Historias mínimas, prioridades máximas

Mr Narty tiene 63 años y en 1999 sufrió un accidente de tráfico. El coche en el que viajaba dio una vuelta de campana al intentar esquivar otro vehículo que venía de frente. Tuvo numerosas heridas y se rompió el fémur de una pierna. Desde entonces, camina apoyándose en muletas.

No es un caso aislado. Los accidentes de tráfico son comunes en Ghana. Las cifras oficiales hablan de cuatro muertos cada día y de 15.000 heridos al año. La falta de alumbrado, los excesos de velocidad y el mal estado de las carreteras son una combinación peligrosa. Tampoco los vehículos llevan ningún sistema de seguridad, no respetan el número de pasajeros y la mayoría tiene más de 20 años y hace mucho que no pasan ningún tipo de inspección.

Además, muchos conductores, sobre todo de motocicletas y de tro-tros (minibuses que se utilizan como transporte público), no tienen licencia y nunca han pisado una autoescuela. Sufrir un accidente de tráfico es la segunda causa de ingreso en un hospital, sólo por debajo de la malaria, endémica en el país.

En las grandes ciudades, enormes carteles señalan los puntos conflictivos y ruegan prudencia. También hay algunos controles en las carreteras nacionales y badenes para controlar la velocidad en vías urbanas e interurbanas. Pero no es suficiente.

Falta de recursos en hospitales públicos

A Mr Narty le operaron, como operan aquí en la mayoría de los hospitales públicos, con los mejores conocimientos que pueden aplicar, pero con pocos medios –los ricos nunca acuden a estos hospitales, disponen de otros privados, mucho más modernos, en la capital-. Si hubiera vivido en España hoy podría andar sin problemas.

Elena y Alicia ven verdaderos dramas a diario. No dejan de ser europeas y de llevar batas blancas, símbolo de esperanza para quienes sufren las peores dolencias. Quizás por eso, en ocasiones, les envían pacientes con enfermedades que no tienen nada que ver con su especialidad, la fisioterapia. Le ponen mucho corazón y mucho interés, pero su ciencia –que tanto bienestar proporciona a otras personas- poco puede hacer por quienes sufren enfermedades que dejan en estado de máxima debilidad a los pacientes. La verdad es que nadie aquí puede hacer casi nada por quienes sufren enfermedades muy graves, sobre todo si no se sabe cuáles son o si no se disponen de los medicamentos para aliviarlas.

Algunos diagnósticos se hacen por intuición, ya que hacer una radiografía o una resonancia magnética –y hacerla bien- es misión casi imposible y disponer de material adecuado, incluso de electricidad, no está siempre asegurado. Tampoco abundan los laboratorios. Desde luego no disponen de posibilidades de hacer un TAC.

No es culpa de los médicos, algunos como el Dr. Philip Nart son una eminencia. Es cuestión de falta de recursos y, sin ellos, ni siquiera un premio Nobel de Medicina podría salir airoso de las situaciones que afrontan los galenos de aquí.

Además de hacer lo que pueden, son pocos, están sobrecargados de trabajo y mal pagados -es normal que se les adeuden nóminas durante meses-. Estuvieron en huelga hace unas semanas y eso provocó una gran alarma social, así como que se pusiera en duda su profesionalidad e incluso su humanidad.

Ghana avanza

Mr Narty es nuestro casero y, como todos los caseros del mundo, tiene afición por el dinero fresco. Es un tipo agradable a pesar de su apariencia de cascarrabias. Gestiona con habilidad de comerciante curtido la casa de huéspedes en la que nos alojamos, Mizpah; administra un frigorífico que provee de agua fría, refrescos y cerveza a la comunidad próxima; y vende cemento y otros materiales de construcción, cuando se tercia, en el mercado local.

De acuerdo a las estadísticas del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –recién publicado- que sitúan la esperanza de vida en Ghana en 64 años, a Mr Narty le quedaría uno, pero él está fuerte como el árbol de mango que preside la entrada a la casa.

Cuando los miércoles me ve salir de casa vestido de futbolista, me dice que a la vuelta me chutará unos cuantos tiros, a ver si soy capaz de parárselos. Siempre le digo que sí, pero cuando regreso sólo alcanzo a  pedirle una cerveza con la que recuperar algo de energía –los jugadores de la Liga Fútbol-Caña de Legazpi (Madrid) aseguran que la birra recupera más que el agua. Miren si no a Albertini, vaya pedazo de jugador, a los 40, quisimos jubilarlo… Y me cuentan que, casi una década después, sigue driblando rivales en la banda izquierda-.

El PNUD sitúa a Ghana en el puesto 135 de 187 países, lo que marca una gran diferencia con los países vecinos. De hecho, también aparece como un país de renta media según los estándares internacionales. El Gobierno celebra con entusiasmo estos indicadores. Los pozos petrolíferos descubiertos hace pocos años dibujan un futuro prometedor. Será así si los recursos se invierten en sectores clave: educación, sanidad e infraestructuras, y no ocurre como en Nigeria o Guinea Ecuatorial.

El lujo de estudiar

Mr Narty tiene dos hijos: Gloria, de 15, y Michael, de 11. Ambos tienen la suerte de estudiar –la llegada de tres extranjeros a su casa ha supuesto una importante inyección económica-, porque aunque las cosas han mejorado mucho en este país –Ghana tiene la cifra de escolarización más alta de la región y el 80% de los menores están escolarizados-, la educación sigue siendo una quimera para al menos medio millón de niños y niñas.

El programa del gobierno de educación básica gratuita alcanza hasta la educación primaria. A partir de secundaria, educación técnica o universidad, toca buscarse la vida.

Las cifras del desarrollo también tienen letra pequeña. UNICEF asegura que 3,4 millones de menores viven en la pobreza en Ghana, 2,2 de ellos en la extrema pobreza y más de 50.000 en la calle.

De todos los niños y niñas pobres, el 71% son analfabetos y una cifra preocupante son víctimas del comercio sexual y explotación, además de estar gravemente expuestos a enfermedades y contagio del VIH.

UNICEF denuncia que en las zonas rurales los menores van al trabajo y no a la escuela con cierta frecuencia. Las distancias al colegio son grandes –cada mañana, antes de las 7 am, escucho como los niños y niñas de mi comunidad pasan junto a nuestra ventana para recorrer 4 o 5 kilómetros a pie por caminos de tierra que serán intransitables durante la época de lluvias- y las necesidades familiares son altas –los uniformes y los cuadernos cuestan dinero-.

La situación en las escuelas también necesita mejorar. Menos del 60% de los profesores están especializados en primaria y en las zonas más deprimidas, la estadística baja hasta el 37%. En todo el país, sólo el 57% de las escuelas cuentan con agua potable y sólo el 48% se consideran lugares adecuados para recibir educación, con aulas acondicionadas, pupitres y material escolar básico. La escuela de Ayankco donde Elena y Alicia colaboran desde hace poco es un ejemplo de precariedad. Ni siquiera tiene techo, ni hay libros de texto, ni cuadernos, ni lápices, ni apenas sillas para que se sienten todos. Es una escuela de niños y niñas abandonados, de huérfanos o de aquellos cuyos padres no pueden pagarles los uniformes y el material mínimo para ir a la escuela pública.

PD 1. Mizpah conoció tiempos mejores, pero se alza orgullosa a la entrada de Ada Foah. Mr Narty nos ha alquilado uno de sus apartamentos. Es un sitio humilde, limpio, espacioso y muy digno. Tenemos agua, electricidad, ducha, servicio y camas cómodas. Incluso una televisión.Todas las tardes los niños de la comunidad próxima se acercan a la ventana del salón para ver entre las rejillas de los mosquitos lo que ponen en la tele. A las 8 pm se acercan los adolescentes: dan los deportes. Somos los vecinos privilegiados


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Contrastes salvajes en Acra y alrededores

Acra es una gran ciudad de África Occidental en la que viven más de cuatro millones y medio de personas; un tercio de ellas, hacinadas en barriadas sin servicios mínimos, donde la electricidad llega gracias a cables empalmados y donde las casas son infraviviendas que se caen al primer soplido del lobo, como en el cuento.

En esta ocasión, el soplido vino en forma de inundaciones los pasados 26 y 27 de octubre. Las lluvias tropicales de esos días arrasaron numerosos hogares, 14 personas perdieron la vida, centenares sufrieron heridas y muchas más se quedaron sin un lugar donde pasar la noche. Por si fuera poco, las escasas condiciones de salubridad desataron un brote de cólera que se ha extendido como la pólvora entre la población más pobre.

Cara y cruz

El clima tropical asfixiante, el aire viciado por el tráfico, el olor que desprenden las aguas residuales y el bullicio de miles de personas en la calle buscándose la vida convierten a la capital de Ghana en una ciudad poco agradable a primera vista.

Sin embargo, Acra también es una ciudad divertida, vibrante y canalla, abierta hasta el amanecer, con un toque bohemio que la convierte en seductora. Como ocurre casi siempre, sólo hay que saber buscar, tener paciencia y hacerse acompañar de buena gente.

Cuando el sol se mete en su cuna, cada tarde poco antes de las 6 pm, la ciudad se transforma. La noche oculta su decrepitud y las calles se convierten en lugares de fiesta improvisados. El murmullo de la gente deja paso a los decibelios de los altavoces instalados en cada esquina. Donde antes había sofás en venta ahora hay un escenario con instrumentos, donde antes había una tienda ahora hay un restaurante, donde antes no había más que calzada, ahora hay un club de reggae, highlife o cualquier género que incluya percusión, baile y desenfreno. En los cuatro puntos cardinales de Acra, incluidas algunas de sus playas, hay lugares donde disfrutar de la música en vivo.

Una oveja descarriada

Era nuestra primera visita oficial a Acra, después de dos viajes relámpago en busca de aceite de oliva y conexión a Internet. Ahora, iba en serio.

Tomamos el tro-tro en Ada Foah el viernes a las 8:30 am, sin apenas esperar en la cuneta. Además, me ofrecieron el asiento preferente, de copiloto. Sin embargo, una vez que estaba sentado, descubrí que compartía espacio con Louis, un pastor evangélico –de 20 años- que debe encontrarse entre las cinco personas más pesadas del mundo y entre las tres de África. Sin duda, el campeón plomizo de Ghana.

Fueron casi tres horas de viaje disertando sobre si prefería el Nuevo o el Antiguo Testamento, sobre quién era el mejor evangelista –él apostaba por Lucas-, qué pasaje de la Biblia era más revelador –llevaba una versión descargada en su Blackberry-, si la virgen María era adorada en España o no, si el mal acechaba en cada esquina… todo ello aderezado con sermones, música gospel –también en su móvil- y demás material litúrgico. Llevaba la oficina encima. No en vano, acababa de hacer el trayecto inverso Acra-Ada, apenas unas horas antes, para visitar varias escuelas y llevar a cabo su misión religiosa.

Ante mis monosílabos y ciertas muestras evidentes de desinterés, Louis echó una cabezadita en mi hombro, entre risas de Elena y Alicia, espectadoras en la fila de atrás.

Embajada de España

Las embajadas son lugares curiosos y sentí cierta emoción al pisar la española, situada en uno de los barrios más exclusivos de Acra, como la mayoría, muy lejos de la realidad que describía al principio de este post. Aquí hay zonas ajardinadas, supermercados propios, limpieza en las calles -¡papeleras!-, vehículos caros, seguridad privada…

Desde primeros de octubre, cuando aún estaba en Madrid, he escrito en varias ocasiones a esta Embajada preguntando por los trámites para votar en las Elecciones del 20N. Correos no me permitía hacerlo con tanta antelación en España y confiaba en poder ejercer este derecho en Acra.

La Embajada no contestó a este requerimiento y cuando me encontré delante de la ventanilla, la respuesta fue: “tu solicitud se habrá traspapelado… se te ha pasado el plazo… pero, en cualquier caso, no te preocupes, las papeletas no han llegado, por lo que nosotros tampoco podremos votar. Aún así, la Embajada abrirá tres días, por si acaso”.

Otras dudas sobre nuestra estancia, una queja sobre un hotel en Ada y algunos otros asuntos fueron despachados de igual manera.

Al final, un chico ghanés que trabaja allí nos dio algunas pistas sobre cómo regularizar nuestra situación administrativa, aunque algunas de las informaciones no coincidían con las expresadas por la misma Embajada anteriormente.

Qué quieren que les diga, la emoción que llevaba al entrar se me fue al instante… aunque una cosa sí es cierta: estaba en casa. Algunos tópicos del funcionariado se repiten allá donde vayas –por supuesto, hay personas que trabajan en la administración con dedicación y eficiencia, y cualquier generalidad es injusta por su parcialidad, pero ejemplos como este no ayudan a lavar su imagen-.

Amnistía en Ghana

Elena y Alicia, junto a Winfred –nuestro amigo rasta a quien presenté en el anterior post, se unió al grupo cuando abandonamos la Embajada –allí las personas locales tienen restringido el acceso y no son muy bien recibidas. Ya saben como la vieja Europa trata a los extranjeros sin mucho dinero que quieren cruzar su frontera- y decidieron visitar los mercados de artesanía de la ciudad.

Por mi parte, como el día iba de nostalgias, aproveché que estaba en Acra para ir a la sede de Amnistía Internacional.

Para seguir con la tradición, pulsé dos veces el timbre. Y nadie me abrió… ¡estaba estropeado! Así que, con la confianza que da saberse en casa -ahora de verdad-, crucé el umbral y me deslicé por los pasillos de la humilde oficina en el barrio de Kokomlemle. Me encontré con Frank, responsable de campañas -a quien había conocido en Londres en enero pasado-, y saludé a Julia, que se encargaba de la administración. El director, Lawrence, estaba de viaje.

Las mismas camisetas, los mismos folletos, recortes de periódicos, informes anuales y una batería de propuestas para que echara un cable.

Pensé en mis compas de Madrid y en tantas tardes de viernes compartidas con Jesús y con Andrés, y con las Acciones Urgentes, que tantas vidas salvan, quemando la ensobradora en la habitación del fondo.

Anochece en Acra

Poco después, me junté con Winfred y las chicas para ver la puesta de sol. Cruzamos a pie uno de los barrios populares y pudimos ver sin paños calientes el rostro más agudo de la pobreza.

Sin apenas tiempo de recuperarnos, desembocamos en un spot –bar local- destartalado, situado sobre un pequeño acantilado, donde se divisa toda la magia de Acra, incluso su orgullosa plaza de la independencia en el horizonte. La cabeza me daba vueltas con tanto contraste, pero empezaron a sonar los tambores y me entregué a la primera cerveza. Empezaba otra noche especial en Ghana.

En un lugar de las afueras –poligonero y vulgar a la luz del día- cenamos con las manos la mejor tilapia  y el mejor banku que hemos probado hasta ahora. Entramos de lleno a celebrar que estábamos en Ghana y que hacíamos realidad uno de nuestros sueños.

Kokrobite Beach

Las mañanas en el trópico son horribles cuando no se madruga. Es desagradable levantarse empapado en sudor de la cama y salir a la calle para descubrir que te abrasa un sol de justicia. Huimos rumbo a una de las playas más conocidas, Kokrobite, punto de encuentro de personal humanitario y expatriado, 25 km al oeste.

Tras varios cambios de tro-tro y taxis compartidos llegamos a nuestro destino. Es la primera vez en este tiempo que estamos en un lugar con más blancos que personas locales. Impresiona el cambio.

Allí había langosta –unos nueve euros tres al grill-, cócteles internacionales, vinos de calidad –corrijo mi anterior post: Terminator de cartón es vino uruguayo y no argentino-. Otra cara de África, la más turística.

Y como ocurre siempre que vemos esta otra cara, en cualquier lugar del mundo, asoma la lacra del turismo sexual. Blancos y blancas -en ocasiones, de cierta edad- gozando de cuerpos jóvenes de personas locales a cambio de una compensación más o menos disimulada. Qué vergüenza.

PD 1. Berlusconi ha renunciado. Pero no le han sacado del gobierno las urnas, ni la corrupción ni los escándalos bunga-bunga. Ha sido la economía.

PD 2. El 20N seguiré la jornada electoral a través de RTVE. Espero que quienes nos gobiernen a partir de entonces mantengan la apuesta por la información pública independiente y respeten a los profesionales que han convertido la Corporación en un ejemplo de periodismo. Los recuerdos del pasado -y lo que ocurre hoy en algunas cadenas autonómicas-  me hacen sentir temor.


Rumbo al festival Hogbetsotso 2011

Viernes, 2 pm. El sol escupe fuego. Sudamos. Mucho. Esperamos sentados en un cayuco en la orilla del río Volta. Nos comemos un coco. Pasan dos horas. Seguimos esperando y el cayuco sigue haciendo hueco para más pasajeros. Todo el mundo acude con bultos: comida, bebida, madera, cajas, ropas, maletas, mochilas, bolsas… En África la gente se desplaza mucho, igual que en cualquier parte, pero aquí los transportes no arrancan hasta que se llenan hasta la bandera. Se aprovecha cualquier viaje, cualquier espacio, cualquier rincón. Sólo los ricos o los blancos –sinónimo por estas tierras- viajan a sus anchas cuando quieren. El resto espera.

Cuento 57 personas y me pregunto si el cayuco aguantará. Vamos de viaje a Keta, una localidad cercana, en dirección a Togo y a 30 kilómetros de su frontera, para asistir al Hogbetsotso Festival 2011. Un festival tradicional que recuerda el desplazamiento de las personas de la minoría étnica Anlo desde su antigua morada en Togo hasta su actual asentamiento en Ghana, en la región del Volta.

Esta edición es especial porque vuelve a celebrarse más de una década después. Una disputa entre jefes/chiefs –autoridades de las diferentes minorías étnicas- lo eliminó del calendario de festivales tradicionales de Ghana. Afortunadamente, un cambio en la cúpula de la comunidad ha hecho que se recupere. Cuatro días de ritos, danzas y percusión para honrar a los antepasados.

Inmigración

Arranca el cayuco, tras dos intentos del motor fueraborda, y en apenas 20 minutos navegando a velocidad de crucero llegamos al estuario del Volta, donde se juntan río y océano Atlántico. El vaivén de las olas hace temblar ligeramente la embarcación.

Es imposible no acordarse de los cientos de cayucos que emprenden travesía en este mismo océano rumbo a Europa. Me siento impotente al ver cómo las olas golpean esta chalupa y me entra una enorme tristeza al pensar en las vidas y en los sueños que este océano se traga.

Cuando viajas a bordo de un cayuco, hacinado entre más de medio centenar de personas, sientes muchas cosas. Y eso que nosotros vamos de viaje, de festival, de celebración y el ambiente es risueño y agradable. Seguramente, opuesto al miedo que debe atenazar a las personas que emprenden viaje rumbo a Europa, en estas playas o en las que están más al norte.

Quienes viajan en cayuco muchas veces no saben nadar. Junto a mí hay mujeres que cargan niños, adultos que miran distraídos hacia cualquier lado, personas mayores cuyos ojos transmiten serenidad y jóvenes, muchos, que pegan la hebra con los extranjeros –como Paquito, un profesor de Primaria que estudió con los Hermanos de La Salle, y al que un religioso bautizó con ese nombre-.

La travesía es preciosa, nos rodean manglares, nos dejamos mecer por las aguas ya tranquilas del río y nos detenemos con frecuencia en islas donde viven cientos de personas en comunidades muy pobres, cuyo lazo de unión con el resto del mundo es este cayuco.

Carretera y noche

Casi dos horas después, atracamos en el humilde muelle de Anyanui, un pequeño pueblo de pescadores donde nos recomiendan visitar los miércoles un mercado que congrega a las personas de todas las comunidades cercanas.

Atardece, el mejor momento con el amanecer, para que los mosquitos comiencen su vampiresco trabajo. Hoy soy su víctima preferida. Me ponen fino.

En Anyanui cogemos un tro-tro rumbo a Keta: nos empujamos, nos sentamos unos encima de otros, se funden nuestros olores corporales… cuento 23 personas dentro de una furgoneta que en condiciones normales no debería llevar más de 12. Aquí nadie se queja. Todo el mundo va incómodo, pero a nadie parece importarle. Yo sólo llevo un gluteo aposentado. El otro está en el aire. El tro-tro arranca y emprende viaje en la noche.

Me suena el móvil. ¡Llama mi hermano Gabriel! Charlamos de la familia, de la vida, de cómo estamos, de fútbol y de cosas cotidianas. Estoy muy contento. El resto del pasaje me mira con curiosidad. Entre las múltiples lenguas que esta gente está acostumbrada a escuchar no se encuentra el castellano.

También hablo con mi hermano de vino y de Don Simón –hago un llamamiento a la familia García Carrión, en nombre de los hígados de la población ghanesa, para que deje de exportar vino Don García, sangría Don Simón y sucedáneos. Nosotros nos hemos pasado al Terminator, que es argentino, también de cartón, pero mucho más decente. Echo de menos los vinos de mi pueblo materno (Valdepeñas) que sin ser excepcionales hoy me parecerían como el Rioja de Carolina-.

Barbacoa en la playa

Es noche cerrada cuando llegamos al Emacipation Beach Camp donde nuestro amigo Winfred, rastafari, nos acoge con una sonrisa y palabras de bienvenida.

Somos varios blancos: dos alemanas, dos escoceses, una inglesa y el trío calavera peninsular del que formo parte.

Junto a nosotros, Paul, Godway, Jahway, Erico y otros amigos locales. Compartimos una cerveza fría con los pies en la arena. Suenan timbales de fondo. Comemos salchichas a la barbacoa y abrimos los primeros cartones de Terminator. Compartimos bebida e impresiones y Elena y yo nos retiramos pronto.

Mañana de festival

Ya es sábado, amanece que no es poco, y nos damos un baño en las salvajes aguas del Atlántico. Llenos de arena nos vamos al festival Hogbetsotso. Nos cuesta encontrar un tro-tro que nos lleve a Anlo, pero después de media hora bajo un sol de justicia, ¡lo conseguimos!

Toda la ciudad es una fiesta. Hay miles de personas en la calle, tráfico asfixiante, bullicio de personas, colorido en los kentes de las mujeres, puestos de comida y mezcolanza de olores. África pura.

El escenario principal está en el campo de fútbol. Entramos hasta la cocina. Ser blanco abre muchas puertas. Winfred también pasa. Paul y Godway se quedan fuera.

Comienzan las actuaciones, las danzas ancestrales, vemos a cientos de personas vestidas con los trajes tradicionales… es impresionante.

Bienvenido, Sr presidente

Hay cientos de invitados, todos los jefes de las comunidades de la región, decenas de periodistas, algunos blancos trajeados –supongo que empresarios o personal de embajadas-. También hay señoras europeas que llevan pamelas sobre sus cabezas. Desentonan en este entorno colorido de telas africanas.

Momentos después del mediodía, unas motos irrumpen en mitad del campo de fútbol haciendo sonar sus sirenas. Se para la música y cesan las actuaciones. Llegan varios tontorrenos con los cristales tintados y entre medias me parece ver a Clint Eastwood –en versión ghanesa– y a otros tres guardaespaldas corriendo como En La Línea de Fuego junto a un coche decorado con la bandera de Ghana. Parece el coche presidencial. El público es un torrente de murmullos, algunos aplauden, todo el mundo se pone en pie. Desciende el presidente de la República, profesor John E. Atta Mills.

Como si fuera un torero, da la vuelta al campo de fútbol, y saluda a los jefes y autoridades. Le rodea una nube de fotógrafos –me cuelo entre ellos- y un cordón de seguridad. Cuando termina el paseíllo se sienta en el palco de autoridades y comienzan los discursos.

Aprovechamos para marcharnos. Pero antes de salir, entre las personalidades, descubrimos a Mamma Rasta, sí, la mamá de los rastafaris. Una curandera que pasa consulta los viernes cerca de nuestro pueblo, Ada Foah –y a quien tenemos pendiente visitar-. Winfred la saluda respetuoso. Nosotros también.

En la calle buscamos un sitio para comer. No hay mucha variedad, pero nos apañamos. Trincamos unos pinchitos de algo que parecen mollejas y buscamos un local para comerlos. Aquí no hay restaurantes. La gente come a cualquier hora en la calle y si queda dinero, toman una cerveza o un cartón de vino en los múltiples spots que hay en cualquier sitio.

Fórmula 1

Una vez satisfechos, buscamos transporte para regresar. Un tipo de Accra se ofrece a llevarnos por unos cuatro euros en su coche. Aceptamos. Subimos y a los 10 minutos el coche se para. No tiene gasolina. Salta del vehículo. Nos pide que se lo cuidemos y se larga en busca de combustible. Me quedo atónito.

Regresa a la media hora larga con una garrafa de plástico llena. Se pone al volante y emula a Fernando Alonso intentando recuperar posiciones frente a los Red Bulls. Llegamos en un santiamén, algo azorados, a nuestro Beach Camp.

Sonido de timbales

Llenamos varios cubos en el pozo para darnos una ducha de agua dulce, abrimos otro cartón de Terminator, sumergimos los pies en la arena y nos dejamos embrujar por la noche.

El sonido de los timbales es constante, Elena se arranca con algunos toques –mejora mucho en sus clases y puede seguir el ritmo de los expertos-, Alicia agita las maracas y el menda bastante tiene con narrar lo que ve –y con murmurar los primeros versos de “No woman, no cry”-.

Encendemos la hoguera, hay fuegos artificiales y nos entregamos a una noche muy especial, con bailes y música en la arena, que se alargarán hasta la madrugada… Es una fiesta en una playa salvaje de África Occidental. Se baja el telón.

PD 1. Por fin hemos encontrado casa. Después de algunas decepciones, tratos incumplidos y negociaciones que no han llegado a nada ¡lo hemos conseguido! No saben la alegría que da tener un lugar fijo al que volver, poder expandir el contenido de las mochilas en un espacio propio y comerse una ensalada aliñada con aceite de oliva. Nuestro hogar está pegado a una comunidad en las afueras de Ada Foah y cerramos el trato compartiendo un coco.

PD 2. Observo con distancia el debate Rubalcaba – Rajoy. Me suenan sus propuestas tan huecas, tan vacías, tan poco motivadoras. ¿Qué país encontraré cuando regresemos?


Nostalgia en la voz de la comunidad Dangme

Fue a mediados de los noventa. Tres aprendices de periodista vagaban por la Dehesa de la Villa en Madrid buscando una emisora comunitaria que emitía información social para el distrito norte. Éramos Alejandro, el Pela y yo –nos faltaba un cuarto elemento, Juanillo, pero él ya se encargaba de atronar los oídos manchegos los fines de semana, con el mejor rock del momento, y no se unió a la terna-.

Aquella fue la primera vez que pisé un estudio de radio. Recuerdo la emoción de ver la mesa de mezclas, los micrófonos, sentarnos en la pecera, hacer las señas a control… Nuestro programa se llamaba “Algo más que palabras” y teníamos una sintonía hecha a medida por Los Reconoces, una banda del barrio.

Recuerdo también el gusano –como dice Mario siempre que agarra un micrófono- que ascendía veloz por mi estomago hasta quemarme la garganta antes de pronunciar la primera palabra. Cuando el otro día entré en el estudio vacío de Radio Ada, la voz de las personas Dangme, un torrente de nostalgia me hizo viajar 15 años atrás.

Newsroom

En Radio Ada, tenemos nuestra reunión de previsiones a las nueve de la mañana, aunque la puntualidad es relativa –a veces los tro-tros no paran porque van llenos o tienen otro destino y hay que esperar durante un tiempo indeterminado en la cuneta a que alguno se detenga. ¿Se han fijado alguna vez? Siempre hay personas esperando pacientemente en la carretera en cualquier lugar de África

Dividimos la reunión en tres partes: pasado, presente y futuro. Por pasado entendemos lo que ocurrió el último día. Hablamos de cómo fue el informativo, si entraron todos los temas, si quedó algo pendiente y de si estamos satisfechos con la emisión.

Casi sin darnos cuenta enlazamos con el presente, es decir, con los temas del día. Le pido a mis compas que piensen en qué puede ser noticia –ellos son los que conocen su realidad-. Aquí no hay convocatorias de prensa, no hay teletipos de agencia, no hay invitaciones de instituciones… nosotros decidimos lo que queremos contar –y no saben cómo me alegra-.

Temas prioritarios

Empezamos por los asuntos locales, aquellos que pueden resultar más interesantes para nuestra audiencia –más de 100.000 personas repartidas en los tres municipios de Ada y en cientos de comunidades del Dangme East District-. La prioridad es siempre Educación y Salud.

Ahora nos preocupa que el Gobierno haya decidido subir las tasas educativas para estudiar en los centros públicos porque supone un gasto extra para los mermados bolsillos de mis vecinos y muchas personas dejarán de acudir a clase. Salommon cubre esta sección.

Después pasamos a Salud, donde todavía colean las consecuencias de la huelga estatal de médicos –del 8 al 27 de octubre-, que ha paralizado, entre otros, la actividad del hospital donde trabajan Elena y Alicia, y que ha dejado sin atención a miles de personas en todo el distrito. Emmanuel lleva esto.

Un ejemplo de por qué le damos la máxima prioridad a estos temas es la mencionada huelga. ¡Nadie se había enterado de que se había desconvocado! y la gente no acudía al hospital. Abrimos los informativos tres días seguidos con este asunto y el boca a boca hizo el resto. El hospital ya ha recuperado su ritmo normal –y Elena y Alicia tienen pacientes haciendo cola en su consulta-.

Otros asuntos locales

Continuamos con Política local. De esto se encarga Kofi Larweh, el coordinador. Acabamos de saber que el Gobierno quiere dividir el distrito en dos partes, Ada West y Ada East, y queremos pulsar la opinión de la gente que vive en las comunidades sobre este tema. Enviamos a Ofelia, grabadora en mano para que pregunte, insistiendo en que hable con mujeres, hombres, ancianos y menores de diferentes lugares y que se identifiquen siempre con su nombre, ocupación y lugar de procedencia.

De las autoridades sólo recogemos sus opiniones y nunca las damos por verdades absolutas –por supuesto les preguntamos lo que queremos y jamás les adelantamos las preguntas-. Insistí mucho en esto en las primeras reuniones, con el apoyo de Kofi. La independencia de la radio, que no recibe ningún dinero del Gobierno, es sagrada y se defiende cueste lo que cueste. Son 13 años emitiendo y, a pesar de que se reciben presiones, esto es incuestionable. La gente lo sabe y por eso la radio goza de credibilidad.

Enviados especiales

Después es el turno de nuestros especialistas. Los martes y viernes hay mercado en Ada Kasseh, y los miércoles y sábados en Ada Foah, por lo que siempre enviamos a alguien para que traiga noticias frescas. Y es que los mercados –allí donde todavía no llegan las fauces de las grandes superficies comerciales- siguen siendo un punto de información estratégico.

En Ada, donde el acceso a la información es muy escaso y las distancias son grandes, la gente necesita saber a cuánto está el kilo de casaba, si hay excedente de cangrejos, si las alubias están de oferta o si han llegado nuevas telas de Kumasi. Conectamos con Moha para que nos dé la última hora de estas cuestiones.

Después, hablamos con nuestro especialista en Tribunales, Charles, para saber qué ocurre en los juzgados. En estos días, se están trasladando a un nuevo edificio y es importante que se sepa que van a dejar de funcionar las antiguas dependencias.

Antes de pasar a las noticias nacionales, repasamos las agendas, ahí aparece la información sobre los festivales culturales que van a celebrarse, las visitas a las comunidades, las noticias que nos trae la gente en mano, los funerales –aquí duran varios días y son motivo de fiesta con orquesta- o las entrevistas a las personas relevantes.

Nacional e Internacional

En la Redacción, se reciben dos periódicos todos los días, Daily Guide y Daily Graphic –con sus suplementos deportivos la víspera del fin de semana- y dicen que en algunas ocasiones llega también The Ghanian Times –pero de momento no ha pasado por mis manos.

A las 10h hacemos una parada para escuchar los boletines informativos de alguna cadena nacional en el único receptor de radio que hay por aquí –el otro día le pregunté a mis compas (unas quince personas) cuántos tenían aparatos de radio en casa y la respuesta fue: dos lo tenían y funcionaba; y otro lo tenía, pero estaba estropeado-. Afortunadamente, la estadística en las comunidades es muy superior, ya que hubo una inversión en receptores hace años para que la señal de la radio pudiera seguirse en todo el distrito.

Cuando termina la reunión, sobre las 11, encendemos la televisión que tengo sobre mi cabeza –no me pregunten cómo se sostiene- para ver el noticiero del único canal que se sintoniza… aunque más que ver, se escucha, porque la nieve apenas deja distinguir las imágenes con calidad. Hay que hacer un empalme con la antena y estamos pendientes de que acuda el ñapas de turno.

Con estos mimbres, seleccionamos las noticias que consideramos más relevantes del panorama nacional y enseguida pasamos a la parte internacional. Noah suele encargarse.

Aquí, de momento, no hay ordenadores ni conexión a Internet –estoy intentando solucionarlo- así que nos servimos de la aplicación de la BBC que tengo en el móvil. Erica selecciona los asuntos más relevantes.

En estos días se ha producido, durante la clausura de la reunión de la Commonwealth en Australia, una noticia que ha suscitado debate. El Gobierno británico ha anunciado que condicionará la ayuda que concede a estos países al respeto a los derechos humanos, priorizando la situación de las minorías sexuales. Ha señalado directamente a Uganda, Malawi y Ghana como lugares donde este colectivo está más perseguido y les ha instado a modificar su legislación y luchar contra la homofobia.

Una vez que terminamos, repartimos los temas pendientes, y cada uno sale a la calle a hacer su trabajo o, quienes se quedan en la Redacción, se sientan a la mesa, lápiz y papel en mano, y comienzan a escribir sus piezas.

Las noticias de mesa tienen que estar editadas para las 13h, cuando lanzamos el informativo largo, de unos 20 a 30 minutos. Antes y después, cada dos horas, hay boletines más cortos y en la noche, a las 20h, emitimos otro informativo largo que actualiza o repite los contenidos del mediodía.

Sobre las 12h llega Mariah, la locutora estrella y junto a Edgard ensayan su lectura para buscar la mejor entonación. En esta parte, suelo desparecer, ya que los textos se escriben en la lengua local, Dangme.

A las 13:30h, cuando el informativo ha terminado, y hemos comentado la jugada, comienzo a escaquearme, ya que es la hora en la que preparan la comida y ya comenté la semana pasada que el fufu no está entre mis platos preferidos. Si no hay ningún asunto pendiente doy cuenta de mi bocata y emprendo la huida sobre las 14h. Aquí las despedidas, como los saludos, son eternas por lo que suelo coger el tro-tro poco antes de las 15h.

En los ratos que paso en la Redacción, aprovecho para escribir estas líneas.

PD 1. Los cuatro personajes que comienzan este post seguimos caminos distintos. A Alejandro le perdimos la pista en los pasillos del aeropuerto de Barajas. Dejó el periodismo harto de la precariedad y de la falta de oportunidades. El Pela continúa resistiendo, enjaulado cada noche en los bajos de una televisión autonómica, intentando defender la bandera de la dignidad. No se rinde. Juanillo es hoy un primer espada del periodismo y el mismo tipo humilde, honesto y discreto que conocí hace tantos años en la sala Canciller. Bajo su camisa, late un corazón de rock and roll, aunque ambos hayamos cambiado el kalimotxo por el gin-tonic. A veces siento que también estoy aquí por todos ellos.

PD 2. Los jueves, Esther Ferrero, me hace un huequito en su programa “Mundo Solidario” de Radio Exterior de España para contar cómo van las cosas por aquí: http://www.rtve.es/podcast/radio-exterior/mundo-solidario/ Y este blog se publica simultáneamente en la ventana africana que Pepe Naranjo y otros amigos mantienen abierta desde Canarias: http://www.guinguinbali.com/