En busca de la sandalia perdida

Sé que llegará un día en el que echaré de menos el polvo rojo del camino, las incomodidades constantes de viajar en tro-tro, no saber nunca la hora de partida del vehículo en el que te encuentras montado, la extenuante humedad que a veces te dificulta la respiración, los ataques repentinos de fiebre que van, vienen y a mitad de recorrido se entretienen… y cuantos inconvenientes afronta uno al desplazarse por las zonas rurales de África en transporte público. Algún día también echaré de menos el viento alborotándome la melena, la libertad de poder dirigir los pasos donde se nos tercie, la agradable sensación de compartir esta experiencia o la sonrisa infantil que aparece en mi rostro cada vez que preparo la mochila. 

Algún día, insisto, extrañaré que sea jueves y no tenga nada que contarles, salvo un comunicado de más o de menos sobre algo grave que ocurra en cualquier parte del mundo.

Huyendo de las celebraciones religiosas

Era Semana Santa y en Ghana se celebra por todo lo alto, como cualquier festividad cristiana, al menos en la parte Sur donde vivimos. No hay procesiones, ni capuchones, ni velas, ni personas echándole saetas a las imágenes… pero tampoco hay silencio. Resuenan los tambores, los cánticos, se agitan las hojas de las palmeras en el domingo de ramos, las calles se vacían durante las ceremonias, se llenan las iglesias hasta la bandera y a veces se habilitan sillas en las afueras.

Los Pastores, reverendos, sacerdotes y demás ministros de Dios afinan sus gargantas, ensayan sus sermones, repasan las referencias bíblicas; y los feligreses se visten de domingo, aunque a diario no tengan más que harapos. La solemnidad también se apodera de los rostros de los niños. Ay, los rostros de los niños africanos, cuán expresivos son, ¿verdad? 

Ante este panorama y sin ánimo de resultar frívolos, nosotros nos fuimos en busca de nuevos destinos. Allá cada cual con sus creencias.

Para adelantarnos al tráfico, partimos el miércoles -en Ghana son festivos el viernes y el lunes, a diferencia de la mayoría de localidades españolas que celebran jueves y viernes santos-. Dimos las vueltas de siempre en Acra para llegar a nuestro hotel habitual. A medida que pasa el tiempo y uno reconoce los lugares también los va haciendo un poco suyos y la pereza de la capital se diluye como una de esas pastillas efervescentes. Aunque no lo parezca, tenemos nuestros bares, restaurantes, tiendas y lugares preferidos en esta ciudad que tan poco nos gusta.

Feliz Cumpleaños, Mr Harris

La noche nos guardaba una sorpresa. Celebraríamos el cumpleaños de Mr. Brian Harris, septuagenario británico, en una taberna humilde y con solera, de esas que uno sueña siempre con descubrir. Uno de esos lugares donde se aprecia el sabor de la tradición, de la historia, de la idiosincrasia de un país. Una especie de Casa Labra en Madrid. Se llama Attos y para mi desgracia no sabría volver.

Mr Harris, con más de cuatro décadas residiendo en Acra, conoce los rincones y rutas secretas de la capital ghanesa como si fuera su Londres natal. No en vano, a pesar de que maneja un chofer, él siempre guía, indicando en qué calle girar o en cual otra aparcar. Y eso en Acra no es nada fácil, créanme.

A falta de pintas de real ale -añorando a Oli-, fuimos apurando botellas de Club y Star, las marcas rubias de cerveza local más populares. Brian nos regaló detalles de su biografía. Llegó a Ghana en 1966, después de que su padre le quitara de la cabeza la idea de ser piloto al servicio de su majestad. Se hizo ingeniero, aventurero y hombre de negocios con base en África Occidental, alternando Acra con Lagos (Nigeria), formando una de las primeras colonias de expatriados en la zona.

Oyó hablar de nosotros en Ada, donde tiene una casa frente al Volta, y un día de hace dos meses dejó recado en Mizpah para invitarnos a cenar. Brian es una persona acomodada con preocupaciones sociales, una especie de mecenas para las comunidades pobres de la zona. Orfanatos, escuelas, hospitales… Son muchos los proyectos en los que invierte su dinero y su tiempo. Uno de ellos es la escuela para menores sin escolarizar y sin recursos en la comunidad de Maranatha, junto al estuario de Ada

Esa escuela es nuestro espejo, la hermana mayor de lo que estamos haciendo en Anyankpor.

Pero volvamos a la noche. Ya saben que somos voluntarios y que vivimos en una zona rural. Nuestro contacto con expatriados es escaso, pero esa noche desfilaron unos cuantos personajes por nuestra mesa para felicitar a Mr. Harris y pudimos comprobar lo diferente que puede resultar un lugar dependiendo de quién lo mire, de dónde mire y de cuánto quiera abrir los ojos.

Además, pasamos en pocas horas de la humilde taberna al lujoso restaurante, del tabernero local al dueño australiano, de la cerveza ghanesa al vino sudafricano. Un brutal contraste de esta experiencia africana que vivimos. Qué extraño resulta adaptarse tan rápido a lo bueno, si es langosta, viene servida en vajilla de porcelana y hay tantos cubiertos alrededor que uno duda sobre cuál debe coger primero.

Busua, de nuevo

La mañana siguiente, a eso de las 7, nos pusimos en marcha. Buscábamos una sandalia perdida en los confines occidentales de Ghana.

A bordo de un autobús de línea con dirección a Takoradi entablamos conversación con una trabajadora social finlandesa -entrada en años-, de vacaciones en Ghana, voluntaria hace décadas en Israel. Al palique se unió el ayudante del conductor y una familia local -dos mujeres y tres niños, los cinco en tres asientos-.

Desgranamos palabras en lengua local, conversamos sobre el país, curioseamos sobre los lugares que íbamos a visitar al oeste e hicimos el trayecto de seis horas mucho más llevadero. Es fácil en África pegar la hebra con cualquiera. En Europa, a menudo viajamos de forma individualista, intercambiando -como mucho- frases de cortesía con la persona que se sienta al lado, pero eso es imposible en Ghana. Todo el mundo quiere saber dónde vas, quién eres, qué haces…. Después de varios meses, también nosotros lo preguntamos. Lo que en casa es una invasión de la intimidad aquí se considera buena educación.

El reloj acariciaba las 4 de la tarde cuando llegamos a la playa. Antes del baño, volvimos a padecer esta costumbre ghanesa a la que no terminamos de cogerle el puntillo. Hacía tres semanas que habíamos reservado una habitación en Busua -estuvimos allí en Navidades- y confirmamos la reserva y hora de llegada dos días antes… Pues bien, cuando nos presentamos en el Lodge –hotel/casa rural- no teníamos habitación. Con esa tranquilidad local, sin ningún remordimiento, nos tocó acomodarnos en un habitáculo minúsculo y gracias. Nos dieron una colchoneta y a otra cosa, mariposa.

Al menos, allí seguían mamá Florence, Frank the juiceman y otros artistas que promocionan sus productos con su nombre, como ya les conté hace meses. Comimos a gusto y disfrutamos de la mejor playa del país. 

Recordamos por qué habíamos decidido volver, a pesar de las informalidades de algunos hosteleros.

Sandalia, ¿qué sandalia?

Ya era viernes y festivo cuando volvimos a la carretera, en dirección hacia Costa de Marfil. Nos separaban unos 70 kilómetros de nuestro destino, Beyin, y de ahí restarían menos de 30 hasta la frontera. Cogimos una sucesión de taxi compartido más tro-tro-, más taxi compartido de nuevo y más taxi recompartido por última vez -recompartido significa que en vez de cuatro pasajeros, los últimos 15 kilómetros éramos seis en los tres asientos de atrás-. Total: cinco horas de viaje. Sí, han leído bien. Cinco horas para 70 kilómetros. Como si fueran de Madrid a Toledo, por ejemplo. Sin duda, en bici lo habríamos hecho más rápido… o no. El estado de las carreteras era peor que paupérrimo, los tiempos de espera en la distintas estaciones o cruces de caminos fueron largos, las paradas de los viajeros cada pocos metros de trayecto eran continuas. Qué sé yo. Estos son los viajes de los que hablaba al principio de este post.

Llegamos agotados, empapados en sudor, bajo ese sol de justicia que tantas veces he descrito, pero con la moral alta. Estábamos en uno de esos lugares donde probablemente Jesucristo perdió una de sus famosas sandalias. Quizá pudiéramos encontrarla. Nos sentíamos exploradores de un mundo nuevo. ¿Quizá los primeros españoles en llegar allí? La emoción duró apenas cinco pasos, los que dimos hasta advertir un cartel en lengua castellana: Café Puerto

Preguntamos y, efectivamente, Pepe, valenciano, lleva más de una década en la zona. Se dedica al negocio de la madera pero hace cuatro meses montó un restaurante que despacha las mejores paellas del país -con arroz chino-, regadas con vino de Valdepeñas -aúpa La Mancha– y un entrante de ali oli, sepia y otras viandas semejantes. Como si se tratara de un chiringuito español, pero en plan elegante.

Y por la noche, a la luz de las velas y al calor de un sorbo de ginebra azul, Pepe cuenta historias de por qué la vida le llevó hasta allí. Más tarde, de madrugada, cuando los últimos clientes se retiran -nosotros- coge su barca con motor y se adentra en los manglares del lago cercano. Allí se construyó una casa y la música de Mozart rivaliza con los aullidos de la fauna del lugar.

Como vecinos, a varios centenares de metros -imposible calcular las distancias en la selva-, Pepe tiene a una comunidad de unas 500 personas que viven en el pueblo flotante de Nzulezo

No puede haber un lugar más aislado en este país, aunque la bella costa que lo baña y la frondosidad de la selva justifican de sobra la visita.

Además, nosotros descubrimos otro paraíso para alojarnos -en realidad nos lo había soplado un canadiense que encontramos en el Norte hace meses-: cabañas de madera, palmeras gigantes y un mar bravío para nosotros solos. 

Sí, elegimos un buen lugar para dedicarnos un poco de tiempo. Ahh… y no, no encontramos ninguna sandalia. A decir verdad, se nos olvidó buscarla.

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6 comentarios on “En busca de la sandalia perdida”

  1. Tesa dice:

    ¡Esto sí es una crónica viajera con sustancia! ¡Qué bien me lo paso leyendo tus historias y ampliando las fotos para no perderme ningún detalle.

    Parece que vuestros anfitriones os ha contagiado su filosofía de la vida y sois capaces de no volveros locos por contratiempos como viajar seis en el asiento trasero de un taxis macerados en sudor, que vuestro alojamiento reservado se convierta en una colchoneta y poco más, la imprevisible duración del viaje, etc., etc. .

    Y esta vez sí que la recompensa estaba clara al final del camino, aunque aquí no se pueda aplicar la frase de que “el paraiso está a la vuelta de la esquina”

    Estáis muy guapos y se os ve felices. He disfrutado mucho con este post.

    Un abrazo,

  2. J dice:

    Angelito, después de bañarme en la playa contigo y con Elena, me voy a tomar un gin tonic a tu salud en la plaza de Olavide. Tus crónicas son cada vez más enormes. A diferencia de otros, que van a África como elefantes en cacharrería, tu entras de callada manera, pero vas hasta el fondo. Mucha alegría y mucha salud para el frente sur de los trompikones. El frente norte resiste.
    Un abrazo.

  3. Sonia dice:

    Angelin,son similares a mis viajes; embarco en Barajas sobre las 5:30h cada dos dias…y el sonido mas agudo es el de algún vergonzoso ronquido…ja,ja.
    Es increíble como nos envuelves con tu post y por unos instantes era capaz que mi imaginación vuele,que mi boca arquee una sonrisa y que olvide las absurdeces que me agobian cada día.
    Mil gracias
    Sonia

    • ángel gonzalo dice:

      Ánimo. No tiene que ser fácil eso que cuentas de Barajas. Supongo que habrá algún buen motivo detrás. Un abrazo fuerte y mil gracias. Es una pasada saber que el blog resulta útil o provoca una sonrisa!!


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