Una boda peculiar

David Ahadzie  es el ejecutivo del pueblo. Duerme tres o cuatro horas al día y lleva un año empeñado en hacer funcionar la oficina de turismo de Ada Foah. También da algunas clases en la escuela del Maranatha, vende libros de la iglesia evangélica, colabora con nosotros en el proyecto de apoyo a menores abandonados de Anyakpor y trabaja en la Asamblea del Distrito haciendo papeles. Lleva tres teléfonos encima… uno de ellos escondido en la maleta. Es uno de nuestros mejores “amigos” por estas tierras.

Hace pocos días David se casó con Bernice, profesora de la Escuela Politécnica. Nos invitaron a la boda. Si organizar una celebración en España suele ser un quebradero de cabeza para los contrayentes, piensen cómo es en Ghana, con muchos menos recursos.

Nada es lo que parece

Habíamos quedado con David en que nos recogería un coche en casa el viernes por la tarde, nos llevaría a Peki, el pueblo natal de su novia, nos alojaríamos en la pensión del lugar, participaríamos de la celebración el sábado y el domingo volveríamos a casa.

A las 10h del viernes, David me llamó para decirme que teníamos que salir pitando para Tema, la ciudad portuaria de Ghana, a 30 km de la capital, a unas dos horas de Ada. A las 15h partía el autobús con los invitados. Se había olvidado de avisarnos antes. La otra opción era coger un autobús a las 3 de la madrugada y llegar a tiro hecho a la boda.

Elegí la opción vespertina. Elena y yo estábamos trabajando. Me costó localizarla, ya que atendía pacientes en consulta. Lo logré a las 12 del mediodía y empezamos a correr. Primer error.  A las 13:30h parecía claro que no llegaríamos a tiempo de coger el autobús de los invitados. Llamé a David y me dio otra solución. El Bestman/Padrino podría recogernos en un punto intermedio.

Comimos un  bocadillo de sardinas de lata -nuestro menú habitual para el almuerzo- apretujados en el tro-tro. Segundo error. Estábamos apurados. El padrino, George, nos acogió con entusiasmo y comenzamos el viaje. Serían las 14h. A medio camino notó que debería lavar el coche. Paramos a hacerlo. Poco después de las 15:30h llegamos a la rotonda de Tema. En ese momento, David nos avisó para que le esperáramos. El tráfico era infernal en Acra, aunque ya estaba cerca. Decidimos hacer tiempo… aunque poco se puede hacer cuando uno está parado al lado de una rotonda.

La espera que desespera

Después de dos horas, intuimos que David llegaría muy tarde. Incluso pensé que quizás se había arrepentido de la boda. Nos fuimos al mercado negro para cambiar moneda. Las ciudades portuarias es lo que tienen. Además de moneda, encontramos ron Arehucas, de Canarias, y ginebra inglesa. Estuvimos a punto de comprar alguna botella. Desafortunadamente, se salía del presupuesto. El reloj siguió corriendo y en vez de David, aparecieron dos alemanes, voluntarios recién llegados a Ada, que habían sido invitados a la boda, a pesar de no conocer al novio ni a la novia y llevar sólo unos días en el pueblo. Pensamos que David necesitaba llenar su cupo de invitados.

Finalmente, el novio llegó más tarde de las 20h, en un taxi con su cuñada y el cámara de la boda. Es decir, nos juntamos en la rotonda: El padrino, el novio, la cuñada, el cámara, los dos alemanes –Michael y Michael-, Elena y yo. Entonces, alguien reparó en que sólo teníamos un coche y cinco plazas. El transporte público a esas horas escaseaba.

El padrino, con buen criterio, decidió que el que tenía que llegar sí o sí era el novio… y que el resto, en fin, ya saben, a buscarse la vida. Quedaban tres plazas en el coche. Elena se instaló en la parte de atrás en un rápido movimiento. Llevábamos esperando más de cinco horas y teníamos derecho de viaje. “Ésa es mi chica”, pensé. Un alemán se sentó junto a ella y otro intentó colarse por mi derecha. Quería el asiento de copiloto. Tirando de canas, hice un requiebro y me adelanté. En un suspiro, el coche se completó. Una seña de David bastó para que el alemán que estaba fuera se acoplara también en la parte de atrás. Viajaríamos seis personas en cinco plazas. La cuñada y el cámara no cabían. Ya llegarían. A nadie pareció importarle.

Hambre

Una vez que arrancamos, mi estómago empezó a rugir. Apenas habíamos probado bocado en todo el día. Pasamos un montón de restaurantes y puestos callejeros, pero el padrino no tenía intención de parar. David iba al teléfono ultimando detalles. Al final, el autobús de las 15h no había partido y los invitados estaban desperdigados en el trayecto. También había problemas con el pastor que oficiaría la misa. Y resulta que la empresa de decoración tampoco tenía todo preparado. Había cierta  tensión en el vehículo. Yo sólo pensaba en comer. Elena también.

Una mirada desesperada bastó para que el conductor parara en la cuneta, so pena de ser devorado. Nos arrojamos en busca de alimento. Yo perseguía una salchicha, un pincho de pollo, un pan… qué sé yo, algo rápido, que llenara y que mejorara nuestro humor. Lo encontramos después de vagabundear entre pueblos fantasma. Me seguían en procesión el padrino, Elena, los alemanes y el pobre David con uno de sus teléfonos pegado a la oreja. Encontramos salchichas. Elena y yo trapiñamos… En ese instante, los alemanes se destaparon como vegetarianos. Mala suerte. Les tocaría ayunar.

Volvimos al coche, David cada vez más atareado. Nada parecía funcionar. Al padrino le dio por buscar ayuda divina y puso en el reproductor los discursos del pastor de su iglesia –Greatest hits Lighthouse Chapel international-. Elena nos abandonó entregándose al ipod. El resto nos comimos los discursos sobre el demonio, la virgen y el espíritu santo.

En un momento dado divisamos un control de policía. Imagínense la escena. Un coche con cuatro blancos a altas horas de la noche -en Ghana a partir de las 20h no queda un alma en la calle- con un pasajero por encima de lo permitido. Pude ver cómo el símbolo del dólar se reflejaba en las pupilas del guardia que nos dio el alto. Le colgaba una “fusca” del cuello. Baja la ventanilla y me dice: “¿En su país es normal que viajen cuatro personas atrás?”. Era una pregunta absurda, así que contesté: “Algunas veces”. No debió gustarle porque añadió: “Venga, fuera del coche, los papeles”… o algo así, porque cambió el inglés por el eve y me desentendí de la conversación. Tras media hora de negociaciones pudimos seguir camino. Resulta que el guardia era natural de Peki y al enterarse de que íbamos a una boda allí, dejó escapar a sus presas. No hubo que pagar soborno.

Llegamos a destino pasadas las doce de la noche. Nos acogieron en la casa de la novia. Bernice estaba de morros. Su novio se presenta pocas horas antes de la boda en un coche lleno de blancos y con un montón de preparativos en el aire. La hospitalidad ghanesa les obligaba a ofrecernos comida. Los alemanes cenaron por fin.

Noche gregoriana

Casi nos dieron las dos de la madrugada, tras los intercambios de saludos, las presentaciones y las preguntas típicas. Pregunté con delicadeza si alguien podía decirnos dónde coño estaban nuestros aposentos. Resulta que no había. Como era tan tarde, la pensión había dado nuestras habitaciones a otros invitados que llegaron antes -esta es una fea costumbre en Ghana que invalida todas las reservas que puedas hacer con antelación. El primero que llega se queda con la cama-. No sabían dónde meternos y alguien sugirió que en el seminario de los presbiterianos había celdas libres. Allí pasamos la noche, en una austeridad espartana, con los ronquidos de los novicios, los invitados o quien estuviera al otro lado del tabique como música de fondo.

Ceremonia doble

Nos levantamos a las seis de la mañana para participar en la previa de la boda. Juro que intenté escaquearme. Hubo presentación de familias, de invitados -nosotros también- y comenzó una ceremonia extraña, en lengua local, con muchos cánticos, muchos sermones, mucho follón y mucho sueño por mi parte.

Después de esta fase, nos dieron de comer un plato de arroz y nos condujeron a la iglesia, donde tendría lugar la ceremonia de verdad. Serían ya las 11h y estaba catatónico. La primera parte cabeceamos en la iglesia -aunque los aullidos de los reverendos, pastores y demás autoridades eclesiásticas nos sobresaltaban de vez en cuando-; y para la segunda, nos fuimos al bar en busca de una coca cola. Esto no supone problema en ningún lugar de África -ni del mundo-. La coca cola siempre está presente. El problema es encontrarla fría. Entre que lo hicimos, la tomamos y volvimos… la boda se acabó. Serían cerca de las 14h.

Nos fuimos al banquete, que se celebraba en la explanada del seminario donde habíamos dormido. Cientos de personas pugnábamos por una silla bajo los toldos. Caía un sol de justicia. Enfrente estaba el bufé. Me pareció escaso y por un momento dudé si tendríamos que echar a correr y el primero que llegara comía, y el último no. No pensaba volver a perder, como con la cama. Teníamos hambre. De repente, apreció el encargado de protocolo y fue levantando a la gente por turnos. Guay. Nos tocó al principio. También hubo una danza local.

No había ni gota de alcohol y el menú se componía de arroz y pollo o tilapia, especialidades del lugar, con mucho picante. También había pastel –Elena cogió dos trozos haciéndose la despistada-. Comimos y casi sin terminar me tocó salir a la palestra a dar un discurso. Esto es una costumbre africana. Implican al visitante en todas las celebraciones y ayuda a perder el miedo a hablar en público. Mi turno iba detrás del pastor, que se quedó a gusto celebrando que el novio y la novia no fueran ni homosexual ni lesbiana y pidiendo a gritos a Jesucristo que el diablo no entrara en sus vidas para corromperles. Ante esta altura intelectual, no sabía qué aportar, así que recurrí a un clásico español que la concurrencia repitió al unísono: “vivan los novios”. Incluso pedí un bis.

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El sueño de Anyakpor

Qué hace un tipo como tú en un sitio como este…” Parafraseaba a los Burning, el otro día, cuando Ruben aparcó su moto conmigo de paquete en la entrada de la escuela de Anyakpor.

El sol pega con ganas. Al fondo, la playa. Alrededor, plantaciones de cebollas y tomates. El suelo, cubierto de tierra, levanta una polvareda que me envuelve. De frente, 97 niños y niñas, de edades comprendidas entre los 2 y los 10 años, rodean a Elena. Unos le piden agua, otros quieren un mimo, algunos se agarran a su pierna para que los abrace, otra le habla en lengua local con mucha desesperación. Ella reparte sonrisas y junto a los tres profesores intenta poner un poco de orden en este guirigay. Difícil trabajar en esas condiciones. Pero está feliz. Le brillan los ojos.

Una escuela para menores abandonados

Estoy observando la escena. Dudo si acercarme. De repente, un enano nota mi presencia y al grito de “¡bafono, bafono!” se me viene encima una nube de diablillos. Parezco el Perales con eso de “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Me pongo tierno. Hay que estarlo para pasar de Pepe Risi al héroe de Cuenca… pero qué quieren, esto es África, y los sentimientos viajan a flor de piel.

La escuela de Anyakpor se halla a tres kilómetros de casa, en el límite occidental de Ada Foah. Es una construcción de cemento barato con techo de paja, de unos 40 metros cuadrados y pretende ser el centro de escolarización para los niños abandonados de esta comunidad formada por unas 3.000 personas.

Los niños y niñas provienen de familias humildes. Los padres pasan muchos meses en el mar, pescando a bordo de barcos que han conocido mejores tiempos, siempre a merced de los vientos o de las fuertes olas del Atlántico. Algunos nunca vuelven. Otros forman parte de tripulaciones en embarcaciones mercantes. Las madres, a menudo están en la comunidad. Cuidan de los hijos, unos seis de media por cada familia, y buscan sustento para el día a día. Es una comunidad organizada. En los últimos años han puesto en marcha proyectos para acumular la basura en un lugar común y para mejorar el saneamiento haciendo sus necesidades en lugares apartados. Aún así, tienen muchas necesidades.

Las familias viven como la mayoría de la población local, en infraviviendas sin agua ni servicios mínimos. Cocinan al aire libre. Los ingresos son tan bajos que ni siquiera pueden pagar las tasas que el gobierno exige para impartir la educación primaria gratuita. Estas tasas cubren el material escolar, uniformes y alimentación de los menores. Los padres de los 97 niños de Anyakpor no pueden asumir esos gastos. Cinco de ellos están acogidos en casa de una de las profesoras.

Apoyo externo

Hace menos de una década, la comunidad puso en marcha un proyecto para el cultivo de cebollas, tomates y algo parecido a las guindillas. Radio Ada desarrolló un serial radiofónico y atrajo financiación extranjera para dar formación en agricultura.

La iglesia que encabeza el Pastor James identificó la necesidad de escolarización de algunos menores en 2008. Sus feligreses acudían el domingo al templo y pedían ayuda. En septiembre de ese mismo año, con el apoyo del Chief local y algunos padres, construyó la escuela de Anyakpor. Contrató entonces tres profesores, con un salario de 25 euros al mes, construyó las cuatro paredes y ahí se instalaron, revueltos, menores y maestros. El dinero se acabó y las colectas dominicales dan para pagar a los profesores y alimentar escasamente a los niños. A veces la comida no llega para todos. Tampoco el agua potable.

De Madrid a Ada

En noviembre pasado nos interesamos por el proyecto y decidimos invertir en la escuela los  1.300 euros que trajimos desde España gracias la generosidad de amigos y familiares. Una parte del dinero, unos 200 euros los hemos ido gastando en pequeños detalles: cremas para el hospital donde Elena trabaja, dos balones de fútbol para la comunidad de Futuenya -detrás de casa-, pequeños regalos de Navidad para los niños y niñas, y algún apaño para Radio Ada relacionado con Internet. En las tiendas pequeñas o en el mercado de Ada no se estilan las facturas, así que tienen mi palabra de que el dinero se ha invertido donde digo.

Elena, además, va un día por semana a la escuela de Anyakpor para ejercer como monitora de apoyo a la labor del profesorado y Alicia, cuando todavía estaba por aquí, también acudía y ahora nos echa un cable desde España. Yo me encargo de supervisar los presupuestos y participo en las reuniones para tratar las prioridades con el Pastor y las autoridades implicadas: David, de la oficina de turismo; Divine, jefe de servicios sociales; el Chief de Anyakpor; y los padres de los alumnos. Es un trabajo en equipo y vamos paso a paso.

Hemos dividido el proyecto en varias fases y decidido conjuntamente en qué invertiremos el dinero. Lo primero serán las pequeñas infraestructuras como bancos, pupitres y pizarras y el material escolar básico: libros, cuadernos, lápices y ese tipo de cosas. Nosotros vamos a aportar la parte no perecedera, con la vocación de que lo que hagamos dure en el tiempo.

Los sueldos de los profesores y la alimentación del alumnado deben seguir saliendo de las colectas dominicales y de las aportaciones de los padres. Estamos hablando de cantidades exiguas y todo el mundo tiene que arrimar el hombro.

En cuanto al agua potable y el saneamiento, esto corresponde a la administración. Quizá podamos colaborar en la construcción de una bomba de agua, no sólo para el colegio, sino también para la comunidad, pero aquí los servicios sociales tienen que poner de su parte.

Y la comunidad aporta la mano de obra. Me explico: nosotros compramos la madera, pero el carpintero tiene que salir de la comunidad. Igual que el tipo que cabe la zanja para el servicio. Yo me he ofrecido a picar el primero, que no se diga que los blancos somos unos flojos, pero ellos deben continuar el trabajo.

Step by step

Como se pueden imaginar, esto no se consigue de un día para otro y estamos a mitad de enero y llevamos desde noviembre con el proyecto. Somos conscientes de que no vamos a mejorar la educación de Ghana ni vamos a convertir a estos chavales en estudiantes de primera. Nos conformamos con que reciban una educación equiparable a los demás, con que tengan un mínimo de atención y con que no pasen tantas horas en la calle o en la playa sin hacer nada. Los niveles de analfabetismo en la población rural en Ghana son alarmantes y creo que podemos contribuir a que los indicadores de esta comunidad mejoren.

Hace meses, se constituyó en Ada una asociación de padres para mejorar la educación de los hijos. También hemos informado al presidente de esta asociación y Elena ha participado en un curso de formación para atender necesidades básicas y detectar problemas como malos tratos, abusos sexuales o carencias de cualquier tipo. La sociedad civil aquí está organizada y eso anima a seguir trabajando.

Las comisiones bancarias, ya lo he contado en otra ocasión, son un robo, ya que a veces se llevan el 10% del dinero de cada transacción. Intentamos trampear estos trámites cargando de euros a las personas que vienen a visitarnos desde España. Esperamos visita pronto, asi que si quieren colaborar, están a tiempo. No se corten.


A capricho

Es difícil mirar Ghana con ojos de turista. No es un país con grandes maravillas naturales o con una fauna salvaje comparable a ninguno de los países del sur o del este del continente. Sus ciudades tampoco tienen el encanto de las capitales del norte ni es un lugar que los corresponsales elijan como base por ser fuente inagotable de noticias.

Simplemente, es un país de África subsahariana que despega poco a poco pero que no destaca por nada especial. Sin embargo, también guarda algunos secretos. Además de los rituales ancestrales, de una cultura desconocida para la mayoría y del carácter afable de sus gentes -y del trabajo que puede realizarse en miles de pueblos olvidados- también cuenta con algunos lugares donde perderse y disfrutar de los lujos que a menudo echamos de menos. Salir de la burbuja de Madrid y aterrizar en la realidad de Ghana también tiene un coste emocional.

Novedades en Acra

Nos pusimos en marcha sin grandes expectativas, pero con esa inercia del viajero por el movimiento, esa adicción que te hace llenar la mochila con cuatro cosas y tirar para adelante a la búsqueda y captura de nuevos destinos, en transportes que te llenan el cuerpo de contracturas. Eran fechas vacacionales y el país estaba paralizado. La población local abarrotaba los templos. Los extranjeros nos íbamos a la playa.

Acudimos un día antes a la estación principal de autobuses de Acra y compramos un billete para el día siguiente. En la ventanilla, la mujer que despachaba nos sorprendió ofreciéndonos un abánico de horarios que nunca habíamos escuchado en Ghana: “¿Quieren ustedes viajar a las 6, las 7, las 8, las 9, las 10, las 12, por la tarde o por la noche?” Acostumbrados a partir cuando el transporte está lleno, esto suponía una gran novedad. Elena y yo nos miramos, hicimos cálculos y contestamos al unísono: “a las 10h”. Así podríamos realizar unas gestiones matinales y escapar del tráfico infernal de la ciudad.

Encantados con la eficiencia del transporte público fuimos a pasear por Acra, buscando algo distinto de lo que nos había ofrecido hasta ahora. Fuimos al barrio rico: Osu, cuya arteria principal es Oxford Street y está plagada de tiendas europeas, establecimientos de comida rápida y mercadillos para turistas. Allí encontramos un balón de reglamento para los chavales de Futuenya -la comunidad cercana a nuestra casa en Ada-. Se lo habíamos prometido la víspera de nuestro viaje y no podíamos fallarles. También hallamos una heladería italiana, bastantes negocios regentados por libaneses y algunos restaurantes chinos. Sin duda, este barrio agultina a la minoría  extranjera y a la clase alta local que vive en Acra, alejada de los suburbios y de la miseria en la que vive la gran mayoría.

… Y nos dieron las 10

Al día siguiente, madrugamos para conseguir cedis en alguna de las oficinas de cambio repartidas por la ciudad -las comisiones bancarias en Ghana pueden alcanzar un 10% y resulta un robo a mano armada sacar dinero con tarjeta de crédito- y después nos dirigimos a la estación. Llegamos media hora antes de la salida del autobús y nos acomodamos en la sala de espera.

Allí, nos dieron las 10 y las 11, las 12 y la una!!!! El autobús partió más tarde de las 13h para nuestra desesperación. La estación presentó un aspecto desolado toda la mañana y la eficiencia de la compañía de autobuses, alabada el día anterior, quedó en evidencia. Nadie se molestó en dar una explicación por el retraso. La demora, en esta ocasión, derrumbó nuestro buen humor.

A ningún viajero le gusta llegar a un destino desconocido de noche. Las posibilidades de encontrar un buen alojamiento se reducen. Es más difícil negociar un buen precio y la moral se resiente tras una larga jornada de viaje. A veces no hay elección y de esta guisa nos presentamos en Takoradi, uno de los grandes puertos de Ghana, y la última gran ciudad en la carretera que llega hasta Costa de Marfil.

Desde allí, viajamos en taxi compartido hasta Busua y, una vez en este pueblo, peregrinamos en busca de cama. Nos sonrió la fortuna. Gracias a la generosidad de Luca y Simona, nos quedamos con la única habitación disponible en un lodge ajustado de precio. Ellos se marcharon a otro lugar más caro… para celebrar su aplazada luna de miel.

Simona lleva más de una década trabajando en proyectos sociales en Ghana y en los últimos años ha puesto en marcha una casa de acogida para menores discapacitados en las afueras de Acra, donde ella misma vive seis meses al año. La financia de su propio bolsillo y con donaciones particulares que consigue en los restantes seis meses que pasa en Milán. Una auténtica luchadora a la que visitaremos pronto: http://chicchidicaffe.org/ El año pasado se casó con Luca en la casa de acogida.

Caminante, no hay camino

La mañana nos sorprendió con una fina e intermitente lluvia, aunque la temperatura seguía siendo tropical. Encontramos una playa de postal, con arena blanca, palmeras repletas de cocos, oleaje suave, agua cristalina, entorno limpio y chiringuitos con bebida fría en la orilla gestionados por población local. Todo ello en un ambiente tranquilo con Bob Marley y los grandes éxitos de temporada sonando a un volumen agradable desde horas tempranas. No podíamos pedir más… pero había más.

Dimos un largo paseo por la playa hacia el este, ascendimos una colina y, al coronarla, avistamos un lugar precioso: Butre. Un pueblo de pescadores, lleno de barcos coloridos, un río con cocodrilos y una playa aún más bonita que la que habíamos dejado atrás. Uno de esos lugares que te reconcilian con el mundo. Me recordó a “Las Negras”, un pueblo encantador del Cabo de Gata en Almería, salvando todas las distancias -y sé que son muchas-.

Descendimos hacia Butre y vimos que había varios proyectos de turismo comunitario, gestionados íntegramente por la gente que vivía allí con ayuda financiera de fundaciones extranjeras. Nos invadió la envidia pensando en Ada. Un lugar que no termina de arrancar y cuyo turismo no favorece a la población local. Visitamos la comunidad, el pequeño puerto, hablamos con sus habitantes, cruzamos el puente donde se funden río y mar, y continuamos hacia un ecolodge en el extremo más oriental del lugar perfectamente integrado en el paisaje. Quizá entonces seguía el chirimiri.

De regreso a Busua, tocaba alimentarse. Es curioso. Es un lugar donde los restaurantes están tan personalizados que el desayuno se toma en casa de Daniel the pancakeman, los zumos de frutas tropicales los hace Frank the juiceman y la cena se compra en la playa a Joseph the lobsterman. La comida se cocina en los fogones de Florence o te la hace mamma Joyce por un precio más que razonable. En apenas quinientos metros está todo, desde piñas coladas deliciosas a excursiones en lancha a una isla cercana.

La venganza de Neptuno

La armonía del lugar se vió alterada por la captura de un pez espada impresionante que los artesanos del machete descuartizaron en la misma playa y repartieron entre las mujeres que, con sus baldes en la cabeza, pregonaban su venta a voz en grito.

La visita a este lugar aún guardaba otra sorpresa -y no tiene nada que ver con la serpiente que me crucé en uno de sus frondosos senderos. Gracias a este reptil, comprobé que mis cuerdas vocales están en perfecto estado de revista. Tarzán estaría orgulloso-.

Al día siguiente, caminamos hacia el oeste y llegamos a Dixcove, otro pequeño pueblo dominado por un fuerte militar -como en casi toda la costa de Ghana estos emplazamientos militares recuerdan el pasado colonial de dominación europea- donde se desarrollaba una frenética actividad  desde primeras horas.

La venta de pescado y el trajín de mujeres, niños y hombres era constante. El pueblo era otra pequeña joya. En la playa se vendían atunes, delfines -sí, también delfinescalamares, barracudas y una variedad increíble de peces para consumo local o venta en el mercado y pueblos colindantes.

Participamos del comercio y, si la noche anterior nos despachamos siete langostas, en esta ocasión nos deleitamos con un atún. Otra contradicción más, a sabiendas de que está en peligro de extinción. Nos lo pusieron delante de las narices y nos comportamos como japoneses en la costa de Cádiz. Algo debió removerme por dentro, bien la conciencia, bien el empacho, porque la jornada posterior enfermé del estómago, alcancé una de mis legendarias fiebres de 40º -para desasosiego de Elena– y pené por desaprensivo las 10 horas que duró el viaje de vuelta a casa y la larga noche que vino después. Le prometí a Neptuno, entre delirios, que la próxima vez sería coherente.


Contrabando en Lomé

No fue mi primera vez. Pero sí una de las que recuerdo con más emoción. Ocurrió hace 17 años. Crucé una de mis primeras fronteras. Entonces Rafa no tenía dos hijas y yo no era del padrino de la menor, obviamente. Llegamos a Francia a través de la estación de PortBou, después de un viaje eterno en tren desde Madrid a Barcelona. Rafa, con su 1,90m largo, y yo, con mi 1,80m raspado, pasamos toda la noche enroscados en dos minúsculos asientos en un estrechísimo compartimento con otras seis personas. No teníamos ni puñetera idea de francés -llevábamos un diccionario de esos que regalan en los quioscos- y muy pocas pesetas en el bolsillo. Al menos, escondíamos en el zurrón un buen trozo de jamón serrano que doña Rosa nos había preparado y la ilusión de dos estudiantes de ruta por Europa.

El otro día me acordaba de este viaje mientras Elena y yo nos apretujábamos en un tro-tro. Íbamos a Togo, país francófono desde que Alemania perdió la I Guerra Mundial y otro de los lugares clave en el vergonzante comercio de esclavos. No llevábamos el zurrón lleno, sino vacío. Necesitábamos cruzar a Togo para renovar nuestros papeles. Lo conté al principio de esta aventura. La Embajada de Ghana en Madrid nos extendió un visado para un año, pero tenemos que renovarlo cada dos meses. En la Embajada de España en Acra nos informaron que sin contrato de trabajo no podían darnos la residencia y que salir del país y volver a entrar era la forma más sencilla de regularizar nuestra situación. Así que, ahí estábamos, burlando los trámites administrativos -qué fácil resulta cuando tienes la piel blanca-.

La ciudad de las motos

Me gustó cruzar a pie la frontera. Imagínense un trasiego constante de personas y vehículos, mucho caos, excesivo ruido, calor sofocante y polvo a raudales. La misma carretera por la que vinimos es la que une Lagos en Nigeria con Abiyán en Costa de Marfil, atravesando las principales ciudades de Benín, Togo y Ghana. Es una especie de Panamericana con más baches que cemento.

Nos encontrábamos en mitad de esta marabunta. En mi caso, 17 años después con el mismo mismo diccionario a cuestas y procurando convencer al funcionario de la aduana de que no le iba a caer ningún aguinaldo. Queríamos pagar la tasa oficial del visado y punto. Lo bueno de no entender bien el idioma es que es más fácil hacerse el despistado. Dejamos plantado al oficial y pasamos la frontera.

De repente, los cambistas se abalanzaron sobre nosotros. Me atenazó un complejo de Banco Mundial. En mi riñonera, bailaban euros, dólares, libras esterlinas y cedis ghaneses. Menudo follón de cálculos. Al final, logramos CFA –la moneda que se utiliza en los países de África francófona– y cogimos dos motos para llegar a nuestro hotel. Es sorprendente.

Pasas la frontera de Aflao y un kilómetro y medio después ya estás en el centro de Lomé, la capital de Togo. No hay ninguna población intermedia. De hecho, la carretera que lleva a la frontera es una de las avenidas principales de la ciudad, el Bulevar de la Marina. Y si sigues por la misma avenida, 50 kilómetros más en línea recta, te plantas en Benín.

Un soplo de aire fresco

Lomé viene precedida de una de esas pomposas descripciones de las guías de turismo: Lomé la plus belle (la más bella)… y que algunas personas han modificado por la poubelle (la más sucia).

Pues ni una cosa ni otra. A mí me parece una ciudad encantadora en el contexto de África Occidental. Es manejable, llena de vida y menos agobiante que Acra o Kumasi. Tiene pocas atracciones para el visitante ávido de monumentos o fauna salvaje, pero es una ciudad que merece una visita. No llega al millón de habitantes y la cultura local late en cada esquina. La música forma parte de la vida de la gente, así como los rituales religiosos. Este país, junto a Benín, es la cuna del vudú.

Está dominada por el Océano Atlántico al sur –tiene una inmensa playa aunque el bravo oleaje impide el baño- y un bulevar dibuja una semicircunferencia alrededor del centro.

Al este se encuentra el puerto, donde hay un tráfico horroroso de camiones cargados de petróleo de la vecina Nigeria, y al norte se alza orgullosa la Plaza de la Independencia. Togo logró separarse de Francia en 1960 pero tiene el triste hito de ser el primer país de la zona en sufrir un golpe de estado tras la misma, que posteriormente se materializó en la dictadura más longeva de la región. Recuperó la democracia, en teoría, hace menos de una década, pero el país sigue en las manos del hijo del dictador y en su punto de mira están periodistas, opositores y activistas pro derechos humanos.

El negocio del sexo

En nuestro alojamiento, un viejo galeón, conocimos a Esteban, un argentino de ascendencia irlandesa, cuya familia vive en Estados Unidos, y que reside seis meses al año desde hace 20 en Praga. Un auténtico trotamundos.

El aire fresco que respiramos se fue viciando al caer el sol por culpa del turismo sexual. Abuelos franceses colgados de las caderas de jovencitas togolesas. Ya he hablado de esto antes, pero en Lomé esta forma de explotación era mucho más evidente. Sé que en La Habana los españoles babean detrás de las jineteras, que las inglesas se relamen en los vuelos charter rumbo a las playas de Gambia y que los norteamericanos ahogan sus gemidos en los salones de masaje de Saigón. No es una cuestión de nacionalidad sino de la bajeza de la que participan hosteleros, turistas, autoridades y prostitutas, aunque la gran mayoría de estas últimas son víctimas de la miseria o de las mafias que les obligan a cambiar favores sexuales por promesas de un futuro mejor o un fajo de billetes. Incluso hay un barrio de Lomé donde no es difícil conseguir menores con fines sexuales.

Togoville

A 30 kilómetros al este, se encuentra Togoville, un pequeño pueblo al otro extremo del Lago Togo. El lugar es famoso por dos hechos diferentes: uno histórico, el Chief local se entregó a la protección de los alemanes en 1884 y de ahí toma su nombre esta tierra; y otro místico, una Virgen se apareció en el Lago y el lugar se ha convertido en un centro de peregrinaje cristiano, visitado incluso por Juan Pablo II hace algunos años.

Allí nos desplazamos y a parte de discutir el precio del viaje durante media hora con el barquero que nos cruzó a la otra orilla, no hicimos ni vimos nada interesante. Esteban se despachó a gusto contándonos sus peripecias en los últimos meses por los países de alrededor y su futuro destino como guía turístico en un crucero por el río Mekong, navegando la frontera entre Camboya y Vietnam. Nosotros hicimos este recorrido el pasado verano y entre recuerdos y anécdotas echamos la mañana.

Artesanía

Regresamos a Lomé con la idea de ver el mercado donde se adquieren los productos para las ceremonias de vudú: cabezas de mono, raíces misteriosas, líquidos sospechosos… A última hora, desechamos esta posibilidad dado que la entrada costaba lo mismo que pagábamos por dormir y se nos antojó un lujo innecesario, así como un camelo para turistas.

Para compensar, dimos una vuelta por el Gran mercado, por la calle de los artesanos y por los cafés donde los libaneses que residen en la ciudad miran pasar la vida, quizá añorando Beirut.

Fue entretenido pasear entre máscaras, muñecas, sandalias de cuero y visitar alguno de los talleres de artesanía, pero, y es duro reconocerlo, nos llamó más la atención la cantidad de alimentos que había en el mercado y la cantidad de supermercados que había en el centro. Eran productos tan simples como vino, queso, aceite, mostaza, champiñones, pepinillos, guisantes, espárragos, aguacates… Qué puedo decirles. Dos meses alejado de la huerta española, viviendo en un pueblo rural de Ghana, dan para abrazar y hacerle la ola a la cocina togolofrancesa.

Esa tarde brindamos con vino argentino de cartón -finalmente el Terminator es de este país- y degustamos los mejores cacahuetes de la región, con una agradable brisa atlántica acariciándonos.

Ghanas de comer

Coronamos la noche visitando El 54, un espacio cultural local, donde a ritmo africano un grupo compuesto por un rasta que tocaba el bajo –y fumaba algún canuto a escondidas-, un compositor ciego a la guitarra, un artista agitando los tambores y una cantante de voz aflautada nos amenizaron la noche. Después de disertar nuevamente sobre la cocina de lugar, encargamos unas pizzas -buenísimas-. Ya ven qué contradicción.

A la mañana siguiente, nos despedimos de Esteban, que seguía camino hacia Benín. Nosotros nos lanzamos al objetivo oculto de nuestro viaje: llenar la mochila en el supermercado. Cuando las costuras estaban a punto de reventar, cogimos una moto hasta la frontera. Confieso que me costaba mantener el equilibrio para que el peso no me venciera.

Al llegar al puesto de control, erguí la espalda con dignidad para disimular la carga.

Si los funcionarios querían cobrar una propina, encontrarían un buen motivo mirando dentro de mi mochila.

Afortunadamente, los controles son siempre aleatorios y un guardia con una vara nos eximió del registro. Durante el tiempo de espera para conseguir nuestros nuevos sesenta días para Ghana conocimos a Trini, una malagueña que tuvo menos suerte y cuyos trámites se demoraron hasta que soltó la mordida que satisfizo a los funcionarios públicos. Algo más de tres horas de carretera después, llegamos a Ada con una agradable sensación de ¡buen provecho!