conocerán las cuatro reglas de matemáticas para desenvolverse en el mercado y puede que tengan una oportunidad de mejorar sus vidas. Con eso nos basta.

Hemos pasado muchas noches sin dormir, nos hemos dejado la garganta, he estado a punto de practicar el canibalismo, incluso el magnicidio al querer atentar contra el Pastor y nos hemos sentido engañados y defraudados en algunos momentos por los líderes comunitarios, los obreros, los servicios sociales y los proveedores. Pero también hemos disfrutado mucho. Hemos sacado fuerzas de flaqueza, hemos encontrado gente maravillosa y desinteresada dispuesta a no dejar que nos rindiéramos y, lo más importante, hemos cumplido el objetivo de construir una escuela digna. Los fondos los han aportado ustedes, lectores, visitantes, amigos, familiares. Qué podemos decirles. Gracias por hacer este sueño realidad.

Las visitas de estos días, Ana y Rafa, han traído más fondos y hemos decidido, con el apoyo de las personas implicadas en el proyecto, ampliar una clase más, separar los ambientes y lograr más espacio y comodidad para los alumnos. Nos cuesta unos 1.500 euros al cambio. Y en eso estamos, otra vez reclutando obreros, comprando material y empantanados hasta las orejas. Pero felices. Gracias por el apoyo y la confianza, de verdad.


De Manifa en Acra

Son las seis de la mañana y parece que ha amanecido. La luz empieza a deslumbrarme. Me levanto y voy hacia la cocina. Necesito un café antes de nada. Aunque aquí el café sea soluble. Elena continúa dormida. Al menos por una vez, seré yo quien prepare el desayuno.

Toño deambula por la casa. Parece un espectro. Así, recién levantado, es una versión libre de Jesucristo Superstar. Es el último integrante de la segunda delegación que se ha dejado caer por aquí.* Hoy nos vamos a Acra, de manifa, la ciudad que Llanos rebautizó como imposible.

Llevo la remera amarilla, la vela encendida y el pasaporte a buen recaudo en el bolsillo derecho. A un gobierno siempre le molesta que los extranjeros se inmiscuyan en sus asuntos internos. Es posible que nos pidan la documentación. Por suerte, tengo el visado recién renovado. Para conseguirlo he tenido que ir tres veces a la oficina de inmigración de Acra, esperar horas a que alguien se dignara atenderme, pagar una pasta y sufrir los renglones torcidos de la burocracia. Bueno, tengo el pasaporte en regla, tres meses más de estancia y esta es la venganza de Nkrumah. Como siempre digo, a ellos les echamos encima a la Guardia Civil y, visto desde esta perspectiva, no tengo nada de lo que quejarme.

Nada más llegar a la carretera pasa un tro-tro. Son cerca de las 7 de la mañana y este país ya está en marcha desde hace horas. Las cabras pasean a sus anchas, las gallinas y gallos nos dan los buenos días, las mujeres preparan la comida, los hombres salen a buscarse las habichuelas. Los niños y niñas, cuyos padres tienen algo de dinero, van a la escuela. Los que no, pasan el día en la arena estudiando la Ley de la Gravedad al modo Newton; es decir, esperando, por ejemplo, a que un mango les caiga cerca y puedan hincarle el diente. Se los comen con piel.

Nosotros vivimos aquí

Hoy se celebra en Acra un acto público para pedir a las autoridades de Ghana que paren los desalojos forzados y respeten los derechos y la dignidad de las personas que viven en los barrios marginales de la ciudad.

Casi 5 millones de personas viven en estos asentamientos precarios en Ghana, el 45% de la población urbana total. En Acra, donde hay más de 4,5 millones de habitantes, casi la mitad vive en estas barriadas. Piensen en la Cañada Real Galiana en Madrid o en los poblados chabolistas de cualquiera de sus ciudades. Elévenlo al cuadrado o al cubo y tendrán una imagen de lo que describo.

Esta manifestación forma parte de una acción global de Amnistía Internacional. También ha habido protestas en otras cinco ciudades de África: N´jamena (Chad), Nairobi (Kenia), Port Hacourt (Nigeria), El Cairo (Egipto) y Harare (Nigeria).

Miles de residentes en los barrios marginales han decidido tomar el centro de sus ciudades para recordarles a los gobiernos que existen, que tienen derechos y que no están solos. Los actos se han llevado a cabo durante la conferencia gubernamental sobre Vivienda y Desarrollo de ministros africanos celebrada en Nariobi del 20 al 23 de marzo.

El caso es que vamos para Acra, donde espero encontrarme con un montón de personas y varias ONG de derechos humanos, así como una nube de medios de comunicación. El punto de inicio es el centro neurálgico de la ciudad: Nkrumah Circle. Una rotonda de la que parten todos los caminos. El recorrido incluye las arterias principales y el corazón financiero. Es como si estuviéramos en Cibeles y marcháramos hacia el Paseo de la Castellana.

Es curioso. No sé si lo saben, pero las personas que viven en los asentamientos precarios de Acra también pagan impuestos, votan, llevan a sus hijos a las escuelas y contribuyen al desarrollo de la ciudad. Sin embargo, no reciben apenas nada a cambio: ni acceso a agua potable ni servicios sanitarios y están expuestos a que les derriben sus casas en cualquier momento. Por eso vienen hoy aquí. Reclaman sus derechos, sus derechos humanos.

Arranca la marcha

A las 10 de la mañana Nkrumah Circle es un hervidero. Empieza el reparto de camisetas, de consignas, la charla con la policía. Unos 50 agentes velarán por la seguridad. Es una manifestación autorizada. Hay unas 1.000 personas aunque la marcha la realizarán poco más de 400. El resto esperará los discursos finales junto a la carpa de información que hay en una explanada próxima.

Me llama la atención la actitud de los policías. Colaboran en el reparto de camisetas. No se comportan de modo beligerante ni agresivo. Pienso en España. En las manifestaciones del 15 M y en las que se produjeron durante la visita del Papa a Madrid en verano pasado. Hay una enorme diferencia. Y esto es África Subsahariana. Qué lección.

También es llamativo que sólo seamos tres obronis –blancos en lengua local-. La gente nos mira con extrañeza. Algunos me preguntan qué hago aquí. “Defender los derechos humanos”, digo. “Son tuyos, son míos, son de todas las personas”. Sonríen y lo agradecen. Me gusta caminar a su lado.

Exigimos Dignidad

La manifestación avanza sin problemas. Hay una banda de música que ameniza el paso y acompaña las consignas. “Stop forced evictions” -”paren los desalojos forzados”- gritan unos. “Housing is a human right” – la vivienda es un derecho humano-” responden otros.

Es emocionante estar aquí. Veo muchas mujeres. Han venido con sus hijos a la espalda. Es una constante en África. Las madres siempre llevan a los niños allá donde van: al trabajo, al mercado, a visitar a un familiar o a una manifestación. Una mujer me dice que está aquí por ella y por el futuro de sus hijos. No es justo que viviendo donde viven, un día vengan, les tiren las casas y se queden en la calle.

Estamos llegando al corazón de la city y cuando pasamos cerca de las oficinas de un banco o de algunas de las empresas asentadas en Acra, los manifestantes levantan carteles con fotos de sus hogares. “We live here” -nosotros vivimos aquí- dicen entonces mostrando sus infraviviendas, sus barrios, el lugar donde se propagan las enfermedades cuando las lluvias llegan. Como carecen de saneamiento, las aguas se estancan y el dengue, la malaria o el cólera se instalan junto a sus habitantes. Muestran las fotos. Los oficinistas, algunos blancos, vuelven la cara. No quieren mirar la realidad. Es dura, ¿verdad?

Activismo tropical

Estamos a 34 grados y tenemos un 88% de humedad. Lo marca el smartphone desde el que voy tuiteando lo que ocurre y tomando fotos. Los dedos hacen surf sobre el teclado y los acentos se disparan, también algunas letras. Temo que se desintegre el aparato. Esto no es extraño aquí. Desde que hemos llegado, varios cables han dejado de funcionar, al ordenador sólo le queda un puerto USB vivo, el lector de CD se ha ido al carajo, las tarjetas de memoria un día se leen y otro no… Los constantes cortes de luz también se cargan las baterías. En fin, que puede que termine escribiendo estos posts a mano y enviándolos en una botella. A ver si alguien los encuentra en el Atlántico y los sube para ustedes a la red.

Amnesty International (photographer: Christian Thompson)

Con este clima infernal y a mí se me ha olvidado la gorra. Un río de sudor inunda mi rostro. El agua es un lujo en este país, y en muchos otros de esta región del mundo, aunque Naciones Unidas haya dado por logrado el Objetivo de Desarrollo del Milenio que hace referencia al agua potable. Por suerte, alguien me acerca una bolsa de plástico de medio litro. Aquí se bebe el agua en este formato, pure water. Lo agradezco y de un trago la vacío. Qué duro es ser activista tropical.

La voz de la marginación

Han pasado más de dos horas y llegamos de nuevo a Nkrumah Circle. Hay ambiente de fiesta y es el momento de las declaraciones. Están los principales medios de comunicación. A través de sus altavoces se va a escuchar la voz de los que viven en la marginalidad. Hablan los habitantes de Old Fadama o James Town, los barrios olvidados. Cuentan su experiencia. Cómo viven sin electricidad o con empalmes que pueden provocar un cortocircuito en cualquier momento, sin agua para lavarse y mucho menos para apagar la sed, sin saneamiento y rodeados de excrementos. Cómo se construye sobre la arena, con adobe, madera o cemento de baja calidad. Cómo sus hijos se mezclan con los animales, la basura y las enfermedades. Invitan a los periodistas a visitar sus hogares. Son sus vecinos. La pobreza es visible. Es tarea de todos denunciarla.

2012 es año de elecciones en Ghana. En diciembre habrá votación y hay un compromiso formal de todos los candidatos de aceptar los resultados. El ganador quiere liderar África Subsahariana… o al menos África Occidental. Igual que hizo Nkrumah hace 55 años, cuando declaró la independencia de Ghana y señaló el camino de la libertad para los países vecinos. Hoy, un líder visionario, podría apostar por los derechos humanos. Trabajar para que su población tuviera acceso a una vivienda digna, a la educación, a la salud y al agua potable. ¿Se imaginan? Eso sí que sería una verdadera revolución.

 *Esta segunda delegación española nos visitó del 11 al 19 de marzo. La capitaneaba El Pela, o El Telas, a quien ya presenté hace algunos posts. A pesar de sus muchas obligaciones y de las presiones laborales que soporta, vino a visitarnos.

Le secundaba Javi, compa de pupitre en el Tuto. La primera vez que salía de España y sacó dinero de donde no lo hay para conocer esta parte de África y darnos un abrazo.

Y la cerraba Toño. Un rebelde que se salió del redil, abandonó el mundo urbano y regresó al campo para darse de golpes con las olivas y la vida. Ahí sigue, ahora tocando el tambor.

Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a las personas que vienen a vernos. No sólo porque nos traen muchas cosas. Por un lado, más fondos para la escuela. Por otro, viandas para nosotros -jamón, queso, vino (Gracias, Carolina)…- Sino por lo más importante, el apoyo moral y el recuerdo de que allí estarán cuando regresemos. Gracias, Gracias y mil veces Gracias. Os queremos.


El viaje de Giulia (y II)

El objetivo principal del viaje de Giulia y de las personas que la acompañaban era conocer “el sueño de Anyankpor”, la escuela para menores de la playa que estamos impulsando desde el pasado mes de noviembre en las afueras de Ada Foah ,con el apoyo de ustedes.

Traían bajo el brazo parte del dinero que hemos recaudado en estos meses para dotar de condiciones mínimas a una escuela que atiende a 97 niños y niñas de edades comprendidas entre los 2 y los 10 años.

En total, junto a lo que conseguimos en España antes de nuestra partida y descontando lo que hemos invertido en la comunidad de Futuenya, el hospital del distrito y Radio Ada, disponemos de unos 4.000 euros. –Las personas que han colaborado y de las que tenemos dirección electrónica recibirán más información a este respecto vía email o pueden solicitarla contactando conmigo. Pinchando en mi nombre, arriba a la derecha, los datos de contacto aparecen al final del texto. Vaya por delante nuestro inmenso agradecimiento-.

Bienvenido Mr Bafono

Aparecimos en Anyakpor y se desató la euforia. Sería un bonito resumen. Pero vayamos al principio. Era miércoles, me levanté temprano -una proeza cuando tienes invitados españoles en casa y las tertulias nocturnas se alargan sin hora al calor del gin-tonic– y fui hasta Ada Kasseh, municipio hermano, para comprar la madera con la que armar los pupitres, bancos, pizarras y mesas de los profes.

Allí me esperaban Pastor James, líder espiritual de la escuela -aquí no se puede hacer nada sin la Iglesia, la que sea, que nadie se confunda-, y Prosper, el segundo Carpintero. -El primero que contratamos no se presentó al trabajo después de haber apalabrado salario, jornadas y proyecto.-

Los tres pasamos por la tienda para seleccionar la madera. También visitamos la ferretería para comprar papel de lija, barniz, pintura, clavos, contrachapado para las pizarras, bisagras para los armarios donde guardaremos los libros y todo lo necesario para terminar con esta primera fase del proyecto: que el alumnado pueda sentarse en un banco y apoyarse en una mesa. Una vez que estuvo todo -y después de regresar dos veces a la ferretería porque se nos habían olvidado las brochas y un par de libras de clavos de diferente medida- llegamos a la junction de Futuenya , donde recogimos a Elena con la delegación española.

Nos subimos al camión y recorrimos los 4 ó 5 km -las distancias no están claras- que separan nuestra casa de la escuela de Anyakpor. Aparecimos en la comunidad subidos en la parte de atrás del pick-up, una especie de papa móvil africano sin cristal antibalas.

Julia y Giulia iban sentadas delante, junto al conductor, la mayor de las dos tomando buena nota de cuanto pasaba. Tenía la tarea, entre otras, de informar a mi madre a su regreso a España. Ya saben que las madres utilizan un lenguaje propio.

El resto de la cuadrilla, Óscar, Jose, Carmen, Elena, el Pastor, Prosper, el chaval que ayuda en la tienda de maderas y el que suscribe viajábamos detrás, agarrados como podíamos y saludando a diestra y siniestra. Me dio por pensar en la película “Bienvenido Mr Marshall”, ya que , cuando enfilamos Anyakpor , la gente se echó a la calle, los niños abandonaron la escuela y todo el mundo nos saludaba. Habían llegado los bafonos y la madera. Es verdad. ¡Van a mejorar la escuela para los niños de la playa!

Descendimos entre vítores y colaboramos en la descarga. Cuando terminamos, nos acomodamos a la sombra, con uno de los líderes comunitarios, para beber agua y hacer las presentaciones pertinentes.

Posteriormente, ajustamos cuentas con el maestro Carpintero, revisamos el trabajo que habían realizado -este es el segundo cargamento de madera que llevábamos. Hubo que esperar un par de semanas entre uno y otro porque el de la tienda de Ada Kasseh no nos fiaba más- e intercambiamos información sobre plazos de entrega, calidad del acabado y dónde guardar los bancos hasta que los traslademos a la escuela, no vaya a ser que llueva y se desarme el Belén.

Después, nos fuimos a visitar al Chief local, que nos esperaba en su casa. Óscar apuntó que se notaba que era el jefe, por la planta, la actitud de mando y cómo dirigió la sesión. Le presentamos a la delegación, conversamos sobre la escuela, nos dio las gracias por el esfuerzo, hizo carantoñas a Giulia y fuimos a cumplimentar la siguiente visita: los padres pescadores que en ese momento tensaban la red de sus capturas.

Compartimos un rato con ellos, una vez que sacaron los peces del mar. Era una conversación a varias bandas. Uno de los líderes comunitarios traducía del dangme al inglés y nosotros del inglés al español. Cada frase pasaba por varios idiomas así que esto era una versión seria del juego infantil “el teléfono escacharrado”.

Media hora más tarde, pusimos rumbo al colegio. Los niños estaban comiendo. Debía ser mediodía, pero nadie probaba bocado, con lo que esto supone en este entorno. Estaban embobados mirando a Giulia. Y el embobamiento era mutuo. Del primer abrazo casi la tumban. Después le tiraron pellizcos en los mofletes, en los brazos, acariciaron su pelo… Era como si tocaran una muñeca. En su lugar, yo me habría agobiado. 97 niños a tu alrededor hablando en una lengua que no entiendes es mucha tela. Aguantó estoicamente.

Elena intervino, cuando se percató, y organizó una dinámica. Al fin y al cabo es monitora en la escuela. Consiguió hacer un corro y empezaron los juegos infantiles. Inflamos unos globos y apuramos lo que quedaba de mañana.

También, saludamos a los profesores, les pedimos disculpas por aparecer como elefantes en una cacharrería -habíamos avisado de nuestra visita la víspera- y estuvimos conversando con los padres que se acercaron al percatarse de la algarabía.

Futuenya desbordada

Agotados, bajo un sol de justicia, emprendimos la retirada y regresamos a nuestra casa, Mizpah. Apenas pudimos entrar. Si habitualmente, Elena y yo recibimos la visita diaria de cuatro o cinco niños que nos acompañan de la mano cada vez que nos ven aparecer, la llegada de Giulia desbordó las expectativas y no eran menos de 10 los que se agolpaban y agarraban a nuestras piernas. Se había corrido la voz. Una bafono de su estatura había ido a conocerles.

Pasaron varios días juntos, observándose, conociéndose, intercambiando información, ideando coreografías y bailando al son de la música canaria, latina, africana -se negaron a pinchar rock and roll– y quien sabe qué más estilos. El ipod de Giulia parecía no tener fin. También jugaron a las chapas, pintaron, compartieron cocos y en apenas unos días se forjaron amistades como las que sólo son capaces de desarrollar los más pequeños. 

Al día siguiente, acudimos al hospital del distrito y a Radio Ada, donde ya saben que Elena y yo pasamos la mayor parte de los días.

En el hospital visitamos a Alberta, una paciente que padece una enfermedad grave -los médicos no saben cuál es-. Como su caso es especialmente difícil, desde España llegó una donación para ella. Ahora puede cubrir los gastos de hospitalización y ha sido trasladada a otro lugar donde le harán nuevas pruebas. Ojalá mejore.

Mamma Rasta

Nos quedaba por ver otra parte interesante de Ghana. Conocer un poco más de su cultura y nos embarcamos en una ruta por el río Volta en dirección a Keta. Durante una hora, asistimos a esos contrastes que no dejan de sorprendernos en este contexto.

A un lado, la pobreza, los pescadores que viven al día y faenan en sus chalupas, las infraviviendas sin luz ni más agua que la del río o el mar en la comunidad de Maranatha o en las islas de alrededor. Y a otro, las mansiones de los europeos y libaneses, y miembros del gobierno de Ghana, el club náutico privado y su muelle con motos de agua y catamaranes, los hoteles con piscinas privadas, el humeante olor a pescado fresco a la parrilla… Cuando uno navega el río aprecia la diferencia con todos sus matices y toda su brutalidad.

Alcanzamos el embarcadero de Anyanui y enganchamos un tro-tro rumbo a la casa de Madame Mamishie Rasta, Mamma Rasta, una de las fetish priest, autoridades religiosas locales, de más prestigio en la zona. Allí todos los viernes se celebra un ritual para agasajar a las divinidades tradicionales. Las mujeres bailan con frenesí al ritmo que marcan los tambores que agitan los hombres. Niños y niñas participan de la fiesta y algunas mujeres adultas parece que alcanzan un estado de trance tras beber un líquido de color amarillento que nace de la mezcla de varios brebajes -qué difícil le resultó a su madre, Carmen, explicarle a  Giulia qué significa estar en trance-.

Fue una aproximación limitada a la cultura religiosa ancestral de esta tierra que no satisfizo las expectativas de todos nuestros visitantes. Acudimos con cierto recelo, ya que algunos de estos rituales incluyen el sacrificio de animales y otras costumbres que provocan rechazo en nuestra cultura, así que procuramos limitar los daños, sobre todo en la sensibilidad de Giulia, asistiendo sólo a una hora de un evento que dura por lo menos siete.

La vuelta la hicimos en patera, ya de noche, siguiendo el rumbo a través de las estrellas, sin luz en la embarcación y fiándonos de la pericia de nuestro piloto, con la confianza extra que nos daba llevar a bordo a Jose, un experto navegante y astrofísico acostumbrado a interpretar las estrellas en La Palma.

Llegamos a Ada Foah sanos y salvos, tras superar alguna que otra duda en el atraque. Quedaba poco para las temidas despedidas y algunas lágrimas empezaban a aflorar. El tiempo se agotaba. Fue duro para los niños y niñas despedirse de Giulia y viceversa. Fue curioso ver cómo se observaban a través de la ventana, tras tanto tiempo compartido.

Unas horas después de su marcha, todo parecía más triste y silencioso en Futuenya. Incluso se produjo un apagón nacional -¡y eso que nuestros vecinos están a punto de estrenar tendido eléctrico!-.

Aprovechamos para reflexionar sobre esta experiencia que nos ha traído de vuelta los ecos del mundo que dejamos atrás hace cuatro meses. En esas estábamos cuando una araña peluda perturbó nuestra melancolía y nos devolvió a la realidad. Zapatilla en ristre, y al segundo intento, acabamos con ella. Volvíamos de golpe y porrazo a estar en África.


14 años de Radio Ada

Es domingo por la mañana. Debe ser muy temprano. A ninguno nos da por mirar la hora. Nos mantenemos en ese estado de modorreo, entre el sueño y la realidad, justo cuando ataca la duda: abrir los ojos o mantenerlos cerrados.

Fuera debe hacer una bonita mañana tropical. No entra mucha luz. El harmattan es más denso en este mes de febrero. Ninguno hablamos. De repente se escucha una voz. Viene de fuera: “¡Ángelo, Ángelo, Ángelo!” No sé si me lo estoy imaginando. Puede que haya alguien en la puerta principal de casa. Paso de levantarme y parece que Elena tampoco está por la labor. Quizá sigue dormida. Aquí no se mueve nadie. La voz insiste: “¡Ángelo, Ángelo, Ángelo!”. La historia de la cabra de Futuenya de la semana pasada ronronea por mi cabeza. Quizá los de la comunidad vengan a pedirme cuentas. Hago como si no hubiera escuchado nada. La voz se calla. Debió ser un sueño…

El traje del emperador

Una hora larga más tarde nos levantamos. Son ahora casi las 10 de la mañana. Nos sentamos a desayunar unas magníficas tostadas con aceite de oliva y tomates de la huerta de nuestros vecinos. Comentamos la jugada: “Cariño, ¿escuchaste algo esta mañana?”, dice Elena. “¿Como si alguien me llamara?”, contesto… No terminamos la conversación. Pascual –en realidad se llama Michael, pero le hemos rebautizado-, el hijo menor de Mr Narty, y nuestro invitado Plómez habitual a cualquier hora -sobre todo cuando hay comida sobre la mesa- aporrea la puerta. “¡Abridme, abridme, tengo un paquete para vosotros!”. Quito el cerrojo y se desliza hasta el salón. Deposita sobre la mesa una bolsa con dos camisas/camisones tradicionales. “Mr Isaac Djabletey, de Radio Ada, las ha traído esta mañana. Como no abríais la puerta, me las ha dejado a mí. Pruébatelas, pruébatelas”.

Mensaje recibido. Hoy es el 14 aniversario de Radio Ada. Y pretenden que me vista con las ropas tradicionales. Esta es otra de las costumbres de por aquí. Es la tercera vestimenta que nos regalan. La primera fue cuando visitamos a la familia de Albert, el enfermero que trabaja con Elena en el hospital, en la región Ashanti. Allí heredé el apodo de “Farruquito”. Resulta que les sobraba tela de un mantel y decidieron hacerme una camisa. Pues vale. La segunda fue cuando visitamos a la comunidad de Anyakpor y decidimos ponernos manos a la obra en el proyecto de la escuela para los menores de la calle. Ahí me confirmaron el sobrenombre de “Farruquito”. Y ahora me toca este camisón. Debe pertenecer a Isaac, que me saca dos cabezas y al menos tres tallas a lo ancho. Habitualmente me tengo por un tipo standard. Es decir, la L europea es mi talla. Y este hombre vestirá una XXXL. Pues nada, hoy más que “Farruquito”, parezco un “Fantuchito” Si mi madre me viera…

Elena se viste con su vestido tradicional, también ashanti fashion, pero le queda infinitamente mejor. La percha también tiene que ver, claro. Y gana por goleada. El caso es que ya parecemos an african family. Nuestros vecinos celebran la elección del vestuario y vamos recibiendo aprobaciones a medida que avanzamos hacia la carretera. Les gusta que vistamos sus ropas, casi tanto como escucharnos pronunciar algunas palabras en la lengua local, dangme. Lo interpretan como un símbolo de respeto a su cultura. Y es lo mínimo que podemos hacer. Es una forma de devolver una parte de lo mucho que nos dan.

En la carretera tenemos suerte. Es domingo y hay mucho tráfico en ambos sentidos. La gente va y viene a las diferentes iglesias. A nosotros nos para George, el Bestman/Padrino que conocimos hace algunos posts, durante la peculiar boda de David. Nos montamos seis en su coche, nuevamente. Debe ser la costumbre. Curiosamente lleva los mismos “Greatest Hits de la Lighthouse Chapel International”. Por suerte el trayecto, en esta ocasión, es corto, apenas 10 minutos. Quedamos en vernos otro día, en la Iglesia o por ahí. Estoy tentado de decirle en un bar o spot, como se llaman aquí, pero no quiero escandalizarle.

Fiesta de aniversario

Serán las 13:30h y la recepción en Radio Ada comienza en teoría a las 14h. No sé cómo lo hacemos, pero el caso es que no aprendemos. Durante toda la semana, y durante el mes pasado, llevamos preparando diversas actividades para celebrar el 14 aniversario.

Habíamos pensado hacer un “saludable” paseo, un partido de fútbol, una campaña publicitaria, un programa especial de radio con todas las comunidades, incluir pequeñas piezas en los informativos las dos semanas previas, entrevistar a una niña que tuviera hoy 14 años, recoger las opiniones del Chief de Big Ada, del arquitecto que diseñó los estudios, de las personas relevantes que han pasado por la radio… Estuve tentado de llamar a mi amigo Jota, que es el mayor especialista en estos saraos que conozco. Pero sé que anda liado en Madrid con eso de los derechos humanos y no es cuestión de abusar.

El caso es que habíamos pensado muchas cosas, pero entre pitos y flautas, al final sólo pudimos organizar un programa especial con seis micros abiertos en distintas comunidades, las piezas para los informativos y una pequeña fiesta para unos 40 invitados, que era la que íbamos a celebrar ahora. Las limitaciones en el presupuesto hicieron que las ideas fueran muriendo antes de que pudiéramos ponerlas en práctica.

Durante media hora, buscamos una manera de colocar las sillas de la palapa que hace las veces de sala de reuniones de la Radio. Elena y yo empezamos a sospechar que el acto se retrasaría porque ya eran las 14h y no había aparecido nadie. Sólo estábamos, Kofi -coordinador-, Isaac -director- y nosotros. Algo fallaba. Otra vez íbamos a pasar hambre. La culpa es nuestra. Tendríamos que haber comido en casa. Si nos hubiéramos levantado con la llamada matutina…

Alex y Wilna Quayrme

El acto comenzó finalmente pasadas las 16h, cuando Alex Quayrme hizo su entrada en la palapa. El profesor Quayrme se ha pasado media vida trabajando fuera de su Ghana natal, vinculado a diferentes proyectos de Naciones Unidas. Nunca ha perdido de vista la comunicación social y nunca se ha olvidado de su gente.

Hace 14 años regresó a casa, acompañado de su mujer, periodista, y de nacionalidad filipina, Wilna, para ejercer como cónsul de este país asiático en Acra. Entonces decidieron hacer realidad un proyecto al que venían dando vueltas desde hace tiempo. Una emisora de Radio para la comunidad Dangme, la de Alex, la de las personas que como él nacieron en una pequeña isla, en la margen menos habitada del río Volta, y cuyo enlace con el exterior es el ferry que hace el trayecto a Ada Foah todos los miércoles o las barcazas de pescadores que por unos pocos cedis te acercan a la otra orilla. Él es Daddy y ella, Mummy. Ambos son el alma máter de Radio Ada, la primera emisora comunitaria de Ghana.

Pusieron todo su empeño en conseguir capital para adquirir una pequeña finca en las afueras de Big Ada,  construir el edificio, comprar un pequeño transmisor y empezar a emitir. Primero fueron noticias sobre las comunidades cercanas, luego avisos de funerales, más tarde invitaron a las personas de las comunidades a explicar sus preocupaciones, crearon programas para mujeres donde se atrevían a decir en un micro lo que callaban en casa, incluso dejaron espacio para los servicios religiosos, tan variopintos, que hay en la zona. Y fueron cogiendo más y más peso.

En la primera llamada que hicieron pidieron voluntarios para sostener el proyecto. Hace 14 años los primeros en responder fueron David, técnico de sonido y reparatodo de la emisora, y Erica, la encargada de la gestión y la administración. Todavía continúan al pie del cañón.

Después de ellos llegaron Kofi e Isaac, Charles, especialista en seriales radiofónicos, junto a Fátima y Ofelia. Más tarde se unieron Nora, en continuidad, Mariah y Gidgon en la redacción y un número elevado de personas, como Jakob, James, Gloria, Vera… la mayoría siguen aquí.

Apoyo internacional

Cuando empezaron a funcionar buscaron apoyo internacional. Los contactos de Daddy fueron clave para recibir apoyos de universidades de Canadá, Estados Unidos y Reino Unido, así como vincularse a redes comunitarias de África y del resto del mundo. Mummy es la mejor embajadora de la emisora hoy en día y sigue estando en los cursos de formación que imparten en todo el país. Su mayor empeño es siempre que las personas que le rodean se sientan cómodas y participen. A mí me parece una auténtica lideresa, alguien capaz de identificar las capacidades de cada uno y sacarlas a la luz. Llevamos tiempo trabajando juntos y es una de las personas de las que más estoy aprendiendo.

Después de Radio Ada, ayudaron a montar la Ghana Community Radio Network, la red que agrupa a las emisoras de este tipo de todo el país, y un ejemplo de periodismo independiente. Ghana es ahora un ejemplo de estabilidad y democracia para África Occidental, pero no siempre fue así. Durante la etapa del presidente Rawlings, también hubo muchas sombras y las voces discordantes nunca son bienvenidas. En estos años han soportado campañas de descrédito, ataques y muchas otras dificultades, pero nunca han dejado de emitir. Han pasado 14 años y siguen con entusiasmo y con muchas ganas de mejorar las condiciones de vida de las personas que les rodean.

La parrilla de hoy en día -15 programas- está consolidada con un equipo de unas 50 personas, todas voluntarias -18 de ellas reciben un pequeño apoyo económico para cubrir gastos básicos-, y la apuesta para este año es crear más seriales radiofónicos en los que se implicarán nuevas comunidades, desarrollar programas por y para jóvenes y hacer que los informativos sean la principal fuente de información para las personas de la zona.

Cubre un área extensa de más de 50 Km., siete distritos, llegando hasta las puertas de Tema y extendiéndose por la región del Volta. Tiene una audiencia potencial de más de medio millón de personas. Emite de 5am a 10pm todos los días. La Radio es la principal guardiana de la cultura local, el principal medio de comunicación -Internet es una utopía, los periódicos son caros, hay altos niveles de analfabetismo (el 65% de las personas de esta zona no saben leer ni escribir), escaso conocimiento del inglés, y casi nadie tiene televisiones en casa- y en las visitas que he realizado a las comunidades he podido comprobar el orgullo que siente la gente local de su Radio. Es muy curioso, pertenecer a Radio Ada es casi como un título en la zona. Todo el mundo la conoce y se me abren muchas puertas cuando saben que soy voluntario aquí. No saben lo gratificante que es.

Para celebrar este 14 aniversario, estrenamos un nuevo transmisor que llevará la señal más lejos. Lo han comprado con las donaciones de antiguos voluntarios y con los apoyos que se reciben por parte de particulares. Poco antes de la fiesta, una parroquia próxima donó la colecta del domingo. Y no fueron los únicos. Culminamos la jornada con una tarta de plátano que cortó Elena y con un discurso que me tocó improvisar. Estamos invitados a los festejos del año que viene.