El embrujo ashanti

Es domingo. Todavía no han dado las cuatro de la tarde. El sol continúa alto. Acabamos de llegar a Wawasi, el pueblo natal de Albert –compañero de Elena y Alicia en el Hospital Dangme East District-. Estamos en el corazón de la región ashanti, otrora uno de los imperios más importantes de África Occidental. Abarcaba parte de Costa de Marfil, casi todo el interior de la actual Ghana y parte de Togo y de Benín. La colonización redujo su territorio a una provincia del tamaño de la Comunidad Valenciana. Es una región rica en oro y con vegetación abundante. Su capital es Kumasi, la segunda ciudad de Ghana.

De pronto, un grupo de niños se acerca, nos rodea y nos coge de la mano. Nos conducen por un camino de tierra. Pasamos junto a un hombre, tío de Albert, que seca cacao frente a la puerta de su casa. Ghana es, después de Costa de Marfil, uno de los grandes exportadores de este fruto tan apreciado en los países ricos. Es curioso, el chocolate que tanto se cotiza allá, aquí apenas lo conocen. Desde luego es difícil encontrarlo en una tienda. Es un ejemplo más de lo que pasa en África con muchos productos. Tienen las materias primas pero los productos finales se confeccionan y consumen en otros lugares; y, claro, los beneficios se quedan allá.

En apenas unos minutos llegamos a Ahodwo, la aldea vecina. Los dos pueblos no tendrán mas de 300 habitantes. Son lugares que guardan celosamente sus tradiciones culturales. Buena parte de ellas se han perdido por el avance del cristianianismo y de lo que llamamos civilización occidental. Durante siglos, los rituales autóctonos fueron perseguidos y prohibidos. Unos pocos han sobrevivido puros, otros se han mezclado con los ritos cristianos. Actualmente, la conciencia generalizada de que las tradiciones ancestrales también son cultura comienza a extenderse y encuentra una ligera protección en las autoridades locales y en la legislación internacional. En cualquier caso, los religiosos y religiosas hicieron bien su trabajo. Prácticamente el total de la población en esta región está convertida y los templos se alzan orgullosos en cada aldea. Los misioneros también trajeron educación, sanidad y han mejorado, y mejoran, la vida de muchas personas. Su labor social también es incuestionable.

Enfrente de mí, veo el equivalente a una pequeña plaza de toros, una construcción circular, descubierta. Cruzamos la puerta y la gente se aprieta cubriendo la circunferencia del recinto, como si estuvieran en los tendidos. Hay zona de sol, de sombra, de pie y de sillas. También hay dos grupos de música situados en dos flancos.

De repente, uno de ellos empieza a tocar. Puedo leer la emoción en los rostros de las cien personas que estamos ahí. Aparece el fetish priest/ brujo/ hechicero/autoridad religiosa local –no encuentro una palabra en español que no me parezca despectiva-. Tendrá algo más de 40 años. Está vestido de forma tradicional. Lleva una falda hecha de paja, unas telas como camisa y, por montera, una cabeza de res forrada con piel. El rostro del fetish priest está cubierto de un líquido negro.

Avanza hacia el público bailando. Creo que está en trance. Se mueve de forma extraña. Su mirada está perdida. Masculla palabras en twi, la lengua local. Le secundan varias personas con los rostros cubiertos de harina y con botellas de las que beben largos tragos de vez en cuando. Bailan. Se giran sobre sí mismos. Bailan más. Siguen el ritmo de los tambores. Se acercan a nosotros. Nos hacen gestos con los brazos. Se retiran. Vuelven a acercarse. Es una danza. El fetish priest sujeta su extraño sombrero. El sudor le corre por el rostro. Sigue bailando.

En un acto reflejo saco el móvil y disparo unas fotos –siempre hay un blanco dispuesto a dar la nota-. No creo que el fetish priest me haya visto. ¿Cómo iba a verme si está en trance? Hostias.  Se dirige apresuradamente hacia mí. La he cagado. Pienso que para las fotos que hago más me valdría estar quietecito. Oculto el móvil y pongo cara de inocente. Claro, inocente. El único blanco –Alicia y Elena son más educadas y han sabido comportarse con discreción-. Me reprende. Quiere la cámara. Agacho la cabeza. Pido disculpas. No pienso dársela. Hay un silencio tenso y en ese instante el segundo grupo de tambores sustituye al primero . La atención se aparta del fetish priest. Pasó el peligro.

Ahora hay una mujer corriendo en círculos. Creo que lleva la cabeza de un pollo entre los dientes. Elena asegura que hace unos momentos el animal estaba vivo. Yo sigo mirando hacia el suelo pensando en mi móvil. Estamos un poco asustados. Me pregunto si estos rituales tendrán algo que ver con el vudú. Creo distinguir unos pequeños muñecos con cabelleras en un lateral. Le pregunto a Albert. Me dice que no, que esto es otra cosa.

Una señora percibe nuestro desconcierto. Nos invita a atravesar el albero. Nos dirigimos hacia la zona de sillas. Hay que descalzarse para cruzar la plaza. Nos sentamos. A mi derecha está la mujer que se ha cargado al pollo. La miro de reojo. Escucho su respiración acelerada. Su rostro está cubierto de harina. Sus labios tienen sangre. El corazón me late con fuerza. Albert está tranquilo. Todo el mundo a nuestro alrededor está tranquilo. Se acerca un emisario del fetish priest. Nos pide que le sigamos. Vamos tras él. Llegamos a un espacio separado de los espectadores. Hay una especie de altar. Un tronco cortado está manchado de líquido negro y tiene restos de vísceras. En una cabañita próxima veo animales sacrificados. Pregunto si el tronco es para cortarles la cabeza. Se ríen. Quizás no me entienden.

El fetish priest está sentado. Ya no está en trance. Y ya no utiliza como sombrero la cabeza de res forrada. El sudor le sigue cayendo a borbotones por el rostro. A mí también. Nos pregunta qué hacemos aquí, de dónde somos, por qué hemos venido, si hemos visto algo parecido y nos pide una ofrenda. Todo seguido. Muy rápido. Albert traduce y en un movimiento veloz se mete la mano en el bolsillo. Ofrece 10 cedis –no llega a 5 euros-. El fetish priest moja sus dedos en el líquido negro que contiene un cuenco de calabaza. Se incorpora y nos marca el cuello. Estamos aceptados. Ya podemos disfrutar del festival. No me queda claro si se pueden hacer fotos. Hay un tipo local que sí las hace. Parece el fotógrafo oficial. Paso de preguntarlo.

Volvemos a nuestro asiento y un chico de unos 20 años da un brinco hacia el centro del ruedo y comienza a bailar. También parece en trance. Siguen los tambores repitiendo el mismo ritmo. Alguien nos acerca una botella. Le damos un lingotazo. Primero, Elena, que estaba más cerca; luego, Alicia; y después yo. Albert declina el trago. Quizá podríamos haberlo rechazado también nosotros. Es aguardiente. Saltan más espontáneos a bailar. También tienen el rostro cubierto de harina, hacen aspavientos, la mirada perdida, sus movimientos son muy rápidos, ¡se van a descoyuntar!

Alguien saca una botella de champán. Está caliente. Intentan abrirla. Me ofrezco a hacerlo. Lo consiguen. Le pegan otro lingotazo. Me imagino que el trance se alcanza más fácil con un poco de alcohol, con esta solana y con estos bailes acelerados. No digo que no estén en contacto con su divinidad, pero permanecer tres días así no creo que haya cuerpo humano que lo resista sin ayuda externa.

Parece que va a anochecer. Serán cerca de las seis. Nos levantamos. Agradecemos la invitación. Nos despedimos del fetish priest y de las personas que nos rodean. Caminamos sin mirar atrás. No quiero convertirme en estatua de sal. Salimos de la plaza. Respiramos. Estamos boquiabiertos. No sabemos bien qué hemos visto. Nos ha impactado. Nos preguntamos cuántos de estos rituales se habrán perdido. Se celebraban para festejar las cosechas, para evitar malos augurios, para agradecer cosas a los dioses. Éste, en concreto, se celebra anualmente o cada tres años, depende a quien preguntes. Lo cogimos por suerte. No podíamos irnos de la región ashanti sin ver uno de ellos.

Esta es una tierra legendaria, orgullosa de su historia. Con la independencia del país y la creación de Ghana, y con el hecho de que la capital del país sea Acra, se ha convertido en una tierra herida. Los ashanti tienen su propio rey. Todavía sigue la dinastía. En Kumasi hay un palacio donde vive. No tiene representatividad política real. De hecho, tiene categoría de Chief regional, como en cualquier otra parte del país. Pero para los ashanti es su rey. Lo veneran y lo respetan. Algunos creen en la independencia de esta región y sueñan con los viejos tiempos, en los que eran los dueños de la selva y del oro. Ahora las riquezas las explotan empresas extranjeras o caciques locales.

La gente de a pie se dedica a tejer telas con los que confeccionar los kentes, vistosos trajes tradicionales. Cada familia tiene por lo menos uno y cuestan el sueldo de un año. Este arte no está claro si proviene de la región del Volta o es originaria de aquí. Los ewe nos dijeron que el arte era suyo y que los ashanti, cuando les conquistaron, hicieron prisioneros ewe y les obligaron a transmitirles el conocimiento. A los ojos del visitante la región ashanti produce muchos más kentes. Hay pueblos enteros que viven de ello. Adanwumase, por ejemplo, donde Albert se trasladó cuando abandonó su aldea natal es uno de ellos. Nos enseñan cómo se hace. Es muy laborioso. Lo realizan los niños y los hombres.

El resultado se vende en los puestos del Kejetia market de Kumasi, que como todas las grandes ciudades africanas es caótica, ruidosa, sucia, asfixiante… pero con su punto de alterne y de alegría desmedida. Es de noche y estamos en la zona del estadio de fútbol –la verdadera religión de África-. Pedimos unas cervezas negras y repasamos la jornada. Nos acostamos pronto. Nos espera un largo viaje de regreso a casa. Serán casi 10 horas a bordo de autobús y tro-tros por caminos –que no carreteras- que me partirán la espalda. Merece la pena.

PD. Alicia regresa hoy a España. Buen viaje, compañera. Ha sido un placer conocerte y compartir estos dos meses contigo. Gracias por tu buen humor. Nos quedamos solos. ¿Qué nuevas aventuras nos esperan?

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8 comentarios on “El embrujo ashanti”

  1. alberto dice:

    Me ha gustado mucho el relato, me has hecho meterme en tu piel por unos minutos

  2. gabriel dice:

    QUE ACOJONE CON EL HECHICERO

    • angel gonzalo dice:

      Pues si, la verdad es que alli, in situ, daba un poco de miedo… Una vez que salimos de la plaza se ven las cosas de otra manera… y es que los toros, mejor detras del burladero. Un abrazo muy fuerte!!!

  3. Andrés dice:

    Ángel, todo el post es cojonudo! tremendo!, desde el primer momento en que los niños os llevan de la mano, tremendo! Es un regalo de África, no cabe duda. Un fuerte abrazo

    • angel gonzalo dice:

      Mil gracias, Andres. Si, fue un regalo sorpresa. Nos lo encontramos sin buscarlo y de momento es de las experiencias mas intensas que hemos tenido. Un lujazo. Mil gracias y un abrazo!

  4. Tesa dice:

    Hola, Ángel, qué lujo tenerte como corresponsal y muchas gracias por tus respuestas que están llenas de contenido y de detalles que son muy interesantes.

    Me acerco a tu blog con calma, para poder ver bien las fotos, que amplio, y luego leo los textos con mucho placer.

    ¡Uf! con el ritual, por un lado fantástico, pero ya cuando entra la sangre y los liquidillos da mucho yu-yu. ¡Y qué susto con el hechicero!

    ¿Como pueden vivir sin comer chocalate? y encima cultivándolo. Asombro de una adicta.

    Se nota que África te va atrapando, para bien o para mal, porque cada una de tus crónicas gana en intensidad y es más emocionante.

    Muchos besos, Ángel

    • angel gonzalo dice:

      Hola, compa:

      Pues muchas gracias. Y si, el ritual mola hasta que empiezan la sangre, las visceras y la casqueria fina… Y el aguardiente y los canticos, y los bailes, y el polvo, y la cara de alucine que tenemos durante todo el tiempo… Una pasada.

      Y si, lo del chocolate es una pena. Estoy seguro que la mayoria de lo ninyos que viven en zonas rurales jamas lo han probado… y sus padres lo cultivan!!! Si quieres chocolate, te subes al arbol, trincas la fruta del cacao y a chupar su amargura… Los de Nestle se lo llevan todo…

      Y si, creo que Africa nos va atrapando poco a poco, con todo lo que eso supone. Ahora falta ver como pasamos la navidades, veremos que hacemos, porque aparte de misas en este pueblo no hay muchas actividades… y no estamos por la labor… Se nos ha caido un viaje a Burkina Faso y hay que pensar en algo rapido ya! Un abrazo fuerte y mil gracias


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