Navidad en Ada Foah

La Navidad, como la vida, en Ghana es muy diferente a la de España. Al menos en nuestro pueblo, Ada Foah, la luz se va un día sí y otro también –no saben el estropicio que se monta en el frigorífico cuando se va de noche y no nos damos cuenta. Te levantas y te encuentras un charco de agua en el salón. Tus peores temores se confirman. Otra vez se rompió la cadena del frío-.

Quizá por eso nadie ha tenido la genial idea de llenar de bombillas y figuritas de colores las calles principales. La energía aquí es un lujo para millones de personas. Ya he relatado en otras ocasiones como vive la gente hacinada en infraviviendas, bajo cables que pueden provocar cualquier cortocircuito con las lluvias o las tormentas, en las barriadas pobres de las grandes ciudades. La situación se repite y se agrava en las zonas rurales. Quizá el hacinamiento es menor, pero la ausencia de servicios mínimos es igual de alarmante.

 

Grandes diferencias…

Puedo imaginarme Madrid en estos momentos. Y una sensación de desasosiego me recorre el cuerpo. Es demagogia, pero con la mitad de las luces que sobran en Cortilandia o en La Castellana, la comunidad que está detrás de mi casa, Futuenya, tendría electricidad para todo el año, por no hablar del despilfarro energético que supone.

Aquí, a las 6 pm, cuando cae el sol, nos sumimos en la oscuridad y sólo las luces de nuestra casa recuerdan que estamos en los tiempos modernos y que la época de alumbrarse con velas y candiles, y cocinar con hogueras, pasó a mejor vida. Basta asomarse por nuestra ventana para ver que hay personas que todavía viven con las condiciones del siglo XIX. Parece un belén viviente de esos que se organizan en España para celebrar la Navidad. La diferencia es que aquí es real y, cuando pasen las fiestas, la gente seguirá viviendo de la misma manera.

En reiteradas ocasiones los vecinos, con el acting Chief a la cabeza –el titular está trabajando en la región del Volta– han venido a vernos para que financiemos la electricidad para la comunidad, al menos hasta la carretera próxima, o para que presionemos al dueño de nuestra casa para que lo haga.

Vivimos en el campo y la carretera dista unos 200 metros, pero está muy oscuro, y vendría bien tirar unos cables, como primer paso. Luego ellos podrían empalmar los cables para llevar la luz a sus casas. Nos lo han explicado unas cuantas veces. Ya tienen los palos de electricidad puestos. El problema, entre otros –como por qué esta comunidad y no otra-, es quien lo paga a largo plazo, es decir, quien se hace cargo de las facturas cuando nos vayamos.

Las familias de Futuenya viven del cultivo y venta de tomates y cebollas –bastante caros para los blancos, por cierto, en relación con los precios que se barajan en el mercado- y les da para lo justo. Sus casas son muy humildes, ya lo he dicho, y sólo tienen una fuente y un pozo como lujos para las trescientas personas que viven ahí. Aun así, no pueden beber agua directamente, a menos que la hiervan o le añadan pastillas potabilizadoras.

Otra opción es comprar el agua en pequeñas bolsas de medio litro, bastante baratas –no llega a un céntimo de euro-, pero teniendo en cuenta que las familias las componen seis o siete personas, imaginen cuantas bolsas de agua necesitan para un día. Esas bolsas las vende nuestro casero –frías, tiene el único frigorífico, con el nuestro, de por aquí- y alguna tienda –calientes- del interior de la comunidad.

Otra diferencia obvia es que aquí no hace frío, el clima en el trópico no varía demasiado, salvo durante la época de lluvias, y luce el sol con desenfreno con lo que parece mentira que estemos en Navidades. ¿Dónde está el invierno? El otro día enseñé unas fotos de alguna excursión triperil por Pirineos, en la que mi hermano Dani se deslizaba a bordo de una tabla por una empinada pendiente. Los niños miraban la nieve con absoluto desconcierto. La única alteración climatológica que se vive estos días es el harmattan, el viento seco y polvoriento del Sáhara, que suaviza las temperaturas y emborrona el ambiente en todo el Golfo de Guinea.

… pequeñas similitudes

También hay algunos paralelismos navideños en Ghana. En las afueras de Acra, hay un macro centro comercial con restaurantes, bancos, hipermercados, tiendas de ropa… Los centros comerciales son esos lugares comunes en todos los lugares del mundo. Igual que los aeropuertos, o al menos, las zonas de tránsito de algunos aeropuertos. Uno entra ahí y puede estar en cualquier país. Casi puedes desplazarte por ellos con los ojos cerrados: mismo olor, misma música, mismo ajetreo. Y si los abres: mismas marcas, mismos productos y mismas estanterías. Incluso están los mismos restaurantes de comida rápida y los mismos anuncios publicitarios.

En el mes de octubre, al poco de llegar, cuando pululábamos por Acra a la búsqueda y captura de un módem para conectarme a Internet me encontré con unos abetos artificiales de Navidad en uno de los supermercados de este centro comercial. Me resultaba difícil saber que estaba en África paseando por esos pasillos, con el aire acondicionado a todo trapo y empujando el carrito de la compra.

No hemos vuelto por allí y me imagino que, si antes había tres abetos, ahora también papá Noel se descolgará por alguna de las ventanas del lugar y seguro que las personas adineradas de por aquí se entregan a la fiebre consumista. Digo que no hemos vuelto, aunque lo haremos cuando se acabe el acopio de aceite de oliva virgen extra que hicimos aquel día. Una cosa es criticar la globalización y otra vivir sin aceite de oliva virgen extra, aunque venga de Turquía, Marruecos e Italia –que de todos compramos-. Qué quieren que les diga. Uno también tiene sus contradicciones y se asumen dignidad. Y aunque este aceite no es el mismo de las olivas de Toño en Pegalajar, da el pego y lo tomamos con alegría.

También hay lotería, bueno, no hay LA LOTERÍA sino que hay casas de apuestas y la gente invierte mucho dinero en busca de la suerte. No sabría decir cuanto, porque no hay cifras oficiales, pero el lotero de Ada Kasseh me ha dicho que el negocio va bien y que su administración despacha boletos con frecuencia, y que, claro, tienen sorteo especial por Navidad. Sin embargo, nadie se agolpa frente a su caseta, como hacemos en España en Doña Manolita en Madrid o en La Bruja de Oro de Sort. Se quedó muy sorprendido cuando se lo dije.

Reuniones familiares

Las familias tienen por costumbre reunirse el 25 de diciembre y la nochebuena se celebra de forma más íntima o directamente no se celebra. No es ese macrohomenaje que nos damos las familias en España. El 26 de diciembre, boxing day / día de las cajas, también es una fecha importante –ahí se ve la herencia colonial británica- y también se pasa en familia.

Nochevieja y año nuevo también son fiesta, pero no me imagino a nadie dando las campanadas como en la Puerta del Sol o en tantas otras plazas de España. No hay muchas plazas en Ghana –aquí sólo he visto la de la Independencia en Acra– y al parecer la gente joven prefiere reunirse en la playa, hacer una gran hoguera y recibir el año nuevo al ritmo que marcan los timbales. En cuanto a los Reyes Magos, por aquí no tienen costumbre dejarse caer. Tendrían demasiado trabajo.

Para el menú, fufu o bankú, si acaso arroz blanco, por supuesto tilapia y puede que pollo frito. No veo a nadie con ganas de innovar, a pesar de que en el mercado hemos detectado un ligero incremento de precios y la llegada de nuevas viandas, como patos. Cuando estuvimos en Kumasi vi unos pavos reales y pregunté si podría trinchar uno para Navidad. Me miraron escandalizados –bien es cierto que los pavos estaban en los jardines del palacio real-.

Aquí son accesibles los cangrejos, las almejas y diferentes especies de pescado de río y de mar, y podría prepararse un menú de lujo, pero no hay mucho poder adquisitivo ni mucho interés gastronómico. La mayoría de estos productos se exportan. La comida es un bien necesario, alimento para tener energía durante el día, y de hecho no suele sentarse toda la familia a la mesa –muchas familias ni tienen mesa ni sillas- si no que cada uno come o cena cuando puede.

El caldero con el fufu o el bankú se prepara –cuando hay- por la mañana y sirve para cualquier hora. Muchas personas sólo comen eso y nadie se queja. Tampoco hay restaurantes en el pueblo –hay uno que tarda en servir los platos una hora y cuarenta y cinco minutos de reloj- ni mucha costumbre de banquetes de empresa o amigos. Esas celebraciones de las que ustedes quizá ya estén hartos. Nosotros las echamos de menos. Felices fiestas.

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El embrujo ashanti

Es domingo. Todavía no han dado las cuatro de la tarde. El sol continúa alto. Acabamos de llegar a Wawasi, el pueblo natal de Albert –compañero de Elena y Alicia en el Hospital Dangme East District-. Estamos en el corazón de la región ashanti, otrora uno de los imperios más importantes de África Occidental. Abarcaba parte de Costa de Marfil, casi todo el interior de la actual Ghana y parte de Togo y de Benín. La colonización redujo su territorio a una provincia del tamaño de la Comunidad Valenciana. Es una región rica en oro y con vegetación abundante. Su capital es Kumasi, la segunda ciudad de Ghana.

De pronto, un grupo de niños se acerca, nos rodea y nos coge de la mano. Nos conducen por un camino de tierra. Pasamos junto a un hombre, tío de Albert, que seca cacao frente a la puerta de su casa. Ghana es, después de Costa de Marfil, uno de los grandes exportadores de este fruto tan apreciado en los países ricos. Es curioso, el chocolate que tanto se cotiza allá, aquí apenas lo conocen. Desde luego es difícil encontrarlo en una tienda. Es un ejemplo más de lo que pasa en África con muchos productos. Tienen las materias primas pero los productos finales se confeccionan y consumen en otros lugares; y, claro, los beneficios se quedan allá.

En apenas unos minutos llegamos a Ahodwo, la aldea vecina. Los dos pueblos no tendrán mas de 300 habitantes. Son lugares que guardan celosamente sus tradiciones culturales. Buena parte de ellas se han perdido por el avance del cristianianismo y de lo que llamamos civilización occidental. Durante siglos, los rituales autóctonos fueron perseguidos y prohibidos. Unos pocos han sobrevivido puros, otros se han mezclado con los ritos cristianos. Actualmente, la conciencia generalizada de que las tradiciones ancestrales también son cultura comienza a extenderse y encuentra una ligera protección en las autoridades locales y en la legislación internacional. En cualquier caso, los religiosos y religiosas hicieron bien su trabajo. Prácticamente el total de la población en esta región está convertida y los templos se alzan orgullosos en cada aldea. Los misioneros también trajeron educación, sanidad y han mejorado, y mejoran, la vida de muchas personas. Su labor social también es incuestionable.

Enfrente de mí, veo el equivalente a una pequeña plaza de toros, una construcción circular, descubierta. Cruzamos la puerta y la gente se aprieta cubriendo la circunferencia del recinto, como si estuvieran en los tendidos. Hay zona de sol, de sombra, de pie y de sillas. También hay dos grupos de música situados en dos flancos.

De repente, uno de ellos empieza a tocar. Puedo leer la emoción en los rostros de las cien personas que estamos ahí. Aparece el fetish priest/ brujo/ hechicero/autoridad religiosa local –no encuentro una palabra en español que no me parezca despectiva-. Tendrá algo más de 40 años. Está vestido de forma tradicional. Lleva una falda hecha de paja, unas telas como camisa y, por montera, una cabeza de res forrada con piel. El rostro del fetish priest está cubierto de un líquido negro.

Avanza hacia el público bailando. Creo que está en trance. Se mueve de forma extraña. Su mirada está perdida. Masculla palabras en twi, la lengua local. Le secundan varias personas con los rostros cubiertos de harina y con botellas de las que beben largos tragos de vez en cuando. Bailan. Se giran sobre sí mismos. Bailan más. Siguen el ritmo de los tambores. Se acercan a nosotros. Nos hacen gestos con los brazos. Se retiran. Vuelven a acercarse. Es una danza. El fetish priest sujeta su extraño sombrero. El sudor le corre por el rostro. Sigue bailando.

En un acto reflejo saco el móvil y disparo unas fotos –siempre hay un blanco dispuesto a dar la nota-. No creo que el fetish priest me haya visto. ¿Cómo iba a verme si está en trance? Hostias.  Se dirige apresuradamente hacia mí. La he cagado. Pienso que para las fotos que hago más me valdría estar quietecito. Oculto el móvil y pongo cara de inocente. Claro, inocente. El único blanco –Alicia y Elena son más educadas y han sabido comportarse con discreción-. Me reprende. Quiere la cámara. Agacho la cabeza. Pido disculpas. No pienso dársela. Hay un silencio tenso y en ese instante el segundo grupo de tambores sustituye al primero . La atención se aparta del fetish priest. Pasó el peligro.

Ahora hay una mujer corriendo en círculos. Creo que lleva la cabeza de un pollo entre los dientes. Elena asegura que hace unos momentos el animal estaba vivo. Yo sigo mirando hacia el suelo pensando en mi móvil. Estamos un poco asustados. Me pregunto si estos rituales tendrán algo que ver con el vudú. Creo distinguir unos pequeños muñecos con cabelleras en un lateral. Le pregunto a Albert. Me dice que no, que esto es otra cosa.

Una señora percibe nuestro desconcierto. Nos invita a atravesar el albero. Nos dirigimos hacia la zona de sillas. Hay que descalzarse para cruzar la plaza. Nos sentamos. A mi derecha está la mujer que se ha cargado al pollo. La miro de reojo. Escucho su respiración acelerada. Su rostro está cubierto de harina. Sus labios tienen sangre. El corazón me late con fuerza. Albert está tranquilo. Todo el mundo a nuestro alrededor está tranquilo. Se acerca un emisario del fetish priest. Nos pide que le sigamos. Vamos tras él. Llegamos a un espacio separado de los espectadores. Hay una especie de altar. Un tronco cortado está manchado de líquido negro y tiene restos de vísceras. En una cabañita próxima veo animales sacrificados. Pregunto si el tronco es para cortarles la cabeza. Se ríen. Quizás no me entienden.

El fetish priest está sentado. Ya no está en trance. Y ya no utiliza como sombrero la cabeza de res forrada. El sudor le sigue cayendo a borbotones por el rostro. A mí también. Nos pregunta qué hacemos aquí, de dónde somos, por qué hemos venido, si hemos visto algo parecido y nos pide una ofrenda. Todo seguido. Muy rápido. Albert traduce y en un movimiento veloz se mete la mano en el bolsillo. Ofrece 10 cedis –no llega a 5 euros-. El fetish priest moja sus dedos en el líquido negro que contiene un cuenco de calabaza. Se incorpora y nos marca el cuello. Estamos aceptados. Ya podemos disfrutar del festival. No me queda claro si se pueden hacer fotos. Hay un tipo local que sí las hace. Parece el fotógrafo oficial. Paso de preguntarlo.

Volvemos a nuestro asiento y un chico de unos 20 años da un brinco hacia el centro del ruedo y comienza a bailar. También parece en trance. Siguen los tambores repitiendo el mismo ritmo. Alguien nos acerca una botella. Le damos un lingotazo. Primero, Elena, que estaba más cerca; luego, Alicia; y después yo. Albert declina el trago. Quizá podríamos haberlo rechazado también nosotros. Es aguardiente. Saltan más espontáneos a bailar. También tienen el rostro cubierto de harina, hacen aspavientos, la mirada perdida, sus movimientos son muy rápidos, ¡se van a descoyuntar!

Alguien saca una botella de champán. Está caliente. Intentan abrirla. Me ofrezco a hacerlo. Lo consiguen. Le pegan otro lingotazo. Me imagino que el trance se alcanza más fácil con un poco de alcohol, con esta solana y con estos bailes acelerados. No digo que no estén en contacto con su divinidad, pero permanecer tres días así no creo que haya cuerpo humano que lo resista sin ayuda externa.

Parece que va a anochecer. Serán cerca de las seis. Nos levantamos. Agradecemos la invitación. Nos despedimos del fetish priest y de las personas que nos rodean. Caminamos sin mirar atrás. No quiero convertirme en estatua de sal. Salimos de la plaza. Respiramos. Estamos boquiabiertos. No sabemos bien qué hemos visto. Nos ha impactado. Nos preguntamos cuántos de estos rituales se habrán perdido. Se celebraban para festejar las cosechas, para evitar malos augurios, para agradecer cosas a los dioses. Éste, en concreto, se celebra anualmente o cada tres años, depende a quien preguntes. Lo cogimos por suerte. No podíamos irnos de la región ashanti sin ver uno de ellos.

Esta es una tierra legendaria, orgullosa de su historia. Con la independencia del país y la creación de Ghana, y con el hecho de que la capital del país sea Acra, se ha convertido en una tierra herida. Los ashanti tienen su propio rey. Todavía sigue la dinastía. En Kumasi hay un palacio donde vive. No tiene representatividad política real. De hecho, tiene categoría de Chief regional, como en cualquier otra parte del país. Pero para los ashanti es su rey. Lo veneran y lo respetan. Algunos creen en la independencia de esta región y sueñan con los viejos tiempos, en los que eran los dueños de la selva y del oro. Ahora las riquezas las explotan empresas extranjeras o caciques locales.

La gente de a pie se dedica a tejer telas con los que confeccionar los kentes, vistosos trajes tradicionales. Cada familia tiene por lo menos uno y cuestan el sueldo de un año. Este arte no está claro si proviene de la región del Volta o es originaria de aquí. Los ewe nos dijeron que el arte era suyo y que los ashanti, cuando les conquistaron, hicieron prisioneros ewe y les obligaron a transmitirles el conocimiento. A los ojos del visitante la región ashanti produce muchos más kentes. Hay pueblos enteros que viven de ello. Adanwumase, por ejemplo, donde Albert se trasladó cuando abandonó su aldea natal es uno de ellos. Nos enseñan cómo se hace. Es muy laborioso. Lo realizan los niños y los hombres.

El resultado se vende en los puestos del Kejetia market de Kumasi, que como todas las grandes ciudades africanas es caótica, ruidosa, sucia, asfixiante… pero con su punto de alterne y de alegría desmedida. Es de noche y estamos en la zona del estadio de fútbol –la verdadera religión de África-. Pedimos unas cervezas negras y repasamos la jornada. Nos acostamos pronto. Nos espera un largo viaje de regreso a casa. Serán casi 10 horas a bordo de autobús y tro-tros por caminos –que no carreteras- que me partirán la espalda. Merece la pena.

PD. Alicia regresa hoy a España. Buen viaje, compañera. Ha sido un placer conocerte y compartir estos dos meses contigo. Gracias por tu buen humor. Nos quedamos solos. ¿Qué nuevas aventuras nos esperan?


Africa connection

En la mayoría de países africanos la corrupción es un modo de vida para sus gobernantes y legiones de funcionarios que han asumido como normal beneficiarse o beneficiar a personas de su grupo étnico cuando se encuentran en situaciones de poder. Estas élites y camarillas desprecian a su población que observa atónita cómo sus recursos naturales o públicos se despilfarran sin que les lleguen apenas las migajas. La llama que ha encendido la primavera árabe en el Norte de África y Oriente Próximo podría alcanzar a todos los corruptos del continente y de más allá. La ciudadanía sabe ahora que el cambio es posible.

Ser político en África era -y en muchos lugares todavía es- una de las pocas profesiones en las que un africano puede medrar y enriquecerse. El poder económico y las infraestructuras siguen en poder de los blancos, si no directamente como en la etapa colonial, sí a través de grandes transnacionales –que explotan los ricos recursos de cada región- o instituciones financieras internacionales –como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional- que, con sus normas imposibles y la exigencia de los pagos de la deuda externa, ahogan las economías de los países empobrecidos, año tras año.

Además, en una escala más baja, los prolongados retrasos a la hora de hacer efectivas las nóminas de los propios funcionarios y la burocracia de los trámites administrativos provoca que los sobornos sean un medio para sobrevivir en buena parte de África y una práctica generalizada para lucrarse con servicios públicos gratuitos.

Demasiados ejemplos

El continente está plagado de ejemplos. Ha ocurrido (y ocurre) en la República Democrática del Congo, en Zimbaue, en el no Estado de Somalia, en Nigeria, en Costa de Marfil, en Sudáfrica, Mozambique, Malawi, en Libia o en Etiopía –incluso en los tiempos de la hambruna que conmocionó al mundo-.Y es especialmente escandaloso en Guinea Ecuatorial, donde la familia Obiang goza de grandes lujos y privilegios, enormes cuentas y productos financieros con muchos ceros a la derecha en bancos europeos gracias a los pozos de petróleo de su país, mientras la población languidece.

La combinación de recursos naturales abundantes, intereses de empresas y gobiernos de países ricos, una descolonización apresurada, gobiernos locales autocráticos y dictatoriales, tensiones étnicas, golpes de estado y conflictos armados –la lista es interminable en los últimos 50 años- ha convertido la corrupción en endémica.

El camino de Ghana

Ghana, avalada por su estabilidad democrática en una región pobre y convulsa, intenta invertir esta tendencia, aunque aún le queda mucho camino por recorrer. Según la organización Transparencia Internacional (TI), que mide entre otros aspectos el grado de corrupción de un país, Ghana ocupa el 8º lugar de África Subsahariana, con una puntuación de 3,9 sobre 10, empatada con Italia y en el puesto 69 de los 183 países auditados. -España, sin ir más lejos, tiene una nota de 6,2; sólo una décima por encima de Botswana. Como saben, la cultura del pelotazo, las concesiones de licencias de edificación y el tráfico de influencias también tienen un largo y reciente arraigo en nuestra tierra-. El Banco Mundial opina que Ghana es el mejor país de África Occidental para hacer negocios.

Sin embargo, los casos de corrupción, sobre todo relacionados con comisiones derivadas del negocio del petróleo aparecen denunciados con frecuencia en la prensa. Según las últimas encuestas de TI, para la población ghanesa, los partidos políticos son las instituciones más corruptas. Y por encima de ellos, la policía. Para combatir esta situación, el Gobierno ha desarrollado un entramado legislativo y un marco legal alabado por observadores internacionales. No parece suficiente. El 79% de los ghaneses consideran corrupto su sistema judicial. Mi experiencia en el país, en la única ocasión en la que he requerido los servicios de la policía, los políticos y los leguleyos dan la razón a estas estadísticas: estaban todos conchabados y el amiguismo pesó más que la justicia.

Nuevo juzgado en Ada

Recientemente, asistí a la inauguración de la nueva sede del juzgado de mi distrito, Dangme East, en la Greater Accra Region. Bajo un sol demoledor –se me van acabando los adjetivos para describir el calor cotidiano- se concentraron las fuerzas vivas de la región y las más altas instituciones del Estado.

Allí estaban las autoridades religiosas, policiales, educativas, sanitarias, los chiefs locales, el chief regional, los miembros del parlamento por esta circunscripción, representantes de las asociaciones jurídicas, el magistrado que ejercerá en este juzgado, el presidente del Tribunal Supremo y la “Jefa de la Justicia / Chief Justice” de Ghana, Georgina Teodora Woode, en ausencia del presidente de la República –de viaje durante esos días en Canadá-, máxima autoridad del país.

Junto a ella y para no deslucir el acto, se hizo traer en autobuses a un centenar de estudiantes. Como en Radio Ada no hay muchos medios, aprovechamos que uno de estos vehículos pasaba por nuestra puerta para unirnos a la comitiva y ahorrarnos el transporte.

Eventos eternos

Llegamos poco antes de las 9:45 am, hora prevista de inicio del acto, aunque no arrancó hasta las 11 am sin que a nadie pareciera importarle, salvo al bafono –hombre blanco en dangme– que daba muestras de impaciencia. Para pasar el rato, a alguien se le ocurrió repartir cocos, lo que no deja de ser una estupenda costumbre.

Se Inició la ceremonia con una oración, como casi todos los actos, comidas y demás saraos aquí. La presencia de la religión en Ghana, como en muchos países de África, es abrumadora.  Sólo en mi pueblo -8.000 habitantes- hay unos 15 templos cristianos –y puede que me deje alguno- y una pequeña mezquita. Las diferentes ramas: presbiteriana –mayoritaria-, evangelista, baptista, pentecostés, católica, adventista, testigos de Jehová, anglicana… llenan aforo los sábados y domingos.

En los días laborables tienen misas, catequesis, estudios bíblicos y reuniones similares. Por si fuera poco, los funerales se celebran casi siempre en fin de semana –los cadáveres se conservan en la morgue hasta el viernes- y se convierten en tres días de celebración. La agenda religiosa marca la agenda social.

En fin, que el pastor, cura o sacerdote terminó y cedió la palabra a las distintas autoridades, que fueron desgranando discursos sobre la importancia de la justicia, la democracia, la transparencia, la lucha contra la corrupción y la necesidad de la confianza de la población en las instituciones. Nadie parecía prestarles mucha atención.

Un mensaje singular

Hablaron todos, precedidos de un maestro de ceremonias, que presentaba al interlocutor en inglés y en dangme, con adjetivos pomposos, recogiendo sus méritos y logros… hasta que le llegó el turno a ella, la única mujer –al menos la superior de todos los demás- la “Jefa de la justicia”.

Ninguna persona debe pagar ningún soborno ni hacer ningún regalo a ningún funcionario judicial para que influya favorablemente en un caso que le implique. Ningún juez puede aceptarlos. Esto es absolutamente ilegal y está perseguido por la justicia”. La contundencia de su advertencia lleva implícito el mensaje de que estas situaciones no son aisladas. En ese momento, los asistentes esbozaron una sonrisita, miraron para otro lado y empecé a escuchar ligeros murmullos… ¡Es como si les hubieran pillado en falta!

Juicio farsa

Una vez que terminaron los discursos, el nuevo edificio se inauguró con la celebración de ¡un juicio falso!

El Parlamentario de la región y el Chief de Ada hicieron de acusados, y como tal se colocaron en el estrado que les correspondía; el representante de la asociación de juristas –un picapleitos de tres al cuarto de cuyo nombre no quiero acordarme- ejerció de abogado defensor; el fiscal del distrito, en su papel; el juez, en el suyo, y la sala abrió sus puertas a curiosos y periodistas que abarrotábamos la sala.

Incluso había agentes de la policía que ante los comentarios del público mandaban callar con toda la seriedad del mundo: ¡order in the Court!

El juicio falso duró algo más de una hora y los acusados resultaron absueltos. ¡Se les acusaba en broma de corrupción!

Los asistentes posaron entonces para diferentes fotos de familia y la Chief of Justice dio por concluido el acto largándose apresuradamente.


En las tierras altas del este

La noche no fue mala. El Madrid goleó al Atleti. El Geta le pintó la idem al todopoderoso Barça. Era sábado y estábamos en Hohoe, en la región del Volta, en el corazón de la antigua Togolandia alemana, anexionada a la Costa del Oro británicaposteriormente, con la independencia, Ghana- después de la I Guerra Mundial.

Estaba allí, en un lugar remoto y en un bar cualquiera, viendo como el Pipita revolucionaba el derbi de mi ciudad, ante la mirada atenta de una concurrencia local –mayoritariamente antimadridista-, con una botella de cerveza negra equivalente a dos tercios entre los labios. África es una sorpresa constante.

Viajamos a conocer la tierra de los ewe, al este de Ghana, una minoría étnica asentada en esta zona, el sur de Togo y el oeste de Benín desde hace varios siglos. En total serán unos 3,5 millones de personas que se dedican mayoritariamente a la agricultura o a la pesca, y en menor medida  a tejer kentes –vistoso traje tradicional para las mujeres, a pesar de que algunos estudios sugieren que fueron los primeros en elaborarlos y mantienen una disputa con la minoría ashanti, del centro del país, por esta cuestión.

Después de un mes viviendo al nivel del mar, con una terrible humedad y un sol abrasador, se agradece pasear por otra región más verde, más fresca y más montañosa -sé que ustedes no llamarían montañas a estas colinas que no alcanzan los 900 metros-.

Tierras altas del este

El viaje empezó a primera hora, intercambiando tro-tros, hasta lograr un autobús directo de Sogakope a Ho, la capital de la región y primera parada de nuestro viaje. Es un lugar tranquilo y agradable, totalmente opuesto a Acra. El tráfico es constante pero muy poco denso, el nivel de ruido es inferior y se puede pasear por sus calles sin ser abordado.

Como es habitual, el autobús que nos llevaba no arrancó hasta que estuvo lleno: es decir, todos los asientos ocupados y todos los huecos del pasillo con su correspondiente persona. La espera fue de unas dos horas más otra adicional para cobrar los pasajes –en 2007, el gobierno arrebató cuatro ceros a la moneda con el fin de mejorar la economía, por lo que 10.000 cedis se convirtieron de repente en 1 y rescataron los peswas como céntimos. Hay mucha gente que todavía no se ha adaptado y se hacen verdaderos líos a la hora de cobrar. Entre esto y los bajos niveles de escolarización de las personas adultas, las cuentas rara vez cuadran, para mal o para bien-. Durante la espera, era peligroso abandonar el asiento, so pena de perderlo, y los sudores empezaron a dibujar círculos camachianos en mi camisa.

Aquí, ir sentado se defiende con la vida; lo que a uno le hace sentirse un egoísta. En Madrid, si en el metro ves a una persona mayor, a una embarazada o a una mujer con un niño, lo normal es levantarse y ceder el lugar. Aquí impera la ley de la selva. Sabes que te queda una larga jornada de viaje -seis horas por camino de cabras (y no es una metáfora)- y miras hacia otro lado. Para lavar mi conciencia, cargué un niño pequeño en brazos durante buena parte del trayecto, pero no me levanté… ni yo, ni nadie a mi alrededor. Justificaba mi comportamiento recordando el dicho popular: “allí donde fueras, haz lo que vieras”.

Un poco de historia colonial

Viajamos serpenteando la frontera con Togo, donde el francés de Elsa –qué pena no haber practicado más en Mesnil-Esnard– se confunde con el inglés de L. Pitson. Es curioso comprobar como las fronteras son sólo barreras administrativas. Los ewe se reparten en tres países y cruzan entre las montañas, o por el mar, sin preocuparse de llevar encima pasaporte alguno.

Esto es una circunstancia común en varios lugares de África y una consecuencia de la Conferencia de Berlín de 1885, cuando el continente fue repartido arbitrariamente, con escuadra y cartabón, por las potencias del momento: Reino Unido, Francia y Alemania, además de los zarpazos de Bélgica, Países Bajos y Portugal, entre otros.

España se quedó con el Sáhara Occidental -y ya saben cómo se desentendió después, en 1975, abandonando a su suerte a cientos de miles de personas que hoy sobreviven en el olvido, fuera de su tierra, en los campamentos de Tindouf (Argelia)– y Guinea Ecuatorial -donde la diplomacia silenciosa, ansiosa de petróleo, sigue dando la espalda a un pueblo sometido al régimen de terror de Obiang– y documentó la soberanía, entre otros territorios, de  la isla de Peregil, perdida y reconquistada en el último gobierno de Aznar por el ministro Trillo-.

Navegar el Volta

Durante el trayecto, cruzamos el Lago Volta, el embalse artificial más grande del mundo, con 8.502 km², es decir el 3,3% de la superficie nacional. Las informaciones sobre la navegabilidad de sus 520 km son confusas. Al parecer, opera un ferry que sale los lunes de la localidad de Akosombo, donde está construida una enorme presa que acumula las aguas del Volta negro y Volta blanco, y llega tres días después a Yeji, donde hay que esperar otra jornada para alcanzar la carretera que lleva a Tamale, la capital del norte, y ruta de acceso a Burkina Faso.

El ferry tiene en teoría tres camarotes –primera clase-, decenas de asientos –segunda clase– y bastante espacio para ir de pie –tercera clase-. Las informaciones son confusas porque otras fuentes advierten que el ferry no tiene por qué partir en lunes y puede hacerlo cualquier otro día si no tiene suficientes pasajeros y aseguran que la travesía puede ser más larga, si surge algún problema con los motores, algo bastante común.

Además, la reserva de camarotes o asientos no está garantizada si no se llega con antelación al momento de la partida del ferry, es decir, al menos un día antes. Incluso si uno llega con tiempo,  según dicen, los administradores de la línea tienen manga ancha para cambiar la clase del pasaje por un módico precio. Ya hemos sufrido estas mordidas en más de una ocasión…

Otras fuentes aseguran que la línea no circula en estos momentos, porque lo impide la actividad de una gran central hidroeléctrica que genera electricidad para toda la región. Con estas incertidumbres, espero que entiendan que todavía no hayamos afrontado esta travesía.

Cataratas y algo de selva

Lo que sí se puede visitar en la zona del Volta, y es recomendable, son las cascadas que nacen en estas colinas, en mitad de un frondoso y selvático paisaje. Una de ellas, Wli, está considerada la más alta de África Occidental por parte de las autoridades -aunque las guías de turismo lo ponen en duda-.

En cualquier caso, la catarata es atractiva, tiene una piscina natural y es lo más parecido a un SPA que hemos visto por aquí. Fue un gusto meterse dentro y sentir sobre los hombros cansados el agua que cae desde 40 metros.

Acudir con dos fisios a estos parajes tiene la ventaja de limitar los riesgos, proteger las cervicales y realizar estas incursiones en condiciones de cierta seguridad. Es curioso también que frente a nuestro paso prudente -y por qué no decirlo, un poco acobardado- uno veía cómo le adelantaban por babor y estribor hordas de adolescentes locales a la carrera, riéndose del miedo de los blancos. Al final, uno de ellos nos dio la mano y nos guió al estilo cangrejo para que tomáramos esta ducha natural…

PD. Esta es una zona agradable para vivir una experiencia con una familia ewe. El turismo comunitario está en pleno apogeo y hay algunos extranjeros promoviéndolo junto a organizaciones locales. Bob es un joven holandés que se dedica a ello. Es llamativo pero no hemos encontrado emprendedores españoles. Parece que nos sigue pesando más el terruño, la hipoteca o el miedo a descubrir otros horizontes. Miro con envidia cómo en otros países las universidades promueven estas experiencias, las empresas lo valoran y las familias animan a sus vástagos. En España, no ocurre, por lo que me siento un privilegiado, nuevamente, por hacer realidad este sueño. Es un lujo contar con el apoyo de mi familia -mi madre con 20 años menos se hubiera venido con nosotros-, compartirlo con la persona que quieres -hacer estos viajes en pareja ayuda a crecer y a conocerse mejor- y poder contarlo -saber que están ahí, leyéndome, empuja a seguir tecleando-.