El viaje de Giulia (I)

¿Qué siente una niña europea de nueve años cuando viene por primera vez a África y se da de bruces con todas las desigualdades, la pobreza hiriente y las diferencias culturales que se ven aquí? ¿Cómo reacciona ante la abrumadora hospitalidad de sus gentes, el cariño desbordante de los niños de su edad y la belleza salvaje de un entorno natural tan diferente al de España?

Nada más bajar del avión, y más en estas fechas donde están recientes los ecos del frío ahí arriba, lo primero que sorprende es la bofetada de calor del trópico. Da igual que sean las 22h y que sea un aeropuerto pequeño donde al menos hay cierta cantidad de aparatos de aire acondicionado y ventiladores. Basta poner un pie en la calle para sentir que esta es otra realidad. Julia -renombrada Giulia cuando empezó a interaccionar con la población local- lo advirtió enseguida y fue la primera en quitarse capas de ropa. Encabezaba la primera visita que recibimos en cuatro meses. Sus ojos marrones se abrían como ventanas y se fijaban en la cantidad de taxis desvencijados que nos rodeaban y en el constante trasiego de personas cuyo color de piel es más oscuro que el nuestro. Sus oídos captaban palabras en otros idiomas ora en inglés ora en ga, twi o eve… las principales lenguas locales que se hablan en la capital de Ghana. Y empezó a apreciar la diferencia.

Para llegar hasta aquí desde su Tenerife natal, tuvo que hacer un rocambolesco viaje con escala en Madrid y Londres. De la majestuosidad de Heathrow a la precariedad de Kotoka en apenas ocho horas. Incluso sufrió la desaparición de Spanair y estuvo cerca de ser víctima de la huelga de Iberia. Se libró por los pelos. Aunque quizás ella viajó ajena a estas circunstancias. Sus padres –Carmen y Jose– y sus tíos y padres de ElenaÓscar y Julia– estuvieron y nos tuvieron en vilo hasta que les vimos pasar el último control de policía.

Giulia debió quedarse aún más sorprendida cuando comprobó que el taxi que habíamos apalabrado para recogernos en el aeropuerto había decidido no aparecer, quedarse su conductor con la propina previa, y sumirnos a su prima y a mí en un estado de resignación que a menudo nos acompaña por estas tierras. Siete europeos rodeados de maletas, con rostros de cansancio, junto a la oficina de cambio con muchos cedis en el bolsillo y tirados en las afueras del aeropuerto son una presa fácil. Tocaba lidiar con los duros negociadores de Acra -en clara desventaja- para encontrar un vehículo que nos llevara al hotel. No fue fácil, pero lo conseguimos, aunque aflojamos una cantidad desproporcionada: dos veces y medio el precio normal.

La desnudez de Acra

Los primeros días de aclimatación a Acra son los más duros del viaje. Lo he contado en otras ocasiones. Es una ciudad caótica, sobre todo si uno viene por primera vez y se atreve a recorrer sus barrios, alejándose del lujo de las zonas residenciales -donde se encuentran los restaurantes buenos- o de la occidentalización de Oxford Street -donde abundan las tiendas, los locales europeos y los clubes nocturnos para expatriados-.

Intentar cruzar Nkrumah Circle -el principal nudo de comunicaciones de la ciudad- a cualquier hora entre las 8 y las 20h es regalarse una hora de tráfico intenso y mucho sudor. Pónganse cómodos y descubran una olla a presión. Coches particulares, taxis compartidos, tro-tros de diferentes tamaños, autobuses de larga distancia, motos que hacen malabarismos para ganar puestos y cientos de personas por todos lados, en mitad de la rotonda, ocupando las inexistentes aceras o caminando junto a los vehículos para vender sus productos: papel higiénico, empanadas de carne, plantain frito, mapas de carretera, alfombrillas para el coche, pure water, helados derretidos, galletas dulces… Todo se puede conseguir bajando la ventanilla. Giulia miraba sorprendida, por momentos quizás asustada, este enjambre de vida y empezaba a comprender que estaba en África.

Observaba con curiosidad las infraviviendas junto a los pequeños puestos al lado de la estación de Neoplan o en las proximidades de Kaneshie Market. Sentía el hedor que desprenden las aguas fecales estancadas tras la última lluvia, que se funde con el asfixiante calor, la contaminación que desprenden los tubos de escape y el ruido ensordecedor de motores, aparatos de música y vendedores ambulantes. Su mirada se fijaba, también, en los niños y niñas que nos rodeaban, muchos pidiendo dinero. Sólo en la Greater Accra Region hay 62.000 menores de la calle censados por la admnisitración, el 57% niñas, como ella. El 60% del total nunca pasó por una escuela.

Al amanecer las cosas no mejoran. Acra duerme pocas horas y los decibelios se mantienen a buen nivel. La playa se intuye lejana, el olor del mar no se distingue y la brisa marina se pierde antes de llegar al centro de la ciudad. Si es fin de semana, la música de los funerales inunda los barrios y la gente sale a buscarse la vida. No hay descanso para quien no tiene un trabajo fijo, la mayoría de la gente. Si encima te toca un mitin político y coincide con el aumento de las temperaturas posterior a la paulatina desaparición del harmattan… tienes todos los ingredientes para preguntarte por qué tus padres han elegido este sitio tan raro para traerte de vacaciones. Sin embargo no lo hizo.

Giulia es una niña paciente, curiosa y tremendamente adaptable. Ni una sola queja brotó de sus labios y fue capaz de mirar el entorno con naturalidad, mucho más que cualquiera de los adultos que la acompañábamos. Sin soltar la mano de sus padres, se movía con desparpajo entre las callejuelas del Arts Center de Acra, el lugar donde los artesanos ofrecen sus productos a turistas y visitantes: telas coloridas, kentes vistosos, figuras y máscaras de madera talladas a mano,  bisutería realizada en oro o con conchas de mar, tambores cubiertos con piel de vaca o cordero, tapices con mil motivos africanos, batiks que reflejan escenas de la vida cotidiana… Giulia desgranaba saludos en inglés y aprendía a chocar la mano al estilo ghanés. Atraía las miradas, se paraba en los puestos y disfrutaba con lo que veía.

Un pasado vergonzante

Viajar en domingo es satisfactorio en el sur de Ghana, de mayoría cristiana. La población local acude en masa a sus diferentes iglesias y las calles y carreteras se vacían. Esperábamos agazapados en el hotel el mejor momento para ponernos en marcha. A fe que lo conseguimos y en apenas tres horas ganamos Cape Coast, una de las zonas más visitadas del país y antigua capital británica de la Costa del Oro, el nombre por el que se conocía a Ghana durante el período colonial.

La ciudad está dominada por un antiguo castillo, muy típicos en África Occidental, que sirvió como almacén de oro desde su construcción en el siglo XVII y vergonzante prisión para las personas capturadas y convertidas en esclavas durante los dos siglos posteriores. La mayoría procedían de las actuales Níger y Burkina Faso. Es difícil explicarle a una niña de nueve años qué significa la esclavitud. ¿Cómo explicar el dolor infligido por nuestros antepasados? ¿Cómo explicar que miles de personas murieron de hambre y de sed en los muros que ahora recorríamos? ¿Cómo explicar que las personas que te guían a través de los túneles y las habitaciones de oprobio mantienen un discurso de paz y de serenidad respecto a los europeos que humillaron, vejaron, dominaron, vendieron y nunca repararon a sus abuelos, tatarabuelos y demás familiares? El presidente Obama visitó estos lugares antes que nosotros, no hace demasiado, y quizá se hizo estas mismas preguntas.

Giulia parecía impresionada. Cuando en alguna de las celdas, la luz se apagó unos segundos, el aire se comprimió y el silencio se hizo entre nosotros… la tensión se mascaba en el ambiente. Al fondo de uno de los corredores estaba la Puerta de No Retorno, el umbral que cruzaron millones de personas rumbo a Brasil o Haití, entre otros destinos, para ser vendidas como esclavas. Es un lugar estremecedor. El castillo se protegía con cañones cuando el comercio de esclavos era uno de los negocios más prósperos. Participaban europeos de muchas nacionalidades: ingleses, franceses, belgas, portugueses, holandeses, alemanes, daneses… árabes y algunos chiefs locales que traficaban con su propia gente. Las caravanas de esclavos han existido desde tiempos inmemoriales. Cuando los europeos se hicieron con el negocio, se calcula que desde el siglo XV hasta finales del XIX unos 20 millones de africanos cruzaron el Atlántico para ser utilizados como esclavos. Los viajes duraban unas cinco semanas. Muchos eran vendidos a cambio de tabaco, alcohol y vestidos. Las baratijas que los europeos pagaban a algunos chiefs locales por el comercio de personas.

Los españoles también tenían su participación en este negocio, dada su experiencia en la materia. En el XIX ya habíamos perdido protagonismo mundial, pero cometieron los mismos abusos y expolios en las Américas, desde unos siglos antes.

El castillo de Elmina, Sant George -el más antiguo de esta parte del mundo, construido por los portugueses a finales del siglo XV, a escasa media hora de Cape Coast, tiene la misma historia, los mismos corredores, la misma división para esclavos y esclavas. Las mujeres, además de las vejaciones que he relatado, eran violadas selectivamente por parte del Gobernador del castillo y los soldados. Si se quedaban embarazadas, tenían nueve meses de semi libertad y eran conducidas a las barriadas extramuros, donde daban a luz hijos mestizos y donde posteriormente podrían volver a ser recluidas o permanecer en la miseria por no resultar útiles, si sus defensas habían quedado mermadas.

La división de los hombres, entre aquellos que eran jóvenes y fuertes, y otros más débiles o enfermizos, marcaba la línea entre la vida y la muerte. Quienes fallecían durante el cautiverio, eran arrojados al mar. Durante la travesía, en condiciones inhumanas, morían también muchos. Los que se rebelaban eran encerrados de por vida sin agua ni comida en las mazmorras del castillo. Es especialmente desagradable ver las condiciones en las que malvivían y advertir la línea a la que llegaban sus excrementos, por encima de la rodilla. Quizá esta sea una de las crueldades más terribles que el ser humano ha cometido y consentido a lo largo de la Historia. Tantos siglos de dominación y de humillación no se borran de la noche a la mañana. Nadie pagó por ello, insisto.

A las afueras de Elmina, sin apenas tiempo para la recuperación, el pintoresco puerto pesquero te reconcilia con el mundo. Los barcos se juntan en poco espacio en el muelle y las mujeres en tierra comercian con el pescado fresco recién desembarcado. Fue lindo recorrer las calles del pueblo de la mano de Giulia y ver cómo los niños la miraban, tocaban, sonreían… Tenían su propio lenguaje de complicidad. La caída de la noche, con su ausencia de alumbrado, invita a dormir de un tirón escuchando el incansable sonido de grillos, ranas y otros animales que viven en la selva cercana.

La selva de Kakum

Al día siguiente, nos adentramos en una jungla de 607 kilómetros cuadrados. Entre los aullidos de los monos, fuimos sorteando raíces de árboles milenarios, una frondosa vegetación y llegamos a una de las atracciones del parque nacional de Kakum: un paseo por los puentes colgantes.

A una distancia del suelo de entre 28 y 40m se alzan orgullosos siete puentes colgantes, construidos con apoyo exterior de la Agencia de Cooperación norteamericana en 1995, en lo que supone un verdadero paseo por las alturas, entre tablones de madera que no parecen muy estables, sin más sujeción que las cuerdas que lo sostienen -y unos cables metálicos a prueba de toneladas de peso-. No es apto para quien sufra vértigo.

Con la respiración encogida cruzamos el primer tramo, saludando a los árboles, tarareando canciones para ahuyentar el miedo y admirando la extensión selvática que nos rodeaba por los cuatro costados. Qué pequeño se siente uno ante tanta belleza. Qué pequeña tenía que sentirse Giulia ante un paisaje tan salvaje. La experiencia hubiera sido más gratificante si no hubiéramos coincidido con un grupo de japoneses adolescentes que hicieron moverse alguno de los puentes más de la cuenta y con sus cabriolas y saltos nos asustaron a todos. Lo que no pudo la altura, lo pudo la inconsciencia. Hubo que abortar la operación. Pero nadie nos arrebató la satisfacción de permanecer allí arriba el tiempo suficiente para rendirnos ante la grandeza y la inmensidad de la naturaleza de África.

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16 comentarios on “El viaje de Giulia (I)”

  1. Carmen dice:

    Todavía con mi pensamiento y corazón en Ada Foah!!! Muchas gracias por la oportunidad de conocer mejor esta parte del mundo. La casualidad ha hecho que Giulia y José estuvieran leyendo juntos tu blog en casa y yo en el despacho…en sintonía…

    Un abrazo,

    Carmen

    • ángel gonzalo dice:

      Muchas gracias por atrevería a venir. Muchas gracias por compartir esta experiencia. Por cierto, Promise os ha convocado a una reunión de padres, maestros y autoridades académicas el próximo 10 de marzo. Quería contar con tus opiniones y con una pequeña charla sobre educación en España. Ya le he dicho que lo veo chungo… Un besazo para los tres. Se os quiere.

      • Carmen dice:

        A Promise le escribo la próxima semana. Me temo que lo de la charla tendrá que esperar pero veremos que podemos hacer…buen finde…Besos

      • ángel gonzalo dice:

        Vuestra sombra es alargada. Qué podemos hacer si habéis calado hondo? Muchos besos y muchas gracias. Si supieras cuánta gente me ha escrito en privado diciéndome olé por los padres de Giulia, qué pedazo de educación le están dando… Te sentirías todavía más orgullosa. Pues eso.

  2. Tesa dice:

    Seguro que esta experiencia será imborrable para Giulia, Angelito.

    La curiosidad todavía domina su existencia. Los niños tienen una capacidad asombrosa para adaptarse a las circunstancias y asimilar con naturalidad situaciones que a un adulto le hacen saltar los esquemas.

    Por lo que hoy tu crónica tiene un aliciente más de disfrute para mí: Giulia y su encuentro con África me ha sabido a poco, ya estoy deseando leer la próxima entrega.

    Muchos besos,

    • ángel gonzalo dice:

      Muchas gracias. La verdad es que yo, que apenas sé nada de niños, he flipado con Giulia. Su capacidad de adaptación, su naturalidad y su inocencia. No sé, pero los adultos venimos aquí con prejuicios, cada uno con su película, pero ella estaba tranquila, se expresaba con normalidad, no tenía miedo. Y la reacción de los otros ninos… los que están detrás de la ventana, también fue alucinante. Un beso fuerte y gracias gracias por estar ahí. A veces vivimos situaciones muy duras aquí y este blog se ha convertido en una tabla sólida a la que agarrarme para no naufragar. Me hace muy feliz. Gracias

  3. Sonia dice:

    Ya sabes que para mi eres Angelin…no tengo palabras para describir tus narraciones…simplemente:increíble y darte las gracias por darnos la oportunidad de conocer,mediante estos relatos,la realidad de otros culturas…
    Estoy deseosa y expectante del siguiente blog
    Nuevamente gracias y un beso de tu amiga de la infancia.
    Sonia

    • ángel gonzalo dice:

      Ahora que la barba me sale gris, que me cuesta esconder la barriga y que necesito estirar después de cada partido, reconforta saber que una vez, no muy lejana, fui Angelín. Elena no se lo cree, aunque las fotos que me llegan son una prueba irrefutable.
      Muchas gracias por pasar por aquí, por traerme tan buenos recuerdos y por conectarme a tanta gente.
      Aquellos años del Vallejo fueron buenos. Los guardo con mucho cariño.
      Me han escrito dos personas y a ambas la vida les ha tratado bien. Espero que a ti también. Y a Luis y a Josito. Y a todos. Esta experiencia en África nos está enseñando mucho, para lo bueno y lo malo. Y es muy intensa. Llevo un porrón de años trabajando en ONG, haciendo voluntariado, viajando a un montón de sitios… Pero esto es diferente. Aquí no se desconecta nunca. Miro por la ventana y veo pobreza, pero también cariño, a veces hambre, pero también humanidad… En fin, sensaciones muy fuertes. Y la sensibilidad está siempre a flor de piel… Y hace un calor del carajo. Y nos dan las buenas noches la misma panda de enanos que hace rato nos pedía comida… Y así podría seguir sin parar. El blog me ayuda a serenarme, a organizar las ideas y a entender un poco lo que vivimos. Y me conecta con España. Y me hace feliz. Mi ego viaja en primera.
      Perdón por el rollo.
      Mil gracias y un beso fuerte.

  4. Sonia dice:

    Perdimos el contacto cuando entramos en la universidad: tu en periodismo y yo en derecho…ese año empezaron las movilizaciones del 0,7% y comencé juntos con otros compañeras diferentes acampadas en Azuqueca de Henares y finalmente un mes de encierro en la casa de la cultura del pueblo…conseguimos algunos logros:un consejo de cooperación para el desarrollo en el ayuntamiento con carácter vinculante y una tienda de comercio justo,intentando crear una red de consumidores… Pero como bien sabes es muy complicado luchar contra una sociedad consumista… Y a día de hoy con luchas con la junta de comunidades para evitar el recorte en cooperación..,lucha que no va tener un final muy feliz…además yo también soy una mas de esa sociedad que destentaba y trabajo en una multinacional inglesa donde mis ideas son pisoteadas a cada paso…y mas y mas cosas…por ello,Elena y tu sois un ejemplo para todos los que no fuimos de continuar con esto.
    Gracias
    Un beso Sonia

    • ángel gonzalo dice:

      Sí, la lucha por el 0,7% nos marcó mucho. Ahora sabemos, que la fuerza está en la movilización, en la denuncia, en no estar callados. El 15m nos lo recordó hace meses. No sé si Elena y yo seremos un ejemplo. Esta es nuestra forma de vida, lo que nos hace felices y por eso estamos aquí. Pero no hace falta venir a África para echar una mano. En España hay mucha gente que lo pasa mal y hay mucho trabajo por hacer. Yo dejé la empresa privada porque no me gustaba lo que tenía que escribir. Desde que trabajo en ONG, escribo de lo que siento y eso me hace sentir más realizado. Aunque no todo es maravilloso. Este año sabático lo estoy disfrutando mucho. Escribo de lo que veo y lo comparto. Es la leche. Y estamos en África. Y hacemos muchas cosas… Pero, de verdad, para mí es un ejemplo todas aquellas personas que se buscan la vida de forma honesta, que no tienen mucho y llegan a casa con una sonrisa, que sacan fuerzas de donde no las hay para ir a un trabajo que no les mola pero que tienen que hacer para mantener a la familia. Y lo hacen con educación, con optimismo, siendo buenas personas. Y luego sacan tiempo para rebelarse. Y no se resignan. Esos son los héroes de nuestro tiempo, los que yo admiro. Un abrazo. Al carajo las multinacionales!!!

  5. Pela dice:

    ¡Qué buen relato de la visita de Giulia! Es verdad. Te deja con ganas de más. Ahora que soy padre me he imaginado bien sus reacciones. Leo, con menos de dos años, es todo espontaneidad y curiosidad. Pide la mano a todo el mundo y hasta les dice “¡A ver trenes!” (primera frase completa que pronuncia) a los asombrados viandantes de la mismísima Gran Vía, porque le hemos prometido bajar a ver el Metro un rato. En fin, espero que Lola y yo sepamos educarle siempre de forma adecuada y podamos enseñarle algún cachito del mundo como los padres de Giulia han hecho en Ghana. Besos.

    • ángel gonzalo dice:

      Ya verás cómo es esto. Desearás contárselo a Leo, pero de momento es muy pequeño. Guarda estas experiencias en tu mochila y enseñáselas. Los padres y madres tenéis una función clave en la construcción de la sociedad. Dale duro!

  6. Pela dice:

    Por cierto, vaya blog, Angelillo, estoy muy, muy orgulloso de ti. Me explico: en este tiempo en que el periodismo está tan devaluado y viciado en lugares como España, me alegro muchísimo de que al menos haya periodistas que como tú sean dignos de llamarse así, periodistas, con todas las letras. Tus textos, además de estar excelentemente escritos, derrochan intensidad, precisión y autenticidad. Además, tu labor como intermediario en el mensaje es perfecta. Lidiando entre dos mundos tan distintos y, a veces, opuestos, consigues que todos y todas dibujemos al detalle en nuestras cabezas las escenas que narras. Es casi como estar allí… Y transmites emoción, desesperanza, perplejidad o admiración cuando toca. Es decir, plasmas muy bien esas contradicciones en las que estáis inmersos y que a veces os hacen la vida allí un tanto compleja. Enhorabuena, Ángel, y ánimo, no dejes de escribir.Y sobretodo, como lector y destinario de estas historias tan reales que unas veces duelen y otras despiertan sonrisas o incluso carcajadas, muchas gracias.

    • ángel gonzalo dice:

      Mil gracias. Lo he dicho muchas veces. Esta experiencia no la vivo sólo por mí sino por todas las personas que se han quedado en casa. Mi deseo es compartir este viaje, acercar África y hacer más humana nuestra existencia. Hacer periodismo desde aquí es fácil. Voy por libre y no le debo nadie a nada. Estoy aquí porque quiero y escribo por lo mismo. Por gusto y por responsabilidad. Ojalá mis palabras perforen conciencias, ojalá y transmitan esperanza. Contar este sueño es parte del mismo. Contar con tu apoyo, un lujo. Gracias

  7. Llanos dice:

    He tardado en leer este post por falta de tiempo, pero lo mantenía “en barbecho”.

    Me ha hecho rememorar muchos momentos de mi paso por Ghana, aunque yo mantenía “campamento base” en Kumbungú, cerca de Tamalé, donde teníamos nuestra “faena”. No sé si ya lo comenté en algún otro post, pero en su día me permití la licencia de renombrar Accra como “la ciudad imposible”, a la que sigo llamando así, en referencia especialmente al tráfico. Aún me asombra cómo la gente cogía coches particulares y/o taxis o tro-tros a sabiendas de que durante un par de horas no se van a mover del sitio; o con suerte se moverán unas decenas de metros. Me sigue resultando incomprensible. Algo parecido, aunque no tan exagerado, vimos en Kumasi.

    También me has transportado a mi visita al castillo (fortaleza de esclavos) de Cape Coast, donde realmente sientes las vilezas del ser humano. No se me ha olvidado desde entonces la línea que marcaba, como dices, la altura a la que llegaban los excrementos entre los que tenían que vivir. Salí horrorizada.

    Lo más grato fueron las vistas desde arriba del castillo sobre la playa, donde el colorido de cientos (y no exagero nada) de pequeñas embarcaciones se preparaban para salir al mar, o regresaban de allá.

    Con Kakum tuve más suerte que vosotros y pude disfrutar del paraíso, eso sí, era noviembre, a finales, el calor era realmente asfixiante y la humedad era cercana al 100%, con lo que la “travesía” se hizo dura en ese sentido allí, dentro de la selva, pero mereció la pena, ¡ya lo creo que mereció la pena!

    Como siempre, un gusto leerte.
    L’Afrique me manque!!!

    Un abrazo desde Valencia,
    Llanos.

    • ángel gonzalo dice:

      Muchas gracias. Aquí estamos siempre en un estado de emoción-indignación alterado. Muchas sensaciones, mucha belleza, mucha pobreza, algo de esperanza. Gracias por compartir tus recuerdos. Un.beso


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