Epílogo para Ghaneantes

En Ghana las palabras fluían solas. Las historias se sucedían una tras otra. Los dedos querían ser más rápidos que la cabeza. Quizás porque allí cada minuto de electricidad cuenta. Un corte de luz te deja a oscuras durante un tiempo indeterminado. Una hora, dos o diez. Nunca lo sabes. O porque todo lo que te rodea es nuevo y quieres contar con pelos y señales lo que ves. O porque te sientes solo y no tienes muchas alternativas para pasar el rato. O porque te reencuentras contigo mismo cada vez que escribes y eso te ayuda a asimilar lo que vives.

Mi amiga Laura Pitson ha traducido al inglés -la interpretación que ha hecho de algunas expresiones castizas en la lengua de Shakespeare es realmente genial- para mis vecinos ghaneses los posts más relevantes de este blog que hoy termina. Y allí quedaron, como un regalo y una huella más de nuestra estancia, junto a las fotos que repartimos el último día entre los niños y niñas de Futuenya o, claro está, junto al resultado de los proyectos que nos llevaron a un lugar tan alejado de casa en la desembocadura del río Volta.

Despedida emotiva

El hospital Dangme East District cuenta ya con un fisioterapeuta local y con un nuevo voluntario internacional que estará al menos seis meses allí, Simon. El Dr. Philip le entregó a Elena un diploma que reconoce, con toda la ceremoniosidad africana, su esfuerzo y su labor durante este último año. Tuvimos una linda cena de despedida al más puro estilo ghanés; es decir, una cena en la que sólo comimos nosotros. El resto de invitados, la jefa de enfermeras, su hija, uno de los administradores y nuestro inseparable Albert habían venido cenados. Que nadie se alarme. Pidieron un take away con la comida para luego y, en un alarde de cortesía europea, un plato para compartir entre todos mientras nosotros devoramos nuestra última tilapia.

Radio Ada continúa sus emisiones con las novedades de un ordenador, Internet y una estructura profesional para sus informativos, así como un acuerdo verbal para recibir estudiantes españoles en prácticas de la Universidad Complutense en los próximos meses. Yo también me traigo un título debajo del brazo, el del extranjero que más tiempo ha pasado en la emisora. Un orgullo, oigan. “Angelo es más que un hermano para nosotros”, soltó el capullo de Daniel cuando me dijeron adiós y me emocioné.

El mismo día que regresamos a Madrid, el 28 de agosto, arrancó el curso en la escuela comunitaria internacional de Anyakpor, la que hemos construido con el apoyo de ustedes y de tantas personas locales.

Un profesor de la universidad regional y el responsable de los servicios sociales de Ada Foah acudieron a nuestra despedida de la comunidad y a oficializar, junto al Pastor James, David Ahadzie y tantos otros amigos, la puesta de largo de la escuelita.

El chamizo que visitamos en noviembre de 2011 se ha transformado, unos cuantos meses después, en tres clases con capacidad para más de 100 alumnos -empezamos con 97 pero este año se han apuntado 105- repartidos en al menos cinco niveles -las aulas se pueden desdoblar-, bancos y mesas estándares, libros adaptados a las exigencias del gobierno, material escolar digno y hasta una cocina-almacén para que el alumnado almuerce y los cuatro profesores guarden los enseres. En nuestro último día, celebramos la espagueti party” con padres, alumnos, autoridades y miembros de la comunidad.

 Contradicciones

Ghana es un buen lugar para tener una experiencia real de África. Es un país pacífico, estable, democrático y tiene ciertos atractivos, pero sobre todo destacan la amabilidad y capacidad de adaptación de sus gentes frente a unas condiciones hostiles. No es un lugar turístico con el que quedarse boquiabierto si uno busca los clichés habituales que se tienen sobre este continente. Los parques naturales son escasos y con pocos animales.

En Ghana hace un calor del carajo durante casi todo el año. En enero acontece el harmattan, un polvo subsahariano que impide la visibilidad. Y durante el verano europeo, las lluvias son torrenciales. Sin embargo, como el cambio climático también se siente por estas latitudes, el harmattan que tuvimos no fue más que una niebla terrosa que no nos afectó demasiado. Y las lluvias no fueron tan aparatosas como pensábamos. Aunque esto, como todo, depende de a quién le pregunten. Al norte, en Tamale, las mismas lluvias en el mismo período inundaron la ciudad y arrasaron numerosos hogares. Y en diversos puntos del país, incluida la capital, Acra, provocaron un brote de cólera que se cobró más de 60 vidas. 

Hoy escribo desde nuestra casa en Madrid, rodeado de lujos cotidianos: sofá, televisión, agua caliente, luz sin cortes y cuantas cosas puedan disponer la mayoría de ustedes. Miren a su alrededor y probablemente sabrán de lo que hablo. Pero sigo con la vista puesta en Ada. Algunos de estos lujos los añoraba en África, pero ahora no me parecen tan importantes.

Confieso que en las últimas semanas tenía ganas de regresar a España. Sentía que habíamos cumplido nuestra etapa allí y tenía la agradable sensación del deber cumplido. Los proyectos han terminado y tienen asegurada su continuidad. Y nos traemos de regalo una experiencia de vida irrepetible. No se puede pedir más.

Pero ahora, después de ver a la familia y a los amigos, entran en juego las dudas. ¿Ustedes se han parado a pensar en serio cómo vivimos?

El engaño del primer mundo

Desde nuestra ventana en Madrid, se intuyen las torres y edificios más altos de la Plaza de España. Desde nuestra ventana en Ada, se veía la realidad de Ghana. Al menos tres familias durmiendo bajo techos de hoja de palma. “Me duele mucho que os vayáis”, aseguró Daddy, el hombre de 60 años que tiene 13 hijos y que lleva toda la vida levantándose al alba con una preocupación prioritaria: alimentar a su prole. Le daba pena que nos fuéramos. Nos sentamos en un espacio intermedio entre su chabola y nuestra casa y le invitamos a una cerveza. Se la bebió de un trago, como siempre ocurre allí. Nos envolvió una enorme tristeza. Fue la última vez que nos vimos.

Hay un mundo más humano que late en las aldeas de África y es una suerte haberlo compartido. Hay además un entusiasmo vital que las personas te contagian a diario: con su sonrisa, su saludo o su forma de ser. Se palpa una alegría innata, una celebración de lo cotidiano, un agradecimiento simplemente por estar vivo, por disfrutar del sol, de caminar por la arena o de conversar con una persona conocida. En Ghana no hace falta hacer nada especial para sentirse contento y es prácticamente un deber transmitírselo a quienes te rodean. Además, en África uno percibe una convicción enorme en sus posibilidades, una sensación de que todo es posible y una energía impresionante para sacar fuerzas de flaqueza y hacer los proyectos realidad. Sí, en África, tus límites quedan cada vez más lejos y él afán de superación es constante y diario. Nunca había sentido algo parecido.

Por eso, no sé cuándo sobrevino el engaño. No sé cuándo dejamos en Europa que nos extirparan la humanidad. Supongo que fue cuando nos pusieron delante tantos objetos innecesarios que hemos convertido en soporte de nuestra felicidad.

Estamos de mudanza y eso siempre representa una buena oportunidad para ver cuántas cosas tenemos y cuántas no utilizamos. Es una rayada ver una televisión que parece una pantalla de cine, un sofá en el que caben dos personas tumbadas, tantas camisas ordenadas en el armario o tantos pares de zapatos, botas o sandalias, por citar sólo ejemplos vanos. Tenemos de todo y queremos más. El consumo se ha convertido en nuestra seña de identidad.

Hay una parte de la que somos responsables y toca asumirla. Nadie nos obliga estrictamente a tener tantas cosas. Y otra parte de culpa la tiene el entorno que nos rodea y al que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por cobardía o por pereza.

Estamos a las puertas del otoño, en la vuelta al “cole”, en la semana fantástica de unos Grandes Almacenes y dentro de muy poco en Navidad. Le tengo pánico a esa época del año. El ejemplo más claro y manifiesto de nuestra sociedad enferma. ¿Y entonces qué? ¿Nos acordaremos de cómo viven y cómo van a festejar esas fiestas tan entrañables, por ejemplo, Josaya, Forgive, Mesi, Do, Perpetua o tantos niños y niñas que han formado parte de nuestra vida en el último año?

Volver o no volver

Sí, me gustaría volver algún día a Ada para ver cómo están las cosas por allí y cómo siguen nuestros proyectos en la zona, y para saludar a los amigos, pero no querría volver a vivir allí, al menos de momento.

No contaba con encontrarme una influencia religiosa tan opresiva. En España, se presenta a menudo a los países musulmanes como lugares en los que las personas viven sometidas a una religión anclada en el pasado y restrictiva. Las mujeres llevan burkas por imposición y la religión les empequeñece reduciendo su condición a la de siervos y siervas, según la imagen que desprenden muchos medios de comunicación. Pero nadie habla de los lugares donde la religión cristiana -en el caso del sur de Ghana, en sus múltiples versiones: pentescosteses, metodistas, adventistas, evangelistas, baptistas, romanos…- condiciona de manera radical la vida de las personas.

Ada Foah, nuestro pueblo, es uno de ellos. Me ha dolido ver cerrada todo el año la biblioteca pública. Sólo circula un libro: la Biblia; y, si acaso, los comentarios que de ella escriben pastores, reverendos y otras autoridades religiosas, que reparten en fotocopias entre las pocas personas que saben leer.

 He visto muchas tardes cómo numerosos vecinos se reunían en una habitación a dar vueltas con los ojos cerrados gritando sus pecados en un ritual sin pies ni cabeza que duraba horas. He conocido cómo proliferan los campamentos para rezar a Jesucristo, donde las personas humildes llevan a sus hijos antes que al médico con la esperanza de que su Dios y no la medicina le salven de una diarrea o una neumonía, enfermedades que ahora mismo se curan gratuitamente en cualquier hospital de Ghana. He sabido que se practican exorcismos, que se confiscan algunos bienes de los fieles, que se promueve tener hijos en familias que no pueden mantenerlos y que se estigmatiza y amenaza desde los púlpitos a homosexuales y lesbianas.

Una influencia tan brutal de la religión me parece perniciosa para las personas, sobre todo para aquellas más pobres -el 80% en nuestro pueblo- que no tienen armas para defenderse. Internet, la televisión o cualquier forma de recibir información y abrirse al mundo -a excepción de Radio Ada– es inaccesible para la gente corriente. El aislamiento es casi total. Y por tanto, la manipulación que se ejerce sobre las personas es abrumadora.

Por otra parte, esa influencia cristiana también tiene efectos positivos, y quizás por ahí empieza su aceptación entre las personas locales. Puede que la alegría y el optimismo que comentaba unos párrafos más atrás tengan su origen en las creencias religiosas. No lo śe, pregunten a los antropólogos. Los hechos son que las personas en Ghana tienen perfectamente asumido que están en este mundo de paso, que no han venido aquí para estar tristes y que el día que mueran irán a otro lugar mucho mejor. Se aprecia con nitidez en cómo viven la vida… y la muerte. Allí morirse es una celebración que dura varios días y empeña a las familias como en la mejor de las bodas españolas. Una lección interesante.

Igualmente, es positivo ver cómo algunos pastores están verdaderamente involucrados en solucionar los problemas de sus comunidades, sobre todo aquellos relacionados con la educación. He trabajado codo con codo con uno de ellos durante meses -no hay otra manera de implicarse socialmente en un proyecto en Ada- y no tengo dudas de que el Pastor James es una persona volcada en su rebaño, que trabaja para él y que lo hace sin obtener otro beneficio que la Gracia de Dios.

Para mí, que creo en una sociedad laica a pesar de haber sido educado en la tradición cristiana, la vida diaria condicionada por la omnipresencia de la religión -afecta al ocio, a la cultura y a las relaciones humanas me resulta tremendamente aburrida. Además me despierta muchas reticencias la hipocresía que en muchos casos he observado. Como en todas las sociedades -la española era o es ejemplo de esto- donde se impone una religión, también hay resquicios para no seguir sus preceptos, aunque sea a hurtadillas o haciendo la vista gorda. Asuntos como el sexo fuera del matrimonio, el abuso del alcohol o las mentiras piadosas -deportes nacionales en Ghana– son ejemplos claros.

La alternativa a esa vida marcada por la influencia religiosa en los pueblos pequeños es la maravillosa burbuja en la que se refugian los expatriados y sus familias en los barrios residenciales de las ciudades, donde el lujo y los privilegios son constantes. Ustedes perdonen, pero tampoco me convence. No fuimos a África a vivir como ricos, a explotar los recursos naturales o a hacer negocios. Tampoco fuimos a convertirnos en nuevos yuppies de la cooperación. Fuimos a hacer un voluntariado internacional, a descubrir otra cultura y a crecer como personas. Y eso lo hemos conseguido, con mucho esfuerzo, pero lo hemos logrado. Por eso estamos satisfechos y agradecidos.

Con todo, a pesar de las contradicciones y de algunos malos ratos, mi pasión por África sigue viva, mi profundo respeto e interés por otras costumbres también -sobre todo por aquellas más tradicionales y que poco a poco se van perdiendo-; y mis ganas de regresar a este continente olvidado en busca de nuevas historias que contar, más preparado, están renovadas. Porque, África, aunque no queramos escucharlo en la Europa rica -por mucha crisis que haya-, llama con fuerza.

PD. Por cierto, ¿saben qué ocurre cuando cambias las comodidades de Madrid por las incertidumbres de vivir en Ghana? Que te adaptas. Tardas más o menos, pero te acabas adaptando y eres capaz de vivir -a veces feliz, a veces no tanto- de forma totalmente distinta a como lo habías hecho antes. Atrévanse a probarlo. No les dejará indiferentes.
Muchas gracias por acompañarnos en este camino. Voy a echarles de menos. Hasta siempre.

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En las cloacas de Acra

Darse una vuelta por James Town, el puerto de Acra, el barrio antiguo donde se encuentra el Faro que en la época colonial servía de referencia a barcos europeos que atracaban en el muelle para cargar cacao, madera y oro, así como esclavos -aunque en menor medida que las vecinas Elmina o Cape Coast– es darse de bruces con una realidad latente en Ghana. Es, asimismo, iniciar un descenso para acercarse a las cloacas donde residen buena parte de los habitantes de África; es llegar hasta las profundidades de una miseria asumida como normal y cotidiana.

James Town es la sede de uno de los asentamientos humanos informales más grandes de la capital de este país -sensiblemente inferior a Old Fadama que compite en la misma división que Kibera, en los extrarradios de Nairobi-.

Está a escasos 15 minutos andando del mercado Makola, el centro neurálgico de la ciudad, y uno de los lugares más visitados por el turismo que se deja caer por aquí.

Un barrio marginal con vistas al mar

No se sabe con seguridad cuántas personas residen en James Town. 3.000, 5.000 o muchas más. No hay un registro oficial fiable. Quizá porque no interesa tenerlo. Las casas de pescadores, las infraviviendas de hoy en día, van avanzando según se forman nuevas familias. Poco a poco. Algunas están peligrosamente cerca de pequeños acantilados. Una ola fuerte se las llevaría por delante. Una brisa que se convierta en viento con algunos nudos de más también.

La luz eléctrica, como es común en las zonas rurales o marginales del país, se empalma mediante cables de forma artesanal. Otra vez la lluvia o el viento podrían provocar un cortocircuito en cualquier momento. Huele mal en James Town. Los gatos se disputan las tripas de pescado esparcidas por el suelo, una mezcla de arena de playa, poco cemento y tierra cobriza. No hay agua potable por ningún lado. Las mujeres bajan cargadas con enormes baldes de agua que consiguen en las fuentes cercanas de la parte alta de la ciudad. Huele mal por la basura acumulada pero también se perciben otros olores. Si uno afila la nariz, se distingue el característico olor del mar, y del salitre, y de la humanidad que vive hacinada. Este es un lugar pobre, muy pobre.

La mayoría de las personas que aquí residen se dedican a la pesca. Los hombres salen a faenar cada mañana en pequeñas chalupas, pateras o cayucos -en España las conocen bien-. Regresan al atardecer. Las mujeres esperan en la orilla. Siempre están allí, fieles, aguardando a sus maridos o parientes varones. Cualquier día del año, menos los martes. Ese día no se pesca por una antigua tradición. Se descansa. El resto de las jornadas, las mujeres, pacientes e incansables, recogen el pescado, lo limpian o lavan y lo cargan sobre sus cabezas para llevarlo al mercado –Elena, como saben, fisioterapeuta en el hospital de Ada, se asombra cada día de la fortaleza de estas mujeres. Es normal. Acuden a su consulta con contracturas en la parte superior de sus cuerpos. Piensen en cualquiera de ustedes, sobre todo quienes trabajan en oficinas. Seguro que a menudo sienten dolor en las cervicales, el cuello les molesta… Imaginen qué sentirían si llevaran durante horas, día tras día, enormes paquetes sobre la coronilla. A veces pesan 50 kg-.

Otras mujeres esperan también en la orilla, pero cogen su parte y lo llevan a los ahumaderos que han fabricado a las puertas de sus hogares. Se trata de parrillas colocadas sobre bidones de metal, cortados por la mitad. Ahí se secarán durante las 12 horas de sol y el tiempo que haga falta. Después se venderán para el consumo. Aguantará días. Es la forma tradicional de comer pescado para la gente local en África. Muy pocos pueden permitirse el fresco que, como en todos lados, siempre cotiza a la alza. Ése se reparte sobre todo en restaurantes, hoteles y está destinado a las personas pudientes.

Una vida en peligro

La pesca se ha vuelto cada vez más peligrosa en estas aguas. Los pescadores y artesanos llevan practicándola desde tiempo inmemorial. La forma de hacerlo se ha transmitido de generación en generación. No sólo cómo pescar sino también cómo fabricar la embarcación -en madera que proviene de los bosques y la selva de la Región Central– o cómo reparar las redes, trabajando y cosiendo en equipo. Impresiona verlo.

Sin embargo, la presencia cada vez más numerosa de grandes pesqueros europeos y asiáticos en la zona está esquilmando el mar. ¡Se están llevando los peces!

También les amenzaza la contaminación. Lo he contado otras veces. A este mar va todo. Los excrementos humanos y animales y la basura que las personas generan en el día a día: bolsas de plástico, restos de comida, latas de refresco… Y allí convive con la mierda de los petroleros y vertidos de empresas de todo tipo. Incluso es sabido que compañías europeas traen a Ghana los electrodomésticos y equipos informáticos que allí jubilamos: lavadoras, ordenadores, frigoríficos… todo lo que no se puede destruir en casa o que cuesta un pastón hacerlo se trae a Ghana, donde las aduanas son más flexibles, y donde el mar es abierto y absorbe todo… hasta que deje de hacerlo, claro está.

Aquí no hay ningún control sobre lo que se arroja al Océano Atlántico y eso afecta a los peces, al medio ambiente y a la supervivencia de las comunidades. Cada vez hay menos bancos de peces cerca de la costa. Resulta imposible competir con los mastodontes extranjeros. Las chalupas no están preparadas para navegar mar adentro, pero lo hacen y el resultado es el mismo que cuando se adentran en estas mareas para alcanzar nuestras costas. La mayoría naufragan y muchos pescadores nunca vuelven a casa. Piensen que estas embarcaciones no tienen GPS ni otros artilugios de navegación. Ni siquiera todas las pateras llevan motores, ni muchos pescadores saben nadar -aunque de poco les valdría con este oleaje-.

Muchos todavía siguen navegando a remo. Adentrarse cada más en el horizonte azul significa un viaje sin retorno para bastantes personas. No hay estadísticas. Nadie se ha parado a contar los muertos, pero sí puedo decirles que según visito pueblos costeros -y van nueve meses haciéndolo- encuentro maś niños y niñas huérfanos, más familias que han perdido a alguno de sus miembros y más pobreza y miseria. Cuando desaparece el cabeza de familia, la economía doméstica se tambalea. Piensen que en Ghana y en la mayoría de lugares de África la gente vive al día. Una enfermedad, una mala cosecha o una mala pesca condena a la miseria o a la mendicidad a toda una familia. Y estamos hablando de unas seis o siete personas de media. A veces es toda una comunidad. O todo un pueblo. O varios. O una región. Piensen en los 18 millones que tienen en peligro su seguridad alimentaria, como dicen las agencias humanitarias, en la franja de Sahel. Es terrible. Millones de personas con hambre y sin apenas recursos para hacerle frente.

El colorido de los mercados

Hubo suerte aquella mañana. Bajábamos precisamente del mercado Makola. Nos confundimos entre los cientos de puestos en los que se vende de todo: comida, bebida, ropa, productos de limpieza y decoración… una especie de Rastro en Madrid a lo bestia. Con mucha más gente, más callejuelas, más puestos, más variedad. Los mercados, ya lo saben, constituyen uno de los mejores lugares para tomarle el pulso a una ciudad.

Hay puestos formales y puestos informales. A veces una mujer llega, se sienta y toma posesión de un espacio. No se levantará de allí en diez horas. Como mucho se alejará un poco para orinar. Otro tema curioso. En Ghana los servicios escasean. Y cuando existen, es mejor obviarlos, ya que literalmente están desbordados… y no precisamente de agua limpia. Nunca vi nada tan asqueroso. Piensen que en la ciudad, reconocido por su propio alcalde, el 69% de los hogares registrados carecen de cuarto de baño -la estadística alcanza al 85% cuando incluimos los slums-, por lo que a menudo los restos de orines y heces están a la vista. Se esparcen impunemente por cualquier esquina. Las mujeres y hombres orinan de pie -no suelen llevar ropa interior- y esto facilita la tarea de aliviarse en un santiamén. Es pura necesidad. Doy fe.

El caso es que es una buena idea bajar andando desde el mercado Makola a James Town. Uno va sumergiéndose en las zonas ocultas de Acra, va acercándose a sus cloacas. No es extraño encontrarse durante el recorrido con caracoles gigantes, tomates, barracudas, latas de sardinas, sandalias de diferentes tipos, telas profusamente decoradas, camisetas de equipos de fútbol -la de la Roja está de moda en estos días. Tras salir Campeones de la Eurocopa, un cargamento de camisetas de la selección española inundó los mercados de Ghana, al precio de unos 8 euros al cambio, made in China y Vietnam, más falsas que Judas– tubérculos de varios kilos -siendo la casaba la estrella-, licores destilados y mil y un producto más a cada paso. Como todos los mercadillos, tiene su orden, pero si uno no lo visita con detenimiento es difícil percibirlo.

Pero sigamos descendiendo, hacia la playa, en dirección a James Town. Verán que es fácil toparse con la Oficina Postal central y sus numerosos apartados de correos. Esta es una costumbre inglesa heredada en la antigua colonia. Nadie recibe cartas en su domicilio -bien es cierto que muchos no saben leer-. Lo hace en estos apartados que se alquilan, comparten o adquieren por temporadas o definitivamente. No es extraño, por tanto, que la ciudad carezca de buzones y, en muchos casos, de nombres de calles y de direcciones.

Lo normal es subirse a un taxi o a un tro-tro y que el conductor no conozca el lugar al que te diriges. Como en muchas otras ciudades del mundo uno se orienta por edificios grandes o áreas. Por ejemplo, si uno viaja hacia el noroeste de Acra, hablará de Circle –Nkrumah Circle, una especie de Glorieta de Cuatro Caminos por la que obligatoriamente hay que pasar- o si lo hace hacia el sureste hablará de Labadi Beach. Es una ciudad caótica, pero con los meses vamos entendiendo a manejarnos por ella.

Cerca del Faro de James Town se encuentra un antiguo fuerte, que se utilizó durante años como lugar de reclusión para esclavos y como enclave militar. Y el antiguo puerto hoy sigue en pie como un ejemplo del progreso mal entendido y del abandono más absoluto. A las puertas del barrio, los niños juegan entre basuras. Muchos de ellos están sin escolarizar. La comunidad se ha organizado y algunos dan clase en una improvisada aula en mitad de la lonja: cuatro maderos y una pizarra. Cuando vimos esta escuela me acordé de la primera vez que visitamos Anyakpor en noviembre del año pasado. Están en el mismo punto de dejación y precariedad. Es una pena cuántos niños y niñas se quedan sin escolarizar en Ghana. Pierden el tiempo día a día sin nada que hacer, porque sus padres ni el Gobierno pueden –y en ocasiones no quieren- proporcionarles una educación gratuita.

Al poco de llegar a las primeras infraviviendas se acerca Mckinsey, un buen tipo al que conocí durante la marcha por la dignidad que Amnistía Internacional organizó en marzo por las calles principales de Acra. Es uno de los líderes comunitarios y se ofrece a hacernos de guía. Es entonces cuando nos acercamos a las chabolas y conocemos de primera mano cómo es la vida en el vecindario.

También nos pone al día sobre los planes del Gobierno. Quieren derribar algunas casas del barrio. Hace feo en los planes urbanísticos de la ciudad, ya que quieran recuperar la zona como atracción turística y quizás residencial. De la gente que hoy vive allí nadie sabe qué pasará con ellos. Puede que sean realojados o abandonados a su suerte. Ha pasado en otros asentamientos informales de Acra y en otras ciudades de África. Es una peligrosa moda. Son los desalojos forzados -sus ecos también han llegado a Madrid, no se crean. Pueden darse un paseo por la Cañada Real y comprobarlo-. Llegan las excavadoras del Gobierno, echan abajo las casas y si te he visto no me acuerdo. Aunque ahora es tiempo de precampaña electoral por aquí y los políticos empiezan con sus promesas y, si me lo permiten, con sus mentiras. Sea como fuere, parece que la cosa está tranquila. Pero Hay preocupación para el próximo año.

Le pregunto a Mckinsey por la historia de James Town. Me cuenta que fue un lugar histórico, que hasta allí llegaba la línea de ferrocarril de Kumasi -donde se extraían las materias primas que comentaba al principio de este post-. Luego, con la construcción del puerto de Tema, el lugar cayó en el olvido y ahí sigue, sólo rescatado por algunas personas mayores que aún hablan de la grandeza del lugar.

Es interesante recorrerlo a pie, con tranquilidad, visitando al chief y a las familias. Al hacerlo, descubrimos que la lengua que hablan, Ga, es muy similar al Dangme de la zona de Ada, donde vivimos. Al fin y al cabo sólo hay 120 km de distancia y es la misma costa. Interrelacionamos un poco con las escasas frases que manejamos y generamos una gran algarabía. Sí, La acogida es calurosa cuando uno se acerca con humildad y respeto. Es alentador ver lo bien que se recibe al visitante, cómo le preguntan quién es, qué quiere, qué nuevas trae. Es agradable conversar.

Eso sí, cuando termina la visita y uno se marcha, la cabeza vuelve a ir del revés. Sucede siempre que venimos a un lugar como este. ¿Qué esperanza tienen sus habitantes? ¿A quién le importa cómo viven? Confieso mi impotencia y mi ausencia de respuestas. Sólo se me ha ocurrido escribir este texto y compartirlo con ustedes.

PD. Durante los meses de julio y agosto la publicación de nuevos posts será irregular. Confío en colgar tres más antes de nuestro regreso a España. En septiembre, desde Madrid, escribiré un epílogo a modo de balance y despedida. Gracias mil por la atención. Saberles ahí me ha ayudado muchísimo. Feliz verano… en Europa.


Yo también soy homosexual

Estaba con Addi, artista local que hace auténticas maravillas en hierro forjado, madera, bambú y lo que le pongas por delante. Es un tipo curioso. Abre la tienda que tiene al lado de Radio Ada cuando le apetece o necesita dinero. No tiene mucha clientela. No aspira a hacerse rico, sino a disfrutar con lo que hace. Le admiro mucho. Además, no te da el coñazo para que le compres ni aprieta en los regateos. Me parece un hombre inteligente.

A menudo, cuando termina mi jornada, sobre las 14h me tomo el almuerzo con él -seguimos abonados al bocata de sardinas en lata de distinta procedencia: Marruecos, Malasia e Indonesia entre las más cotizadas-.

Disfruto de su compañía. Conversamos de todos los temas que se nos ocurren y suelo utilizar su opinión como referencia sobre los asuntos sociales en Ghana. Es un tipo instruido, con acceso a Internet, lee los periódicos y escucha la radio, tiene amigos en el extranjero y ha viajado fuera de Ghana en algunas ocasiones, no sólo a otros países cercanos como Togo, Costa de Marfil o Nigeria -lugares fácilmente accesibles por carretera y en los que muchos ghaneses tienen lazos familiares- sino también a Europa y Estados Unidos.

El tabú de la homosexualidad

Hace poco hablamos de homosexualidad. Un tema tabú en Ghana y en casi todo el continente. Al principio, se mostró sorprendido. Aparecieron las risitas.¿Tú no serás uno de esos desviados, verdad?” Le contesté. “¿Por qué no? ¿No me abrirías las puertas de tu casa si lo fuera? ¿No estarías aquí conmigo? ¿Llamarías a la policía para que me detuviera?” Se puso muy serio y me dijo: “Eso es antinatural. En tu país haz lo que quieras, pero aquí no. Eso no es parte de nuestra cultura. No es bueno.” Me dolieron sus comentarios, como casi siempre que escucho a alguien en Ghana y en otras partes de África o del mundo hablar en estos términos de homosexualidad.

Esta misma conversión se repitió poco después en el Rub-Stone, el club nocturno de Ada, durante unas de las fiestas que allí se organizan cada cierto tiempo. A la mesa nos sentábamos Albert, compañero de Elena en el hospital, y George, amigo de este. Volví a sacar el tema de la homosexualidad para ver qué opinaban dos jóvenes profesionales de la sanidad, universitarios. Albert guardó silencio, pero se encontraba incómodo. Pinché un poco más y George abrió el grifo comentando que la homosexualidad jamás sería legal en su país ni aceptada en ningún lugar de África. “No puede ser. Es antinatural -mismo argumento que Addi-. Y además lo prohíbe la religión”. Discutimos abiertamente sobre el tema.

Le hablé de la situación en España, de la evolución de las últimas décadas, de los avances -no debemos permitir retrocesos-. Demis amigos y amigas gays, bisexuales y lesbianas, de las parejas del mismo sexo que han formado una familia, de los hijos que tienen y crían con el mismo cariño y amor que el resto de parejas. “No puede ser. Eso es un delito. Y una monstruosidad. ¿Cómo dos mujeres van a criar un niño? ¿O dos hombres?” Les expliqué las ventajas de educar en la diversidad e intenté hacerles ver que la mente cerrada es el mayor peligro para una persona. Mis palabras cayeron en saco roto. Cambiaron de tema. Y le dieron un trago largo a su refresco de malta.

En ocasiones como esta, fíjense ustedes, la mente se me va hasta Berlín y la Guerra Fría para recordar el discurso de John F. Kennedy el 26 de junio de 1963: Ich bin ein Berliner, soy un berlinés. Pues eso, yo también me siento homosexual. Me indigna el rechazo, el encarcelamiento, la discriminación y el trato abusivo que sufren en este país y en muchos otros de África y del mundo, personas iguales que yo y con los mismos derechos. Son perseguidas sólo por sentir diferente o por elegir seres humanos de su mismo sexo para acompañarles en la cama… o en la vida.

Un niño diferente

Pensé entonces en un pequeñajo de los que acuden a diario a nuestra ventana. Esa ventana de casa que es una ventana abierta a África. Recordé una tarde, de hace unos meses. Elena y yo caminábamos por la playa de Ada. Íbamos a nuestro aire, comentando nuestras cosas y de repente alguien nos llamó. Nos paramos y nos dio alcance. Era uno de nuestros amiguitos. Nos saludó cortésmente y nos pidió permiso para acompañarnos.

No tendrá más de 10 años. Es un niño diferente. Aquí, en nuestro pueblo, los roles de niños y niñas están muy diferenciados y cumplen a rajatabla los estereotipos.

Los niños son brutos, kamikazes, se pegan, nunca lloran, le dan a la pelota, van siempre sucios y aplican la ley del más fuerte. Las niñas son más dulces, lloran, te buscan la mano, juegan en la arena, intentan alisarse los harapos o arreglarse cuando les vas a hacer una foto y siempre están a merced de lo que opinen sus hermanos mayores o varones de la familia.

Este niño que nos acompañaba no es como los demás. Se nota en el trato. En los gestos. En las muestras de cariño. En la forma de vestir. En sus movimientos. En su tono de voz. En su forma de relacionarse.

Seguimos andando por la playa, cada vez más lejos del pueblo, y en un momento dado metió la mano en su mochila escolar y sacó unos zapatos con tacones. ¿Pueden imaginarlo? Nos dijo que los había comprado en el mercado diciendo que eran para su hermana. No se atreve a llevarlos en el pueblo. Se los puso para caminar con nosotros.

La situación era curiosa. Primero, porque caminar por la arena con tacones es prácticamente imposible. Segundo, porque él estaba feliz. Se sentía libre de miradas y comprendido. Lucía sus tacones con orgullo. A nosotros nos entraron ganas de llorar. En un momento dado, volvimos sobre nuestros pasos. La noche caía y los mosquitos empezaban a dejarse ver. Cuando avistamos las primeras casas, nuestro pequeño amigo, sin que nadie le dijera nada, se descalzó nuevamente, sacó una bolsa de plástico de la mochila, guardó sus tacones y volvió a ponerse unas chanclas.

Se le borró la sonrisa del rostro. Se puso serio. Durante toda la escena nadie dijo nada. Sólo hubo intercambio de miradas y un enorme abrazo por nuestra parte. Queríamos decirle que le apoyábamos, que delante de nosotros podía vestirse como quisiera, que estábamos con él. Caminando por el pueblo vimos como otros niños le hacían burla y con el paso de los meses hemos sabido que le hacen el vacío, que hay habladurías, que se dirigen a él con desprecio. Es una injusticia. ¿Qué hacer en estas circunstancias?

Homosexualidad en Ghana

La homosexualidad está penada en la ley en Ghana, con hasta 25 años de cárcel para las relaciones entre hombres. A las lesbianas directamente se las invisibiliza. No existen para la ley. El presidente de la República, John Atta Mills, declaró en noviembre pasado que “ellos no apoyarán a los homosexuales”. No van a legalizar la homosexualidad. Cuentan con el apoyo del 88% de la población, según las estadísticas que maneja, y estamos cerca de las Elecciones de diciembre, que prometen ser reñidas.

Ser homosexual es una aberración, según los representantes religiosos de todas las Iglesias y confesiones religiosas del país. Tanto cristianos de todo tipo como musulmanes y tradicionalistas. Todos están a una en este tema.  “Si la homosexualidad es tolerada, la raza humana se extinguirá”, declaró abiertamente el Reverendo Stephen Wengan, hace unos meses, en un artículo escrito para Ghana Broadcasting Corporation -el principal medio de comunicación público del país-.

El año pasado, Raul Evas Aidoo ministro para la región occidental de Ghana ordenó a las Fuerzas de Seguridad detener a todos los gays y lesbianas que hubiera en el oeste del país y exhortó a los propietarios e inquilinos de viviendas a denunciar a toda persona a la que consideren sospechosa de ser gay o lesbiana.

La Constitución de Ghana garantiza la protección de los derechos humanos para los ciudadanos ghaneses, cualquiera que sea su raza, lugar de origen, opinión política, religión, creencia o género… pero olvida, intencionadamente, mencionar su orientación sexual.

Reacciones internacionales

Cuando a finales de 2011, durante una reunión de la Commonwealth, en Australia, el primer ministro británico, David Cameron, declaró que supeditaría la ayuda al desarrollo del Reino Unido a África a los países que avanzaran en derechos humanos, y especialmente, en derechos de las minorías sexuales, las reacciones furibundas de todas las fuerzas políticas de Ghana y de otros países no se hicieron esperar. Fue una vergüenza y en los periódicos, radios, digitales y televisiones más relevantes no escuché ni una sola voz que se alzara a favor de la diversidad afectivo sexual.

La tendencia de supeditar la ayuda al desarrollo al respeto a los derechos de las minorías sexuales también parece secundarla la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton. Durante su última visita a la región hace pocos meses, declaró la misma política que el mandatario británico. Otra vez protestaron los líderes religiosos, políticos, asociaciones de padres y autoridades comunitarias y educativas, incluidos los chiefs tradicionales.

Amnistía Internacional ha denunciado en numerosas ocasiones que el acoso, la discriminación, la violencia, la persecución y los asesinatos cometidos contra personas por su orientación sexual o identidad de género están aumentando en los últimos años alrededor de África Subsahariana.

Muchos políticos en estos países no sólo no protegen a estos ciudadanos y ciudadanas en peligro, sino que a través de sus declaraciones incitan a su discriminación y persecución, como en el caso de Ghana.

En Camerún, por ejemplo, siete hombres fueron detenidos hace un mes bajo leyes que prohíben conductas sexuales entre personas del mismo sexo. Desde 2011, 13 personas han sido arrestadas en ese país en base a estas mismas leyes. En Sudáfrica, los ataques contra personas homosexuales no son investigados, creando un clima de impunidad para los perpetradores. Y no se trata de casos aislados. Podría hablar de las sanciones impuestas en Malawi y Mauritania o de los exabruptos del presidente Robert Mugabe en Zimbaue, diciendo que los homosexuales son peores que perros y cerdos. Es una tendencia en esta parte del mundo. En algunos estados del norte de Nigeria, donde rige la sharia -ley islámica- la homosexualidad se castiga incluso con la muerte.

Silencio en los medios

En Ghana las asociaciones de gays y lesbianas existen, pero son minoritarias y tienen muchos problemas para hacerse escuchar. Desde luego no están registradas oficialmente. Nadie les dedica un mínimo espacio en los medios de comunicación y sólo en Internet y en publicaciones extranjeras encuentran cierto eco. La situación no ha llegado a ser tan grave como en Uganda, donde las leyes son más duras y las autoridades han disuelto recientemente encuentros y reuniones de gays y lesbianas, pero el escenario es similar en cuanto a la represión y el hostigamiento.

En mi propia emisora comunitaria, Radio Ada, mantuvimos un debate al respecto en la Redacción y me encontré solo. Las opiniones aquí no eran agresivas. La democracia es un valor aprendido y nadie me insultó, como he escuchado en otros lugares, pero no quisieron abrir el debate en antena. Nadie se atreve a defender la homosexualidad por miedo a quedar señalado.Trabajo desde entonces para que esto cambie.

Considero fundamental que en los medios de comunicación se visibilice. La homosexualidad, han llegado a decirme en otros foros, es un legado europeo, una más de las lacras colonialistas que los extranjeros hemos dejado en África. “No es parte de nuestra identidad. Ningún africano es homosexual”.

No es extraño encontrar noticias en el periódico tipo “Lesbianas intentan someter a sus prácticas sexuales a menores en un colegio de Tamale”, “Los homosexuales deben dejar el país”. Es terrible pero ocurre con normalidad.

Otro sencillo ejemplo de discriminación

El día de la independencia de Ghana, 8 de marzo, los compañeros de Elena en los servicios de salud del distrito organizaron una fiesta en la playa. Comida, música y bebida para estrechar lazos entre compañeros, familiares y visitantes. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, una de las personas homosexuales que conozco no fue invitada a la fiesta por ser gay. Imaginen la tristeza y la decepción.

Al día siguiente, nos encontramos en la carretera de Ada Foah, esperando ambos el tro-tro para dirigirnos al trabajo. “¿Qué tal la fiesta?”, me dijo. “Bien, divertido: música, juerga, baño en el río”, respondí. “A mí no me invitaron, ¿lo sabías?” Otra vez apareció la impotencia, el sentimiento de dolor.

Escribo estas líneas en Ghana en un día especial, el día del Orgullo Gay que espero que se celebre por todo lo alto en mi ciudad, Madrid.

Pienso en las miles de personas que salen estos días a la calle y gritan en libertad que son homosexuales, lesbianas, bisexuales o transexuales. Y lo comprendo perfectamente. No cantan, bailan y se dejan ver sólo por ellos. También lo hacen por estas personas, aquí en Ghana y en tantas otras partes del mundo, que no pueden hacerlo. Soy heterosexual, pero defiendo el derecho de toda persona a tener la orientación sexual que le plazca. Y no lo olviden, no es un capricho, sino un derecho humano.


Los ladrillos de Anyakpor

Los ladrillos de la nueva escuela de Anyakpor, 1.580 en el momento de escribir estas líneas, los ha fabricado uno a uno Kofi, un albañil honesto y trabajador de Aflao, en la Región del Volta. Él es el más currito de este proyecto. Construir esta escuela ha sido una experiencia nueva. Apasionante. Desesperante. Otra vez apasionante. Y más tarde realmente satisfactoria.

Empezamos trabajando en esta comunidad en noviembre de 2011, ya lo saben, construyendo bancos y mesas para una escuela que parecía un centro de acogida precario. Nuestros alumnos –97 menores sin recursos, algunos huérfanos- se sentaban entonces en la arena. Más tarde -en marzo de 2012- llegó el material escolar. Hasta ese momento, hacían cuentas también sobre la arena.

El progreso

Después, estuvimos valorando presupuestos para traer agua potable a la escuela,  luz eléctrica y construir un baño que contribuyera a mejorar las condiciones higiénicas de los menores.

He contado otras veces que Anyakpor es una comunidad pobre entre las pobres. Aquí muchos niños y niñas no reciben educación, duermen en el suelo, no tienen las necesidades básicas cubiertas. Sus padres no pueden pagar las tasas ni los uniformes ni el material escolar para que sean aceptados en un colegio público. Algunos ni siquiera tienen padres. Viven acogidos en otras familias de la comunidad.

Desechamos las ideas anteriores tras tener varias reuniones con las autoridades locales. En diciembre habrá Elecciones y el Gobierno quiere electrificar antes la parte a oscuras del país -30% según las estadísticas, mucho más amplia en áreas rurales como esta-. Entre sus apuestas puede estar la comunidad de Anyakpor. Los políticos locales hacen lobby para ello. “Estamos cerca”, nos dijeron.

En otra comunidad, Futuenya, donde vivimos, tampoco había electricidad pero llegó hace dos meses. Fue a lo bruto, como se hacen muchas cosas aquí. Aparecieron unos trabajadores, blandieron sus hachas, se cargaron el árbol de mango de la entrada de casa, talaron cuantas palmeras encontraron alrededor y arrasaron con todo lo que pudieron. Trajeron la luz, sí, y ahora los vecinos que pueden pagarla –7 familias de 300- se alumbran con bombillas, pero el entorno está arrasado.

Quienes no pueden pagar las facturas, como los que viven más cerca de nuestra casa, siguen alumbrándose con hogueras y candiles. El progreso está a la puerta de sus chabolas. Pueden verlo, tocarlo, pero no disfrutarlo. También se han quedado sin los mangos del árbol y sin los cocos de las palmeras. ¿Para eso trajeron la luz? Pero esa es otra historia…

Iglesia, escuela o centro de acogida

La anterior escuela de Anyakpor no era tal, sino una iglesia con poco uso o un centro de acogida temporal. Sí, topamos con la Iglesia.Y un buen día decidieron utilizarla para el fin para el que fue construida: dar misas y tener encuentros religiosos, así como estudios bíblicos, catequesis y todo lo que quisieran. El edificio es suyo y hacen lo que quieren con él. No nos echaron a la calle. Venían cediendo el local desde 2008 y al ver a unos blancos –dólares con patas– entendieron que cada cual en su casa y Dios en la de todos.

Entonces decidimos ponernos manos a la obra para construir una nueva escuela que mejorara las condiciones de los niños y niñas. Llegamos a un acuerdo con los servicios sociales, los líderes comunitarios, el chief de Anyakpor -que se lleva 10 cedis por consulta- los padres y tutores de los alumnos, el Pastor que guía nuestro proyecto -sí, ya está dicho, sin la religión es imposible impulsar nada aquí- y todas las personas que consideramos influyentes.

Pedimos varios presupuestos y ninguno se parecía a otro. Tampoco había maestros constructores que nos dieran seguridad. Ser blanco en África abre muchas puertas, pero también eleva los costes y dispara la imaginación de las personas a las que entrevistas.

Para contrastar la información que habíamos recogido acudimos a Peter, delegado de la ONG holandesa Foundation for build -dedicada a la construcción de escuelas, baños y otros servicios en Ghana-. Nos dio las indicaciones básicas, tras terminar el queso manchego que quedaba en nuestra despensa y darle un viaje a un vino español que ocultábamos en el fondo de un armario. Fuimos para adelante. Con casi 4.000 euros se podía construir una escuela.

Campo de refugiados

Cuando nos mudamos de la Iglesia/centro de acogida, todavía no estaban puestos los cimientos de la nueva escuela de Anyakpor y los niños y niñas dieron clase en un improvisado campo de refugiados, montado para la ocasión. Un puñado de tablones, dos lonas y a correr. Al menos no estaban todo el día en la playa y se convertían en testigos privilegiados de cómo avanzaba su escuela.

En mitad de una extensión de tierra que el Pastor había adquirido con donaciones de amigos, el cepillo de la iglesia, aportaciones de la comunidad y una rebaja tras arduas negociaciones con el Chief y otras autoridades locales, instalamos esta escuela provisional y comenzamos las obras de la definitiva. También se iniciaron los trámites necesarios para el registro y legalización de la escuela. En un futuro próximo podrá contar con el apoyo del Gobierno local.

Los obreros

Decidimos contratar a una cuadrilla de tres albañiles y tres carpinteros, y contar con 16 voluntarios de la comunidad. Estarían liderados espiritualmente por el Pastor James y supervisados por nosotros.

Jon, el carpintero jefe, se encargó de acompañarnos a hacer las compras en Kasseh. Seleccionamos las maderas para la estructura y el techo, las de más calidad y las más resistentes. Compramos los pilares, las vigas, los clavos, las planchas de aluminio… una lista interminable, que discutimos durante días. Era viernes 11 de mayo y a última hora de la tarde todo el material estaba descargado en Anyakpor. El lunes comenzaríamos a trabajar.

Transcurrió el fin de semana y el lunes me acerqué a las obras. Sorpresa. Ningún carpintero se había presentado. Jon se había dado a la fuga. De hecho, permanece en paradero desconocido desde entonces. Tengo ganas de echármelo en cara.

Y el resto no había comparecido, salvo Kofi, el albañil formal que encabeza este texto. Los padres de los alumnos que debían colaborar en el trabajo comunitario andaban desperdigados. Justo en estas fechas, estación de lluvias incipiente, comienza la temporada de “farming” y los terratenientes contratan agricultores a cambio de comida y un pequeño jornal. Por contra, a la mayoría, nosotros les habíamos ofrecido sólo comida y  bebidas. En eso consiste el trabajo comunitario y voluntario. Era lo convenido, pero en Ghana lo convenido es papel mojado por muchas reuniones previas que hayas tenido.

Así que ahí estábamos. El Pastor con su Biblia, algunos fieles secundándole -sin trabajar, pero haciendo bulto- y el blanco poniéndose colorado de indignación. Cargamos 100 bolsas de cemento, un camión entero de grava y fuimos a buscar a otros trabajadores. Las mujeres colaboraron más que nadie. Sus cabezas soportaban a veces 50 kilos de peso.

Me sentía un reclutador militar. Casa por casa, le preguntaba a quien abría si tenía hijos en nuestro colegio. Si era así, me los llevaba de una oreja. Era un auténtico baefono. Un auténtico capataz. La cabeza volvía a darme mil vueltas. Por fin, a la hora de la comida, las doce del mediodía, reuní una cuadrilla y empezamos a trabajar.

Como en todas las obras, a pesar de la planificación, los presupuestos y todo lo que ustedes quieran, los materiales no fueron suficientes y los plazos no se cumplieron. En una semana, fundimos casi todo el fondo de compensación que había reservado -20% extra-, pero al final, estirando, reduciendo bebidas y transportes, economizando y solicitando nuevos apoyo llegamos a puerto.

Hubo que hacer dos viajes más a Kasseh, comprar más madera para la estructura, más planchas de aluminio para el techo, recuperar unos clavos olvidados en la ferretería y discutir con unos y otros, además de hacer frente a situaciones curiosas.

Ya saben que en Ghana, los funerales son una fiesta y todo el mundo que está invitado acude, sí o sí, tenga o no que trabajar. En nuestro caso, se celebraba un funeral por un familiar lejano de uno de los trabajadores. Era una persona muy querida y los festejos comenzaron en la comunidad un jueves y terminaron un lunes. Perdimos cuatro jornadas de trabajo -aquí los sábados son laborables- y no se podía hacer nada, salvo dar el pésame  y esperar.

Sueño hecho realidad

Por fin, el 6 de junio terminamos la primera fase. Hemos mejorado sensiblemente la situación que encontramos en noviembre. Tenemos un espacio suficiente para que 97 niños y niñas den clase con cierta normalidad y lo hemos hecho con la época de lluvias encima. Nuestra estructura les cobija ahora con seguridad. Cinco líneas de ladrillo a la vista en las paredes -más dos bajo tierra que sostienen la construcción-, un suelo de cemento, tejado de doble hoja de aluminio y pilares y vigas resistentes e integradas en el entorno. Los niños no han estudiado en un lugar así en su vida. Estamos satisfechos. Esperamos que ustedes también.

La educación en Ghana, como en toda África, es fundamental y precaria. El 35% de la población en este país es analfabeta. En esta región la estadística alcanza el 65%. Construir una escuela es dotar de una pequeña esperanza a la comunidad. No creo que ninguno de los 97 menores que tengo delante ahora llegue nunca a la universidad. Lo digo con pesar. Con mucho pesar. Pero también creo que estos 97 elementos sabrán leer y escribir cuando salgan de aquí, se expresarán correctamente en su lengua local y en inglés, el idioma oficial, conocerán las cuatro reglas de matemáticas para desenvolverse en el mercado y puede que tengan una oportunidad de mejorar sus vidas. Con eso nos basta.

Hemos pasado muchas noches sin dormir, nos hemos dejado la garganta, he estado a punto de practicar el canibalismo, incluso el magnicidio al querer atentar contra el Pastor y nos hemos sentido engañados y defraudados en algunos momentos por los líderes comunitarios, los obreros, los servicios sociales y los proveedores. Pero también hemos disfrutado mucho. Hemos sacado fuerzas de flaqueza, hemos encontrado gente maravillosa y desinteresada dispuesta a no dejar que nos rindiéramos y, lo más importante, hemos cumplido el objetivo de construir una escuela digna. Los fondos los han aportado ustedes, lectores, visitantes, amigos, familiares. Qué podemos decirles. Gracias por hacer este sueño realidad.

Las visitas de estos días, Ana y Rafa, han traído más fondos y hemos decidido, con el apoyo de las personas implicadas en el proyecto, ampliar una clase más, separar los ambientes y lograr más espacio y comodidad para los alumnos. Nos cuesta unos 1.500 euros al cambio. Y en eso estamos, otra vez reclutando obreros, comprando material y empantanados hasta las orejas. Pero felices. Gracias por el apoyo y la confianza, de verdad.


Tras los barrotes

Hace más de 10 años que entré por primera vez en el talego. Por suerte fue como visitante. Ocurrió en Valdemoro. Todos los sábados un grupo de voluntarios de la ONG Solidarios para el Desarrollo se reunían en una cafetería del barrio de Moncloa. Desayunaban antes de ponerse en marcha hacia diferentes prisiones de la Comunidad de Madrid. Otros voluntarios hacían lo mismo en Granada y Sevilla.

Aquella primera vez para mí nos acompañaba la escritora Espido Freire. Ella parecía más nerviosa que yo. Sin embargo, poco a poco fue metiéndose a los internos en el bolsillo. Dio una charla distendida y agradable. Acababa de ganar el premio Planeta y empezaba a despuntar en España. Lo que es la vida, ahora me ha dado por acercarme a aquella novela, “Melocotones Helados”, que descubrí con su autora en la cárcel.

Y es que la cárcel marca. Incluso cuando uno va de visita. Impresiona cuando se abandona. Llevo grabado en la memoria auditiva el estridente sonido de la última puerta que se cierra una vez que sales. Tú estás fuera. Ellos están dentro. Qué mal rollo. Igualmente, llevo grabado el mismo sonido de la última puerta que se cierra una vez que entras… ¿y si te quedas ahí? Qué mal rollo también.

Los voluntarios organizaban aulas de cultura en las cárceles, partidos de fútbol, exposiciones de fotografías, recitales de poesía y talleres de teatro y crecimiento personal. Xavi, periodista y agitador social, incluso montó una revista literaria de gran calidad escrita por internos, El Espejo del Perro, en el Centro Penitenciario de Soto del Real.

Solíamos decir que estas actividades, conferencias, presentaciones de libros o películas eran un soplo de aire fresco en un ambiente viciado. Silvia, Marisa, Sonia, Ada, Cristóbal, Juan, Beatriz, Alfonso, José Carlos, Carmen, María José, Quique, Chema, Teresa, David, Cristina, Alberto… eran los fijos cada semana. Algunos todavía siguen.

Personas y nada más que personas

La lección que aprendí en mis visitas a las prisiones es que los internos son personas. Ya ven, lo mismo les parece una obviedad. Pero con demasiada frecuencia se olvida.

Quienes allí nos esperaban habían cometido errores, delitos graves o auténticas barbaridades, pero eran personas en cualquier caso.

Recuerdo haber tratado con internos que menudeaban con droga, con otros que hacían de correo en vuelos directos que les llevaban del aeropuerto de Bogotá a prisión por cargar cantidades ingentes de cocaína encima, un preso del GRAPO cuya causa parecía ya desfasada y que seguía chupando condena sin esperanza de que fuera revisada, algún hombre de negocios influyente que había ocupado muchas portadas en prensa encerrado por asuntos turbios y pobres diablos a los que habían cogido con las manos en la masa dando un palo en una gasolinera.

Evitábamos preguntar por qué estaban allí. La sociedad, o la justicia para ser más exactos, ya les había juzgado. No queríamos que nos influyera su delito a la hora de tratarlos. Pero a veces era imposible no saber. Ellos no solían tener problemas en airear su curriculum. A todos, el juez les había tratado con demasiada dureza, su abogado defensor era un paquete y lo que de verdad había pasado es que se encontraban en el lugar equivocado y todo era culpa de las malas compañías. “Dame un trujas, colega, y a ver si nos encontramos fuera”. La libertad, cuando uno está en la cárcel, se convierte en una obsesión. Supongo que lo entienden.

Los centros de reclusión que yo he visitado: Valdemoro, Navalcarnero y Soto del Real precisaban mejoras. Una mano de pintura, una calefacción que funcionara mejor, más aparatos para el gimnasio, una biblioteca más completa, menos densidad de población por módulo, servicios y duchas un poco más decentes, más funcionarios para tantos presos, comida más variada, así como más asistentes sociales, más orientadores laborales, más psicólogos especializados y más recursos en los servicios sanitarios o programas de reinserción más desarrollados. Pero parecían lugares donde vivían personas. No eran tan desagradables como a veces los pintan la literatura o el cine.

Peor que a los animales

Hace cinco años, Elena y yo fuimos juntos a Brasil y navegamos una parte del río Amazonas, desde Manaos a Tefé, una pequeña ciudad enclavada en el corazón de la selva. Allí nos acogió el padre Melòn, de Togo, y su congregación de misioneros combonianos. Conocimos su trabajo social, admirable, y entre sus actividades estaba la de visitar semanalmente la prisión del lugar. El olor nauseabundo, el hacinamiento de personas en las celdas y la suciedad que les rodeaba nos dejaron impresionados. Fue un descenso al infierno. La imagen que yo tenía de las cárceles era otra, más humana. No digo que en España se trate de hoteles, porque no lo son, pero desde luego que se apreciaba una gran diferencia.

 Hace pocos días, en Ada Foah, fuimos a la comisaría de policía por un simple trámite administrativo. El oficial que atendía el mostrador no sabía resolverlo así que se fue a buscar al jefe, que vive en la parte de atrás del pequeño edificio policial. Es una especie de casa cuartel, como las que abundan por la geografía española y albergan a las familias de la Guardia Civil.

Durante su ausencia, aprovechamos para husmear. A la izquierda del mostrador, se encontraba el calabozo. Era una habitación de 3 x 3 metros y estaba oscuro. No había ventanas ni luz en el interior. Se escuchaban unas voces. Nos pegamos a los barrotes y vimos un panorama desolador. Varios hombres a medio vestir, sin un lugar donde hacer sus necesidades, sin camas donde acostarse, con colchonetas repletas de todo tipo de manchas y el mismo olor, la misma suciedad y la misma falta de higiene que hace años habíamos percibido en Tefé.

Amnistía Internacional denuncia

Días después, Amnistía Internacional presentó un Informe sobre la situación de las prisiones en Ghana y sus conclusiones son demoledoras. El hacinamiento es común en las cárceles de este país. Las infraestructuras son menos que mínimas. La comida es escasa y de mala calidad. Muchas veces son los familiares de los presos los que tienen que llevar los alimentos. Las condiciones sanitarias son precarias y la higiene brilla por su ausencia. Muchos internos orinan y defecan en un cubo de plástico, a la vista del resto de compañeros de celda. El agua es escasísima y no da para asearse.

Además, el sistema judicial es lento hasta decir basta. Actualmente, hay 3.000 personas encarceladas sin haber sido acusadas por un tribunal. Están esperando juicio. Algunas llevan años de tensa espera y siguen sin tener una fecha de audiencia.

Los condenados a muerte en Ghana -la pena capital sigue vigente aquí y el debate no parecen abordarlo los gobernantes- están separados de otros internos y no se les permite realizar actividades en los patios. Esto agrava su condena. En el momento de publicarse el informe había 138 personas esperando ser ejecutadas, aunque hace unas semanas otra más ha sido condenada a la horca.

Amnistía Internacional también dice que en muchas celdas no hay camas, ni siquiera catres,, sino colchonetas en el suelo. En ocasiones, cubren toda la superficie. Los cuerpos están unos junto a otros y no hay espacio vital para moverse o levantarse sin pisar o incordiar a la persona que duerme al lado.

En nuestra visita a la cárcel brasileña recuerdo que vimos hamacas. Aquí las colchonetas no superan los diez centímetros de grosor, están sucias y parecen tener muchos años de uso y haber servido a muchos inquilinos, sin una sábana que las cubra. El suelo está repleto de cucarachas y de otros insectos. Crecen, se reproducen y campan a sus anchas entre la suciedad. El clima tropical y la humedad tan elevada también aumentan la densidad del ambiente. Aquí sí que está viciado y ahora no es una metáfora.

Funcionarios, no carceleros

En Ghana muchos de los internos no han podido entrevistarse ni una sola vez con sus abogados sin la presencia de funcionarios que escucharan sus conversaciones. Imaginen qué impotencia deben sentir si ni siquiera pueden hablar con libertad.

Los testimonios de algunos funcionarios de prisiones coinciden con las denuncias de la organización de derechos humanos. Ellos también quieren cambios. Esta actitud es clave. Igual que en España. En mi experiencia y en la de otros voluntarios que llevan años trabajando en el entorno penitenciario, la gran mayoría de los funcionarios tampoco son como los de las películas, sino que también se trata de personas -otra obviedad- que hacen un trabajo público y no disfrutan con el sufrimiento ajeno, por lo que no tienen tendencia ni interés en agravarlo.

Entre los presos se dice que el funcionario lleva más condena que el interno. Al fin y al cabo a ellos los soltarán en unos años. Los otros tienen que esperar hasta la jubilación para dejar la cárcel.

Para que las prisiones cumplan su verdadero papel de reinserción es clave respetar las condiciones humanas en el trato a los internos. Nadie merece vivir en la inmundicia por muy grave que sea su delito. Los presos también tienen derechos humanos.

Un Estado democrático lo es más cuando protege a los más débiles de su sociedad. Y las personas encarceladas son un colectivo vulnerable. Recientemente, en Ghana se ha aprobado una ley por la que los presos podrán votar en las Elecciones Generales de diciembre. Es un buen avance, pero las autoridades podrían continuar y mejorar las condiciones de vida de quienes viven privados de libertad, al menos hasta alcanzar lo que marcan los tratados internacionales firmados y ratificados por el Estado ghanés. No es un capricho sino una obligación.

Ghana es un país que despierta en el escenario financiero africano y que atrae inversión extranjera. Es clave en la región y sus indicadores económicos son permanentemente reconocidos por la comunidad internacional e instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. No vale sólo con crecer en términos estadísticos para avanzar como país y como sociedad. Si Ghana no crece en respeto a los derechos humanos, su desarrollo será incompleto y seguirá siendo un país pobre.


Hola, señor Ministro

El 3 de mayo se celebra el día mundial de la libertad de prensa. A menudo, quienes hemos vivido casi siempre en democracia olvidamos lo que significa tener una prensa libre. Hoy, eso es una quimera en muchos lugares.

En Somalia, Gambia, Sudán, República Democrática del Congo, Zimbabue o Guinea Ecuatorial mirando de reojo y sin mucho esfuerzo hacia África criticar al poder te puede costar la cárcel o la vida. En México, las redes del narcotráfico caen contra quienes osan denunciar sus tropelías. En Colombia, uno es acusado de terrorista o se convierte en objetivo militar por criticar los desmanes de paramilitares, fuerzas gubernamentales o guerrilla, según a quien denuncie. En Rusia, opinar sobre Chechenia o poner en duda la democracia de Putin; en Turquía alzar la voz en defensa del pueblo kurdo; en Marruecos, decir algo en contra del Rey o mentar la causa saharaui . Todas ellas pueden ser actividades de alto riesgo para tu seguridad. Sin olvidar Cuba, donde el régimen de los Castro sigue infringiendo una feroz censura contra periodistas y disidentes; o China, uno de los casos más flagrantes en cuanto a cantidad de detenidos, con personas como el escritor premio Nóbel de la paz, Liu Xiaobo, encarceladas por pedir democracia. Hay ejemplos en muchos otros rincones del planeta. La lista es larga y sigue creciendo, y afecta también a aquellos lugares que nos llenaron de esperanza hace un año, como Túnez o Egipto.

Los medios en Ghana

Ghana vive en democracia desde 1992 y eso se nota en sus medios de comunicación. Los hay críticos con el actual presidente, John Atta Mills, y los hay serviles con su gestión. Pero, por fortuna, hace más de una década que no se registran ataques ni medidas represoras contra periodistas.

En Ghana, el problema es el monopolio de los medios de comunicación, una enfermedad que comparten las sociedades más avanzadas. Aquí los medios de comunicación son públicos -pertenecen al Estado y sirven a su amo sin disimulo. Son frecuentes los artículos patrióticos o las referencias al orgullo del pueblo-; privados -en manos de influyentes hombres de negocios en connivencia con políticos que los intentan aprovechar a su antojo… Piensen en Italia y Berlusconi y tendrán una imagen semejante-; y comunitarios -pertenecen a las minorías olvidadas del país, no están concebidos para lograr beneficios económicos sino para servir a las personas humildes y pretenden silenciarlos con trabas administrativas de todo tipo-.

En este escenario, los marginados, las personas iletradas -muy numerosas en Ghana– se quedan fuera del acceso a la información. Ya les he contado otras veces por qué son importantes las radios comunitarias –no da para prensa escrita, televisión o Internet, dados los altos niveles de analfabetismo y la ausencia de electricidad en las zonas pobres. Los transistores, por suerte, aún funcionan con pilas y éstas son baratas y tienen una vida larga, como saben-.

Los medios comunitarios defienden la identidad de los pueblos que representan. Son 46 los grupos étnicos que conviven en Ghana, cada uno con su propia lengua, en un país de unos 25 millones de habitantes -el censo se está actualizando ahora-. Los medios públicos y privados usan el inglés y en ocasiones las lenguas mayoritarias: twi, ewe o ga, pero son las radios comunitarias quienes defienden la lengua de las comunidades pobres, a menudo la única que hablan las personas a las que pertenecen y la única vía de acceso al mundo que queda más allá de lo que abarcan sus brazos.

Haciéndose escuchar

El 3 de mayo, un centenar de estas personas acudieron a Acra, la capital del país, en representación de quienes quedan al margen de los grandes medios de comunicación. Fue un privilegio acompañarles. Venían a ver al Ministro de Información, que presidía los actos por el día mundial de la libertad de prensa en la sede central de la Asociación de Periodistas de Ghana. Él no esperaba la visita.

Un mes antes, la Red de Radios Comunitarias reclamó mi presencia en Acra y hasta allí me desplacé. Me gustan las reuniones en Ghana. Terminan con una bandeja de plantain -plátano macho-, cacahuetes, rodajas de piña o agua de coco. Aparte de esta frivolidad, destaca el espíritu colaborativo de todo el personal. Aquí no importa tanto si uno viene de una u otra organización. Importa la causa y a ella se entregan con frenesí, a veces enredados en discusiones bizantinas.

Diseñamos un “voice walk /paseo con voz” con una peculariedad. Sería una marcha silenciosa y con mordaza para simbolizar que, a pesar de tener voz, las personas de las comunidades no pueden levantarla porque no tienen altavoces para hacerlo. El paseo recorrería las principales arterias del centro de Acra, con pancartas y mensajes sobre el pecho. Culminaría en el lugar donde el Ministro de Información iba a dar su discurso con motivo de la fiesta periodística.

En el momento de la llegada, se entregaría una carta al Ministro con una petición clara: una ley que regule de forma justa y como un recurso público -al servicio de todas las personas- las ondas radiofónicas. Esa ley debería incluir el derecho de las radios comunitarias a existir y a poder emitir en sus frecuencias sin trabas como las actuales.

A día de hoy, funcionan en Ghana unas 10 radios comunitarias, pero hay regiones extensísimas como la Ashanti -capital Kumasi– u Occidental -capital Takoradi– que están silenciadas.

Planeamos también un calendario de tareas y repartimos las funciones en varios comités: Logística, Recursos, Comunicación, Movilización y Relaciones Institucionales. Como ocurre siempre en estos saraos, el tiempo fue pasando y no se concretaron las distintas actividades. Al final, todos acabamos haciendo de todo.

Imprimimos más de 50 hojas en A4 con mensajes para el Ministro, los periodistas que cubrirían su acto y para quienes vieran la marcha en la calle: “Estamos amordazados”, “Quítame la mordaza”, “Las ondas son un recurso público”, “la comunidad Jommoro está sin voz”…

También decidimos, como acción poética y subversiva, una vez que acabara la marcha, abalanzarnos sobre los canapés y refrescos destinados al Ministro y a los periodistas. Es una constante en todo el mundo. A los periodistas nos encanta comer gratis. Al fin y al cabo, quienes participarían en el “voice walk” son también periodistas en sus comunidades y esos canapés seguro que no los iban a catar en otra ocasión.

Madrugada tensa

La víspera, 2 de mayo, fui a Acra para ultimar los detalles de la marcha. Estuve junto a Kofi, Larry y Bismak empleado en la decoración manual de las pancartas, imprimimos octavillas y terminamos todos los flecos pendientes. Wilna y Lariba, cerebros de la operación, se afanaban en la redacción de un comunicado y de la carta que entregarían al Ministro. Que no se diga de la mujer africana. Aquí pusieron las ideas y fueron las portavoces. Y las más humildes, nos enseñaron a fabricar las mordazas en un periquete, cortando una tela naranja enorme en partes exactas.

Terminamos a las 21h. En mi caso, totalmente agotado, tras una maratoniana jornada que había empezado a las 6 de la mañana. Nos retiramos al hotel/pensión. Soñaba con una reparadora ducha y con una oportunidad de ver al Madrid celebrando la Liga conquistada momentos antes en San Mamés.

Cruzamos la ciudad y resulta que el hotel en el que íbamos a dormir se había pasado nuestra reserva por el arco del triunfo. Ya he hablado de esta extraña costumbre ghanesa en otras ocasiones, pero esa noche y en esas circunstancias fue especialmente desagradable.

Comenzó entonces una peregrinación por las pensiones de la ciudad hasta que conseguimos un alojamiento, a precio desorbitado, y tan alejado del lugar donde iniciaríamos la marcha al día siguiente, que nos obligaría a levantarnos antes de las 6 de la mañana para llegar a tiempo. Un desastre total. Además, por si fuera poco, según preguntábamos por habitaciones libres en los distintos alojamientos distinguí en una de las pantallas cómo Cristiano Ronaldo dejaba en evidencia al Real Madrid haciendo un corte de mangas en La Catedral tras saberse campeón. Pasada la media noche, pude meterme en el sobre.

El día d

Pocas horas después, estaba otra vez en pie, en mitad de un atasco infernal en Acra, avanzando hacia el lugar de partida del “voice walk”, un parque situado junto al World Trade Center de la ciudad y el Teatro Nacional.

Cuando llegamos, desplegamos las pancartas, comenzamos el reparto de actividades y explicamos la acción a los manifestantes. Me encontraba mal. Mami Yeira se apiadó de mi debilidad y me endilgó un arroz con pollo. Todavía no habían dado las 8 de la mañana. En ese momento me percaté de que no había desayunado ni apenas comido nada el día anterior. Mami Yeira venía de viaje desde los confines occidentales del país, durante toda la noche en un incómodo autocar ocupado hasta la bandera por sus compas de comunidad. Tenían más energía que yo. Venían a defender su derecho a expresarse en libertad. Mis quejumbreces pasaron a un segundo plano.

Arrancamos el “voice walk” a las 10 de la mañana y bajo el tradicional sol de justicia -que los actuales diluvios universales me hacen añorar- recorrimos Acra en silencio. 

Fueron dos horas de caminata hasta la puerta de la sede de la Asociación de periodistas de Ghana. Me dio tiempo a conectar en directo con Esther, de Radio Exterior, para contar en vivo cómo iba la marcha. Me recordó mis tiempos de reportero a pie de calle, hace más de una década.

Justo cuando el Ministro de Información terminaba su discurso, un infiltrado de Radio Ada presente en el acto, hizo sonar un cencerro y el centenar de personas que esperaba, agazapado, junto a la esquina de la puerta principal, invadió el espacio de forma pacífica y en perfecto orden. Despacito se dirigieron hacia el Ministro, sin intimidar, y situándose en uno de los flancos de la carpa donde se oficiaba el acto.

Pude ver la cara de sorpresa de los periodistas, la nube de cámaras que de repente apuntaron a los manifestantes, la dignidad con la que las personas de las comunidades lucían su mordaza y como, cuando estuvieron perfectamente cuadrados, entonaron a capella la sintonía de las radios comunitarias. Los pelos se me pusieron como escarpias.

Poco después, tres mujeres caminaron hacia el Ministro -en una sociedad machista este gesto tiene mucha importancia-, le saludaron con la mirada -aún portaban la mordaza- y le entregaron la carta con la petición de las Radios Comunitarias. Fue un momento solemne. Había merecido la pena tanto esfuerzo. Estábamos satisfechos. Como diría el mismo Jefe del equipo A: me encanta que los planes salgan bien.


En ruta por el Far West

Estábamos en el paraíso de ninguna parte, en los confines occidentales de Ghana, en el pueblito flotante de Nzulezo. Un lugar que nos dejó un sabor agridulce. Es un asentamiento humilde donde apenas viven 500 personas, dedicadas en su mayoría a la pesca en el lago que lo rodea. La tilapia es el pez estrella, como en casi todo el país.

Para visitar Nzulezo hay que sacar un ticket oficial en una oficina gubernamental. Te cobran también por la cámara. Hasta ahí, todo bien, siempre y cuando el dinero se emplee para beneficio de la gente local.

Mr Mohíno

Apareció Mr Mohíno, nuestro guía, y resultó que, como era época seca, el lago se encontraba a 45 minutos a pie de donde suele estar cuando las lluvias llegan. En marcha. Mr Mohíno ni siquiera nos dijo su nombre y tenía la fea costumbre de andar varios metros por delante. Por suerte, era sábado por la mañana y Beyin estaba desierto. Podíamos seguirle con facilidad. Ya saben, la gente local seguía celebrando la Semana Santa en sus iglesias. Atravesamos un vertedero y avanzamos por el no lago hasta que, en un momento dado, llegamos al agua. No cubría más allá de la rodilla y estaba estancada: imagen la cantidad de bichos y bacterias que acumulaba.

Nuestro guía nos dijo entonces que no había barcas suficientes y que teníamos que esperar a un grupo más grande. ¿Cómo? Elena reaccionó: “o manejas la barca, o la manejo yo, pero no me vengas con monsergas” El colega comprendió. Se dio media vuelta y acercó una canoa. De repente sí había. Debía de estar cansado porque salimos los primeros y a mitad de recorrido nos adelantaron cuatro chalupas. El ambiente en el bote era extraño. Llegamos a Nzulezo y, siento decirlo, no hemos encontrado gente menos amable en Ghana.

Habíamos pagado por la cámara, pero una vez allí no se podía fotografiar nada sin apoquinar otra vez. Nos negamos. Después, nos enseñaron una escuelita comunitaria. Nos sentaron en unas sillas y nos contaron una retahíla sobre la educación precaria y las necesidades que tenían que cubrir. No dudo que fuera todo verdad, pero cuando quise pegar la hebra y contar que estamos trabajando en un proyecto parecido, que nosotros apoyamos una escuelita comunitaria en Ada, que cómo consiguen los libros y el material escolar, si el gobierno apoya o cubre los salarios de los profesores, si hay alguna organización detrás para obtener fondos, cuánto tiempo lleva funcionando y cuál es la actitud de los padres… me di cuenta de que no les interesaba nada de lo que dijera y que no tenían ninguna respuesta, que sólo estaban ahí para sacar unos cedis y punto. Fue desagradable. Y nos largamos con viento fresco.

Sin embargo, el destino nos tenía reservado una compensación. Costó llegar, como viene siendo habitual, y más si a uno le da por emprender la marcha en domingo de resurrección. Las calles y carreteras estaban vacías. Desolado paisaje. Los pueblos que cruzamos esa mañana parecían abandonados, auténtico Far West de las películas. Encontrar transporte era difícil, aunque no imposible. Era cuestión de cuántos cedis se podían poner encima de la mano oportuna.

Refugiados marfileños

Nuestra condición de voluntarios reduce mucho el presupuesto y en vez en de en cedis, pagamos en horas de espera. No había más de 30 kilómetros -de Madrid a Alcalá de Henares- hasta nuestro nuevo destino, pero tardamos tres horas en recorrerlo.

Esperamos el primer transporte tostándonos como lagartos. Primero avanzamos en dirección opuesta a nuestro destino, buscando una carretera principal. Lo logramos, sorteando al menos dos campamentos de refugiados, de los cinco que mantiene ACNUR en Ghana. Estábamos próximos a Elubo la ciudad fronteriza con Costa de Marfil y punto de encuentro y acogida de refugiados. 

En estos campamentos viven desde hace un año entre 16.000 y 18.000 personas. Huyeron a Ghana desde Costa de Marfil, después del conflicto interno de 2011, desatado tras las Elecciones Generales que perdió el ex presidente Laurent Gbagbo -es el primer exjefe de Estado enjuiciado en el Tribunal Penal Internacional por crímenes contra la humanidad-.

No pudimos entrar en los campamentos, pero sí nos hablaron de ellos y muchos refugiados paseaban por los pueblos vecinos con normalidad. Los campamentos son asentamientos a las afueras de otros pueblos. Las personas que allí viven tienen las necesidades básicas cubiertas -alimentación, alojamiento, sanidad básica, agua potable- y poco más. También tienen muchas ganas de buscarse la vida y muchas dificultades lingüísticas para conseguirlo. Costa de Marfil es un país francófono y Ghana anglófono. ACNUR proporciona educación primaria en francés para los menores -después, toca integrarse en un sistema inglés-, pero los adultos no lo tienen fácil. Las etnias, a pesar de la proximidad, en este caso no comparten lenguaje local aunque sí costumbres y clima. La falta de oportunidades es el problema.

Muchas de las personas refugiadas: hombres, mujeres, niños y ancianos temen regresar. En Costa de Marfil se desató una guerra civil y esto siempre provoca divisiones entre familias, comunidades, tensiones y miedo, mucho miedo a volver. Algunos incluso son excombatientes. Cuando uno se marcha, lo abandona todo y entonces… ¿para qué dar marcha atrás? Y encima hacerlo con las manos vacías, ¿qué pueden encontrar allí? ¿Paz? ¿Algún familiar? ¿Rechazo? ¿Represalias?

New and old Akwidaa

Le íbamos dando vueltas a este tema cuando el tro-tro llegó a un lugar donde no podía avanzar más en lo alto de una cuesta. Habíamos viajado por caminos de cabras traqueteando. Paró, desembarcamos y ahí nos quedamos. Estábamos en NewAkwidaa y teníamos que ir a Old Akwidaa. Algo así como Patones de Abajo y Patones de Arriba en Madrid pero al revés. Un chico muy amable nos invitó a seguirle entre ambos pueblos.

Se trataba de una aldea de pescadores, uno de esos lugares en Ghana donde las casas se construyen con bambú y techo de paja, a veces uralita, y puede que algo de adobe o cemento, depende del poder adquisitivo, a menudo muy escaso, de quienes las habiten. Sin calles trazadas, donde las lluvias pueden hacer estragos, con los niños compartiendo hábitat con animales, aguas estancadas, sin saneamiento ni servicios básicos. Un sitio humilde donde la gente hace acopio de dignidad para sobrevivir.

Cruzamos entre las casas y al llegar a la playa nuestro nuevo amigo nos señaló hacia el este. “Vuestro alojamiento está por allí “¿Cómo?” -dije- “Hacia allí, en línea recta, no dejéis la playa y llegaréis”. No tengo mala vista, hacia un calor agotador, con el sol abrasándonos la sesera, y no me lo podía creer. Casi una horita de caminata para descubrir un eco-lodge montado por una pareja de británicos -otros buscadores de sandalias perdidas-, enamorada del lugar y promotora de varios proyectos de turismo sostenible, empleando personal local y respetando el medio.

La coherencia obligaba a no contar con más luz que la de las placas solares, tener límites en el agua para ducharse y disponer de un váter donde los excrementos se disuelven hasta convertirse en compost o abono orgánico. Hasta que el proceso se culmina los olores se adueñan del espacio. Un pequeño sacrificio cuando uno no está acostumbrado. Pero como dice mi amigo Víctor, milana bonita, también parecía una molestia separar la basura en varios cubos hace años y hoy ya lo tenemos asimilado. Pues eso.

Los alimentos que allí se consumen son de temporada y salvo la cerveza, los refrescos o el vino, todo era del lugar. Buen proyecto, lleno de extranjeros, como no podía ser de otra manera. Las personas locales juegan en otra liga. Allí conocimos a Steffi y James, británica y australiano, broker de la city londinense y empleado de multinacional en Lomé. Una pareja, a priori, con intereses muy opuestos a los nuestros. Pero una noche de conversación, con unas copas de por medio e intercambio de experiencias, hace que las diferencias se evaporen. Es interesante aprender también de otros estilos de vida y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Al final de la velada, quedó un brillo de duda en sus ojos. Ninguno estaba del todo satisfecho con trabajar catorce horas al día, no verse casi nunca, vivir en hoteles, comer a diario en restaurantes o viajar por África en vehículo privado con chofer incorporado. Mala vida, buena gente.

A casa

El martes emprendimos regreso a Takoradi, junto a una pareja de alemanes, ambos voluntarios. Él había pasado seis meses trabajando en un proyecto con niños de la calle en las afueras de Kampala, Uganda, y ella regresaba este año a Ghana tras una estancia de varios meses en 2011 como voluntaria en la Región Central. No tenían mucho más de 20 años y ya atesoraban unas cuantas experiencias fuera de su país. Dudaban entre seguir estudiando o incorporarse al mercado laboral -claro, son alemanes-, y habían decidido viajar un tiempo por África. Ya lo conté una vez, pero uno siente envidia de estos chicos que hacen con poco más de 20 lo que uno se atreve con poco menos de 40.

La vuelta a Acra fue larga, pero cómoda. No sé cómo es posible, pero el caso es que existen unos autobuses elegantes y europeos que hacen el trayecto Acra-Takoradi en los dos sentidos en 4 horas. En varias ocasiones he preguntado por ellos a diversas personas, compañías de transporte y en estaciones de autobuses de la capital. Nadie ha sabido decirme de dónde parten en Acra. Sin embargo, en Takoradi, resulta facilísimo encontrarlos y se promocionan mediante altavoces a los cuatro vientos.

Fue llegar a Acra y darnos de bruces con un contraste de esos que duelen. Veníamos con un sabor de boca lindo, bronceados por el sol, encantados de haber variado nuestra dieta, hecho nuevos amigos y paseado por playas preciosas. Pero de golpe y porrazo rompíamos la maldita burbuja para ver de nuevo la realidad. Bajo el puente de la desesperación, en las proximidades del Nkrumah Circle, el corazón mismo de la ciudad, encontramos a una persona avanzando con medio cuerpo sumergido entre las aguas fecales, buscando cualquiera sabe qué. Una imagen terrible. La pobreza en estado puro. Sólo alguien necesitado de verdad bajaría a esas aguas inmundas jugándose la salud. Estábamos de vuelta.