Ka che mu Ke Lomo-Tetteh

Me llamo Lomo Tetteh. Es mi nombre en Dangme, la lengua que se habla en Ada. Elena es Lomo-Kie Maku. A ambos nos bautizó Mamma Ruth, la persona que más ha cuidado de nosotros durante los meses que hemos pasado aquí. Nos dio el nombre de su grupo étnico y nos ha acogido en su casa cada vez que hemos necesitado algo. Por suerte, en el grupo Lomo ya no se marca a sus miembros con pequeños cortes de cuchilla en ambas mejillas, una práctica ancestral que otros clanes siguen practicando para identificarse.

La primera semana de agosto todas las comunidades de Ada, con sus chiefs al frente se dieron cita en Big Ada para recordar la travesía que sus antepasados emprendieron hace siglos -imposible precisarlo- desde Sudán hasta la desembocadura del río Volta y alrededores, el lugar que este colectivo habita en la actualidad. Es lo que se conoce como festival Asafotu.

Pocas semanas después de llegar, en noviembre, asistimos a otro festival en la ciudad vecina de Keta. Ahora nos vamos de este país con el de nuestro pueblo. Al final son círculos que se cierran. También, cuando llegamos, celebramos mi 36 cumpleaños y ahora, que es momento de plegar las velas, acabamos de tirar de las orejas a Elena por sus 31 recién estrenados.

Como siempre ocurre en Ada, nadie sabe cuándo ni dónde empiezan los actos -o todo el mundo tiene y mantiene su propia opinión al respecto-, a pesar de que sea el acontecimiento cultural más importante del año y lleven meses preparándolo.

Da rabia marcharse ahora, justo cuando empezamos a comprender cómo funciona todo aquí, cuáles son los mecanismos mentales de la gente; incluso sabemos cuándo se puede confiar o no en alguien independientemente de las palabras que esté diciendo. Sabemos también cómo hacer las preguntas adecuadas para obtener respuestas que ofrezcan información útil y muchos otros trucos de andar por casa que hacen la vida más fácil. Ahora que estamos aprendiendo a manejarnos aquí, toca regresar. Contradicciones de las experiencias cortas en el extranjero.

Radio Ada, la fuente

El único lugar donde la información fluye y es creíble según los estándares europeos es Radio Ada y allí nos dirigimos el viernes en el que se inicia el festival. El pueblo, como el resto del país, se encuentra consternado por la muerte del presidente Atta Mills. Ocurrió el 24 de julio y todo apunta a que un cáncer de garganta acabó con su vida.

En los últimos días, se han desatado todo tipo de teorías, incluso las conspiratorias, y es que la salud del presidente ha estado en el candelero durante sus casi cuatro años de mandato. Él mismo tuvo que desmentir en dos ocasiones anteriores su propia muerte. Y también en los últimos meses fueron frecuentes sus viajes a Estados Unidos para tratarse una enfermedad no desvelada a la opinión pública.

La transición, por otra parte, ha sido pacífica, y John Dramani Mahama -vecino de fin de semana de Ada, por cierto- ha accedido al poder desde la vicepresidencia. Un ejemplo de democracia y de la apuesta de la gente de Ghana por la paz y la estabilidad, más necesarias que nunca en un entorno convulso. Habrá elecciones presidenciales en diciembre y, según todas las apuestas, Mahama ganará. Esta situación contrasta con lo que se está viviendo en Nigeria, donde los atentados de Boko Haram, radicales islámicos, siembran el terror y el caos en el país semana tras semana. O en Malí, inmerso desde hace meses en un conflicto que ha dividido el país, con radicales islámicos y tuareg levantados en armas frente a un gobierno de concentración nacional en Bamako. O con la inestabilidad de Costa de Marfil e incluso el movimiento de indignación que en Togo despierta contra los abusos de una familia presidencial que, bajo el paraguas de una pseudodemocracia, lleva casi 50 años al frente del país.

De todo esto hablamos en Radio Ada con Belinda, nuestra analista política. Llegó hace pocos meses y tiene una brillante carrera por delante. Igual que Laetitia o Nora, de continuidad, o mi núcleo duro de Informativos: Guideon, Daniel y Peter; así como Frida, Jakob, David o Charles; y los responsables del cotarro Kofi, Isaac, Emily o Angelica; y tantas personas que se quedarán para siempre en mi memoria. Me siento orgulloso de haber compartido tantos momentos con ellos.

Todos al río

El festival arranca con la llegada simbólica de los chiefs en canoa por el río Volta. Hay mucha expectación en el embarcadero de Big Ada, pero alguien anuncia que los jefes han decidido, en esta ocasión, hacer el recorrido andando y no por el agua, como es costumbre, en señal de respeto por la muerte de Atta Mills.

Nos desplazamos en tropel a la carretera y encontramos a los primeros chiefs y sus comitivas, vestidos con los colores funerarios solemnes en este país: el rojo y el negro.

Los grupos se parecen a las charangas que en España se juntan durante las fiestas populares. Visten los trajes tradicionales, lucen máscaras y símbolos tribales con orgullo, beben vino de palma en recipientes de calabaza y avanzan danzando al ritmo que marcan los timbales.

La sensación de caos es impresionante. No se ha cortado el tráfico en la única carretera que hay y el enjambre de personas, jefes, coches y tro-tros es tremendo.

El ruido también es ensordecedor y Michael, el hijo menor de nuestro casero, Mr Nartey, agarra con fuerza mi mano. Tiene 12 años recién cumplidos y es la primera vez que asiste a los festejos de su pueblo. Su padre nos lo ha confiado y nos abrimos paso, como podemos, entre el gentío. Elena y Jota hacen fotos hasta que sus dedos índices se contracturan.

Entre los personajes que aparecen entre la masa -miles de personas apretujadas en apenas 100 por 50 metros- destaca Gadafi, el primer lugarteniente del capitán Fadhi, nuestro curioso amigo. Gadafi marcha y baila con su comunidad. Seguirá haciéndolo durante toda la semana o durante todo el año. Es un hombre incansable -cruzó la frontera de los 50 hace tiempo- al que he visto sobrio en escasas ocasiones.

También nos encontramos con Albert, el enfermero que ayuda a Elena en el hospital, y a su hermano Jonathan, de 13 años, que se dio su primer baño en las aguas del Volta conmigo. Desde entonces nos une un vínculo especial. Durante el festival le juntaremos con Michael y los llevaremos otra vez a disfrutar del agua dulce. Gracias a Jota, protagonizaremos una batalla de dragones en la parte menos profunda del Volta, para regocijo de los pequeños y sorpresa de los adultos.

Junto a los juzgados, topamos con Mónica, una alemana de mediana edad que decidió dejarlo todo y recorrer el mundo hace décadas. Llegó a Ghana hace 12 años y se casó con Clemens, un rastafari con varios hijos a su cargo. Regentan un bar en Ada y viven dentro de una nube verde. Nos encontramos algunas veces y recuerdo que brindamos juntos por la Eurocopa que conquistó la selección española en junio pasado. Siempre están dispuestos a brindar, por lo que sea, y a encender otro cigarro.

Los chiefs siguen con su desfile y sus ritos. Se dirigen al río para realizar una ofrenda. Cada poco tiempo se detienen. Alguien baila para ellos, canta una canción o recita una oración. Podría parecerse a las saetas que se cantan durante las procesiones de semana santa en España, salvando todas las distancias, si es que eso puede hacerse. Tras un par de horas bajo un sol que amenaza, una vez más, con derretirnos, decidimos enfilar el camino de vuelta a casa. Recorremos andando casi cinco kilómetros comiendo el polvo que desprende la carretera tras el paso apresurado de vehículos.

Noche de fiesta

Ha caído la noche cuando volvemos a la calle. Los puestos ambulantes y la población de Ada Foah se han multiplicado por cuatro y el ambiente es parecido a los sanfermines o cualquier otra fiesta popular de nuestra tierra. En esto nos parecemos bastante. Miles de personas bebiendo, cantando, bailando y disfrutando. Cada poco tiempo, la luz se va. Demasiados bafles conectados a la vez. Todo el mundo pincha música al aire libre. Alcanzamos a ver al capitán Fadhi. Parece que se quedará 15 años dragando arena del Volta y ha decidido establecerse en tierra. Además del barco, ahora tiene casa propia y regenta un bar en la calle principal de Ada. Tiene previsto convertirlo en una pizzería, hacer una pista de baile e instalar luces de colores. De momento, es un chamizo con tres mesas al aire libre. Allí nos sentamos y, nada más aposentarnos, coloca una garrafa de cinco litros de vino tinto italiano para nuestro deleite.

Compartimos mesa con George, su inseparable guardaespaldas. Nos acompaña también una pareja española, Jon y Ángeles, que ha caído por casualidad en Mizpah, después de viajar durante unas semanas por Ghana. La camaradería se instala entre nosotros y seguimos la farra hasta casi el amanecer. Jota tira de galones, se arranca con unos pasos de samba y al trote cochinero demuestra que es verdad que hubo un tiempo en el que vivió en Brasil. El capitán pone salsa y música aflamencada por nuestra presencia. Elena también se echa unos bailes. Me recuerda a la noche que compartimos en este escenario con Elisa, Carlos e Inma. Las mismas canciones, los mismos ritmos  y una juerga peluda que nos pasará factura el resto de días.

Cordero a la brasa

Abandonamos la cama, como podemos, en la mañana del sábado y nos dirigimos al parque de Big Ada, donde se celebran más ofrendas por parte de los chiefs y el acto central del festival. Hay danzas tradicionales, ritos ancestrales, muestras de respeto, discursos variopintos, lágrimas sinceras y ruegos por el fallecimiento de Mills. Como es lógico, también hay mucha presencia religiosa y de autoridades civiles, pero me llaman la atención unas personas -especie de alguaciles– que disparan tiros al aire -con escopetas de hace un siglo- para señalar cada cambio de tercio.

Participamos de los festejos, en mitad del parque, hasta que los petardazos empiezan a sonar cada vez más cerca. Me asusta un poco ver los tragos de ginebra que dan los pistoleros y decidimos retirarnos para ver los toros desde la barrera. Radio Ada tiene un tenderete especial para observar el espectáculo. Allí nos instalamos hasta que el calor se hace insoportable y decidimos ponernos a remojo en la playa.

Llamo a Winfred, gerente del Maranatha beach camp, para que nos envíe una canoa al embarcadero de Ada Foah. Hoy comeremos cordero con el capitán y con Fufu, un libanés simpático y cuarentón que es un auténtico showman. Llegó hace unos meses y se ha convertido en el primer ayudante de Fadhi. Sólo habla árabe pero nos tenemos un cariño especial. No nos entendemos pero a veces me llama por teléfono y tenemos extrañas conversaciones. Qué quieren que les diga. Estas cosas pasan.

Discutimos sobre el punto del cordero largamente y nos lo trapiñamos cuando cae el sol, como manda el Ramadán.

A la fiesta se une Abdala, el hombre de las galletas de Acra, y otros tipos de negocios libaneses.

El Maranatha también respira fiesta y las mesas se llenan con visitantes y personas locales con ganas de marcha.

Acostumbrados a la soledad y al aburrimiento, es como si hubiéramos cambiado nuestro pueblo por Las Vegas. Es una sensación que nos acompañará durante toda la semana.

Antes de comer, Elena recibe una llamada perdida de Reuben, nuestro taxista amigo con el que rompimos relaciones después de que dejara tirados a Ana y Rafa en su viaje hacia el aeropuerto, tras nuestra boda. Es festival y todo se perdona. Reuben hizo buenas migas con Lola y Alfredo y contaron Su historia en el reportaje sobre Ghana, que publicó El País. Volvió a trabajar para los amigos de Mallorca. Probablemente, el éxito se le subió a la cabeza. Espero que haya aprendido la lección. La confianza cuesta mucho tiempo en forjarse y muy poco en tirarse por la borda. Ocurre en todas partes y es clave para su negocio; y para las amistades.

Cuando damos cuenta del cordero, decidimos retirarnos. Será la última vez que naveguemos el Volta de noche.

Antes de atracar en Ada Foah , vemos luz en casa de Bryan Harris, nuestro mecenas británico y pasamos a despedirnos. Tomamos un vino blanco y Jota alucina con el personaje. Prácticamente, hay que arrancarle del camarote marinero en el que Bryan ha convertido su salón. No veíamos al inglés desde hace unas semanas, cuando organizó una barbacoa en la playa con su familia y Marco, un Robinson canario con más de media vida en Ada. Ambos son compañeros de pesca.

Highlife en vena

Los festivales aquí se celebran sin descanso y con los decibelios a todo trapo. Azonto, Anaconda, An african thing y Chop my money, así como otros grandes éxitos del highlife en Ghana suenan una vez tras otra hasta que tú mismo interiorizas los ritmos y las letras de las canciones y te pones a bailar y a cantar como un poseso. Es como un mantra. Creo que habré escuchado los mismos temas miles de veces.

La fiesta nunca se detiene en el pueblo y los personajes seguirán pasando delante de nuestras narices en las horas y días sucesivos. Es una buena oportunidad para despedirnos. A muchos no volveremos a verlos.

Coincidimos con Enok, el currante de Internet y capitán del Ada Fútbol Club. Se toma una Guinnes embotellada con nosotros. Esta cerveza es muy popular en Ghana y otros países de África Occidental quizá porque representa el black power. Enok heredará mis botas de fútbol y mis aparejos de portero.

Los únicos a los que echamos de menos en estas juergas son a David y al Pastor James, artífices de la escuelita de Anyakpor.

Con ellos tenemos una cita dentro de pocos días. Será cuando nos despidamos de nuestro sueño compartido de Anyakpor. Está terminada la cocina, con las últimas donaciones que llegaron desde España, y celebraremos una fiesta con toda la comunidad, los servicios sociales y todas las personas implicadas en el proyecto.

Ahí invertiremos los últimos euros que nos quedan. Las personas con las que festejaremos nuestra despedida son las mismas que ven siempre las celebraciones desde fuera, nunca les sobra un cedi para pagar la entrada del night club Rubstone o para tomarse una cerveza con los amigos. Esta vez, como en el día de nuestra boda, serán protagonistas. Es nuestra forma de decirles OPENON, GRACIAS. Os vamos a extrañar mucho.

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Carretera y saco sábana en Benín

Es martes por la tarde, sobre las 18h, y estamos atascados en Liberation Road, la principal avenida de Acra. Vamos hacia el aeropuerto. Jota inaugura el vuelo de Iberia que conecta Madrid con la capital de Ghana en apenas seis horas. Es el último visitante y con él nos iremos de luna de miel.

Si hace años alguien me hubiera dicho que iba a pasar mi luna de miel con un señor de Guadalajara, con barba, entrado en los 40 -aunque en forma- y de pitillo sempiterno pegado a los labios, me hubiera partido de risa.

Sin embargo, así ha sido y estamos felices de haber compartido esta experiencia con tan buen compañero de viaje.

Además, se maneja perfectamente en francés y sus conocimientos han sido de una utilidad tremenda.

Jota llega justo a tiempo, cuando más necesitamos un poco de carretera, salir de la rutina y que África vuelva a conquistarnos. Estamos apurando nuestra estancia aquí y queremos despedirnos con el mejor sabor de boca posible.

Tranquilidad tensa en Lomé

Entrar en Togo por carretera me gusta. Es la tercera vez que lo hacemos. Pasamos la frontera de Aflao sin problemas y sin que nos pidan regalos ni unos ni otros agentes de aduanas. Es un triunfo y creo ver un atisbo de esperanza. Así da gusto.

Justo después de la barrera nos encontramos con un músico del sur de Burkina Faso, un muchacho al que conocimos en un lodge de Keta, apenas a una hora de aquí en el lado de Ghana. Hace música tradicional, alejado del highlife, e intenta que la cultura que sus padres le transmitieron no se pierda. Hoy no ha traído los instrumentos para hacer Fra Fra pero nos dice que pronto volverá a actuar en Acra. Viene a Lomé de fiesta y es que esta es una ciudad alegre, con mucha vida cultural.

La Embajada española desaconseja la visita a Lomé en estas fechas. Ha habido disturbios recientemente, motivados por la represión policial de unas manifestaciones, y se esperan más problemas para los próximos fines de semana. Parece que ha prendido la llama de la indignación y la ciudadanía ha dicho basta a 50 años de simulacro de democracia, en un lugar donde la misma familia lleva gobernando prácticamente desde los años de la independencia. Primero, el padre; luego el hijo. Así es difícil avanzar. Ya saben lo que ocurre en cualquier lugar del mundo cuando el mismo  gobierno permanece tantos años en el poder.

A pesar de esas informaciones, en Lomé parece que está todo tranquilo. En fin, todo lo tranquila que puede estar esta ciudad. Me refiero a que se respira el caos habitual. Miles de motos que no respetan las normas de circulación, decenas de camiones que cruzan por el Bulevar de la Marina en un trasiego constante de Lagos a Abiyán, cientos de tro-tros y taxis cargando y descargando viajeros y fardos de equipaje y alimentos, y muchas, muchas personas paseando, comprando, buscándose la vida. Son apenas las 12 de la mañana y Lomé hierve de actividad. Los policías y los militares, por fortuna, pierden el tiempo en sus comisarías y cuarteles.

Pasamos un día agradable y callejero. Nos damos un capricho de queso y vino tras encontrar estos productos en oferta en un supermercado libanés. De vuelta a nuestro hotel fetiche, Le Galion, buscamos pan salado para acompañar estos manjares. Topamos con una niña que dice saber dónde se consigue. Vamos detrás de ella, en procesión, por las calles oscuras que hay detrás del Gran Mercado. Nos lleva a un puticlub que regenta un europeo de película, con greñas plateadas, rostro curtido en mil noches sin dormir y pocas ganas de conversar con tres personas tan despistadas como nosotros. Una vez deshecho el entuerto nos despedimos de nuestra guía y decidimos buscar pan por nuestros propios medios. Un abuelo nos ofrece bollos de azúcar en una esquina y los damos por buenos. Con su venta, el anciano concluye una jornada que comenzó al amanecer. Regresa a su chamizo apoyándose en un pequeño bastón.

Las montañas de Togo

Madrugamos para desplazarnos a Kpalimè, un curioso enclave en las montañas del noroeste de Togo, a la altura de la capital de la Región del Volta de Ghana, Ho. Tardamos más de dos horas en llegar. Es un paisaje lindo, selvático por la frondosa vegetación, con chorros de agua que la población llama cataratas y que en esta época del año -estación de lluvias- lucen en todo su esplendor, cafetales que nos permitirán escapar del café soluble por unos días y un entorno natural alejado del caos de las grandes ciudades africanas y de las carreteras atestadas que llevamos días transitando.

En un restaurante local, mientras le hincamos el diente a una gallina de Guinea, se presenta Guillaume; un veinteañero de conversación fácil que ofrece sus servicios de Lazarillo y que resultará una compañía imprescindible para recorrer los pueblos que nos rodean. Acordamos ascender al monte Klotou -casi 900 metros de altitud- con él y visitar las comunidades locales que viven en el entorno. Él pertenece a una de ellas y nos franqueará el acceso.

La mañana siguiente amanezco entumecido. Apenas he podido dormir y empiezo a acusar un resfriado que me ha cogido por sorpresa. A lo largo de este año, no hemos tenido gripe, dada la ausencia de invierno, pero el cambio de temperatura al subir hacia el norte ha vapuleado mis defensas.

Andamos durante seis horas por un paisaje bucólico, la campiña togolesa, pero sufro una pájara. Estoy muy cansado. Elena y Jota se hacen cargo de la situación y me animan a continuar hasta la cima.

Estoy deseando regresar a Kpalimè, ya que hemos decidido regalarnos un homenaje tras cumplir con éxito nuestra misión. Es increíble lo bien que se come en Togo. Apenas nos separan unos kilómetros de Ghana, pero la variedad culinaria y el arte que se aprecia en los fogones son inmensos. Además, como recuerdo de la colonización francesa se puede conseguir, fácilmente y sin pagar un precio excesivo, vino de calidad en cualquier tienda. Brindamos con un Burdeos y comemos carne de antílope antes de meternos al sobre.

Al día siguiente nos saluda una fina lluvia mañanera. Bajamos hacia Lomé siete personas en un viejo Peugeot que funciona como taxi clandestino. Guillaume nos lo consigue. Pretendemos alcanzar Cotonou ese mismo día. Apenas deberían ser más de dos horas de trayecto desde Lomé, según las guías de turismo que llevamos, pero un trámite administrativo con el visado de Benín nos retiene 24h más en Togo.

Después de ese tiempo y de tener los papeles en regla, iniciamos el asalto a la nueva frontera. Son las 17h. No me gusta viajar de noche por África Occidental, pero aquí, a menudo, no se pueden elegir los horarios. Logramos plaza en un taxi compartido tras discutir con varios conductores de furgonetas que operan como autobuses. Jota viaja en el asiento del copiloto. Lo comparte con una joven beninesa entrada en carnes. Elena y yo nos acoplamos detrás, con una madre togolesa que va a Cotonou con su bebé recién nacido. Tampoco hay mucho espacio, pero más del que disfruta el alcarreño. A pesar de la incomodidad, Jota se duerme las cuatro horas largas que dura el trayecto, en un equilibrio que debería haberle tronchado la espalda. El olor a gasolina que inunda el vehículo, el tráfico intenso que nos acompaña y la contaminación a raudales convierten el aire en irrespirable. Además, mi resfriado ha ido en aumento, Elena también se encuentra tocada y Jota no para de toser. Nuestros microbios bailan un vals con la polución. El ambiente dentro del taxi es denso. ¿Se imaginan viajar de Salamanca a Oporto en un coche con tres africanos enfermos? Aquí nadie se queja. Nadie protesta.

Oscuridad en Cotonou

Llegamos a Cotonou tarde, demasiado porque hay una hora de diferencia con Togo y no lo hemos tenido en cuenta.

Lo primero que me sorprende es un detalle sin importancia: un cartel de cerveza Mahou anunciando un sabor de cinco estrellas, en francés, en mitad de la calle donde pretendemos encontrar alojamiento. Es un buen augurio, creo. Pero en seguida compruebo que no. En el lugar donde planeábamos dormir, una especie de albergue cristiano, no nos admiten por llegar demasiado tarde. Peregrinamos hasta encontrar otro establecimiento, también cristiano, Codiam, donde sí nos acogen.

Esta calle está repleta de oficinas de ONG. Será una constante en el país. De hecho, ocurrirá lo mismo con los vehículos que nos crucemos. Casi todos pertenecen a agencias humanitarias y así lo corroboran las matrículas verdes que portan. Es una forma de identificar los coches y evitar los controles  policiales -he contado siete desde Lomé a Cotonou, cada uno con su correspondiente extorsión de 1.000 CFA , menos de dos euros, que apoquina el conductor-, así como de pagar menos impuestos.

Me gusta estar en Benín. Mis amigos Cotolo, Laura, Jorge y David vinieron hace cinco años y desde entonces algunos de los lugares que ahora visitaremos llevaban tiempo siendo tema recurrente en nuestras conversaciones.

Cotonou es una ciudad grande, con más de un millón de habitantes, podría ser la capital del país y de hecho funciona en muchos aspectos como tal. Aquí está el palacio presidencial, el aeropuerto internacional y el mayor conglomerado de población e instituciones financieras. Me sorprende una vez más la omnipresencia de la religión. En comparación con el sur de Ghana, se percibe una mayor influencia del Islam. Son numerosas y muy bellas las mezquitas en prácticamente todos los barrios de la ciudad. Y también se dejan ver los lugares de culto católico, incluida una catedral. El Papa Benedicto XVI visitó Benín hace unos meses y todavía quedan vestigios de ese viaje. Se aprecian carteles de bienvenida en muchas de las avenidas principales de la ciudad.

Vagabundeamos por el gran mercado Dantokpa por la mañana. Es un enjambre de vida, de movimiento y de actividad cotidiana. En el medio de extensas calles y estrechos callejones con cientos de puestos ambulantes se concentran miles de personas todos los días para vender y comprar prácticamente de todo. Este mercado es especialmente interesante porque tiene una partefetish. Es impresionante ver de cerca los cráneos de monos, las serpientes disecadas -y pitones vivas-, los líquidos extraídos de raíces silvestres y los diferentes artilugios que se utilizan en las ceremonias religiosas tradicionales. En este año hemos asistido a varias de ellas y es curioso ver el lugar donde se adquieren muchos de los productos que luego forman parte de sus rituales. En una de las tiendas nos dejan curiosear y nos explican algunas de las cosas que tienen a la venta.

En Cotonou coincidimos con Katrine, una de esas periodistas que uno admira. Desafiando la lógica del mercado, con treinta y pocos años, se estableció hace tres entre Lagos y Cotonou para cubrir lo que ocurre en África Occidental para varios medios alemanes. Consigue ir tirando con dignidad -lo que significa mucho teniendo en cuenta cómo está la profesión periodística, al menos en España– y desprende alegría y confianza en sí misma. Cenando comentamos la reciente muerte de Atta Mills, el presidente de Ghana. Maldigo mi suerte. Me hubiera gustado poder contarlo para los medios españoles, pero he estado ilocalizable viajando y mi teléfono ghanés no funciona en Benín, a pesar de tener activada la cobertura internacional. Para una vez que Ghana es noticia en España

Los caminos perdidos de la Atacora

Al día siguiente pasamos 10 horas de viaje en una nevera -maldito aire acondicionado- llamada autobús de línea. Nos conduce desde Cotonou hasta Natitingou, ciudad importante del noroeste de Benín, con casi cien mil habitantes, al pie de las montañas de la Atacora y puerta de entrada al país Tata Somba, desde donde se divisan las fronteras de Togo y Burkina Faso. Otra vez, los límites inventados que dividen pueblos y grupos étnicos con las mismas costumbres, la misma lengua y la misma identidad comunitaria.

En Natitingou nos espera Telma, trabajadora boliviana de una ONG belga. Hace de anfitriona y nos acerca a un grupo de monjas liderado por sor Rosario, que fueron las personas que acogieron hace cinco años a nuestros amigos. Es un placer compartir su experiencia de vida y trabajo en África.

Además de visitarlas, venimos a descubrir esta zona de Benín y nos adentraremos durante cinco jornadas en los caminos perdidos de las montañas de la Atacora.

De la mano de Jules, otro veinteañero simpático y preparado que trabaja para la organización Eco-Benin, nos dejamos conducir por estos caminos tan poco transitados.

Irrumpimos en los dominios de los Taneka, uno de esos pueblos olvidados en los que el tiempo se detuvo hace siglos. Conocemos su estilo de vida, sus tradiciones y cómo sobreviven en un mundo que avanza demasiado deprisa. Allí no hay ningún síntoma de modernidad. Ni agua potable ni luz eléctrica ni nada que no se obtenga de la madre naturaleza.

El entorno es espectacular. Las montañas no tienen más de 1.000 metros de altitud pero la cadena se extiende a lo ancho más allá de donde alcanza la vista. Para nosotros, que hemos pasado un año al nivel del mar, es un descanso para los sentidos.

En pocas horas entramos en terreno Otammari para conocer el país Tata Somba, “los que saben construir las casas”. Sus moradas son legendarias. En la planta baja, se muele el grano, se hace fuego, se cocinan los alimentos y se agrupa el ganado. En la terraza, están los dormitorios: padre, madre e hijos, así como el granero y otro fuego para cocinar durante la estación seca. Son construcciones de adobe que todavía se utilizan por miles de personas para vivir, al margen, también, de las comodidades que disfrutamos en Europa. Pasaremos un par de jornadas en estos hogares, durmiendo tres noches en uno de ellos reformado, en el pueblo de Koussoukoingou,desplegando nuestro saco sábana para cubrirnos durante las noches frías. Los atardeceres desde allí, en un paisaje rodeado de baobabs, son maravillosos.

Nos despedimos con fascinación del mundo Otammari para sumergirnos en el parque natural Pendjari, un entorno que comparten Benín y Burkina Faso. Tenemos suerte a pesar de venir en el peor momento del año. Vemos una manada de elefantes, otro despistado que quería cruzar la frontera campo traviesa y una leona con tres de sus cachorros que nos mira desafiante desde la carretera, además de antílopes varios, monos babuinos y una naturaleza exuberante. El calor que soportamos en el techo del vehículo nos deja cerca de la deshidratación. Nos batimos en retirada.

Esa noche dormimos en una casa local de Tanoungou, una pintoresca aldea donde se ubican unas preciosas cataratas. Es lindo compartir la cena con la familia local. Nos miran extrañados por nuestros atuendos y costumbres tan diferentes, pero destilan humanidad y amabilidad.

Disfrutamos y apuramos una botella de vino que veníamos cargando desde hace un par de jornadas, cuando aparecimos en el pueblo de Boukumbé, tras más de ocho horas de caminata, en una de las excursiones más completas que recuerdo.

Vuelta a casa

Nos esperan largas jornadas de viaje. Debemos apurar los días para llegar a Ghana con tiempo de disfrutar del festival Asofotu 2012 que se celebra en Ada. Los ecos del funeral por la muerte del presidente tienen paralizado el país. Decidimos hacer una noche en Natitingou para despedirnos de Telma y de las monjas; y otra en Cotonou, donde volvemos a saludar a Katrine.

Después, enfilaremos por carretera el camino de regreso a Ghana, incluida una parada para ver Ouidah, uno de los lugares emblemáticos de Benín; el puerto donde más personas reducidas a esclavas embarcaron hacia América; y la cuna del vudú, una sorprendente religión cuyo rastro puede seguirse hoy en Haití, la santería de Cuba o las misas de candomblé de Salvador de Bahía, Brasil.

Impresiona recorrer a pie los tres kilómetros largos de la ruta de los esclavos, desde la plaza Cha cha -mucho más que visitar el templo de las pitones donde un guardia pasado de alcohol muestra orgulloso las serpientes que custodian la ciudad-. Ocurrió cuando estuvimos en Cape Coast o Elmina, enclaves similares en Ghana para el tráfico cruel y masivo de personas. Visitar estas ciudades donde se cometió una de las mayores afrentas de la humanidad es terrible. Millones de personas, hombres, menores y mujeres, tratadas peor que animales, vejadas, humilladas, encadenadas, violadas y privadas de cualquier atisbo de identidad fueron capturadas por otras personas como ellos, alentadas por árabes y europeos, en cuya codicia no cabía el respeto por otros seres humanos. Así se construyó nuestra llamada civilización. No es posible ser indiferente a tanto sufrimiento ni a sus consecuencias, a pesar del paso de los años. Hoy, ciudades como esta, son un punto de encuentro para la diáspora africana y numerosos monumentos y cementerios honran la memoria de quienes tanto padecieron.

El runrún de la carretera acompaña nuestros pensamientos. Los tres vamos en silencio, cada uno asimilando lo que hemos visto y lo que nos ha contado Olivier, nuestro guía.

Tenemos varias horas desde Ouidah hasta casa, quizás siete, cruzando dos puestos fronterizos en los que tampoco encontramos dificultades.

Estoy exhausto cuando, tras el enésimo control en Ghana, llegamos finalmente a Ada Kasseh.Hemos tenido que pagar billete hasta Acra y hemos hecho el viaje con el corazón en un puño. Como es nuestra costumbre, traemos las mochilas repletas de provisiones de Togo. El color de nuestra piel nos exime, en esta ocasión, de abrir los paquetes y de rendir cuentas ante los agentes policiales. En cualquier caso, no creo que se nos pueda acusar de contrabando, pero experiencias y relatos de otros viajeros nos hacen desconfiar. Blancos transportando alimentos y vino de un lugar a otro de la frontera es sinónimo de problemas. Por suerte, pasadas las ocho de la noche alcanzamos Mizpah. Estamos a salvo. Un nuevo corte de luz y una ausencia de agua en los grifos nos dan la bienvenida. Sí, estamos en casa.