El misterio del barco varado

El primer día que llegué a Ada, hace ya varios meses, lo dediqué a vagabundear por sus calles para hacerme una idea lo más real posible de dónde estaba y qué podía esperar del lugar.

Recorrí a pie y a plena luz del sol la principal avenida del pueblo, los estrechos caminos que llevan hacia el mar, el lugar donde se instala el mercado dos días a la semana –miércoles y sábados-, la larga carretera paralela a la playa, el pequeño embarcadero donde se alquilan las chalupas para navegar el Volta, algunos de los hoteles, pensiones y lodges donde las personas con dinero descansan y se divierten los fines de semana… Así fui dibujando un pequeño mapa en mi cabeza.

Hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Un barco de carga varado en mitad del río Volta, enorme, de casi 90 metros de largo. Le pregunté a un paisano por ese misterioso barco. “¿Y ese mastodonte, qué hace ahí?” Se encogió de hombros, desvío la mirada y me negó una respuesta. Es como si hubiera mentado al mismísimo diablo.

Leyenda urbana

Poco después, una vez que nos asentamos en el pueblo, empezamos a escuchar sospechosas leyendas sobre ese barco, su función allí, la tripulación, oscuros objetivos… Algunos de estos chismes los propagaba la escasa población extranjera que en aquel momento había en las inmediaciones. La mayoría local las secundaba. El barco es un símbolo de pecado, algo lógico teniendo en cuenta la excesiva religiosidad y mojigatería de mis vecinos -tomar una cerveza, no acudir a la iglesia o vestir de corto también es pecado. Igualito que en muchos pueblos de nuestra tierra, no se crean-.

Cuando los tripulantes del misterioso barco llegan a tierra, algo que ocurre los fines de semana y fiestas de guardar, el miedo recorre las cuatro calles de Ada. Los padres encierran a sus hijas. Los jóvenes afilan sus colmillos. El silencio se instala en un pueblo habitualmente atronador. Algunos comerciantes y las escasas criaturas noctámbulas que pululan por los alrededores se frotan las manos.

El capitán Fadhi, libanés de mirada perdida y tez morena, treintaypocos años mal llevados, menos de 1,80m de estatura, complexión delgada y boca con algunas ausencias molares desciende como un conquistador de su pequeña lancha inflable.

Le acompaña su inestimable George, nigeriano cincuentón, ágil y fiel escudero. Lo mismo ejerce de cocinero que de primer oficial a bordo, conseguidor en tierra o guardaespaldas, si la cosa se pone fea.

A veces, también les sigue el doberman Karlos, sin las orejas cortadas y de ladrido fácil. En su peregrinar hacia el Rub-Stone, club nocturno de Ada, se les une Gadafi, ghanés de mediana edad y borrachín del pueblo. Juntos forman la cuadrilla de la muerte.

Nuestro encuentro

Si no los encuentras allí, no resulta extraño hacerlo los fines de semana en la playa del Maranatha, a la hora del almuerzo o durante la hoguera nocturna de los sábados. Ahí no suele acompañarles Gadafi, sino dos o tres hombres de negocios libaneses que trabajan para el mismo dueño del barco.

Arriban en la misma pequeña embarcación, cargados del pescado de mar más fresco que hemos probado, pan de pita que parece recién horneado en el mismísimo Beirut, una ensalada aliñada con aceite de oliva y ajo que nos recuerda lo mejor de la dieta mediterránea, bebida variada bien fría en neveras que transporta George sin rechistar y altavoces donde se escucha música libanesa, donde no es difícil reconocer ritmos que bien podrían proceder del sur de la Península Ibérica.

En una de esas visitas a la playa, nos encontramos por primera vez. Era sábado a la noche, estábamos cansados, se había apagado la hoguera del Maranatha y queríamos regresar a casa. La jornada había sido larga. A un lado, podíamos atravesar un campamento sin senderos, repleto de infraviviendas, sin luz y con basura… y con suerte alcanzar un puente que nos pusiera en camino hacia casa. No había motos disponibles a esas horas y nos quedaría un largo trayecto de unos cinco kilómetros de regreso. No era la mejor idea.

Otra opción era alquilar una lancha y cruzar el río hasta el embarcadero. Y desde allí, andar hacia Mizpah, donde residimos, a una distancia de unos dos kilómetros. Parecía más sensato.

La tercera vía la descartamos. Dormir en la playa. Ya lo hicimos con anterioridad y las cabañas hippies que nos rodean, a pesar de su buena apariencia, son poco confortables, además de la ausencia de cuarto de baño y agua dulce para asearse.

Apuramos el último trago de vino Terminator y le pedimos a Papas, gerente del Maranatha, que arrancara el fuera borda. Cuando nos levantábamos, se acercó el capitán, que vestía bermudas floreadas, un polo con un cocodrilo en el corazón y una gorra azul con la publicidad de una empresa de construcción. Saludó cortésmente y se ofreció a llevarnos a casa. Caímos en sus redes.

Durante el viaje, nos presentamos, comentamos qué hacíamos en este perdido y olvidado lugar de África, nos contó que él era el temible Capitán Fadhi y nos invitó a visitar el barco a cualquier hora y en cualquier momento. Había nacido una extraña relación.

Al día siguiente, por Ada se extendieron extrañas habladurías. El capitán y los blancos eran amigos. Los voluntarios bienintencionados se juntaban con el personaje mas controvertido del pueblo. Ardían los chismorreos en Radio Macuto. Noté algunas miradas de desaprobación en el cogote mientras cogía el tro-tro que me llevaba al trabajo.

Poco después, visitamos el barco varado y no descubrimos armas ni fardos de droga ni especies en peligro de extinción recluidas ni ninguna sustancia ilegal almacenada en sus bodegas. Descubrimos, simplemente, que se dedica a extraer arena del Volta para venderla en uno de los negocios de construcción que el Big Brother libanés tiene en Acra -la denominación del jefe es real. Nadie le llama por su nombre-. Estará allí por tres años tras una concesión del gobierno ghanés. Todo en regla. Todo legal.

Torrente en Ada

El capitán es un personaje que provoca devoción y rechazo en Ada. Para unos es machista, juerguista y autoritario. Para otros, cortés, desprendido y melancólico. De un lado, sus forofos le adoran.  Quien comparte su mesa no paga y quien le sirve o satisface recibe una propina equivalente al sueldo de un mes. Estas personas hablan maravillas del capitán Fadhi. Otros le acusan de tratar con desprecio a la población local, de comportarse como un conquistador y de mostrarse por encima del bien y del mal.

A mí me parece una versión libanoghanesa del inspector Torrente, personaje creado por Santiago Segura, un antihéroe total que podría inspirar novelas o posts como este. Mi capitán no rinde pleitesía a El Fary, sino que se deleita con la música de los Gipsy Kings. Más de una vez hemos bailado en la playa, al son de sus acordes. Es musulmán aunque su Dios, dice, es muy democrático ya que le permite cometer cuantos excesos quiera. Se trata de un tipo curioso, quizá no nos hubiéramos acercado nunca de no vivir ambos en un lugar como este, sin más alternativas. A él también le resulta extraño alternar con voluntarios sociales.

Por supuesto, hay muchas actitudes y comportamientos que no me gustan o que no comparto. Pero también reconozco que es un personaje entrañable, solitario, que muere por un poco de calor humano y que trata a cuerpo de Rey a sus amigos.

Además, su piel y la mía tienen la misma tez, nuestra edad es pareja y a veces somos los únicos que pedimos cerveza en el bar. Estas coincidencias tan frívolas nos han convertido en algo así como compañeros de armas.

La soledad, ya lo saben, hace extrañas parejas. Fadhi es también el único en este entorno que me llama por mi nombre: Ángel, pronunciando la g debidamente. En el pueblo nadie distingue entre uno y otro, lo que a veces provoca inquietantes confusiones. Observar a veces te convierte en cómplice. Y asumo mi responsabilidad. Quizá por eso no nos juntamos mucho, sólo cuando esa maldita sensación, que se llama soledad, golpea con insistencia nuestra puerta y soy capaz de pactar con el mismísimo diablo a cambio de una dosis de diversión.

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12 comentarios on “El misterio del barco varado”

  1. Daniel dice:

    Curioso personaje ese libanés… Por cierto, he oído que poseen muchos negocios en Africa no? al menos en Congo escuché el control que poseen sobre la industria mineral, en Sudáfrica, Mozambique…

    Qué la soledad te hace buscar hasta en los “lugares” más inesperados aquello que echa en falta es una verdad como un templo. Todos los que hemos vivido fuera, lo sabemos 😉 A veces te das cuenta que sino fuera por ese sentimiento, no te hubieras permitido conocer a alguien o ir a un lugar determinado.

    Saludos!

    • ángel gonzalo dice:

      Líbano es un pequeño país con poco más de 4 millones de habitantes y con casi 20 millones de emigrantes. Una barbaridad. En Ghana y Togo copan todos los negocios: construcción, restaurantes, hoteles… Competidores de chinos. Llevan años aquí. Un abrazo y gracias

  2. Daniel dice:

    Por cierto, me resultó curioso este video sobre la situación de los albinos en ghana: http://www.youtube.com/watch?v=bKn3dNAJ7j8&feature=player_embedded

  3. […] Ghaneantes, aviso para Share this:TwitterFacebookCorreo electrónico Permalink […]

  4. Esteban dice:

    Ay los misterios de africa!
    Genial como siempre
    Un fuerte abrazo desde cristinalandia aka argentina
    Esteban

    • ángel gonzalo dice:

      Un abrazo fuerte. Cuidado con las expropiaciones de Cristina. Pronto saldrás del país, no vayan a mandarte a las Malvinas!

  5. Carlos dice:

    Todo un personaje Fadhi, y un buen anfitrión. Lo mejor quedarse a la deriva en medio del Volta, fuerom minutos inquietantes, a oscuras en medio del rio y sin alcanzar el barco “fantasma”. Toda una experiencia en un jornada llena de sorpresas.

  6. Tesa dice:

    Hola, Ángel, parece que te pesa la soledad y más los disparates que te envuelven en ocasiones. .

    Ya veo que también en Africa se da lo de si “no estás conmigo, estás contra mí”

    El miedo a lo desconocido se viste demasiadas veces de leyendas y de tabúes, alimentados por las religiones y las “tradiciones” o costumbres aceptadas que lo único que hacen es encoger el mundo en un círculo asfixiante.

    Pasa del que dirán y sé tú mismo, con tus contradicciones y nostalgias. Ya sé, seguro que tampoco es tan fácil.

    Muy bueno el post, como siempre.

    Un abrazo,

    Ah, Angelito, acabo de culminar una aventura (mucho menos valiente que la tuya) la auto edición de un libro para niños, cuando tengas un rato tonto pásate por aquí, y de paso verás lo mayor que estoy,

    http://elblogdepizziycato.blogspot.com.es/

    • ángel gonzalo dice:

      Cuesta lidiar con los prejuicios, pero salgo a torear sin capa ni espada. Y sí, pesa la soledad. Me paso cuando Internet nos dé un respiro. Enhorabuena. Los proyectos hay que llevarlos a cabo. Un besazo!!

  7. Tienes razón: Ser los únicos en pedir cerveza en el bar une. Une mucho.


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