Síndrome de Baefono

Hoy es uno de esos días en los que le perdonarías a Fito la traición a Los Platero. Uno de esos días en los que necesitas escuchar canciones tristes, sencillas y melancólicas para ver si las desgracias de los demás te suben el ánimo. Quieres sentir cómo Camarón se desgarra la única camisa que tiene o cómo Morente se rompe la garganta por dedicarte un cante. Hoy te gustaría que el maestro Rosendo saliera de Carabanchel para gritarle a los cuatro berberechos de la administración de Ghana, a los mismos que te ponen tantas zancadillas, que son unos flojos de pantalón.

Es un día gris y te cubres los rizos con el pañuelo a cuadros de Kutxi, sacas el trabuco, acomodas la faca en la faltriquera y subes el volumen para que se estremezcan las palmeras de Futuenya. Necesitas ruido y rock and roll, hacer un brindis al sol con Los Enemigos. Hasta el Rulo, recién huido,o el Yosi, suavemente, se dejan caer por este lugar perdido de África Occidental. Así podría seguir con la banda sonora de estos meses, pero ustedes están aquí para leer un post, no para escuchar música.

Aquí se vive cada momento con verdadera intensidad. A veces te toca hacer frente a dificultades y las fuerzas merman, se derriten, no sólo por la temperatura. También tiene que ver con la idiosincrasia del país, la forma tan distinta que tenemos de resolver las situaciones. El caso es que a veces el cansancio te suelta un derechazo y te vas contra la lona, miras al tendido -no ves nada- y estás a punto de tirar la toalla. Luego recuerdas unas cuántas cosas: la sonrisa de los niños, la capacidad de resistencia de estas gentes, la vida a borbotones que emana de cada chabola… Entonces te levantas, dispuesto a parar otro golpe.

A veces son cosas cotidianas. La luz y el agua se van a diario. Es algo normal y hasta puede parecer divertido la primera vez. O el primer mes. Pero resulta que es lunes y vienes de jugar al fútbol, con arena hasta en las orejas, los pies negros, la camisa adherida a la piel. Y no tienes ducha para lavarte. Y te da vergüenza quejarte porque los vecinos no tienen agua para beber. A su lado eres sólo un baefono protestando sin adaptación al medio.

Pero es que otro día vienes de Acra, bien podría ser un martes, y esta vez se te dio mal de verdad. Tardaste cuatro horas de ida y cuatro de vuelta, metido en un tro-tro que paraba cada cinco minutos. Estabas pegado al asiento. Lo compartías con otra persona. Tuviste mala suerte y ni siquiera lograste uno propio. Sudabas. Y el olor en el vehículo era intenso porque quien viajaba cerca de ti acudía al mercado de Kasseh para vender cuatro tilapias y un puñado de peces ahumados -que no sabes nombrar en español- . Y era tan temprano que se te revolvió el estómago. Y a punto estuviste de liarla con un amago de vómito. Y te hubieras convertido en un baefono blandito y quejumbroso.

Y en Acra, según ibas hacia la administración, recordaste las palabras de la máxima autoridad judicial del país. Se llama, Teodora y te la encontraste hace meses en el pueblo, cuando inauguraron el mismo juzgado en el que han pretendido timarte hace unos días. “Nadie debe pagar un soborno por un trámite administrativo legal”. Y sabes que es mentira. Te hacen esperar horas y horas sentado en una silla incómoda, sin darte ninguna información. Hablan de ti en su lengua local lanzándote miradas furtivas. La guerra psicológica está en marcha. Y se sienten vencedores porque son los dueños del tiempo y saben leer tu ansiedad. Y te han visto tres veces en esa ventanilla. Y saben que van a ganar. Pero esta vez no ganan. Porque te rebelas. Y por eso te ha tocado comerte este viajecito a Acra, de gratis, por listo y por blanco.

Y si no es la funcionaria de turno, lo será el policía que te da el alto en la carretera. Te mira con cara de perdonarte la vida, te pide los papeles, revisa tu pasaporte y te indica que, si quieres seguir, debes darle una propina. Y te niegas, como siempre, con una sonrisa, levantando las gafas de sol, mostrando que tú no ocultas nada, que no tienes miedo, que eres un voluntario que ayuda a la comunidad. A su comunidad. A sus hijos. A los de su hermana. Y a los que se ponen por delante. Tú no vas pidiendo papeles a nadie para echar un cable.

Otro día cruzas la frontera por Aflao, otra vez, con dirección a Togo, porque es más fácil este trámite que pelear durante días, semanas o meses con otra funcionaria amargada y estreñida en la oficina de inmigración de la capital del país. Para que te dé largas, luego, alegando que el tipo que firma la solicitud se ha marchado justo dos minutos antes de que llegaras. Y tendrás que regresar en otro momento. Siempre se va cuando tú apareces. Qué casualidad.

Pero no hay problema, tú eres duro y llegas fácilmente a Lomé. Y lo pasáis bien porque es una ciudad agradable cuando se va de turismo. Y tiene mucha alegría en sus calles. Y algunos restaurantes buenos. Y lugares donde la música te hace vibrar. Y la mujer de un suizo, togolesa, te corta el pelo gratis, por el placer de hacerlo. Y te reconcilias con África. Y con sus gentes. Y todo es maravilloso.

Y resulta que es la Final de la Champions League y Monsieur Mariscal Didier Drogba marca para el Chelsea cuando va a expirar el partido. Y el tipo es tan machote que tira el penalti decisivo y marca. Y no le importó haber fallado unos meses antes frente a Zambia en la final de la Copa de África. Él es un señor, un ganador y representa el espíritu de este continente. Y por eso en todos los bares de Lomé, de Ghana, dicen que de Burkina Faso, Níger y, por supuesto, Costa de Marfil se celebra esta victoria como propia. Tan necesitada está África de victorias que con poco se conforma. Y tú también estás feliz. Porque te gusta ver a la gente contenta aunque sea por el resultado de un partido de fútbol.

Y con ese buen rollo regresas a la frontera, con las pilas cargadas, para volver a casa, donde te espera la rutina, el trabajo, el esfuerzo, las dudas, la lucha, la satisfacción. Pero te encuentras a otro policía que deja pasar sólo a Elena y a ti te retiene diciendo estupideces que no son verdad. Ambos sabéis que sólo quiere sacarte un poco de dinero. Los funcionarios cobran poco y siempre te la lanzan, por chicuela. Pero tú envidas a grande. Tu lenguaje corporal dice que no vas a pagar. Ni al tipo que quiere cobrar un cedi por ver que tienes la vacuna de la fiebre amarilla en regla ni al jefe fronterizo que durante una hora sigue haciendo preguntas absurdas para ver si te coge en un renuncio. Aguantas, aguantas, estás tranquilo y al final cruzas la barrera. Pero detrás vienen tres holandesas, jóvenes, voluntarias y escuchas cómo les piden 150$ por una visa que no vale más de 30$. Y no te dejan volver atrás y ellas no alcanzan a ver la seña que les haces, dúplex, para que no les estafen, para que estén firmes y no se rindan. Pero ceden. Son víctimas de este atraco legal. Estamos a mediados de mes. Cedis a la buchaca para un miembro destacado de la burocracia de un país de renta media.

Y otra vez vuelves a la administración de Acra, cada vez más desanimado. Ya no sabes qué día es, tal vez miércoles. Estás en el Registro General para que te den un papel importante. Vuelva usted mañana. Y vuelves. Venga otro día. Y regresas. Pague usted una tasa, pero no le doy recibo. Y preguntas en tu Embajada. Y te dicen que es así. Entonces 300$ te parecen demasiados. Y lo dejas en 200 cedis porque, señor corrupto, soy voluntario y eso es más de lo que pagamos por el alquiler de la casa un mes. El tipo te mira con indiferencia. A la vez que resuelve tu trámite, se hace con un bolso para su mujer. Ese es el impuesto revolucionario que una ciudadana ha pagado para acelerar su gestión.

Si no lo haces, tu solicitud dormirá el sueño de los justos. Y te revuelves. Y lo dices. Y vuelves a informar a tu Embajada. Y sientes impotencia. Y todo el mundo sabe que es un soborno pero nadie hace nada. Y tú no te lo explicas. Y sabes que en España a ellos les tratan peor. Pero tú no tienes la culpa. No tienes que pagar porque tu Gobierno y el de la Unión Europea blinden sus fronteras, ni porque tus policías tengan comportamientos racistas ni por tantas otras historias a las que precisamente te opones. Y no sabes por qué ocurre esto. Y no quieres que ocurra. Y es una vergüenza y todo el mundo parece estar en el ajo.

Sales a la calle con las manos en los bolsillos, eres un soldadito marinero que camina, sin prisa, por un asfalto que se te pega a las suelas con cada paso. Y te llaman blanco. Obroni. Y te chistan. Y quieres que te dejen en paz. Que no te molesten. Que no te traten como si fueras un marciano. No quieres que cada dos minutos te pregunten adónde vas, qué haces aquí, cómprame un puñado de cacahuetes. Quieres un poco de tranquilidad. Rumiar tus circunstancias. Confundirte en el caos de los coches sin que te atropellen. Sí, eres un urbanita y a veces el anonimato de la Gran Vía no es tan malo. Entonces te acuerdas de una noche, junto a Dani, en Lavapiés, hace una eternidad. Y de una pintada que os llamó la atención. “Al César lo que es del César…. 23 puñaladas”. Y sientes que llevas unas cuantas en la espalda.

Estáis construyendo una escuela para niños pobres de la calle. Trabajas en la Radio comunitaria. Elena lo hace en el hospital. No hay regalos para todos. Vivir en África Subsahariana es apasionante. Pero también duro. Y difícil. Hay muchos momentos.

Llegas a Ada en viernes y quieres encontrarte con un amigo para tomar una cerveza. No están. Los colegas locales desaparecieron cuando dejaste de pagar las consumiciones. No quieres que miren más tu billetera. Así que coges una caja de birras y te vas para kely. Este no es un lugar bucólico. Aquí la miseria es sangrante. Nadie tiene para vicios. Si el blanco paga, todos contentos. Si no, mala suerte, ya vendrá otro. Por eso, te encierras y pones otra vez música. Y te imaginas en el Maneras, en el corazón de Chamberí. El barrio de tu padre. Y tu última morada antes de partir hacia estas tierras. Y recuerdas a Carlos, su mirada comprensiva, mesándose los cabellos, haciéndose la coleta. Le ves encendiéndose un cigarro de esos que ya no le dejan fumar. Te abre una Mahou. Él se pone otra. Y chocáis los tercios, en silencio. Y aparece Eloy. Y comparte la escena, con discreción, ajustándose las lentes y dando un trago corto a su botella sin plomo.

Pero fue un espejismo. Ahora estás sentado a la mesa, para el desayuno o la cena, cualquier día, sucede siempre. Encuentras los rostros desesperados de mocosos de cinco años pidiéndote las sobras. Josaia, Forgive, Mesi, Eduard, Enok, Prince, Benedicta…Y te revuelve. Y te indigna. Y no sabes si cerrar la ventana y meterte debajo de la mesa. Porque ellos no se van. Te acompañan sus voces: “baefono, biscuits”, “baefono rice”, “baefono, baby chop chop”. Y conoces a la familia. Habéis intentado ayudarles. La mujer tiene 40 años y acaba de tener su decimoprimer hijo. No puede alimentarlos a todos. Un día sacasteis comida. Poco después había una fila de gente aguardando su ración. Y si no das nada, se quedan en tu puerta. Claro que lo comprendes. Tienen hambre y el hambre es cruel. Y tú tienes dinero. Al menos más que cualquiera de los que te rodean en la comunidad. Y ellos ni saben ni quieren entender que eres voluntario. Y que esto será pan para hoy y hambre para mañana. Y seguirá mientras no haya trabajo ni reparto de la riqueza. Ni lleguen a las personas los dividendos de ese petróleo que dibuja cifras magníficas en las estadísticas del país. La Noruega de África le dicen a Ghana. Pues estos no viven como noruegos, ni siquiera como griegos.

Por fin, llega la noche. Y te acuestas. Estás cansado, derrotado, quieres descansar diez horas. Pero comienza un funeral. La misma música machacona de siempre en la Iglesia de Pentecostés. Durará todo el fin de semana, como poco. No se puede dormir. La comunidad está de fiesta una semana tras otra. No tendrán para cubrir las necesidades básicas pero se empeñan hasta las cejas para despedir a los suyos con dignidad. Y es bonito, pero jode cuando están en la ventana de tu dormitorio. Feligreses danzando con sus linternas, chupando whisky en monodosis de plástico, bebiendo a gollete licores destilados en cualquier caseta y vino de palma caliente y fermentado dos días antes. Velan a sus muertos. Y tú eres insensible por querer planchar la oreja.

Y ya es por la mañana, temprano. Y empieza otro día. No tienes mucha energía, pero te levantas y vas al baño. Sigue sin correr agua por el grifo. Y Mr Narty tiene puesta la radio desde las seis de la mañana. La sintonía de Radio Ada te taladra la mollera. El casero es simpático, tienes un montón de anécdotas con él, pero también es un viejo avaro que sólo mira la pasta. Hoy toca limpieza. Te dice que sí. Siempre dice lo que que quieres escuchar. Y es una pena. Porque es falso. Y pasará un día. Y otro. Y al final lo harás tú, a pesar de haber pagado por ello y pensar que generas empleo local.

Y traerás gente a dormir a tu casa y te dirá que pagues un extra por ellos. Porque gastan luz y agua. Pero si apenas hay luz ni agua. Y siempre querrá más. Y no tendrá en cuenta que pasas mucho tiempo con sus hijos, educándoles noche a noche, que cuidas su hacienda cuando no está, que le ayudas con las tareas, que confías en él. No. Sólo le importa tu dinero. Y eso también duele. Porque tú no eres un hombre de negocios. Ni te interesan. Él es un pobre diablo que no mira más allá de hoy y no valora más que los billetes que guarda bajo llave. Y cansa ponerse siempre en el lugar del otro porque nunca nadie se pone en el tuyo. Y así también es África. Y todo esto te ayudará a crecer, lo sabes. Pero a veces no quieres crecer más. Ya te ves bastante talludito. Da igual. Esto son emociones fuertes.

Tu espalda burguesa necesita un colchón adecuado o un sofá. Y tu paladar, un café de verdad. Y tu corazón necesita ver el rostro de tu madre. Y de tus hermanos. Y te llaman. Y te gusta. Y les echas de menos. Y no te rindes porque ellos se sienten orgullosos de ti, de Elena, de lo que hacéis.

Te encuentras con algunas personas con las que colaboras. Saben que te marchas a finales de agosto o a primeros de septiembre, nunca prestan atención, por más veces que lo digas. Y entonces saben que se les acaban las oportunidades de quedarse con algunos cedis más. Y aprietan. Y se quitan las caretas. Y tú les dices: “Los billetes no son mangos. No crecen en los árboles”. Y se ríen. Se ríen mucho. Y a ti no te hace ni puta gracia porque estás muy serio. No son todos. Son algunos. Pero son de tu círculo y te cogen con la guardia baja.

Y encima siguen las nubes. Y vienen las lluvias que aquí son como diluvios universales. Y los casos de cólera se disparan. Y hoy se habla de 17 muertos y 640 casos sólo en Acra el último mes. Y otros dicen que hay más. Y el cerco de la malaria se estrecha. Y la gente enferma. No tienen mosquiteras. Viven junto a aguas estancadas. Serán víctimas inminentes. Y se lo dices a los curas, a los pastores, a los reverendos, a los chiefs, a los líderes comunitarios. Y hablas con el gobierno local. Y te dicen que vayas a rezar. Y tú no quieres rezar. Y te miran como si fueras un blanco que no se entera de nada. Y la cabeza te da vueltas. Y dicen que no les entiendes. Te responden que tú eres baefono y los sábados te vas a la piscina. Y los fines de semana bebes vino. Y una vez fuiste a una isla privada. Y te piden más plata. Te preguntas si hacía falta venir para esto. Te enfadas mucho. Y entonces reculan. Se achantan. Y estás tan confundido que sólo necesitas escribir este post o que suene una canción. “Es sólo una canción pero me siento mejor”.

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Con la Jet Set

Era un sábado tranquilo. Estábamos en el Tsarley Korpey, el hotel de Ada donde nos dejan bañarnos gratis en la piscina una vez a la semana. Es el único privilegio que tenemos por ser voluntarios. Y se agradece.

Es un hotel de lujo, en comparación con cualquier otro lugar público de este entorno. Aunque en España sería el equivalente a un hotel de tres estrellas superior, aquí nos parece el Hilton. Además, tiene wifi gratis. Y Fred, el encargado, y estudiante de periodismo, nos deja utilizarla con un guiño cómplice cuando nos ve aparecer por el vestíbulo.

Íbamos a largarnos cuando escuchamos hablar en nuestro idioma. Una increíble novedad por estos lares. Nos acercamos y conocimos a dos familias de expatriados españoles. Estaban allí porque al día siguiente se celebraba una fiesta en una isla privada y les habían invitado. Nos dijeron que podíamos sumarnos. Fue nuestro billete de entrada a la Jet Set de Ghana.

Ada, como saben, es una fuente inagotable de contrastes. Por un lado, es el lugar donde las personas adineradas tienen sus mansiones y pasan los fines de semana, a todo trapo y sin cortarse un pelo. Y por otro, es una zona rural y pobre donde la mayoría de la gente vive en infraviviendas, con altos niveles de analfabetismo, ausencia de tendido eléctrico y falta de suministro de agua potable. Elijan ustedes el bando al que prefieren pertenecer. O intenten quedarse en tierra de nadie, haciendo equilibrios entre dos mundos tan opuestos.

Nos fuimos a casa sorprendidos por tener un plan nuevo para el fin de semana y por poder meter las narices en un entorno tan distinto al nuestro. Ya ven, nos ponen delante un trapo rojo y entramos como miuras. Qué debilidad.

Una cena irlandesa

Ese sábado también teníamos una cita con Mr Bryan Harrys, hombre de negocios británico a quien presenté hace unos pocos posts. Resulta que tuvo un accidente hace poco y Elena se ha convertido en su fisioterapeuta de cabecera. Digamos que cambia una sesión de masaje por una invitación a cenar. Y yo, como fisio consorte, también estoy incluido en el trueque. Pues guay.

Mr Harrys tiene un amplio círculo de amistades. 43 años en el país dan para mucho, me imagino que se hacen cargo. Cuando organiza algo, siempre hay más invitados.

En esta ocasión vino Bryan, un irlandés de Cork, cuarentón, superviviente del Tsunami que devastó el sudeste asiático en diciembre de 2006.

Bryan el irlandés no sabe cómo sobrevivió a aquello. Él estaba en la isla de Phuket, en Tailandia, uno de los paraísos del turismo internacional. De repente el mar se alejó, se perdió en la lejanía y luego atacó con una fuerza inusitada. No fue una única ola, sino varias. Su testimonio es estremecedor.

He escuchado historias similares en el lugar donde ocurrieron, junto a Jacobo, que trabajó muchos años en proyectos post Tsunami en la zona, pero no dejan de sobrecogerme. La impotencia, el miedo, la sensación de que la muerte se te viene encima y no tienes salida. Debió ser terrible.

Como recuerdo de aquella tragedia, a nuestro amigo irlandés le queda una parálisis parcial en una mano y otras heridas en el cuerpo. Aún así tuvo suerte. Salvó la vida, huelga decirlo.

Después de aquello, decidió establecerse definitivamente en este rincón de Ghana, comprarse un barco y dedicarse a organizar salidas para pescar o excursiones por el océano Atlántico con extranjeros o con quien puede pagarlas. El mar es su vida. Le ha perdonado aquella traición. Nos ha invitado a navegar con él un día de estos. A ver si Elena se anima.

Es un lobo de mar experimentado y, como corresponde, su cuerpo está lleno de tatuajes. Es parco en palabras y suele hablar para el cuello de su camisa, pero es una persona divertida y canta magníficamente bien.

Como buen irlandés, cuando llevábamos unas cuantas copas de vino encima -la Guinnes se vende embotellada en este país y no sabe igual, por lo que no la consume- se arrancó con una copla tabernera y alegre. Faltó la gaita. El cuadro fue enternecedor. Lo pasamos realmente bien. Además, nos comimos un pollo a la lata de cerveza. Sí, como lo leen. Otro día les cuento cómo es esto porque se cocina con la lata atravesando al ave. La receta la copió Mr Harrys en el aeropuerto de Zurich y tiene tela.

A toda vela

Nos levantamos el domingo bastante tarde, perjudicados por los excesos de la noche anterior. Además, por si fuera poco, la madrugada nos regaló una tormenta tropical, con rayos, centellas y truenos. Parecía que la casa se nos iba a caer encima. Imaginen a nuestros vecinos, con sus techos de hoja de palma y sus casas de adobe o bambú. Nos asomamos por la ventana y, al menos, no hubo que lamentar daños por ese lado. El agua, eso sí, estaba estancada cercando los hogares de la gente, casi aislándolos.

A nosotros, se nos inundó el baño, pecata minuta. Una vez que estuvimos dispuestos en perfecto estado de revista, llamamos a Álex, uno de los españoles que habíamos conocido el día anterior, para confirmar que verdaderamente podíamos ir a la fiesta en la isla privada. Nos dio luz verde.

Embarcamos en una lancha fueraborda prevista para la ocasión y disponible para los invitados. Antes de hacerlo, nos asaltó una duda. ¿Deberíamos llevar algo? ¿Qué se le lleva a un millonario? ¿Qué se puede comprar en nuestro pueblo un domingo? Fuimos con las manos vacías y nada más montarnos en la lancha sentimos un poco de vergüenza. Junto a nosotros, venía un grupo de jóvenes franceses: guapos, fashion, cool … de los que te puedes encontrar en el Barrio de Salamanca de Madrid, vaya. Venían cargados con unas cajas de Moêt Chandon. Joder, qué movida.

Llegamos a la isla y nos recibió el anfitrión, Mr Subi, libanés representante de Toyota, Porsche y otras firmas de alto standing en Ghana. Tendrá unos 50 años y es alto, elegante y delgado. De tez morena, muy mediterráneo y sonrisa permanente. Una persona educada y afable. Nos invitó a disfrutar de la fiesta con naturalidad.

Después, conocimos a su mujer. Había sufrido un accidente de surf hacía unas semanas y una caída posterior le había dislocado el hombro. Acudir con una fisio a cualquier parte es como hacerlo con un informático.

En el primer caso, siempre hay alguien a quien le duele algo, tiene una contractura o necesita un masaje. En el segundo, siempre hay alguien con un virus en el ordenador o un cable que conectar. Después de jornadas diarias y agotadoras en un hospital público ghanés, imaginen las ganas que puede tener Elena de dar un masaje en domingo, teniendo además a Mr Harrys como paciente de fin de semana. Seguramente, las mismas que tiene mi amigo Cotolo de arreglarme el portátil cada vez que la pifio y eso que desde que uso Ubuntu casi funciono solo -con el Plaza en el control remoto-.

Dimos una vuelta por la isla privada, quizá como el Santiago Bernabéu, en cuanto a tamaño. Antes de llegar allí, la leyenda urbana de Ada decía que este lugar pertenecía a un japonés, que era dueño de Suzuki y que era un hotel. Ya ven cómo el juego del teléfono escacharrado no conoce fronteras.

En uno de los extremos de la isla, rodeada por río y mar, se desarrollaban los espectáculos deportivos que justificaban el evento de ese día. Se celebraba una regata que había empezado en Sogakope, uno de los pueblos cercanos que también baña el Volta, y una competición privada de Skate Surf. Las conversaciones giraban entorno a estos deportes y no tuvimos mucho que aportar. A este respecto, sólo tengo que indicar que cuando, horas después, marcó el Kun y le dio el título de la Premier al Manchester City, en uno de los finales más apasionantes que se recuerdan, lo estuve celebrando con el personal de servicio, que también estaba más interesado en el fútbol que en la vela.

Durante la jornada, hubo un par de situaciones violentas. Cuando alguien nos presentaba y conocía nuestra condición de voluntarios y nuestra dedicación a proyectos sociales como la escuela de Anyakpor, se hacía un incómodo silencio seguido de una pregunta igualmente incómoda ¿por qué hacéis esto? O sentíamos las miradas de desinterés por parte de nuestros interlocutores. Afortunadamente, también una de las españolas mostró su respeto por nuestro trabajo. Nunca pedimos reconocimiento, pero sí esperamos respeto, como todo el mundo. El ambiente era raro, raro y nos encontrábamos fuera de sitio, como dos belgas cantando por soleares para qué voy a engañarles.

Champagne, por favor

Quizá por eso, después de un par de intentos baldíos de pegar la hebra, fuimos al único lugar donde no se necesitan amigos: la barra del bar. Pedimos un trago, a ver qué se trasegaba por allí.

El camarero sirvió Champagne con zumo de naranja. Le dejamos hacer. No sé cómo explicarlo. Uno es más de Kalimotxo, pero qué quieren, esto es la Jet Set.

Los chicos con los que vinimos en la barca, además de cargar con el Môet Chandon, también venían con un panel multilogo y banderas de publicidad, así como merchandaising. Repartían por doquier gorras, polos, camisetas y otros regalos por el estilo. Nos tocaron dos gorras, una roja y otra blanca. Nos las pusimos para agradecer el detalle.

Algunos invitados posaban delante de la publicidad, igualito que en las fiestas esas horteras que pasan por la televisión española al mediodía, donde famosos de medio pelo inauguran tiendas o acuden a preestrenos de cine. Qué movida.

Empezaron a desfilar personajes y fueron cayendo las botellas de champagne. No había ni un solo ghanés, a excepción de las personas del servicio, que superaban la decena. Todos estaban muy entregados a su labor. No sé qué pensarían de todo esto.

Había un montón de comida: arroz, pasta, kebabs, pescados, humus y tartas de chocolate. Nosotros le hincamos el diente a todo lo que pudimos, como si no hubiera un mañana. Pero era una rayada estar allí.

La mayoría de las personas que nos rodeaban nunca habían montado en tro-tro, comido bankú con las manos, visitado una comunidad de las miles que hay por todo el país o comprado alimentos en un mercado local. Tampoco parecían tener interés por hacerlo. Su experiencia de África era otra. Es más, aparte del clima que es igual para todos -aunque su aire acondicionado desnivela la balanza- parecía que vivíamos en países distintos.

La verdad es que por eso nos sentimos un poco solos. Estábamos rodeados de lujo libanés, comida deliciosa y bebida abundante pero solos. No fue culpa de nadie. Tampoco hicimos mucho por integrarnos.

Cuando alguien se interesaba por nuestra labor, les hablábamos de la pobreza que a diario nos rodea. Qué quieren, es lo que vemos todos los días, es la cruda realidad y no somos indiferentes a ella por mucho que estemos con la Jet Set. Aquí no se desconecta. Abierto 24 horas. Y, claro, en un día de fiesta a nadie le gusta que le amarguen. Es como ver las noticias tristes del telediario a la hora de sentarse a la mesa. Mucha gente prefiere cambiar de canal. Aunque aquí para cambiar de canal tienes que tener mucha pasta, comprarte una isla, construirte una mansión y tener una legión de sirvientes. También tienes que ganar un sueldo de miles de dólares o euros, no de cedis. Y nosotros no tenemos ingresos. Estamos aquí con nuestros ahorros. Es nuestra decisión. Por eso no encajamos en el maravilloso mundo de los expatriados. Somos el eslabón perdido. Porque tampoco somos pobres y nuestro color de piel nos distingue, y abre puertas, como las de esta isla.

Por la tarde, nos rescató de nuestro aislamiento, Mr Bryan Harrys, que se presentó en la fiesta para recogernos. O para recoger a su fisio, mejor dicho. Su condición de expatriado veterano le hace conocer a todo el mundo. No precisa invitación para acudir a ningún lado, ni siquiera a una fiesta exclusiva.

¿Pero saben? Harrys es distinto. Le he visto mancharse las manos con la tierra, invertir su dinero en hospitales, orfanatos y escuelas para personas desfavorecidas, adentrarse y respetar profundamente la cultura local y pagarles los estudios a jóvenes locales con ganas de progresar. No sé si entre las personas que había en la fiesta alguien hacía algo parecido. Si así era, no lo descubrimos, pero en vista de cómo rehuían nuestra conversación, me extrañaría mucho.

Estaba todo el pescado vendido. Había que volver a casa. Dimos un último trago a nuestra copa de champagne -también pescamos un gin-tonic durante la retirada, de Tanqueray, como le gusta a Alfonso– y nos despedimos educadamente de los anfitriones y las personas que habíamos conocido. Lo cortés no quita lo valiente.

Así fue nuestro primer y quizás último día entre la Jet Set. Qué vamos a hacerle. Los niños y niñas de Futuenya nos aportan más. Para eso vinimos a vivir a África Subsahariana, no para alternar en esta versión ghanesa de Puerto Banús.


Tras los barrotes

Hace más de 10 años que entré por primera vez en el talego. Por suerte fue como visitante. Ocurrió en Valdemoro. Todos los sábados un grupo de voluntarios de la ONG Solidarios para el Desarrollo se reunían en una cafetería del barrio de Moncloa. Desayunaban antes de ponerse en marcha hacia diferentes prisiones de la Comunidad de Madrid. Otros voluntarios hacían lo mismo en Granada y Sevilla.

Aquella primera vez para mí nos acompañaba la escritora Espido Freire. Ella parecía más nerviosa que yo. Sin embargo, poco a poco fue metiéndose a los internos en el bolsillo. Dio una charla distendida y agradable. Acababa de ganar el premio Planeta y empezaba a despuntar en España. Lo que es la vida, ahora me ha dado por acercarme a aquella novela, “Melocotones Helados”, que descubrí con su autora en la cárcel.

Y es que la cárcel marca. Incluso cuando uno va de visita. Impresiona cuando se abandona. Llevo grabado en la memoria auditiva el estridente sonido de la última puerta que se cierra una vez que sales. Tú estás fuera. Ellos están dentro. Qué mal rollo. Igualmente, llevo grabado el mismo sonido de la última puerta que se cierra una vez que entras… ¿y si te quedas ahí? Qué mal rollo también.

Los voluntarios organizaban aulas de cultura en las cárceles, partidos de fútbol, exposiciones de fotografías, recitales de poesía y talleres de teatro y crecimiento personal. Xavi, periodista y agitador social, incluso montó una revista literaria de gran calidad escrita por internos, El Espejo del Perro, en el Centro Penitenciario de Soto del Real.

Solíamos decir que estas actividades, conferencias, presentaciones de libros o películas eran un soplo de aire fresco en un ambiente viciado. Silvia, Marisa, Sonia, Ada, Cristóbal, Juan, Beatriz, Alfonso, José Carlos, Carmen, María José, Quique, Chema, Teresa, David, Cristina, Alberto… eran los fijos cada semana. Algunos todavía siguen.

Personas y nada más que personas

La lección que aprendí en mis visitas a las prisiones es que los internos son personas. Ya ven, lo mismo les parece una obviedad. Pero con demasiada frecuencia se olvida.

Quienes allí nos esperaban habían cometido errores, delitos graves o auténticas barbaridades, pero eran personas en cualquier caso.

Recuerdo haber tratado con internos que menudeaban con droga, con otros que hacían de correo en vuelos directos que les llevaban del aeropuerto de Bogotá a prisión por cargar cantidades ingentes de cocaína encima, un preso del GRAPO cuya causa parecía ya desfasada y que seguía chupando condena sin esperanza de que fuera revisada, algún hombre de negocios influyente que había ocupado muchas portadas en prensa encerrado por asuntos turbios y pobres diablos a los que habían cogido con las manos en la masa dando un palo en una gasolinera.

Evitábamos preguntar por qué estaban allí. La sociedad, o la justicia para ser más exactos, ya les había juzgado. No queríamos que nos influyera su delito a la hora de tratarlos. Pero a veces era imposible no saber. Ellos no solían tener problemas en airear su curriculum. A todos, el juez les había tratado con demasiada dureza, su abogado defensor era un paquete y lo que de verdad había pasado es que se encontraban en el lugar equivocado y todo era culpa de las malas compañías. “Dame un trujas, colega, y a ver si nos encontramos fuera”. La libertad, cuando uno está en la cárcel, se convierte en una obsesión. Supongo que lo entienden.

Los centros de reclusión que yo he visitado: Valdemoro, Navalcarnero y Soto del Real precisaban mejoras. Una mano de pintura, una calefacción que funcionara mejor, más aparatos para el gimnasio, una biblioteca más completa, menos densidad de población por módulo, servicios y duchas un poco más decentes, más funcionarios para tantos presos, comida más variada, así como más asistentes sociales, más orientadores laborales, más psicólogos especializados y más recursos en los servicios sanitarios o programas de reinserción más desarrollados. Pero parecían lugares donde vivían personas. No eran tan desagradables como a veces los pintan la literatura o el cine.

Peor que a los animales

Hace cinco años, Elena y yo fuimos juntos a Brasil y navegamos una parte del río Amazonas, desde Manaos a Tefé, una pequeña ciudad enclavada en el corazón de la selva. Allí nos acogió el padre Melòn, de Togo, y su congregación de misioneros combonianos. Conocimos su trabajo social, admirable, y entre sus actividades estaba la de visitar semanalmente la prisión del lugar. El olor nauseabundo, el hacinamiento de personas en las celdas y la suciedad que les rodeaba nos dejaron impresionados. Fue un descenso al infierno. La imagen que yo tenía de las cárceles era otra, más humana. No digo que en España se trate de hoteles, porque no lo son, pero desde luego que se apreciaba una gran diferencia.

 Hace pocos días, en Ada Foah, fuimos a la comisaría de policía por un simple trámite administrativo. El oficial que atendía el mostrador no sabía resolverlo así que se fue a buscar al jefe, que vive en la parte de atrás del pequeño edificio policial. Es una especie de casa cuartel, como las que abundan por la geografía española y albergan a las familias de la Guardia Civil.

Durante su ausencia, aprovechamos para husmear. A la izquierda del mostrador, se encontraba el calabozo. Era una habitación de 3 x 3 metros y estaba oscuro. No había ventanas ni luz en el interior. Se escuchaban unas voces. Nos pegamos a los barrotes y vimos un panorama desolador. Varios hombres a medio vestir, sin un lugar donde hacer sus necesidades, sin camas donde acostarse, con colchonetas repletas de todo tipo de manchas y el mismo olor, la misma suciedad y la misma falta de higiene que hace años habíamos percibido en Tefé.

Amnistía Internacional denuncia

Días después, Amnistía Internacional presentó un Informe sobre la situación de las prisiones en Ghana y sus conclusiones son demoledoras. El hacinamiento es común en las cárceles de este país. Las infraestructuras son menos que mínimas. La comida es escasa y de mala calidad. Muchas veces son los familiares de los presos los que tienen que llevar los alimentos. Las condiciones sanitarias son precarias y la higiene brilla por su ausencia. Muchos internos orinan y defecan en un cubo de plástico, a la vista del resto de compañeros de celda. El agua es escasísima y no da para asearse.

Además, el sistema judicial es lento hasta decir basta. Actualmente, hay 3.000 personas encarceladas sin haber sido acusadas por un tribunal. Están esperando juicio. Algunas llevan años de tensa espera y siguen sin tener una fecha de audiencia.

Los condenados a muerte en Ghana -la pena capital sigue vigente aquí y el debate no parecen abordarlo los gobernantes- están separados de otros internos y no se les permite realizar actividades en los patios. Esto agrava su condena. En el momento de publicarse el informe había 138 personas esperando ser ejecutadas, aunque hace unas semanas otra más ha sido condenada a la horca.

Amnistía Internacional también dice que en muchas celdas no hay camas, ni siquiera catres,, sino colchonetas en el suelo. En ocasiones, cubren toda la superficie. Los cuerpos están unos junto a otros y no hay espacio vital para moverse o levantarse sin pisar o incordiar a la persona que duerme al lado.

En nuestra visita a la cárcel brasileña recuerdo que vimos hamacas. Aquí las colchonetas no superan los diez centímetros de grosor, están sucias y parecen tener muchos años de uso y haber servido a muchos inquilinos, sin una sábana que las cubra. El suelo está repleto de cucarachas y de otros insectos. Crecen, se reproducen y campan a sus anchas entre la suciedad. El clima tropical y la humedad tan elevada también aumentan la densidad del ambiente. Aquí sí que está viciado y ahora no es una metáfora.

Funcionarios, no carceleros

En Ghana muchos de los internos no han podido entrevistarse ni una sola vez con sus abogados sin la presencia de funcionarios que escucharan sus conversaciones. Imaginen qué impotencia deben sentir si ni siquiera pueden hablar con libertad.

Los testimonios de algunos funcionarios de prisiones coinciden con las denuncias de la organización de derechos humanos. Ellos también quieren cambios. Esta actitud es clave. Igual que en España. En mi experiencia y en la de otros voluntarios que llevan años trabajando en el entorno penitenciario, la gran mayoría de los funcionarios tampoco son como los de las películas, sino que también se trata de personas -otra obviedad- que hacen un trabajo público y no disfrutan con el sufrimiento ajeno, por lo que no tienen tendencia ni interés en agravarlo.

Entre los presos se dice que el funcionario lleva más condena que el interno. Al fin y al cabo a ellos los soltarán en unos años. Los otros tienen que esperar hasta la jubilación para dejar la cárcel.

Para que las prisiones cumplan su verdadero papel de reinserción es clave respetar las condiciones humanas en el trato a los internos. Nadie merece vivir en la inmundicia por muy grave que sea su delito. Los presos también tienen derechos humanos.

Un Estado democrático lo es más cuando protege a los más débiles de su sociedad. Y las personas encarceladas son un colectivo vulnerable. Recientemente, en Ghana se ha aprobado una ley por la que los presos podrán votar en las Elecciones Generales de diciembre. Es un buen avance, pero las autoridades podrían continuar y mejorar las condiciones de vida de quienes viven privados de libertad, al menos hasta alcanzar lo que marcan los tratados internacionales firmados y ratificados por el Estado ghanés. No es un capricho sino una obligación.

Ghana es un país que despierta en el escenario financiero africano y que atrae inversión extranjera. Es clave en la región y sus indicadores económicos son permanentemente reconocidos por la comunidad internacional e instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. No vale sólo con crecer en términos estadísticos para avanzar como país y como sociedad. Si Ghana no crece en respeto a los derechos humanos, su desarrollo será incompleto y seguirá siendo un país pobre.


Hola, señor Ministro

El 3 de mayo se celebra el día mundial de la libertad de prensa. A menudo, quienes hemos vivido casi siempre en democracia olvidamos lo que significa tener una prensa libre. Hoy, eso es una quimera en muchos lugares.

En Somalia, Gambia, Sudán, República Democrática del Congo, Zimbabue o Guinea Ecuatorial mirando de reojo y sin mucho esfuerzo hacia África criticar al poder te puede costar la cárcel o la vida. En México, las redes del narcotráfico caen contra quienes osan denunciar sus tropelías. En Colombia, uno es acusado de terrorista o se convierte en objetivo militar por criticar los desmanes de paramilitares, fuerzas gubernamentales o guerrilla, según a quien denuncie. En Rusia, opinar sobre Chechenia o poner en duda la democracia de Putin; en Turquía alzar la voz en defensa del pueblo kurdo; en Marruecos, decir algo en contra del Rey o mentar la causa saharaui . Todas ellas pueden ser actividades de alto riesgo para tu seguridad. Sin olvidar Cuba, donde el régimen de los Castro sigue infringiendo una feroz censura contra periodistas y disidentes; o China, uno de los casos más flagrantes en cuanto a cantidad de detenidos, con personas como el escritor premio Nóbel de la paz, Liu Xiaobo, encarceladas por pedir democracia. Hay ejemplos en muchos otros rincones del planeta. La lista es larga y sigue creciendo, y afecta también a aquellos lugares que nos llenaron de esperanza hace un año, como Túnez o Egipto.

Los medios en Ghana

Ghana vive en democracia desde 1992 y eso se nota en sus medios de comunicación. Los hay críticos con el actual presidente, John Atta Mills, y los hay serviles con su gestión. Pero, por fortuna, hace más de una década que no se registran ataques ni medidas represoras contra periodistas.

En Ghana, el problema es el monopolio de los medios de comunicación, una enfermedad que comparten las sociedades más avanzadas. Aquí los medios de comunicación son públicos -pertenecen al Estado y sirven a su amo sin disimulo. Son frecuentes los artículos patrióticos o las referencias al orgullo del pueblo-; privados -en manos de influyentes hombres de negocios en connivencia con políticos que los intentan aprovechar a su antojo… Piensen en Italia y Berlusconi y tendrán una imagen semejante-; y comunitarios -pertenecen a las minorías olvidadas del país, no están concebidos para lograr beneficios económicos sino para servir a las personas humildes y pretenden silenciarlos con trabas administrativas de todo tipo-.

En este escenario, los marginados, las personas iletradas -muy numerosas en Ghana– se quedan fuera del acceso a la información. Ya les he contado otras veces por qué son importantes las radios comunitarias –no da para prensa escrita, televisión o Internet, dados los altos niveles de analfabetismo y la ausencia de electricidad en las zonas pobres. Los transistores, por suerte, aún funcionan con pilas y éstas son baratas y tienen una vida larga, como saben-.

Los medios comunitarios defienden la identidad de los pueblos que representan. Son 46 los grupos étnicos que conviven en Ghana, cada uno con su propia lengua, en un país de unos 25 millones de habitantes -el censo se está actualizando ahora-. Los medios públicos y privados usan el inglés y en ocasiones las lenguas mayoritarias: twi, ewe o ga, pero son las radios comunitarias quienes defienden la lengua de las comunidades pobres, a menudo la única que hablan las personas a las que pertenecen y la única vía de acceso al mundo que queda más allá de lo que abarcan sus brazos.

Haciéndose escuchar

El 3 de mayo, un centenar de estas personas acudieron a Acra, la capital del país, en representación de quienes quedan al margen de los grandes medios de comunicación. Fue un privilegio acompañarles. Venían a ver al Ministro de Información, que presidía los actos por el día mundial de la libertad de prensa en la sede central de la Asociación de Periodistas de Ghana. Él no esperaba la visita.

Un mes antes, la Red de Radios Comunitarias reclamó mi presencia en Acra y hasta allí me desplacé. Me gustan las reuniones en Ghana. Terminan con una bandeja de plantain -plátano macho-, cacahuetes, rodajas de piña o agua de coco. Aparte de esta frivolidad, destaca el espíritu colaborativo de todo el personal. Aquí no importa tanto si uno viene de una u otra organización. Importa la causa y a ella se entregan con frenesí, a veces enredados en discusiones bizantinas.

Diseñamos un “voice walk /paseo con voz” con una peculariedad. Sería una marcha silenciosa y con mordaza para simbolizar que, a pesar de tener voz, las personas de las comunidades no pueden levantarla porque no tienen altavoces para hacerlo. El paseo recorrería las principales arterias del centro de Acra, con pancartas y mensajes sobre el pecho. Culminaría en el lugar donde el Ministro de Información iba a dar su discurso con motivo de la fiesta periodística.

En el momento de la llegada, se entregaría una carta al Ministro con una petición clara: una ley que regule de forma justa y como un recurso público -al servicio de todas las personas- las ondas radiofónicas. Esa ley debería incluir el derecho de las radios comunitarias a existir y a poder emitir en sus frecuencias sin trabas como las actuales.

A día de hoy, funcionan en Ghana unas 10 radios comunitarias, pero hay regiones extensísimas como la Ashanti -capital Kumasi– u Occidental -capital Takoradi– que están silenciadas.

Planeamos también un calendario de tareas y repartimos las funciones en varios comités: Logística, Recursos, Comunicación, Movilización y Relaciones Institucionales. Como ocurre siempre en estos saraos, el tiempo fue pasando y no se concretaron las distintas actividades. Al final, todos acabamos haciendo de todo.

Imprimimos más de 50 hojas en A4 con mensajes para el Ministro, los periodistas que cubrirían su acto y para quienes vieran la marcha en la calle: “Estamos amordazados”, “Quítame la mordaza”, “Las ondas son un recurso público”, “la comunidad Jommoro está sin voz”…

También decidimos, como acción poética y subversiva, una vez que acabara la marcha, abalanzarnos sobre los canapés y refrescos destinados al Ministro y a los periodistas. Es una constante en todo el mundo. A los periodistas nos encanta comer gratis. Al fin y al cabo, quienes participarían en el “voice walk” son también periodistas en sus comunidades y esos canapés seguro que no los iban a catar en otra ocasión.

Madrugada tensa

La víspera, 2 de mayo, fui a Acra para ultimar los detalles de la marcha. Estuve junto a Kofi, Larry y Bismak empleado en la decoración manual de las pancartas, imprimimos octavillas y terminamos todos los flecos pendientes. Wilna y Lariba, cerebros de la operación, se afanaban en la redacción de un comunicado y de la carta que entregarían al Ministro. Que no se diga de la mujer africana. Aquí pusieron las ideas y fueron las portavoces. Y las más humildes, nos enseñaron a fabricar las mordazas en un periquete, cortando una tela naranja enorme en partes exactas.

Terminamos a las 21h. En mi caso, totalmente agotado, tras una maratoniana jornada que había empezado a las 6 de la mañana. Nos retiramos al hotel/pensión. Soñaba con una reparadora ducha y con una oportunidad de ver al Madrid celebrando la Liga conquistada momentos antes en San Mamés.

Cruzamos la ciudad y resulta que el hotel en el que íbamos a dormir se había pasado nuestra reserva por el arco del triunfo. Ya he hablado de esta extraña costumbre ghanesa en otras ocasiones, pero esa noche y en esas circunstancias fue especialmente desagradable.

Comenzó entonces una peregrinación por las pensiones de la ciudad hasta que conseguimos un alojamiento, a precio desorbitado, y tan alejado del lugar donde iniciaríamos la marcha al día siguiente, que nos obligaría a levantarnos antes de las 6 de la mañana para llegar a tiempo. Un desastre total. Además, por si fuera poco, según preguntábamos por habitaciones libres en los distintos alojamientos distinguí en una de las pantallas cómo Cristiano Ronaldo dejaba en evidencia al Real Madrid haciendo un corte de mangas en La Catedral tras saberse campeón. Pasada la media noche, pude meterme en el sobre.

El día d

Pocas horas después, estaba otra vez en pie, en mitad de un atasco infernal en Acra, avanzando hacia el lugar de partida del “voice walk”, un parque situado junto al World Trade Center de la ciudad y el Teatro Nacional.

Cuando llegamos, desplegamos las pancartas, comenzamos el reparto de actividades y explicamos la acción a los manifestantes. Me encontraba mal. Mami Yeira se apiadó de mi debilidad y me endilgó un arroz con pollo. Todavía no habían dado las 8 de la mañana. En ese momento me percaté de que no había desayunado ni apenas comido nada el día anterior. Mami Yeira venía de viaje desde los confines occidentales del país, durante toda la noche en un incómodo autocar ocupado hasta la bandera por sus compas de comunidad. Tenían más energía que yo. Venían a defender su derecho a expresarse en libertad. Mis quejumbreces pasaron a un segundo plano.

Arrancamos el “voice walk” a las 10 de la mañana y bajo el tradicional sol de justicia -que los actuales diluvios universales me hacen añorar- recorrimos Acra en silencio. 

Fueron dos horas de caminata hasta la puerta de la sede de la Asociación de periodistas de Ghana. Me dio tiempo a conectar en directo con Esther, de Radio Exterior, para contar en vivo cómo iba la marcha. Me recordó mis tiempos de reportero a pie de calle, hace más de una década.

Justo cuando el Ministro de Información terminaba su discurso, un infiltrado de Radio Ada presente en el acto, hizo sonar un cencerro y el centenar de personas que esperaba, agazapado, junto a la esquina de la puerta principal, invadió el espacio de forma pacífica y en perfecto orden. Despacito se dirigieron hacia el Ministro, sin intimidar, y situándose en uno de los flancos de la carpa donde se oficiaba el acto.

Pude ver la cara de sorpresa de los periodistas, la nube de cámaras que de repente apuntaron a los manifestantes, la dignidad con la que las personas de las comunidades lucían su mordaza y como, cuando estuvieron perfectamente cuadrados, entonaron a capella la sintonía de las radios comunitarias. Los pelos se me pusieron como escarpias.

Poco después, tres mujeres caminaron hacia el Ministro -en una sociedad machista este gesto tiene mucha importancia-, le saludaron con la mirada -aún portaban la mordaza- y le entregaron la carta con la petición de las Radios Comunitarias. Fue un momento solemne. Había merecido la pena tanto esfuerzo. Estábamos satisfechos. Como diría el mismo Jefe del equipo A: me encanta que los planes salgan bien.


Un blanco bajo los palos del Ada FC

Siento un gran escalofrío antes de que el árbitro pite el inicio del partido. Las miradas de la afición están volcadas en mí, el portero, el bafono, el único que parece un maniquí sacado de unos grandes almacenes deportivos. El árbitro comprueba la presión del balón con ambas manos, lo coloca con mimo en el centro del campo, calculado a ojo, mira a los dos capitanes y celebra el sorteo inicial. Los equipos no se mueven. Jugamos en casa y defiendo la portería del Ada FC.

Las camisetas llegaron justo cinco minutos antes. Jugamos de oscuro. Estoy nervioso. El árbitro me mira y me hace una seña. Levanto los pulgares. Estoy listo. Como siempre, cuando me coloco bajo los palos, dibujo una línea recta desde el centro de la portería al punto de penalti. Necesito orientarme cuando me alejo. Tampoco quiero que se me caiga el larguero encima y me desgracie. Los palos han conocido mejores años. Los niños se arremolinan detrás de mi portería. Me hablan y yo me vuelvo. Saludo con gesto serio. Estoy concentrado.

Poco antes de comenzar, Enock -el capitán- da las últimas instrucciones. Termina la charla y formamos un corro abrazados en nuestra parte del campo. Toca rezar y me piden que dirija la oración. Me cogen fuera de juego. Pregunto si puedo hacerlo en español. Me dicen que sí. Es un momento solemne y no sé qué decir. Improviso: “¡A la bim, a la bam, a la bim bom bam, Ada, Ada y nada más! Que dios nos coja confesados, porque he visto rivales de dos metros. Venga, con un par. No hay dolor. Amén”. Todos repiten “Amén”.

Cuando me retiro hacia mi portería, me dirijo a la defensa de cuatro. Hemos ensayado los movimientos durante las últimas semanas y nos conocemos, pero no recuerdo sus nombres. Los llamo por números. El 2 y el 3 son los laterales y el 4 y el 6 los centrales. Les miro fijamente y les digo: “Balón dividido, patadón. No me esperéis, me clavo en la arena de playa de este campo. Nunca se despeja al centro, siempre a los lados. En los saques de esquina, los laterales me cogen los palos. Uno al primero y otro al segundo y no se mueven hasta que sacamos la pelota. Dentro del área pequeña, mando yo. Si veis que me tiro al suelo y no me levanto, aunque grite mucho, tranquilos, gano tiempo. No me pasa nada. Si vamos ganando, nadie corre a por el balón cuando se vaya fuera. Disimulamos. En los saques de puerta, lanzan los centrales, pero yo coloco la pelota. Si vamos perdiendo, los últimos 15 minutos, defensa de tres y uno de los centrales se sube de Palomero. A por ellos, chavales, a por ellos que podemos”. Hablo muy rápido, en spanglish, embriagado por la tensión del momento y no sé si me entienden.

Arranca el partido. Siento la presión y procuro relajarme. Necesito tocar la pelota, necesito hacer una buena parada para insuflar confianza a mi defensa. Juego por ser blanco y no me gusta. Quiero ganarme el puesto en el campo.

Un partido de fútbol en África es un acontecimiento social muy serio. Cuando hace unos meses leí que Rivaldo se había enrolado en un equipo angoleño y por primera vez un campeón del mundo jugaría en África… una sonrisa me invadió. No estás solo, Rivaldo. Al menos, así me reciben mis compañeros y los medios de comunicación. Me dejo querer. Traigo credenciales de la Liga Fútbol-Caña de Legazpi (Madrid). Las paseo con orgullo por la radio y la televisión locales. Algunas personas me saludan por la calle. Me dicen Casillas o De Gea, aunque insisto en que me llamen Yashin, la araña negra… más pálida que nunca.

No sé qué será más importante si ir a la iglesia o acudir a un partido de fútbol. La comunidad se congrega en el campo, animan con verdadera devoción, y los jugadores, aunque apenas tengan equipación, se visten con una dignidad brutal -medias rotas pero bien estiradas, botas sin puntera pero bien anudadas, camisetas raídas pero todas del mismo color, campo de fútbol lleno de guijarros pero con bandas marcadas con ladrillos y banderines, porterías cubiertas con redes de pescar, árbitros cuya autoridad no se discute, jueces de línea perfectamente situados, banquillos y toda la parafernalia. Jugar en África al fútbol es sentir este deporte con toda su pureza.

La pelota llega a mis inmediaciones, la acaricio, doy varios pasos y golpeo con fuerza. Me siento mejor. Acariciar el esférico es como recitar un mantra. Cada portero tiene el suyo propio. Libero adrenalina. El balón sale escorado al callejón del 8, Daniel avanza por la banda, frena en seco y la juega con el mediocentro, el 5, la toca, recorta y abre a la izquierda, donde el 11, Julius, encara a su lateral, le tienen bien tapado pero se revuelve y acelera, corre como un gamo y centra el balón al punto de penalti. Enock, que luce el 10 y es muy habilidoso, la engancha de primeras y suelta un zambombazo que se cuela por el centro de la portería, donde duele. La afición estalla. Enock recorre 30 metros gritando y dándose golpes en el pecho. Se forma una melé junto a nuestro banquillo. Yo también participo. Estoy exultante. Vamos ganando y estamos en el primer cuarto de hora.

Tenemos un equipo aguerrido, poco hecho para el toque, pero voluntarioso, bregador y con dos puñales en las bandas, muy africano. De repente llega un balón a mi área grande. El 4 intenta un despeje pero la pelota sale mordida hacia atrás. Creo que llego y dudo si atajarla con las manos. No, mejor la despejo con el pie para evitar que me piten cesión. Avanzo rápido, pero indeciso. El 6 viene hacia mí y el delantero centro rival le presiona por detrás. Cuando voy a sacudirla, me clavo en la arena, Dios ¡no llego! me roban la cartera y la pelota entra mansamente en la portería. Empate a 1. Me vengo abajo. Me la he comido. Puedo leer la cara de decepción en mis compañeros. Ni campeón del mundo ni leches. Estoy abatido, en cuclillas, con la mirada perdida, maldiciendo la soledad y mi estampa. Siento el silencio detrás de mi portería. Los niños ya no gritan. Se enciende un rumor en la grada y no me atrevo a mirar el banquillo. ¿Se atreverán a quitar al bafono? Si me sustituyen ahora, me muero.

Tengo que venirme arriba. Pasan los minutos. Estoy aturdido. La pelota viene por mi izquierda,  el extremo avanza y la cuelga. Salto como un tigre, con toda la rabia que llevo dentro, agarro el balón, grito y pateo con el alma. “Come on, up, up, up!” No sé ni qué digo, pero necesito gritar. Mis compañeros me miran extrañados. La pelota está en campo rival. Le llega a nuestro 9, tiene el segundo gol en sus botas, el defensa que le cubría se ha resbalado. Va a ser gol… pero chuta a las nubes.

Los rivales vuelven a la carga. Llevan la camiseta de la vecchia signora. No me intimida. El que me ha robado la cartera en el gol, que luce el 30, se acerca en el corner. Voy por detrás y le digo: “Ni una más. Tuviste suerte”. “Are you sure?” me espeta. Miro al tendido, le bajo los pantalones y le doy un pequeño pellizco en el glúteo. El árbitro no me ve. Emulo a Míchel y Valderrama. Se vuelve escandalizado. Le guiño un ojo. Está fuera de sí, mira al arbitro, mira en derredor. No sabe qué decir. El caso es que botan el corner, me elevo, trinco el esférico y saco fuerte, abierto a la derecha. Seguimos atacando. El primer tiempo se esfuma sin más contratiempos. Algunas paradas mínimas. No van a marcarme desde 40 metros a estas alturas.

Arranca la segunda mitad y casi la primera pelota va a la espalda de mis centrales. El 30 se planta delante de mí. Intenta un regate, pero yo soy de la escuela argentina. No me voy al suelo con facilidad. Aguanto hasta el final. Le pongo nervioso y en el mano a mano le gano la partida. La pelota se va fuera. El 30 se desespera. Me acerco y le digo. Bad luck, man. Next time try on your left”. Me mira atónito.

Siguen atacando. La pelota viene de derechas. Magnífico centro y testarazo rival a media altura… ay, ay, ay, ay… me estiro y atajo con seguridad: palomita. El público aplaude y estoy crecido. Ahora sí, ahora sí que podemos, pero el caso es que no llegamos a la portería contraria. Vuelve la pelota a mi área, el 30 regatea a su par, avanza y salgo a por él, intenta driblarme y me estiro todo lo largo que soy. No llego, pero se la ha echado muy larga. Le engancho del tobillo. Quiere avanzar. En España, si se hubiera tirado, penalti y expulsión… pero él sigue, aquí no se van al suelo con facilidad. Son fuertes y nobles… y el balón se le va fuera. Le cambian en la siguiente jugada.

Quedan 10 minutos y el partido puede acabar en tablas. De repente, se forma una tangana por una falta a destiempo en la frontal del área contraria. Se juega duro. Se llevan a uno de los nuestros fuera del campo. Los ánimos están caldeados. Mando a los centrales a rematar y salgo del área grande para jugar de líbero. Estoy casi en el círculo central. Enock saca la falta, con la fuerza justa y una rosca perfecta, balón templado al punto de penalti… fallan en el despeje, la pelota cae libre al área pequeña, el portero está a por uvas, hay varios errores en cadena y el 4 nuestro la empuja a la red… Es el delirio. La gente salta, yo también, flipamos en colores. Hemos marcado.

Queda poco y le digo al entrenador que agtote los cambios. Hay que perder tiempo. Cada vez que me llega la pelota tardo una eternidad en sacar. Le digo a los niños que no corran para devolver el balón. Tranquilos. Al blanco no le van a expulsar. Me hago el despistado…  hasta que los tres pitidos del árbitro se convierten en el himno de la alegría. Gana Ada Foah.