La diferencia que duele

Se llama Gloria. Tiene poco más de 20 años. Vive en Ada Foah y está enferma de malaria. Es una chica animosa, sonriente y eficaz en su trabajo. Se encarga de que todo funcione en la casa de huéspedes, Brightest, donde nos alojamos. La malaria no la mantiene atrapada a la cama. Hace un gran esfuerzo y trabaja todos los días de 8:30 a 22h, como su compañera Selina y otras tantas personas en este lugar.

El caso de Gloria no es aislado ni tampoco de los más graves. Es, simplemente, normal.

Nuestro amigo Albert, el enfermero que hace de “lazarillo” con las fisios en el hospital, también tuvo malaria el año pasado. Y como ellos, casi todo el mundo en este país… y en este subcontienente.

La malaria es más cruel con quienes menos defensas tienen: menores, embarazadas y personas mayores. En el hospital donde trabajan Elena y Alicia la mayoría de los casos que se atienden son por malaria. En esta región de Ghana, donde el río Volta acaricia mansamente las salvajes olas del océano Atlántico, el mosquito Anopheles encuentra un paraíso para joderle la vida a la gente.

Según los doctores, nuestro sistema inmunológico es más fuerte debido a nuestra buena alimentación. También ayudan nuestras carísimas medicinas y nuestras precauciones motivadas por la información recibida sobre la enfermedad. Esto nos da una ligerísima ventaja frente a la población local, pero lo que marca una apreciable diferencia es que si cualquiera de nosotros enfermara, tendría un médico y todos los avances a su disposición ipso facto.

Alimentación

La dieta normal en Ghana se compone de casaba/yuca, arroz, huevos, tomates, cebollas, plátanos, fufu y kantu. También es normal encontrar tilapia y pollo. El fufu y el kantu son platos tradicionales elaborados a partir de casaba molida mezclada con agua  y otros ingredientes para crear una masa blanca espesa y sólida. Se come con la mano derecha y dependiendo de los recursos de quien lo prepare, se acompaña de pollo o tilapia. En cualquier caso, siempre lleva una salsa muy picante. La gente local come este plato a diario.

Aparentemente, en Ada el hambre no es visible pero la dieta es muy poco variada por lo que hay bastantes deficiencias alimentarias.

La cercanía del Volta y del Atlántico ofrecen pescado todo el año. El clima tropical permite los cultivos y añade frutas como coco, mango, sandía, plátanos y piña, pero muchos de estos productos no los consumen las personas más pobres. Quedan para los blancos, las clases medias o para la exportación.

Nosotros, después de varias experiencias, hemos sustituido el fufu y el kantu por el arroz o las patatas. Siempre lo acompañamos de pollo y tilapia. Día tras día. Noche tras noche. A pesar de ser un privilegio, el caso es que cansa bastante y uno se siente un miserable reconociéndolo; sobre todo cuando descubre historias como esta.

Hace días Elena y Alicia llegaron consternadas del hospital ante la debilidad de una paciente. No era capaz de hacer los ejercicios de rehabilitación porque tenía hambre. Sus fuerzas estaban mermadas. Es muy duro que alguien te diga a la cara que no puede dar un paso porque tiene hambre.

Sociedad

Más allá del hambre, la pobreza aquí es evidente. La mayoría de la población local vive en casas de adobe -en el núcleo urbano- o en cabañas de madera y paja -en las comunidades-. No cuentan con agua corriente, electricidad ni saneamiento. Hay fuentes públicas que funcionan con bombas para el agua y la vida se adapta a las horas de luz solar. La basura se acumula junto a la playa -lo que convierte un sitio idílico en casi un vertedero-. Servicios como la educación y la sanidad hay que pagarlos, a pesar de las subvenciones estatales, por lo que no todos acceden a ellos con regularidad.

Una minoría representa a la clase media, con agua, luz y ciertas comodidades como sofás, televisión, mosquiteras… en las casas. Viven en barrios alejados del centro, frecuentan los locales de ocio y restaurantes, tienen trato con la población local y sus casas se distinguen por tener grandes puertas de metal y estar rodeadas por vallas de cemento.

En esa minoría, también hay diferentes niveles. Kofi Larweh, coordinador de Radio Ada, estaría en un lado de esta minoría, ya que tiene casa, vehículo y ordenador con Internet propios; y Albert estaría en el opuesto, pero dentro del mismo grupo. Ha conseguido una cama caliente en Ada Foah (se la ha alquilado a un señor que es camionero y que sólo viene a Ada una o dos veces por semana. Cuando regresa, Albert tiene que dejar la habitación y buscar acomodo en casa de sus amigos. Paga poco más de nueve euros al mes por este alojamiento). Él tiene trabajo en el hospital y estudios de enfermería. Imagínense cuántos quedan por debajo.

Pero lo más sangrante es que por encima de todos ellos hay un reducido y exclusivo grupo de personas adineradas que disfrutan de todos los lujos. Hombres blancos de negocios y politicos o altos funcionarios y empresarios de Ghana que poseen viviendas de ensueño a la orilla del Volta o en las islas cercanas. Algunas distan menos de 50 metros de las chabolas. Los fines de semana estas personas ricas cruzan desafiantes y a toda velocidad la calle principal de Ada Foah -sólo hay dos calles asfaltadas- a bordo de Mercedes, BMWs o tontoterrenos con cristales tintados y conducidos por chóferes. También tienen lanchas fueraborda y motos de agua que contrastan terriblemente con las chalupas de los pescadores. Su trato con la gente más pobre es frecuentemente despectivo.

Y en medio de esta sociedad, estamos nosotros: testigos boquiabiertos de tanta desigualdad, buscando una casa de alquiler con las comodidades mínimas, pero alejada de los lujos. Nuestra condición de voluntarios y nuestras ideas nos hacen rechazar los lugares donde se alojan los blancos, pero nuestra necesidad de higiene y de servicios básicos nos hacen dudar sobre los alojamientos locales. Es un dilema importante, sobre todo cuando se piensa pasar un año por estos lares.

El trato

Con este panorama tan desigual, es alucinante la ausencia de resentimiento hacia los blancos por parte de la población local. Aquí blanco u occidental son sinónimo de dinero, lujo y, muchas veces, trato discriminatorio.

Sin embargo, con nosotros la gente no puede ser más amable, respetuosa y hospitalaria. Nos saludan por la calle por nuestros nombres, nos invitan a sus casas a compartir sus comidas, nos ceden los mejores asientos en los tro-tros, nos fían cuando no llevamos suficiente dinero encima… incluso el Alcalde se acercó a saludarnos la noche del pasado domingo y nos abrió las puertas de su despacho para cualquier asunto.

¿Se dan cuenta del trato tan distinto que les damos a los subsaharianos en España? ¿Cuántas personas conocen por su nombre al inmigrante que vive en su barrio? ¿Le cederían el mejor asiento en el autobús? ¿Alguien ha invitado a alguno de sus vecinos africanos a cenar en su casa? ¿Se imaginan a Gallardón -pongan cualquier nombre y cualquier partido- recibiendo a los inmigrantes del barrio de Lavapiés en su flamante despacho de Cibeles?

En lugar de eso, a menudo les recibimos con desprecio o con indiferencia, según los casos. O mandamos a nuestros policías para que les pidan arbitrariamente los papeles, a ver si hay suerte y carecen de ellos, se alcanza el cupo de detenciones en comisaría y los encerramos en esas prisiones que hemos creado especialmente para alojarlos , CIES, hasta que podamos devolverlos con una patada en el culo a sus países.

(Centros de Internamiento para Extranjeros, ver reportaje en Periodismo Humano: http://linuca.org/link/?l12158)

¿Notan la diferencia? A mí me duele.

PD 1. Vaya con el clima tropical. La madrugada del martes cayó una tromba de agua impresionante. La madrugada del jueves fue igual. Impresionaba escuchar la furia de la lluvia, pero apenas nos entró un poco de agua por el baño. Las paredes y techo de la pensión son recios. Sin embargo, algunas casitas de paja cercanas no han resistido en pie la furia de la lluvia, algunos caminos del interior han quedado anegados –provocando que los niños y niñas no puedan ir al Colegio- y algunos pescadores han perdido sus barcas. En Acra, a 120 km de distancia de aquí, ha sido mucho peor. Al menos nueve personas han perdido la vida como consecuencia de las inundaciones que han provocado las llluvias.

PD 2. Quiero despedirme de buen rollo. Este de la foto es mi amigo David, el invisible. Hablé de él en el post anterior. La semana pasada organizó una misa -?- para celebrar mi cumpleaños “a la manera ghanesa”…

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En mitad de la ¿nada?

Resulta difícil desterrar los mitos que uno va arrastrando desde canijo, ya lo dije en el primer post. Forman parte de la propia cultura. Uno de los míos fue siempre la versión del aventurero solitario, con un cigarro en los labios, escribiendo melancólicos relatos de perdedores entre trago y trago de ginebra, describiendo lugares remotos y extravagantes, soñando con historias que nunca se hacían realidad… Sí, lo siento, entonces era un poco más estúpido que ahora.

Por eso, aquí me tienen, echando de menos a mi chica que lleva ya unas horas en el hospital, cociéndome a fuego lento -más de 30 grados a la sombra y una humedad del 80%- sudando como un pollo, agarrando bien fuerte mi ejemplar de The shadow of the SunKapuscinski para abanicarme– y tratando de hidratarme con litro y medio de agua. La tinta no se desliza sobre el papel, la tinta se sumerge en el papel. Los dedos no acarician el teclado, los dedos naufragan en el teclado.

La ciudad de Ada

Dicen que las primeras impresiones son las que sirven. Pues bien, aquí en Ada, no hay nada –perdonen la rima fácil-. Nada de lo que se valora en Occidente, quiero decir: cines, teatros, lujo, grandes edificios, oficinas, centros comerciales… -miren a su alrededor y continúen con la lista-.

Aquí lo que hay es humanidad por doquier. Mucha gente que se levanta al alba para trabajar en el campo cultivando cebollas, mandioca y más alimentos que no acierto a traducir ni a identificar –perdonen, pero soy de ciudad-; otros que desde antes faenan en la mar, pescando tilapias y sardinas a bordo de embarcaciones que podrían pasar por pateras; mujeres que caminan hacia el mercado, arreglan sus hogares o levantan el cierre de sus salones de belleza; y muchas otras que pululan buscándose la vida como pueden. Nadie para en casa. El calor es asfixiante y la ventilación escasa. Sí, se está mejor en la calle.

Ada es un nombre común para tres municipios, que llevan distinto el apellido: Ada Foah (pueblo de playa donde residimos), Big Ada (pueblo intermedio donde vive la gente más humilde) y Ada Kasse (el centro administrativo, con bancos y ciertos servicios –territorio que tengo pendiente investigar-).

 Radio Ada se encuentra en Big Ada –a unos cinco kilómetros de casa- y el Hospital Dangme East en el cruce de caminos de Ada Kasse con la carretera que une Accra (capital de Ghana) y Lomé (capital de Togo) –a unos 15 kilómetros de casa-.

En Ada Foah hay cinco bares, tres pensiones, un local social donde está la única televisión con parabólica de la zona –ahí se siguen con pasión las evoluciones del Real Madrid (4-0 al Lyon) no, miento, hay más afición por la Premier –partidazo de Torres-, entre 2.000 y 6.000 habitantes –según las fuentes-, un campo de fútbol que parece un patatal y en el que jóvenes de todas las edades se dejan la vida por marcar un gol –igualito que mis colegas en el cemento de Legazpi, allá en la Liga Fútbol-Caña de Madrid-, un centro de salud bastante aceptable, varias escuelas, incluido un centro de formación profesional, unas 20 furgonetas (tro-tros) que hacen las veces de autobuses, 50 motocicletas que aspiran a encontrar pasajero –mejor si es pasajera, blanca y mi chica-… y al menos cinco blancos sin contarme a mí, que ya estoy colorado por tanto sol agresivo directamente sobre mi piel –Rafa, vente con pantalla total desde Vicálvaro-. También he contado siete iglesias –aunque podría haber más- todas ellas cristianas, pero de diversas ramas: evangélicos, católicos, metodistas…

El hospital Dangme East

Es un complejo grande, construido hace pocos años con capital chino. Atienden a cientos de personas y es un hospital público con varios departamentos: pediatría, enfermería, maternidad, urgencias… y el departamento de Fisioterapia puesto en marcha por la ONG española Mediterránea y en la que colaboran en estos momentos Elena y Alicia, otra fisio española que ha llegado con nosotros. Es un lugar limpio y cuidado y la referencia médica de la zona, a pesar las carencias de material que afrontan como pueden.

Además, de las fisios españolas, hay tres enfermeras holandesas y personal local, claro, capitaneado por el doctor Philip, de unos 44 años. Una persona muy agradable y muy respetada en la zona. En estos momentos, el hospital sólo atiende servicios mínimos y urgencias por una huelga de doctores.

Albert, un enfermero de 26 años practicante de fisioterapia hace de “lazarillo” de las fisios españolas y es la persona encargada de absorber todos los conocimientos que ellas puedan dejar. Podría ser el encargado del departamento cuando las voluntarias regresen a casa. Es un chico listo y muy atento. Debido a la huelga, se atienden unos 10 pacientes por día, en horario de ocho a tres de la tarde, aunque las voluntarias anteriores –el departamento de Fisioterapia lleva funcionando desde la segunda mitad de agosto- han dejado escrito que el ritmo normal es muy superior y pueden atender a más de 20 pacientes por día.

Radio Ada

Es una emisora local que cubre la zona del Dangme East District y parte del bajo Volta. Emite en lengua local y cuenta con una casa de planta baja, de unos 100 metros cuadrados en los que hay un estudio, una cabina, una sala de recepción y varios despachos. Además, hay un espacio externo, en lo que sería el equivalente al huerto, para talleres y cursos de formación bajo un techo de paja.

La radio es el principal medio de comunicación de las personas más pobres y que viven en las comunidades alejadas de los centros urbanos.

Muchas de estas personas son analfabetas, no se manejan en inglés o no tienen acceso a otros medios porque no hay cobertura de Internet ni medios escritos a su alcance. Radio Ada también es el baluarte de la cultura local.

Es el medio por el que reciben noticias de cómo es el mundo a su alrededor, los precios de los productos básicos: pescado, mandioca, cebollas, cacahuetes… así como información sobre educación, salud –incluida la apertura del servicio de fisioterapia en el hospital-, avisos funerarios, canciones de amor, noticias internacionales –hoy mismo con la muerte de Gadafi se ha producido un debate al respecto-, deportes, climatología…

 

En estos momentos se está celebrando un encuentro de emisoras comunitarias de todo el país por lo que estoy conociendo a mucha gente y muchas formas de hacer periodismo local y ciudadano.

La radio la coordina Kofi Larweh –de la generación del Dr. Philip- otra personalidad local, de gran ascendencia en la comunidad y un auténtico facilitador. Vivo pegado a él lo que ha supuesto que en apenas dos días me conozca prácticamente todo el mundo. Me ha presentado a las autoridades locales, comunitarias, educativas… y a todo aquel que nos encontramos en el camino. Eso me hace sentir muy integrado aunque mi papel todavía no está claro.

De momento, sigo el consejo que me dio Eisman: “ver, oír y callar”… y hablo solo cuando me preguntan. He hecho un par de intervenciones en público, agradeciendo la acogida que me han dado, y se requiere mi opinión sobre algunos asuntos generales: cómo es la educación en España, cómo son los medios de comunicación allí, qué tipo de participación tiene la ciudadanía en los mismos, qué pienso de algunas de sus emisiones… Intento aportar algunas de las cosas aprendidas en estos años, aunque sin duda recibo más de lo que doy. Estoy abrumado en este sentido.

Algunos personajes

Además de Albert, el Dr Philip y Mr Kofi, nuestra vida social también está marcada por David el invisible. Es un joven emprendedor que intenta desarrollar una oficina de turismo en Ada Foah. Me he comunicado con él mediante email y sms desde España, pero desde que he llegado a Ghana no tengo noticias de él, ¡paradoja de las comunicaciones! Después de dos intentos frustrados, ayer localicé su oficina pero desafortunadamente estaba cerrada. Dejé recado a sus vecinas –te busca Angelo, el español- y una vez que cuente con un número de teléfono espero que podamos conocernos. Elena y Alicia encabezan una misión en su busca esta tarde, mientras yo mando estas líneas. Él puede ser la llave para nuestros fines de semana.

Otro personaje es Christian, un francés jubilado, de más de 60 años que se ha comprado un camión y reparte pescado por la zona, junto a dos chavales locales. Sé poco de él. Hace dos días nos encontramos en la puerta del hospital. Nos dio su teléfono para quedar cuando queramos. Él no habla inglés y nosotros apenas francés, pero entre gestos, algo de italiano, spanfranglish y buen humor tuvimos 10 minutos de conversación. Lleva siete años viviendo por aquí, es muy animoso y puede ser una buena fuente de información.

PD 1. Por cierto, en los próximos días necesitamos encontrar un nuevo hogar ya que el hospital sólo corre con los gastos de Elena durante 14 días en una de las pensiones de Ada Foah y el presupuesto que nos han dado para continuar en ese alojamiento es demasiado elevado.

PD 2. También tenemos que acudir a Accra próximamente. Debemos conseguir una extensión de nuestro visado, ya que caduca en menos de 60 días a pesar de los 200 euros pagados en la Embajada de Ghana en Madrid por una visa de un año. Y tenemos que gestionar nuestro voto en las Elecciones del 20 N a través de la Embajada de España. Contamos con un buen contacto en la capital gracias a Mari Paz lo que facilitará bastante las cosas. También he contactado con la oficina de Amnistía Internacional en Accra y tengo pendiente hacerles una visita.

Todo marcha, por tanto, muy bien.


Las buenas intenciones no son suficientes

Las buenas intenciones, las ganas de ayudar y la preocupación por los demás son el motor que enciende la máquina solidaria. Pero si esas buenas intenciones no se canalizan adecuadamente, se planifican a corto, medio y largo plazo y, sobre todo, si no se comparten con quienes van a recibir la ayuda suelen convertirse en un desastre.

Hay muchas personas que hartas de su rutina se lanzan a la aventura solidaria sin formación alguna y piensan que por el mero hecho de haber tomado esa decisión todos sus actos quedan justificados. Craso error.

Buenismos incontrolables

A lo largo de estos años me he encontrado con gente que ha hecho verdaderas barbaridades cuando lo que realmente quería era ayudar a personas desfavorecidas.

Desde quienes han pagado exceso de equipaje por transportar unas ropas que en el lugar de destino podrían encontrar más baratas y adecuadas para las personas que iban a recibirlas -sin hablar del atentado para la economía local que supone una donación por ejemplo de cuatrocientas camisetas o pantalones- hasta quienes son capaces de llenar sus bolsas de viaje con viejos aparatos electrónicos e inservibles en el mundo Occidental con la creencia de que en los países pobres serán recibidos con algarabía.

En ocasiones se sorprenden porque las personas que reciben móviles viejos, cámaras compactas de carrete o grabadoras de cassete las rechazan… ¡y se atreven a llamarlos ingratos!

Esta cooperación basada en dar lo que me sobra y no en preguntar en qué puedo ayudar me saca de quicio y recupera el modelo de cooperación vertical en el que unos pocos están arriba y una mayoría abajo esperando las migajas. Es algo tan manido como la caridad y, por supuesto, no tiene nada que ver con la justicia.

Y en esta senda también sacan provecho las empresas, como ocurre en Ghana, país convertido desde hace años por parte de las compañías occidentales en el basurero tecnológico de Europa: http://bit.ly/nxSMvL

Contaba un antiguo profesor una anécdota durante sus viajes por África subsahariana. Al parecer, una noche hablando con uno de los ancianos jefes de una minoría étnica sobre cómo podían poner en marcha un proyecto que beneficiara a la comunidad, el jefe le dijo: “por favor, no nos ayuden más… bastaría con que nos quitaran el zapato del cuello y nos dejaran en paz” refiriéndose seguramente a los gobiernos extranjeros –a veces incluso propios- que ahogan las economías de los países pobres con intereses y deudas externas imposibles de afrontar, transnacionales que cuando descubren recursos naturales se dedican al expolio sin tener en cuenta a quienes viven en esas tierras o cualquier agencia humanitaria irresponsable que llega con una idea peregrina pretendiendo imponer algún tipo de nuevo cultivo en tierras que quizás no están preparadas para ello.

Proyectos sin sentido

Porque sí, aunque esté feo decirlo, además de las personas individuales, también hay organizaciones y entidades que desarrollan proyectos sin pies ni cabeza.

En 2006, en Unawatuna, un pequeño pueblo costero en Sri Lanka, afectado por el terrible tsunami de 2004 que arrasó las vidas y los hogares de miles de pescadores y los cultivos de quienes residían en el interior, me topé con un cooperante andaluz que me contó que había recibido una donación de una biblioteca de libros en español a través de una agencia oficial. Cientos de títulos que permanecían durante meses en un cuarto oscuro de un almacén -que costaba un dinero alquilar- porque allí ni había lugar para colocar los libros… ¡ni interés por aprender o leer español!

O en el mismo viaje, en Mirissa, un pueblo aún más pequeño y a pocos kilómetros del anterior. Una ONG suiza había dotado de un puesto público de acceso a Internet a una familia local. Había reconstruido su casa y habilitado un lugar donde había un ordenador, un flexo y una misteriosa maraña de cables.

Cuando crucé el umbral de la casa me recibieron con mucha cordialidad, me sirvieron un té y me invitaron a inaugurar el puesto de Internet. Todo esto por gestos ya que en la familia nadie hablaba inglés ni yo la lengua local. Me senté, arranqué el ordenador y me coloqué en disposición de conectarme a la red, entre una gran expectación de la familia, que se fue situando discretamente a mis espaldas: dos niñas pequeñas, un adolescente, la madre, el padre de familia y la abuela.

Todos esperando que el guiri le diera a los botones. Tras un tiempo que se me hizo eterno, yo permanecía en la misma posición intentando conectar ese maldito aparato. Miraba desconsolado al padre de familia y por señas le decía que aquello no marchaba. Él me miraba a su vez con desconcierto y no hacía más que pedirle a su mujer que me sirviera más té, así como mandar al adolescente a que trajera una caja de cartón donde se amontonaban documentos, algo parecido a un contrato, y papeles con lo que parecían ser las instrucciones en francés y alemán, lenguas que el dueño del negocio ni conocía ni esperaba conocer.

Resulta que los de la ONG suiza le habían dejado allí el puesto de Internet, pero no se lo habían conectado ni explicado su funcionamiento; y por la fecha de los albaranes -habían pasado ya varios meses de la entrega- no parecía que fueran a hacerlo nunca.

-Fue entonces cuando me acordé de mi amigo Cotolo que con un par de bridas hubiera sido capaz de conectar aquel aparato a una palmera-.

Después de varias horas – y varias tazas de té- haciendo el paripé y abochornado, me levanté del lugar, impotente, dejé todo en su sitio, coloqué los envoltorios encima del teclado, cubrí la pantalla, ordené los papeles en la caja, pagué más de lo que me correspondía y salí de la casa maldiciendo a los suizos y a los chapuzas que son capaces de generar una expectativa de negocio en un país de pobre y luego dejar colgados a los supuestos beneficiarios. Y todo en nombre de la solidaridad.

El dinero siempre es útil

Estos son ejemplos extremos, pero reales, y afortunadamente minoritarios. En estos años también he tenido oportunidad de conocer personas excepcionales como el Padre Melôn en la Amazonía, Valdenia en Paraíba –y antes en las favelas de Sao Paolo– o Jorge en Benín y en la Cañada Real Galiana de Madrid… personas que sabe lo que hacen y que son un ejemplo de compromiso. Por supuesto, también hay ONG que trabajan estupendamente sobre el terreno y cuyo esfuerzo alivia la situación de millones de personas, pero creo que no viene mal de vez en cuando hacer alguna autocrítica. “El espejismo humanitario” de Jordi Raich habla de todo esto mejor que yo.

En fin, que hay que andarse con mucho tiento. Nosotros mismos en esta aventura que estamos a punto de comenzar en Ghana hemos recibido todo tipo de sugerencias para poner en marcha en la ciudad de Ada así como de objetos para transportar. Cualquiera que se enteraba de nuestro viaje nos proponía algo ¿Tan difícil es comprender que no vale todo? ¿O que las personas que viven en África piensan como el resto de seres humanos y saben lo que les conviene? ¿O que no necesitan que nadie les enseñe cómo se hace una rueda?

En la mayoría de los casos lo que hace falta son oportunidades y recursos para llevar a cabo los proyectos que ellos mismos tienen. En este sentido, el dinero es lo más útil si uno quiere ayudar de verdad. Sí, vale, quizás sea menos glamuroso, pero los euros son siempre bienvenidos.

¿Nadie ha pensado antes de hacernos entregas imposibles de llevar que somos sólo dos personas que viajamos por un año, con nuestras mochilas, nuestras medicinas y nuestras ropas, y que no tenemos maś que dos brazos? ¿A nadie se le ha ocurrido pensar que no podemos llevar nada más y que si lo hiciéramos no tenemos idea de si sería necesario?

Por suerte, la mayoría de las personas que acudieron a despedirnos el sábado 8 de octubre al Maneras de Vivir sí lo comprendieron. Recaudamos 858 euros en el mercadillo y la caja ciega, 200 por las consumicionesPrometo estarte agradecido, Carlos-, algunas donaciones más que están llegándonos mediante ingresos en nuestra cuenta o en mano y los 375 euros que nos entregaron Yeye y David, que organizaron una reunión con su gente en Jerez y recaudaron dinero para nuestro proyecto. Eso sí es solidaridad y confianza. Qué ejemplo cuando se trata de personas que sólo hemos visto en dos ocasiones.

¿En qué gastaremos los euros? Aún no lo sabemos. Dependerá de las necesidades que veamos, de lo que nos digan las personas del hospital Dangme East y de las comunidades que visitemos… y, por supuesto, de lo que seamos capaces de estirarlos… Pero siempre con el máximo respeto a la dignidad de las personas que esperamos conocer.


Muchas incertidumbres y una certeza

Vivir en África es un sueño largamente postergado, con todos los clichés y estereotipos que uno aprende desde la infancia: aventura, atardeceres, fauna salvaje, rituales ancestrales… Pero como no es lo mismo soñarlo que vivirlo, aquí estamos, a trompikones, y a escasos días de viajar a Ghana, con la mochila repleta de ideas, algunos libros -benditos e-books-… y muchas, muchísimas, incluso demasiadas incertidumbres (también me llevo las botas de fútbol, claro, que para algo somos campeones del mundo).

A priori suena muy romántico y no somos los primeros en hacerlo: ponerlo todo patas arriba –casa, vida, amigos, familia, rutinas, militancias…- y pasar un año sabático en algún lugar remoto del mundo.

Hemos elegido la ciudad de Ada, en la desembocadura del río Volta, en África Occidental. Buscábamos un lugar de África -sí, el continente ya nos había seducido antes- donde la lengua oficial fuera el inglés para medio defendernos, la situación política más o menos tranquila para evitar angustias y, sobre todo, un lugar donde hubiera algún proyecto que nos sedujera lo bastante como para implicarnos hasta las trancas sin cobrar un duro. El hospital de Ada y la radio comunitaria de la zona cumplían los requisitos.

Los papeles

En el mes de junio comenzamos las gestiones para conseguir el visado. Para lograrlo el primer requisito es conseguir unacarta de invitación. Y después, todos los demás papeles: billetes de avión de ida y vuelta, pasaporte con validez mínima de seis meses, cartilla de vacunación actualizada, certificado de penales -si procede, que no es el caso-, copia de justificante de hotel, referencias de dos personas en Ghana… y otros documentos, algunos por partida cuádruple.

Esta carta me ha hecho sentir como el coronel de García Márquez, aquel que no tenía quién le escribiera… Sin embargo, tres meses después de mi solicitud, la carta llegó. Menuda alegría. La primera prueba física de que había alguien al otro lado, que era bien recibido y que tendría algo útil que hacer en mi año sabático. También fue la constatación de que un periodista sirve para algo, incluso fuera de su entorno.

El siguiente paso parecía más sencillo: cumplía los requisitos y podía, pues, comenzar a tramitar mi visado y en cuatro días hábiles tenerlo conmigo. Pues no: las gestiones siguen su curso y estamos a menos de dos semanas de embarcar rumbo a Acra… y sólo he conseguido un buen puñado de nuevas canas para mi de por sí gris cabellera.

Durante la espera debes acostumbrarte a no saber si te van a dejar entrar en el país -un funcionario del cual dependen nuestros papeles nos contó sus penas maritales para justificar que no podía realizar su trabajo mientras los formularios de admisión dormían el sueño de los justos en su escritorio -, a no tener ni pajolera idea de dónde vas a dormir -la primera idea fue una palapa a la orilla del océano Atlántico-, a comprender que cualquier presupuesto, si tiene parecido con la realidad, es pura coincidencia; y a pagar billetes de avión que no sabes si vas a poder utilizar -uff, mojar el dedo índice y preguntarle al viento cuándo será buen día para regresar en un año tiene su aquel-. Intento no preocuparme pero es difícil sobrevivir a esta sensación: incertidumbre en estado puro.

El tiempo

En España llevo más de 15 años trabajando con fechas límite de entrega, además de otros 20 estudiando, lo que significa que estoy educado en rutinas y en horarios. Esta concepción del tiempo es el primero de mis choques culturales con África. Es difícil ponerse en el lugar del otro, pero tienes que hacerlo para que la desesperación no acabe contigo. Yo estoy acostumbrado a consultar el correo electrónico varias veces al día, a llamar por teléfono otras tantas, a cumplir los plazos so pena de bronca y a otras tantas historias parecidas. Pues bien nada de eso ocurre en Ada. Allí la cobertura de Internet es limitada, el tiempo no se mide en segundos y las prioridadesson distintas.

Francamente, ¿quién soy yo para atosigar a nadie con mis dichosos plazos? ¿un obroni bienintencionado que quiere vivir en África? Me imagino que mis interlocutores en la radio estarán más preocupados de que funcione la antena para emitir, de conseguir recursos para que los programas salgan adelante o de lograr invitados o la mejor información para seducir a su audiencia. Ni que decir tiene lo que pensarán en el hospital ni las prioridades que tendrán que atender, siendo el único del distrito y teniendo que dar servicio a cientos de personas cada día.

Cuesta aceptarlo, porque uno desordena su vida para dar un año por los demás -¿o será por uno mismo?-, y esa es otra de las lecciones… ¡basta ya de egocentrismos! Al fin y al cabo somos unos privilegiados que nos vamos a África para huir de un modo de vida que no nos gusta por individualista, deshumanizado y materialista -y al que probablemente regresaremos-.

Las cosas no funcionan como uno quiere, sino como llevan funcionando desde quién sabe -y a quién le preocupa- cuándo. Y no es buena actitud que llegue otro y quiera cambiar el modus operandi. Además, si soy sincero, en la reciprocidad salgo ghanando.

Muchos de los subsaharianos que piden papeles en las embajadas europeas ni siquiera son recibidos y no me imagino a ningún periodista africano solicitando una carta de invitación en ninguna radio española… ni recibiendo como contestación la misma palabra que yo: bienvenido.

Y es más, la mayoría de los que quieren salir de su país para llegar al nuestro tienen que jugarse la vida en el Atlántico, hacinados a bordo de unas pateras que no aguantan una tormenta ni una travesía tan larga y previo pago de un dinero que ni ellos ni su familia tienen, y por el que quedan endeudados de por vida. Bienvenida sea entonces esta ración de incertidumbre. Ya estamos en marcha… con la certeza de que todo, al final, saldrá bien.