Yo también soy homosexual

Estaba con Addi, artista local que hace auténticas maravillas en hierro forjado, madera, bambú y lo que le pongas por delante. Es un tipo curioso. Abre la tienda que tiene al lado de Radio Ada cuando le apetece o necesita dinero. No tiene mucha clientela. No aspira a hacerse rico, sino a disfrutar con lo que hace. Le admiro mucho. Además, no te da el coñazo para que le compres ni aprieta en los regateos. Me parece un hombre inteligente.

A menudo, cuando termina mi jornada, sobre las 14h me tomo el almuerzo con él -seguimos abonados al bocata de sardinas en lata de distinta procedencia: Marruecos, Malasia e Indonesia entre las más cotizadas-.

Disfruto de su compañía. Conversamos de todos los temas que se nos ocurren y suelo utilizar su opinión como referencia sobre los asuntos sociales en Ghana. Es un tipo instruido, con acceso a Internet, lee los periódicos y escucha la radio, tiene amigos en el extranjero y ha viajado fuera de Ghana en algunas ocasiones, no sólo a otros países cercanos como Togo, Costa de Marfil o Nigeria -lugares fácilmente accesibles por carretera y en los que muchos ghaneses tienen lazos familiares- sino también a Europa y Estados Unidos.

El tabú de la homosexualidad

Hace poco hablamos de homosexualidad. Un tema tabú en Ghana y en casi todo el continente. Al principio, se mostró sorprendido. Aparecieron las risitas.¿Tú no serás uno de esos desviados, verdad?” Le contesté. “¿Por qué no? ¿No me abrirías las puertas de tu casa si lo fuera? ¿No estarías aquí conmigo? ¿Llamarías a la policía para que me detuviera?” Se puso muy serio y me dijo: “Eso es antinatural. En tu país haz lo que quieras, pero aquí no. Eso no es parte de nuestra cultura. No es bueno.” Me dolieron sus comentarios, como casi siempre que escucho a alguien en Ghana y en otras partes de África o del mundo hablar en estos términos de homosexualidad.

Esta misma conversión se repitió poco después en el Rub-Stone, el club nocturno de Ada, durante unas de las fiestas que allí se organizan cada cierto tiempo. A la mesa nos sentábamos Albert, compañero de Elena en el hospital, y George, amigo de este. Volví a sacar el tema de la homosexualidad para ver qué opinaban dos jóvenes profesionales de la sanidad, universitarios. Albert guardó silencio, pero se encontraba incómodo. Pinché un poco más y George abrió el grifo comentando que la homosexualidad jamás sería legal en su país ni aceptada en ningún lugar de África. “No puede ser. Es antinatural -mismo argumento que Addi-. Y además lo prohíbe la religión”. Discutimos abiertamente sobre el tema.

Le hablé de la situación en España, de la evolución de las últimas décadas, de los avances -no debemos permitir retrocesos-. Demis amigos y amigas gays, bisexuales y lesbianas, de las parejas del mismo sexo que han formado una familia, de los hijos que tienen y crían con el mismo cariño y amor que el resto de parejas. “No puede ser. Eso es un delito. Y una monstruosidad. ¿Cómo dos mujeres van a criar un niño? ¿O dos hombres?” Les expliqué las ventajas de educar en la diversidad e intenté hacerles ver que la mente cerrada es el mayor peligro para una persona. Mis palabras cayeron en saco roto. Cambiaron de tema. Y le dieron un trago largo a su refresco de malta.

En ocasiones como esta, fíjense ustedes, la mente se me va hasta Berlín y la Guerra Fría para recordar el discurso de John F. Kennedy el 26 de junio de 1963: Ich bin ein Berliner, soy un berlinés. Pues eso, yo también me siento homosexual. Me indigna el rechazo, el encarcelamiento, la discriminación y el trato abusivo que sufren en este país y en muchos otros de África y del mundo, personas iguales que yo y con los mismos derechos. Son perseguidas sólo por sentir diferente o por elegir seres humanos de su mismo sexo para acompañarles en la cama… o en la vida.

Un niño diferente

Pensé entonces en un pequeñajo de los que acuden a diario a nuestra ventana. Esa ventana de casa que es una ventana abierta a África. Recordé una tarde, de hace unos meses. Elena y yo caminábamos por la playa de Ada. Íbamos a nuestro aire, comentando nuestras cosas y de repente alguien nos llamó. Nos paramos y nos dio alcance. Era uno de nuestros amiguitos. Nos saludó cortésmente y nos pidió permiso para acompañarnos.

No tendrá más de 10 años. Es un niño diferente. Aquí, en nuestro pueblo, los roles de niños y niñas están muy diferenciados y cumplen a rajatabla los estereotipos.

Los niños son brutos, kamikazes, se pegan, nunca lloran, le dan a la pelota, van siempre sucios y aplican la ley del más fuerte. Las niñas son más dulces, lloran, te buscan la mano, juegan en la arena, intentan alisarse los harapos o arreglarse cuando les vas a hacer una foto y siempre están a merced de lo que opinen sus hermanos mayores o varones de la familia.

Este niño que nos acompañaba no es como los demás. Se nota en el trato. En los gestos. En las muestras de cariño. En la forma de vestir. En sus movimientos. En su tono de voz. En su forma de relacionarse.

Seguimos andando por la playa, cada vez más lejos del pueblo, y en un momento dado metió la mano en su mochila escolar y sacó unos zapatos con tacones. ¿Pueden imaginarlo? Nos dijo que los había comprado en el mercado diciendo que eran para su hermana. No se atreve a llevarlos en el pueblo. Se los puso para caminar con nosotros.

La situación era curiosa. Primero, porque caminar por la arena con tacones es prácticamente imposible. Segundo, porque él estaba feliz. Se sentía libre de miradas y comprendido. Lucía sus tacones con orgullo. A nosotros nos entraron ganas de llorar. En un momento dado, volvimos sobre nuestros pasos. La noche caía y los mosquitos empezaban a dejarse ver. Cuando avistamos las primeras casas, nuestro pequeño amigo, sin que nadie le dijera nada, se descalzó nuevamente, sacó una bolsa de plástico de la mochila, guardó sus tacones y volvió a ponerse unas chanclas.

Se le borró la sonrisa del rostro. Se puso serio. Durante toda la escena nadie dijo nada. Sólo hubo intercambio de miradas y un enorme abrazo por nuestra parte. Queríamos decirle que le apoyábamos, que delante de nosotros podía vestirse como quisiera, que estábamos con él. Caminando por el pueblo vimos como otros niños le hacían burla y con el paso de los meses hemos sabido que le hacen el vacío, que hay habladurías, que se dirigen a él con desprecio. Es una injusticia. ¿Qué hacer en estas circunstancias?

Homosexualidad en Ghana

La homosexualidad está penada en la ley en Ghana, con hasta 25 años de cárcel para las relaciones entre hombres. A las lesbianas directamente se las invisibiliza. No existen para la ley. El presidente de la República, John Atta Mills, declaró en noviembre pasado que “ellos no apoyarán a los homosexuales”. No van a legalizar la homosexualidad. Cuentan con el apoyo del 88% de la población, según las estadísticas que maneja, y estamos cerca de las Elecciones de diciembre, que prometen ser reñidas.

Ser homosexual es una aberración, según los representantes religiosos de todas las Iglesias y confesiones religiosas del país. Tanto cristianos de todo tipo como musulmanes y tradicionalistas. Todos están a una en este tema.  “Si la homosexualidad es tolerada, la raza humana se extinguirá”, declaró abiertamente el Reverendo Stephen Wengan, hace unos meses, en un artículo escrito para Ghana Broadcasting Corporation -el principal medio de comunicación público del país-.

El año pasado, Raul Evas Aidoo ministro para la región occidental de Ghana ordenó a las Fuerzas de Seguridad detener a todos los gays y lesbianas que hubiera en el oeste del país y exhortó a los propietarios e inquilinos de viviendas a denunciar a toda persona a la que consideren sospechosa de ser gay o lesbiana.

La Constitución de Ghana garantiza la protección de los derechos humanos para los ciudadanos ghaneses, cualquiera que sea su raza, lugar de origen, opinión política, religión, creencia o género… pero olvida, intencionadamente, mencionar su orientación sexual.

Reacciones internacionales

Cuando a finales de 2011, durante una reunión de la Commonwealth, en Australia, el primer ministro británico, David Cameron, declaró que supeditaría la ayuda al desarrollo del Reino Unido a África a los países que avanzaran en derechos humanos, y especialmente, en derechos de las minorías sexuales, las reacciones furibundas de todas las fuerzas políticas de Ghana y de otros países no se hicieron esperar. Fue una vergüenza y en los periódicos, radios, digitales y televisiones más relevantes no escuché ni una sola voz que se alzara a favor de la diversidad afectivo sexual.

La tendencia de supeditar la ayuda al desarrollo al respeto a los derechos de las minorías sexuales también parece secundarla la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton. Durante su última visita a la región hace pocos meses, declaró la misma política que el mandatario británico. Otra vez protestaron los líderes religiosos, políticos, asociaciones de padres y autoridades comunitarias y educativas, incluidos los chiefs tradicionales.

Amnistía Internacional ha denunciado en numerosas ocasiones que el acoso, la discriminación, la violencia, la persecución y los asesinatos cometidos contra personas por su orientación sexual o identidad de género están aumentando en los últimos años alrededor de África Subsahariana.

Muchos políticos en estos países no sólo no protegen a estos ciudadanos y ciudadanas en peligro, sino que a través de sus declaraciones incitan a su discriminación y persecución, como en el caso de Ghana.

En Camerún, por ejemplo, siete hombres fueron detenidos hace un mes bajo leyes que prohíben conductas sexuales entre personas del mismo sexo. Desde 2011, 13 personas han sido arrestadas en ese país en base a estas mismas leyes. En Sudáfrica, los ataques contra personas homosexuales no son investigados, creando un clima de impunidad para los perpetradores. Y no se trata de casos aislados. Podría hablar de las sanciones impuestas en Malawi y Mauritania o de los exabruptos del presidente Robert Mugabe en Zimbaue, diciendo que los homosexuales son peores que perros y cerdos. Es una tendencia en esta parte del mundo. En algunos estados del norte de Nigeria, donde rige la sharia -ley islámica- la homosexualidad se castiga incluso con la muerte.

Silencio en los medios

En Ghana las asociaciones de gays y lesbianas existen, pero son minoritarias y tienen muchos problemas para hacerse escuchar. Desde luego no están registradas oficialmente. Nadie les dedica un mínimo espacio en los medios de comunicación y sólo en Internet y en publicaciones extranjeras encuentran cierto eco. La situación no ha llegado a ser tan grave como en Uganda, donde las leyes son más duras y las autoridades han disuelto recientemente encuentros y reuniones de gays y lesbianas, pero el escenario es similar en cuanto a la represión y el hostigamiento.

En mi propia emisora comunitaria, Radio Ada, mantuvimos un debate al respecto en la Redacción y me encontré solo. Las opiniones aquí no eran agresivas. La democracia es un valor aprendido y nadie me insultó, como he escuchado en otros lugares, pero no quisieron abrir el debate en antena. Nadie se atreve a defender la homosexualidad por miedo a quedar señalado.Trabajo desde entonces para que esto cambie.

Considero fundamental que en los medios de comunicación se visibilice. La homosexualidad, han llegado a decirme en otros foros, es un legado europeo, una más de las lacras colonialistas que los extranjeros hemos dejado en África. “No es parte de nuestra identidad. Ningún africano es homosexual”.

No es extraño encontrar noticias en el periódico tipo “Lesbianas intentan someter a sus prácticas sexuales a menores en un colegio de Tamale”, “Los homosexuales deben dejar el país”. Es terrible pero ocurre con normalidad.

Otro sencillo ejemplo de discriminación

El día de la independencia de Ghana, 8 de marzo, los compañeros de Elena en los servicios de salud del distrito organizaron una fiesta en la playa. Comida, música y bebida para estrechar lazos entre compañeros, familiares y visitantes. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, una de las personas homosexuales que conozco no fue invitada a la fiesta por ser gay. Imaginen la tristeza y la decepción.

Al día siguiente, nos encontramos en la carretera de Ada Foah, esperando ambos el tro-tro para dirigirnos al trabajo. “¿Qué tal la fiesta?”, me dijo. “Bien, divertido: música, juerga, baño en el río”, respondí. “A mí no me invitaron, ¿lo sabías?” Otra vez apareció la impotencia, el sentimiento de dolor.

Escribo estas líneas en Ghana en un día especial, el día del Orgullo Gay que espero que se celebre por todo lo alto en mi ciudad, Madrid.

Pienso en las miles de personas que salen estos días a la calle y gritan en libertad que son homosexuales, lesbianas, bisexuales o transexuales. Y lo comprendo perfectamente. No cantan, bailan y se dejan ver sólo por ellos. También lo hacen por estas personas, aquí en Ghana y en tantas otras partes del mundo, que no pueden hacerlo. Soy heterosexual, pero defiendo el derecho de toda persona a tener la orientación sexual que le plazca. Y no lo olviden, no es un capricho, sino un derecho humano.

Anuncios

Casados y bien casados

Me casé en Ghana

durante la estación de lluvias

un día del cual

tengo ya el recuerdo

No sé por qué, pero parafrasear a César Vallejo se ha convertido en una curiosa costumbre en los momentos solemnes de mi vida. Así fue cuando presenté mi libro, Sin miedo a la derrota, en Madrid, con aguacero, hace ya casi siete años. Y así fue ahora, durante la estación de lluvias, en Ada, cuando  Elena y yo nos casamos en la escuelita de Anyakpor. Ya saben, ese sueño que hemos hecho realidad con el apoyo de ustedes.

Debo ser sincero. Nunca reconocí ninguna otra autoridad en materia de amor que la de un poeta. Ni jueces ni curas ni políticos ni notarios. Para un mí Te quiero es más importante que un Sí quiero.

Por eso me gusta más la palabra compañera que la palabra esposa y tantos otros matices que ustedes pueden imaginar. Empero, esto del amor, como tantas otras cosas importantes, es algo compartido. Y me siento muy feliz y satisfecho de que Elena y yo hayamos alcanzado un acuerdo sobre este asunto y hayamos sido capaces de celebrar un acto tan bonito y tan simbólico. Se me ensanchó el corazón cuando la vi aparecer por la puerta de la escuela de Anyakpor. Cientos de niños cantaban para recibirla a ritmo de tam-tam.

Era 13 de junio. Muy temprano. Amenazaba tormenta o cualquiera sabe. Aquí, tan pronto te mueres de calor como te calas hasta los huesos. A veces es cuestión de minutos. Junto a nosotros, Mamma Anna, hermana de Elena, en un triple papel como camarógrafa, testigo y madrina –dos días más tarde, en la embajada de España en Acra, tornaría su papel por el de Mamma Chicho-; y Rafa, el amigo al que presenté hace bastantes posts, fotógrafo, testigo y mi bestman.

El atrezzo

Aquel día, sostengo, amenazaba tormenta y a eso de las 9 de la mañana a Rafa y a mí nos mandaron, sin pudor ni disimulo, a Anyakpor para dejar el espacio libre. Así la novia y la madrina se acicalarían a gusto y sin prisas.

Días antes, con unas telas compradas en el mercado de Kasseh, habían encargado sendos trajes tradicionales. Mamma Anna, al más puro estilo africano. Lucía muy integrada en el entorno. Y Elena, con colores vivos, tocada con unas flores y una trenza, mezclaba sus raíces canarias con el exotismo de una princesa asiática. El padrino y yo vestíamos con sobriedad, con camisa blanca y azul celeste, respectivamente.

Llegamos a la escuela manchados de barro tras sortear, sobre dos ruedas, baches, charcos y demás accidentes del camino. Rafa me miraba sorprendido. “Igual deberíamos haber pillado un taxi”, creo que dijo. “Igual”, creo que respondí.

Pastor James nos esperaba en Anyakpor y había movilizado a toda la comunidad para nuestro enlace. Incluso se había traído a otro Pastor, Samuel –su mentor-, de la región del Volta. Enseguida percibí muchas caras nuevas entre las personas de medio metro que darían fe de lo que allí iba a pasar -la educación gratuita atrae a más menores sin recursos, pero no se preocupen, estamos ampliando.-

Las mujeres se afanaban en preparar el decorado con retales y globos de colores llamativos. Madame Elene y la esposa del Pastor se esmeraban en los fogones cocinando para los niños y la comunidad -por primera vez, muchas personas comerían carne-. Y Pastor Samuel aclaraba su voz y calentaba motores para la función. Este hombre es un auténtico animador. Poca gente entendió lo que dijo durante la celebración porque hablaba en un inglés acelerado y la traductora de dangme no podía seguirle la rueda. Pero qué saltos, qué alegría, qué desenfreno… Hasta yo le jaleaba. Más me parecía estar en un partido de fútbol animando a La Roja que en mi propia boda, pero así son las cosas aquí. Amen.

La música

Antes de empezar a cantar los goles, Pastor James me sugirió que deberíamos traer una machine, es decir, un equipo de sonido. Pues vale. Enseguida se movilizaron David, Christian y las fuerzas vivas de Anyakpor. La novia se retrasaba, según la costumbre, así que había tiempo.

Como si lo vieran. Al final llegó Elena, pero no así los bafles, la gasolina para el generador, la mesa de mezclas ni los técnicos de sonido. Así que le tocó esperar un par de horitas, escondida entre unos matorrales a cien metros de la escuela, no fuera a mostrarse al novio antes de tiempo y romper el encantamiento.

Suerte que por allí apareció Sonia, una voluntaria austriaca a quien presenté durante nuestro viaje hacia Burkina Chasco, y que se cruzó el país, desde Tamale –dos o tres días de viaje-, para darnos un beso y un abrazo. Se agradecen estos detalles. Ella ejerció como dama de honor.

Cuando decidimos empezar sin machine, de repente, todo se resolvió. La ley de Murphy también está vigente en África. Rugió entonces Anyakpor y surgieron las sonrisas de los niños. Los que estaban ya dormidos por la tardanza despertaron y se sumaron a la fiesta. Los primeros acordes de Azonto -que empiezo a comparar sospechosamente con la Macarena española -levantaron el ánimo a los presentes, unas 150 personas.

Los discursos

Después de la entrada de la novia, vinieron los cánticos y el follón. Elena se hizo acompañar de DoBarrabás– y Perpetua, nuestros preferidos, y comenzaron los discursos.

Mamma Anna aparcó la cámara de video para mirarnos con esos ojos grandes y alegres que tiene. Nos dijo muchas cosas lindas y sinceras. Empezó el moqueo constante que ya no nos abandonaría.

Rafa, rebautizado con posterioridad King Africa, sufrió un ataque de Parkinson y entre la emoción y el cariño nos dedicó unas palabras cargadas de sentimiento.

Luego fue el turno de Elena. Habló a corazón abierto, como suele hacerlo, y me gustó mucho escucharla, allí sentado, a su vera. No recuerdo qué dijo. Recuerdo su mirada. Y la felicidad compartida.

Y luego cogí el micro yo, breve, sin extenderme, aunque no lo crean. Para decir Te amo y quiero compartir la vida contigo no hacen falta muchas subordinadas. Para demostrarlo, tampoco.

Escuchaba los estómagos y la impaciencia de los niños a mi espalda. Eran más de las 13h y tenían hambre. Aunque hubiera dado igual la hora. Los niños africanos siempre tienen hambre. Así que nos entregamos unos collares que compramos unas semanas antes en Lomé y nos dimos por casados, con un beso suave y tierno. Dejaríamos la pasión para más adelante.

Y después, qué quieren, allí nos remangamos y empezamos a repartir platos de comida entre la concurrencia –arroz picante con tajadas de pollo-, coca colas, mirindas y bolsas de agua potable. Y comenzó una fiesta como no ha habido otra igual en Anyakpor. Todavía se recuerda. Y todavía me paran por la calle para decírmelo.

Suave es la noche

Cuando las chanclas no nos sujetaban, iniciamos la retirada. Llegamos a casa y nos dejamos envolver por la magia del día.

Aguardamos la noche dormitando. Y cuando llegó, al calor de una caldereta de pescado, vino de Rioja y ginebra de importación pasamos la velada más excitante de cuantas llevamos en África.

Jawey, nuestro amigo rasta, se arrancó con sus grandes éxitos y todos le dimos unos toques al tambor. Rafa se convirtió en DJ y con nostalgia rockera y ochentera fuimos robándole minutos a una noche que no quería morir.

Elena y yo flotábamos, acompañados de Ana -bailona y divertida-. Lo dimos todo. Tanto que hasta competimos con el sempiterno ruido de la Iglesia de Pentecostés. Por una vez, seríamos nosotros los que joderíamos el sueño a los vecinos. Allí se estaba liando parda.

El despertar no fue duro. Tenía a Elena al lado y eso ayuda a afrontar cada día. Soy un hombre afortunado.

La embajada

El 15 de junio firmamos los papeles oficiales en la Embajada de España en Acra. Juan Antonio, cónsul, ofició la ceremonia como autoridad correspondiente. Fue en el despacho de la embajadora, bajo el retrato de su Majestad el Rey Don Juan Carlos, como manda el protocolo, aunque yo no podía evitar imaginarme a su regia figura en Botswana, de cacería, mientras me miraba así tan serio desde la pared. También pensaba en su yerno, Urdangarín, pero eso, me temo, es otra historia…

Fue cosa de 10 minutos. Consentimos y salimos de allí con el libro de familia a cuestas. Sin embargo, nunca imaginé que conseguir un libro diera tanta guerra. Para llegar hasta aquí sufrimos un auténtico camino de obstáculos.

Hace unos meses, cuando tratamos de ganar la frontera de Burkina Faso, me puse digno y dije que nosotros no pagábamos sobornos. Poco después, con los pantalones por debajo de las rodillas, reconozco que he sido víctima de dos de ellos. Un golpe duro para mi orgullo.

La embajada de España en Acra exige una licencia especial de matrimonio expedida por las autoridades ghanesas para que el matrimonio consular entre dos ciudadanos españoles pueda celebrarse.

Conseguir esa licencia es prácticamente imposible. Elena penó un mes por las instituciones de AdaDistrict Assambly y Juzgados, pagando una tasa que no era tal sino dinero en efectivo para el funcionario de turno- y yo me subí al carro para las gestiones en Acra.

Después de sufrir abusos y humillaciones por parte de funcionarios locales que no tenían otra cosa mejor que hacer que reírse de nosotros, acudimos a nuestra embajada en busca de protección. Nos dieron la información con cuentagotas y con más pena que gloria fuimos avanzando. Había pasado un mes.

Nos dijeron que debíamos apoquinar 200 cedis por la dichosa licencia en el Registro de Acra. Mr. Okyere -tiene gracia el apellido- nos pidió 300 dólares en un primer momento. Tras regatear, se quedó en 200 cedis. Nos dieron un papel con un plazo determinado. Ese plazo no resultó apropiado para resolver los trámites legales de la administración española. Un funcionario de nuestra embajada nos confundió sobre este aspecto. Entonces hubo que volver y repetir el soborno o la extorsión, esta vez, sin ni siquiera pantalones y las lágrimas de impotencia asomando en las pupilas. Al final, uno asume que un corrupto es más útil que un incompetente. Con esos 400 cedis hubiéramos podido subir una línea más de ladrillos en la escuela de Anyakpor o alimentar un mes a los 97 niños y niñas que allí estudian. Pero no, así son las cosas aquí. Fueron a parar al bolsillo de alguien que no lo merecía.

El cónsul español nos pidió disculpas por teléfono y en persona por la actuación equivocada del personal a su cargo. Agradecimos esta muestra de humildad y templó, un poco, nuestros ánimos. Todo esto me pasaba por la cabeza mientras decía yo consiento.

Después, todo ocurrió muy rápido y sin apenas darnos cuenta estábamos ya a bordo de un tro-tro rumbo a Keta.

Ana y Rafa, después del esfuerzo del viaje, no podían marcharse de Ghana sin conocer a Mamma Rasta y llevarse en la mochila de vuelta un trozo de esta cultura africana tan diferente, sugerente y atractiva.

Con nuestros papeles a buen recaudo y siendo ya marido y mujer a ojos de la ley, salimos pitando. A ver quién nos echa el guante.


El misterio del barco varado

El primer día que llegué a Ada, hace ya varios meses, lo dediqué a vagabundear por sus calles para hacerme una idea lo más real posible de dónde estaba y qué podía esperar del lugar.

Recorrí a pie y a plena luz del sol la principal avenida del pueblo, los estrechos caminos que llevan hacia el mar, el lugar donde se instala el mercado dos días a la semana –miércoles y sábados-, la larga carretera paralela a la playa, el pequeño embarcadero donde se alquilan las chalupas para navegar el Volta, algunos de los hoteles, pensiones y lodges donde las personas con dinero descansan y se divierten los fines de semana… Así fui dibujando un pequeño mapa en mi cabeza.

Hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Un barco de carga varado en mitad del río Volta, enorme, de casi 90 metros de largo. Le pregunté a un paisano por ese misterioso barco. “¿Y ese mastodonte, qué hace ahí?” Se encogió de hombros, desvío la mirada y me negó una respuesta. Es como si hubiera mentado al mismísimo diablo.

Leyenda urbana

Poco después, una vez que nos asentamos en el pueblo, empezamos a escuchar sospechosas leyendas sobre ese barco, su función allí, la tripulación, oscuros objetivos… Algunos de estos chismes los propagaba la escasa población extranjera que en aquel momento había en las inmediaciones. La mayoría local las secundaba. El barco es un símbolo de pecado, algo lógico teniendo en cuenta la excesiva religiosidad y mojigatería de mis vecinos -tomar una cerveza, no acudir a la iglesia o vestir de corto también es pecado. Igualito que en muchos pueblos de nuestra tierra, no se crean-.

Cuando los tripulantes del misterioso barco llegan a tierra, algo que ocurre los fines de semana y fiestas de guardar, el miedo recorre las cuatro calles de Ada. Los padres encierran a sus hijas. Los jóvenes afilan sus colmillos. El silencio se instala en un pueblo habitualmente atronador. Algunos comerciantes y las escasas criaturas noctámbulas que pululan por los alrededores se frotan las manos.

El capitán Fadhi, libanés de mirada perdida y tez morena, treintaypocos años mal llevados, menos de 1,80m de estatura, complexión delgada y boca con algunas ausencias molares desciende como un conquistador de su pequeña lancha inflable.

Le acompaña su inestimable George, nigeriano cincuentón, ágil y fiel escudero. Lo mismo ejerce de cocinero que de primer oficial a bordo, conseguidor en tierra o guardaespaldas, si la cosa se pone fea.

A veces, también les sigue el doberman Karlos, sin las orejas cortadas y de ladrido fácil. En su peregrinar hacia el Rub-Stone, club nocturno de Ada, se les une Gadafi, ghanés de mediana edad y borrachín del pueblo. Juntos forman la cuadrilla de la muerte.

Nuestro encuentro

Si no los encuentras allí, no resulta extraño hacerlo los fines de semana en la playa del Maranatha, a la hora del almuerzo o durante la hoguera nocturna de los sábados. Ahí no suele acompañarles Gadafi, sino dos o tres hombres de negocios libaneses que trabajan para el mismo dueño del barco.

Arriban en la misma pequeña embarcación, cargados del pescado de mar más fresco que hemos probado, pan de pita que parece recién horneado en el mismísimo Beirut, una ensalada aliñada con aceite de oliva y ajo que nos recuerda lo mejor de la dieta mediterránea, bebida variada bien fría en neveras que transporta George sin rechistar y altavoces donde se escucha música libanesa, donde no es difícil reconocer ritmos que bien podrían proceder del sur de la Península Ibérica.

En una de esas visitas a la playa, nos encontramos por primera vez. Era sábado a la noche, estábamos cansados, se había apagado la hoguera del Maranatha y queríamos regresar a casa. La jornada había sido larga. A un lado, podíamos atravesar un campamento sin senderos, repleto de infraviviendas, sin luz y con basura… y con suerte alcanzar un puente que nos pusiera en camino hacia casa. No había motos disponibles a esas horas y nos quedaría un largo trayecto de unos cinco kilómetros de regreso. No era la mejor idea.

Otra opción era alquilar una lancha y cruzar el río hasta el embarcadero. Y desde allí, andar hacia Mizpah, donde residimos, a una distancia de unos dos kilómetros. Parecía más sensato.

La tercera vía la descartamos. Dormir en la playa. Ya lo hicimos con anterioridad y las cabañas hippies que nos rodean, a pesar de su buena apariencia, son poco confortables, además de la ausencia de cuarto de baño y agua dulce para asearse.

Apuramos el último trago de vino Terminator y le pedimos a Papas, gerente del Maranatha, que arrancara el fuera borda. Cuando nos levantábamos, se acercó el capitán, que vestía bermudas floreadas, un polo con un cocodrilo en el corazón y una gorra azul con la publicidad de una empresa de construcción. Saludó cortésmente y se ofreció a llevarnos a casa. Caímos en sus redes.

Durante el viaje, nos presentamos, comentamos qué hacíamos en este perdido y olvidado lugar de África, nos contó que él era el temible Capitán Fadhi y nos invitó a visitar el barco a cualquier hora y en cualquier momento. Había nacido una extraña relación.

Al día siguiente, por Ada se extendieron extrañas habladurías. El capitán y los blancos eran amigos. Los voluntarios bienintencionados se juntaban con el personaje mas controvertido del pueblo. Ardían los chismorreos en Radio Macuto. Noté algunas miradas de desaprobación en el cogote mientras cogía el tro-tro que me llevaba al trabajo.

Poco después, visitamos el barco varado y no descubrimos armas ni fardos de droga ni especies en peligro de extinción recluidas ni ninguna sustancia ilegal almacenada en sus bodegas. Descubrimos, simplemente, que se dedica a extraer arena del Volta para venderla en uno de los negocios de construcción que el Big Brother libanés tiene en Acra -la denominación del jefe es real. Nadie le llama por su nombre-. Estará allí por tres años tras una concesión del gobierno ghanés. Todo en regla. Todo legal.

Torrente en Ada

El capitán es un personaje que provoca devoción y rechazo en Ada. Para unos es machista, juerguista y autoritario. Para otros, cortés, desprendido y melancólico. De un lado, sus forofos le adoran.  Quien comparte su mesa no paga y quien le sirve o satisface recibe una propina equivalente al sueldo de un mes. Estas personas hablan maravillas del capitán Fadhi. Otros le acusan de tratar con desprecio a la población local, de comportarse como un conquistador y de mostrarse por encima del bien y del mal.

A mí me parece una versión libanoghanesa del inspector Torrente, personaje creado por Santiago Segura, un antihéroe total que podría inspirar novelas o posts como este. Mi capitán no rinde pleitesía a El Fary, sino que se deleita con la música de los Gipsy Kings. Más de una vez hemos bailado en la playa, al son de sus acordes. Es musulmán aunque su Dios, dice, es muy democrático ya que le permite cometer cuantos excesos quiera. Se trata de un tipo curioso, quizá no nos hubiéramos acercado nunca de no vivir ambos en un lugar como este, sin más alternativas. A él también le resulta extraño alternar con voluntarios sociales.

Por supuesto, hay muchas actitudes y comportamientos que no me gustan o que no comparto. Pero también reconozco que es un personaje entrañable, solitario, que muere por un poco de calor humano y que trata a cuerpo de Rey a sus amigos.

Además, su piel y la mía tienen la misma tez, nuestra edad es pareja y a veces somos los únicos que pedimos cerveza en el bar. Estas coincidencias tan frívolas nos han convertido en algo así como compañeros de armas.

La soledad, ya lo saben, hace extrañas parejas. Fadhi es también el único en este entorno que me llama por mi nombre: Ángel, pronunciando la g debidamente. En el pueblo nadie distingue entre uno y otro, lo que a veces provoca inquietantes confusiones. Observar a veces te convierte en cómplice. Y asumo mi responsabilidad. Quizá por eso no nos juntamos mucho, sólo cuando esa maldita sensación, que se llama soledad, golpea con insistencia nuestra puerta y soy capaz de pactar con el mismísimo diablo a cambio de una dosis de diversión.


Los ladrillos de Anyakpor

Los ladrillos de la nueva escuela de Anyakpor, 1.580 en el momento de escribir estas líneas, los ha fabricado uno a uno Kofi, un albañil honesto y trabajador de Aflao, en la Región del Volta. Él es el más currito de este proyecto. Construir esta escuela ha sido una experiencia nueva. Apasionante. Desesperante. Otra vez apasionante. Y más tarde realmente satisfactoria.

Empezamos trabajando en esta comunidad en noviembre de 2011, ya lo saben, construyendo bancos y mesas para una escuela que parecía un centro de acogida precario. Nuestros alumnos –97 menores sin recursos, algunos huérfanos- se sentaban entonces en la arena. Más tarde -en marzo de 2012- llegó el material escolar. Hasta ese momento, hacían cuentas también sobre la arena.

El progreso

Después, estuvimos valorando presupuestos para traer agua potable a la escuela,  luz eléctrica y construir un baño que contribuyera a mejorar las condiciones higiénicas de los menores.

He contado otras veces que Anyakpor es una comunidad pobre entre las pobres. Aquí muchos niños y niñas no reciben educación, duermen en el suelo, no tienen las necesidades básicas cubiertas. Sus padres no pueden pagar las tasas ni los uniformes ni el material escolar para que sean aceptados en un colegio público. Algunos ni siquiera tienen padres. Viven acogidos en otras familias de la comunidad.

Desechamos las ideas anteriores tras tener varias reuniones con las autoridades locales. En diciembre habrá Elecciones y el Gobierno quiere electrificar antes la parte a oscuras del país -30% según las estadísticas, mucho más amplia en áreas rurales como esta-. Entre sus apuestas puede estar la comunidad de Anyakpor. Los políticos locales hacen lobby para ello. “Estamos cerca”, nos dijeron.

En otra comunidad, Futuenya, donde vivimos, tampoco había electricidad pero llegó hace dos meses. Fue a lo bruto, como se hacen muchas cosas aquí. Aparecieron unos trabajadores, blandieron sus hachas, se cargaron el árbol de mango de la entrada de casa, talaron cuantas palmeras encontraron alrededor y arrasaron con todo lo que pudieron. Trajeron la luz, sí, y ahora los vecinos que pueden pagarla –7 familias de 300- se alumbran con bombillas, pero el entorno está arrasado.

Quienes no pueden pagar las facturas, como los que viven más cerca de nuestra casa, siguen alumbrándose con hogueras y candiles. El progreso está a la puerta de sus chabolas. Pueden verlo, tocarlo, pero no disfrutarlo. También se han quedado sin los mangos del árbol y sin los cocos de las palmeras. ¿Para eso trajeron la luz? Pero esa es otra historia…

Iglesia, escuela o centro de acogida

La anterior escuela de Anyakpor no era tal, sino una iglesia con poco uso o un centro de acogida temporal. Sí, topamos con la Iglesia.Y un buen día decidieron utilizarla para el fin para el que fue construida: dar misas y tener encuentros religiosos, así como estudios bíblicos, catequesis y todo lo que quisieran. El edificio es suyo y hacen lo que quieren con él. No nos echaron a la calle. Venían cediendo el local desde 2008 y al ver a unos blancos –dólares con patas– entendieron que cada cual en su casa y Dios en la de todos.

Entonces decidimos ponernos manos a la obra para construir una nueva escuela que mejorara las condiciones de los niños y niñas. Llegamos a un acuerdo con los servicios sociales, los líderes comunitarios, el chief de Anyakpor -que se lleva 10 cedis por consulta- los padres y tutores de los alumnos, el Pastor que guía nuestro proyecto -sí, ya está dicho, sin la religión es imposible impulsar nada aquí- y todas las personas que consideramos influyentes.

Pedimos varios presupuestos y ninguno se parecía a otro. Tampoco había maestros constructores que nos dieran seguridad. Ser blanco en África abre muchas puertas, pero también eleva los costes y dispara la imaginación de las personas a las que entrevistas.

Para contrastar la información que habíamos recogido acudimos a Peter, delegado de la ONG holandesa Foundation for build -dedicada a la construcción de escuelas, baños y otros servicios en Ghana-. Nos dio las indicaciones básicas, tras terminar el queso manchego que quedaba en nuestra despensa y darle un viaje a un vino español que ocultábamos en el fondo de un armario. Fuimos para adelante. Con casi 4.000 euros se podía construir una escuela.

Campo de refugiados

Cuando nos mudamos de la Iglesia/centro de acogida, todavía no estaban puestos los cimientos de la nueva escuela de Anyakpor y los niños y niñas dieron clase en un improvisado campo de refugiados, montado para la ocasión. Un puñado de tablones, dos lonas y a correr. Al menos no estaban todo el día en la playa y se convertían en testigos privilegiados de cómo avanzaba su escuela.

En mitad de una extensión de tierra que el Pastor había adquirido con donaciones de amigos, el cepillo de la iglesia, aportaciones de la comunidad y una rebaja tras arduas negociaciones con el Chief y otras autoridades locales, instalamos esta escuela provisional y comenzamos las obras de la definitiva. También se iniciaron los trámites necesarios para el registro y legalización de la escuela. En un futuro próximo podrá contar con el apoyo del Gobierno local.

Los obreros

Decidimos contratar a una cuadrilla de tres albañiles y tres carpinteros, y contar con 16 voluntarios de la comunidad. Estarían liderados espiritualmente por el Pastor James y supervisados por nosotros.

Jon, el carpintero jefe, se encargó de acompañarnos a hacer las compras en Kasseh. Seleccionamos las maderas para la estructura y el techo, las de más calidad y las más resistentes. Compramos los pilares, las vigas, los clavos, las planchas de aluminio… una lista interminable, que discutimos durante días. Era viernes 11 de mayo y a última hora de la tarde todo el material estaba descargado en Anyakpor. El lunes comenzaríamos a trabajar.

Transcurrió el fin de semana y el lunes me acerqué a las obras. Sorpresa. Ningún carpintero se había presentado. Jon se había dado a la fuga. De hecho, permanece en paradero desconocido desde entonces. Tengo ganas de echármelo en cara.

Y el resto no había comparecido, salvo Kofi, el albañil formal que encabeza este texto. Los padres de los alumnos que debían colaborar en el trabajo comunitario andaban desperdigados. Justo en estas fechas, estación de lluvias incipiente, comienza la temporada de “farming” y los terratenientes contratan agricultores a cambio de comida y un pequeño jornal. Por contra, a la mayoría, nosotros les habíamos ofrecido sólo comida y  bebidas. En eso consiste el trabajo comunitario y voluntario. Era lo convenido, pero en Ghana lo convenido es papel mojado por muchas reuniones previas que hayas tenido.

Así que ahí estábamos. El Pastor con su Biblia, algunos fieles secundándole -sin trabajar, pero haciendo bulto- y el blanco poniéndose colorado de indignación. Cargamos 100 bolsas de cemento, un camión entero de grava y fuimos a buscar a otros trabajadores. Las mujeres colaboraron más que nadie. Sus cabezas soportaban a veces 50 kilos de peso.

Me sentía un reclutador militar. Casa por casa, le preguntaba a quien abría si tenía hijos en nuestro colegio. Si era así, me los llevaba de una oreja. Era un auténtico baefono. Un auténtico capataz. La cabeza volvía a darme mil vueltas. Por fin, a la hora de la comida, las doce del mediodía, reuní una cuadrilla y empezamos a trabajar.

Como en todas las obras, a pesar de la planificación, los presupuestos y todo lo que ustedes quieran, los materiales no fueron suficientes y los plazos no se cumplieron. En una semana, fundimos casi todo el fondo de compensación que había reservado -20% extra-, pero al final, estirando, reduciendo bebidas y transportes, economizando y solicitando nuevos apoyo llegamos a puerto.

Hubo que hacer dos viajes más a Kasseh, comprar más madera para la estructura, más planchas de aluminio para el techo, recuperar unos clavos olvidados en la ferretería y discutir con unos y otros, además de hacer frente a situaciones curiosas.

Ya saben que en Ghana, los funerales son una fiesta y todo el mundo que está invitado acude, sí o sí, tenga o no que trabajar. En nuestro caso, se celebraba un funeral por un familiar lejano de uno de los trabajadores. Era una persona muy querida y los festejos comenzaron en la comunidad un jueves y terminaron un lunes. Perdimos cuatro jornadas de trabajo -aquí los sábados son laborables- y no se podía hacer nada, salvo dar el pésame  y esperar.

Sueño hecho realidad

Por fin, el 6 de junio terminamos la primera fase. Hemos mejorado sensiblemente la situación que encontramos en noviembre. Tenemos un espacio suficiente para que 97 niños y niñas den clase con cierta normalidad y lo hemos hecho con la época de lluvias encima. Nuestra estructura les cobija ahora con seguridad. Cinco líneas de ladrillo a la vista en las paredes -más dos bajo tierra que sostienen la construcción-, un suelo de cemento, tejado de doble hoja de aluminio y pilares y vigas resistentes e integradas en el entorno. Los niños no han estudiado en un lugar así en su vida. Estamos satisfechos. Esperamos que ustedes también.

La educación en Ghana, como en toda África, es fundamental y precaria. El 35% de la población en este país es analfabeta. En esta región la estadística alcanza el 65%. Construir una escuela es dotar de una pequeña esperanza a la comunidad. No creo que ninguno de los 97 menores que tengo delante ahora llegue nunca a la universidad. Lo digo con pesar. Con mucho pesar. Pero también creo que estos 97 elementos sabrán leer y escribir cuando salgan de aquí, se expresarán correctamente en su lengua local y en inglés, el idioma oficial, conocerán las cuatro reglas de matemáticas para desenvolverse en el mercado y puede que tengan una oportunidad de mejorar sus vidas. Con eso nos basta.

Hemos pasado muchas noches sin dormir, nos hemos dejado la garganta, he estado a punto de practicar el canibalismo, incluso el magnicidio al querer atentar contra el Pastor y nos hemos sentido engañados y defraudados en algunos momentos por los líderes comunitarios, los obreros, los servicios sociales y los proveedores. Pero también hemos disfrutado mucho. Hemos sacado fuerzas de flaqueza, hemos encontrado gente maravillosa y desinteresada dispuesta a no dejar que nos rindiéramos y, lo más importante, hemos cumplido el objetivo de construir una escuela digna. Los fondos los han aportado ustedes, lectores, visitantes, amigos, familiares. Qué podemos decirles. Gracias por hacer este sueño realidad.

Las visitas de estos días, Ana y Rafa, han traído más fondos y hemos decidido, con el apoyo de las personas implicadas en el proyecto, ampliar una clase más, separar los ambientes y lograr más espacio y comodidad para los alumnos. Nos cuesta unos 1.500 euros al cambio. Y en eso estamos, otra vez reclutando obreros, comprando material y empantanados hasta las orejas. Pero felices. Gracias por el apoyo y la confianza, de verdad.