Las buenas intenciones no son suficientes

Las buenas intenciones, las ganas de ayudar y la preocupación por los demás son el motor que enciende la máquina solidaria. Pero si esas buenas intenciones no se canalizan adecuadamente, se planifican a corto, medio y largo plazo y, sobre todo, si no se comparten con quienes van a recibir la ayuda suelen convertirse en un desastre.

Hay muchas personas que hartas de su rutina se lanzan a la aventura solidaria sin formación alguna y piensan que por el mero hecho de haber tomado esa decisión todos sus actos quedan justificados. Craso error.

Buenismos incontrolables

A lo largo de estos años me he encontrado con gente que ha hecho verdaderas barbaridades cuando lo que realmente quería era ayudar a personas desfavorecidas.

Desde quienes han pagado exceso de equipaje por transportar unas ropas que en el lugar de destino podrían encontrar más baratas y adecuadas para las personas que iban a recibirlas -sin hablar del atentado para la economía local que supone una donación por ejemplo de cuatrocientas camisetas o pantalones- hasta quienes son capaces de llenar sus bolsas de viaje con viejos aparatos electrónicos e inservibles en el mundo Occidental con la creencia de que en los países pobres serán recibidos con algarabía.

En ocasiones se sorprenden porque las personas que reciben móviles viejos, cámaras compactas de carrete o grabadoras de cassete las rechazan… ¡y se atreven a llamarlos ingratos!

Esta cooperación basada en dar lo que me sobra y no en preguntar en qué puedo ayudar me saca de quicio y recupera el modelo de cooperación vertical en el que unos pocos están arriba y una mayoría abajo esperando las migajas. Es algo tan manido como la caridad y, por supuesto, no tiene nada que ver con la justicia.

Y en esta senda también sacan provecho las empresas, como ocurre en Ghana, país convertido desde hace años por parte de las compañías occidentales en el basurero tecnológico de Europa: http://bit.ly/nxSMvL

Contaba un antiguo profesor una anécdota durante sus viajes por África subsahariana. Al parecer, una noche hablando con uno de los ancianos jefes de una minoría étnica sobre cómo podían poner en marcha un proyecto que beneficiara a la comunidad, el jefe le dijo: “por favor, no nos ayuden más… bastaría con que nos quitaran el zapato del cuello y nos dejaran en paz” refiriéndose seguramente a los gobiernos extranjeros –a veces incluso propios- que ahogan las economías de los países pobres con intereses y deudas externas imposibles de afrontar, transnacionales que cuando descubren recursos naturales se dedican al expolio sin tener en cuenta a quienes viven en esas tierras o cualquier agencia humanitaria irresponsable que llega con una idea peregrina pretendiendo imponer algún tipo de nuevo cultivo en tierras que quizás no están preparadas para ello.

Proyectos sin sentido

Porque sí, aunque esté feo decirlo, además de las personas individuales, también hay organizaciones y entidades que desarrollan proyectos sin pies ni cabeza.

En 2006, en Unawatuna, un pequeño pueblo costero en Sri Lanka, afectado por el terrible tsunami de 2004 que arrasó las vidas y los hogares de miles de pescadores y los cultivos de quienes residían en el interior, me topé con un cooperante andaluz que me contó que había recibido una donación de una biblioteca de libros en español a través de una agencia oficial. Cientos de títulos que permanecían durante meses en un cuarto oscuro de un almacén -que costaba un dinero alquilar- porque allí ni había lugar para colocar los libros… ¡ni interés por aprender o leer español!

O en el mismo viaje, en Mirissa, un pueblo aún más pequeño y a pocos kilómetros del anterior. Una ONG suiza había dotado de un puesto público de acceso a Internet a una familia local. Había reconstruido su casa y habilitado un lugar donde había un ordenador, un flexo y una misteriosa maraña de cables.

Cuando crucé el umbral de la casa me recibieron con mucha cordialidad, me sirvieron un té y me invitaron a inaugurar el puesto de Internet. Todo esto por gestos ya que en la familia nadie hablaba inglés ni yo la lengua local. Me senté, arranqué el ordenador y me coloqué en disposición de conectarme a la red, entre una gran expectación de la familia, que se fue situando discretamente a mis espaldas: dos niñas pequeñas, un adolescente, la madre, el padre de familia y la abuela.

Todos esperando que el guiri le diera a los botones. Tras un tiempo que se me hizo eterno, yo permanecía en la misma posición intentando conectar ese maldito aparato. Miraba desconsolado al padre de familia y por señas le decía que aquello no marchaba. Él me miraba a su vez con desconcierto y no hacía más que pedirle a su mujer que me sirviera más té, así como mandar al adolescente a que trajera una caja de cartón donde se amontonaban documentos, algo parecido a un contrato, y papeles con lo que parecían ser las instrucciones en francés y alemán, lenguas que el dueño del negocio ni conocía ni esperaba conocer.

Resulta que los de la ONG suiza le habían dejado allí el puesto de Internet, pero no se lo habían conectado ni explicado su funcionamiento; y por la fecha de los albaranes -habían pasado ya varios meses de la entrega- no parecía que fueran a hacerlo nunca.

-Fue entonces cuando me acordé de mi amigo Cotolo que con un par de bridas hubiera sido capaz de conectar aquel aparato a una palmera-.

Después de varias horas – y varias tazas de té- haciendo el paripé y abochornado, me levanté del lugar, impotente, dejé todo en su sitio, coloqué los envoltorios encima del teclado, cubrí la pantalla, ordené los papeles en la caja, pagué más de lo que me correspondía y salí de la casa maldiciendo a los suizos y a los chapuzas que son capaces de generar una expectativa de negocio en un país de pobre y luego dejar colgados a los supuestos beneficiarios. Y todo en nombre de la solidaridad.

El dinero siempre es útil

Estos son ejemplos extremos, pero reales, y afortunadamente minoritarios. En estos años también he tenido oportunidad de conocer personas excepcionales como el Padre Melôn en la Amazonía, Valdenia en Paraíba –y antes en las favelas de Sao Paolo– o Jorge en Benín y en la Cañada Real Galiana de Madrid… personas que sabe lo que hacen y que son un ejemplo de compromiso. Por supuesto, también hay ONG que trabajan estupendamente sobre el terreno y cuyo esfuerzo alivia la situación de millones de personas, pero creo que no viene mal de vez en cuando hacer alguna autocrítica. “El espejismo humanitario” de Jordi Raich habla de todo esto mejor que yo.

En fin, que hay que andarse con mucho tiento. Nosotros mismos en esta aventura que estamos a punto de comenzar en Ghana hemos recibido todo tipo de sugerencias para poner en marcha en la ciudad de Ada así como de objetos para transportar. Cualquiera que se enteraba de nuestro viaje nos proponía algo ¿Tan difícil es comprender que no vale todo? ¿O que las personas que viven en África piensan como el resto de seres humanos y saben lo que les conviene? ¿O que no necesitan que nadie les enseñe cómo se hace una rueda?

En la mayoría de los casos lo que hace falta son oportunidades y recursos para llevar a cabo los proyectos que ellos mismos tienen. En este sentido, el dinero es lo más útil si uno quiere ayudar de verdad. Sí, vale, quizás sea menos glamuroso, pero los euros son siempre bienvenidos.

¿Nadie ha pensado antes de hacernos entregas imposibles de llevar que somos sólo dos personas que viajamos por un año, con nuestras mochilas, nuestras medicinas y nuestras ropas, y que no tenemos maś que dos brazos? ¿A nadie se le ha ocurrido pensar que no podemos llevar nada más y que si lo hiciéramos no tenemos idea de si sería necesario?

Por suerte, la mayoría de las personas que acudieron a despedirnos el sábado 8 de octubre al Maneras de Vivir sí lo comprendieron. Recaudamos 858 euros en el mercadillo y la caja ciega, 200 por las consumicionesPrometo estarte agradecido, Carlos-, algunas donaciones más que están llegándonos mediante ingresos en nuestra cuenta o en mano y los 375 euros que nos entregaron Yeye y David, que organizaron una reunión con su gente en Jerez y recaudaron dinero para nuestro proyecto. Eso sí es solidaridad y confianza. Qué ejemplo cuando se trata de personas que sólo hemos visto en dos ocasiones.

¿En qué gastaremos los euros? Aún no lo sabemos. Dependerá de las necesidades que veamos, de lo que nos digan las personas del hospital Dangme East y de las comunidades que visitemos… y, por supuesto, de lo que seamos capaces de estirarlos… Pero siempre con el máximo respeto a la dignidad de las personas que esperamos conocer.

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21 comentarios on “Las buenas intenciones no son suficientes”

  1. Itziar dice:

    Dos mascaras simbolizan
    un “encuentro”
    que lleva siglos produciendose..

    La mascara que simboliza
    al hombre y la mujer africana
    tiene una boca pequeña, pequeñita,
    diminuta, casi invisible…
    ¿por qué?
    porque a lo largo de ese encuentro..
    nunca, nunca
    se le deja hablar

    Y tiene, también
    unas enormes orejas…
    ¿por qué?
    porque..
    siempre,siempre le han dicho
    como deben hacerse las cosas.

    La mascara que simboliza
    al hombre y la mujer occidentales,
    al Mzungu, al oboni.
    ¿que tiene?..
    una boca grande, enorme,
    gigantesca
    ¿por qué?…
    porque “nosotros”
    “nosotros”,
    sí sabemos…

    Y tiene también
    unas orejas pequeñas, pequeñitas,
    diminutas, casi invisibles…
    porque, en realidad,
    nunca hemos sabido, (o quizás querido)
    escuchar…

    Y esas imágenes están,
    sin nosotros quererlo,
    sin nosotros saberlo
    en nuestro interior,
    en nuestro inconsciente,
    en nuestros sueños y pesadillas….
    siglos de encuentro
    la han grabado a fuego..

    Por eso ese viaje que emprendéis..
    es también el viaje por vuestro interior
    para desterrar
    esas imágenes de vuestros sueños..

    Y, por como eres..
    seguro que ese camino emprendes..

    pero, caminante,
    yo te alerto
    cuidado con el “corazón de las tinieblas”
    que no habita allá donde vas..
    sino en tu interior, en nuestro interior
    ahí es donde habita
    la mascara que nos representa
    en ese encuentro…
    Buen viaje..

    • ángel gonzalo dice:

      Intentaré estar a la altura. A veces cuesta arrancarse las máscaras, y a veces, tambien, es muy doloroso, pero me siento preparado. Gracias por el aliento. Un besazo

  2. Pela dice:

    Olé, olé y olé. Este es mi Angelillo. ¡Qué bien escribes y qué interesante lo que cuentas! Un placer leerte.

  3. Maneras de Vivir dice:

    Ángel, como siempre, dando en el clavo.

    “Si vives tu condición de hombre animal
    si alguna vez te preocupan los restantes
    si tienes entre las cejas libertad
    confieso que eres un menda interesante”

    “Leño”

    • ángel gonzalo dice:

      Y al enemigo, pan de higo. Vamos juntos a darles leña a tanto flojo de pantalón. Gracias, tronko, y cuida de Eloycito

  4. J dice:

    Qué gran post, Trompikonio!

    • María Paz Salido dice:

      Totalmente de acuerdo con tu comentario. De hecho, desde que me enteré de que os íbais he estado con ganas de deciros que esperéis a que os pidan. Que vayáis a Ada y mostréis vuestra disponibilidad humana y profesional, pero sin empujar aunque aparentemente el tiempo esté pasando sin que hagáis mucho. Tiene que ser la gente de allí la que, después de conoceros, os proponga actividades. Será no sólo más respetuoso sino también más útil. Y sé que lo haréis así. Abrazos.

    • ángel gonzalo dice:

      Sigo tu estela, maestro!!!

  5. Elena dice:

    Y yo que tenía guardadas bolsas y bolsas de trastos viejos! Los llevaré al rastrillo nuevo futuro, jaja.
    Nos vemos en Ghana, guapos!! Muchos besos

  6. Qué grande… Te voy a seguir, o sea que más te vale tener esto actualizado, ¿vale? ¡¡Aprovecha la gran experiencia!!

  7. Igor dice:

    Como diría Lizano:

    “Yo veo Mamíferos!”

    Un abrazo fuerte y muchos ánimos!!

  8. Criopak dice:

    No he podido evitarlo y he colgado esta entrada en FB, para compartirla. Es que es buena, buena.
    Yo desde la capital del imperio, abrumada por “lo que sucede cuando cambias las comodidades de Madrid por las incertidumbres de vivir en Washington”, -diferente país, diferente cultura y economía, misma situación inicial-.
    Buen viaje a los dos!

    • ángel gonzalo dice:

      Muchas gracias, mucha suerte. A dos días de embarcar, intentando que la mudanza no nos consuma. Un besote y dale duro al imperio!!!!

  9. Alfonso dice:

    Ángel, felicidades por este post. En mi breve experiencia en el mundo de la cooperación me he encontrado de todo y, aunque hay muchos casos de personas y organizaciones que conjuntan acertadamente voluntarismo y buen hacer, son demasiadas las ocasiones en las que algunos proyectos reflejan el desprecio del Norte hacia los pobrecitos del Sur. Recuerdo es una escuela de Santiago Atitlán, Guatemala, un montón de ordenadores, almacenados y sin uso, tras ser donados por una empresa de dentífricos, sin CD-ROM y del año de la pera. En fin… disfruta de tu experiencia y no dejes de contarnos. Un fuerte abrazo paisano.

  10. Ángel, llevo un rato paseándome por tu blog, saboreando de nuevo las primeras experiencias que viví cuando estuve de voluntaria en una zona rural del Chad hace ya algunos años.

    Esta entrada me ha arrancado una sonrisa triste, pero a la vez divertida, porque me ha recordado el día en que por fin recibimos el contenedor con los muebles para las cajas de ahorro y crédito. La gente, queriendo ayudar, había aprovechado cada centímetro cúbico del contenedor para mandar lo que seguramente le sobraba en casa. Nos llegaron cosas como frutas de plástico para hacer de centro de mesa (la gente del pueblo carecía de muebles en su casa), medicinas caducadas (que no caducaron en el camino a juzgar por la fecha de caducidad), juguetes (que sólo ayudan a crear necesidades y envidias al que no las tiene) y, lo que más me sorprendió, unos patines de ruedas… Yo miré a mi alrededor, y al ver las casas de barro y los caminos de tierra, no pude evitar sentir una vergüenza ajena que se convirtió en mal humor. Es realmente penoso que nuestra ignorancia pueda llegar a ser tan insultante…

    • ángel gonzalo dice:

      Pues sí, a veces cansa ponerse en el lugar del otro y uno desearía que los demás pensaran de verdad en los que quieren ayudar. Cuestión de perspectiva o de sensibilidad. Gracias por pasar por aquí. In abrazo


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