En ruta por el Far West

Estábamos en el paraíso de ninguna parte, en los confines occidentales de Ghana, en el pueblito flotante de Nzulezo. Un lugar que nos dejó un sabor agridulce. Es un asentamiento humilde donde apenas viven 500 personas, dedicadas en su mayoría a la pesca en el lago que lo rodea. La tilapia es el pez estrella, como en casi todo el país.

Para visitar Nzulezo hay que sacar un ticket oficial en una oficina gubernamental. Te cobran también por la cámara. Hasta ahí, todo bien, siempre y cuando el dinero se emplee para beneficio de la gente local.

Mr Mohíno

Apareció Mr Mohíno, nuestro guía, y resultó que, como era época seca, el lago se encontraba a 45 minutos a pie de donde suele estar cuando las lluvias llegan. En marcha. Mr Mohíno ni siquiera nos dijo su nombre y tenía la fea costumbre de andar varios metros por delante. Por suerte, era sábado por la mañana y Beyin estaba desierto. Podíamos seguirle con facilidad. Ya saben, la gente local seguía celebrando la Semana Santa en sus iglesias. Atravesamos un vertedero y avanzamos por el no lago hasta que, en un momento dado, llegamos al agua. No cubría más allá de la rodilla y estaba estancada: imagen la cantidad de bichos y bacterias que acumulaba.

Nuestro guía nos dijo entonces que no había barcas suficientes y que teníamos que esperar a un grupo más grande. ¿Cómo? Elena reaccionó: “o manejas la barca, o la manejo yo, pero no me vengas con monsergas” El colega comprendió. Se dio media vuelta y acercó una canoa. De repente sí había. Debía de estar cansado porque salimos los primeros y a mitad de recorrido nos adelantaron cuatro chalupas. El ambiente en el bote era extraño. Llegamos a Nzulezo y, siento decirlo, no hemos encontrado gente menos amable en Ghana.

Habíamos pagado por la cámara, pero una vez allí no se podía fotografiar nada sin apoquinar otra vez. Nos negamos. Después, nos enseñaron una escuelita comunitaria. Nos sentaron en unas sillas y nos contaron una retahíla sobre la educación precaria y las necesidades que tenían que cubrir. No dudo que fuera todo verdad, pero cuando quise pegar la hebra y contar que estamos trabajando en un proyecto parecido, que nosotros apoyamos una escuelita comunitaria en Ada, que cómo consiguen los libros y el material escolar, si el gobierno apoya o cubre los salarios de los profesores, si hay alguna organización detrás para obtener fondos, cuánto tiempo lleva funcionando y cuál es la actitud de los padres… me di cuenta de que no les interesaba nada de lo que dijera y que no tenían ninguna respuesta, que sólo estaban ahí para sacar unos cedis y punto. Fue desagradable. Y nos largamos con viento fresco.

Sin embargo, el destino nos tenía reservado una compensación. Costó llegar, como viene siendo habitual, y más si a uno le da por emprender la marcha en domingo de resurrección. Las calles y carreteras estaban vacías. Desolado paisaje. Los pueblos que cruzamos esa mañana parecían abandonados, auténtico Far West de las películas. Encontrar transporte era difícil, aunque no imposible. Era cuestión de cuántos cedis se podían poner encima de la mano oportuna.

Refugiados marfileños

Nuestra condición de voluntarios reduce mucho el presupuesto y en vez en de en cedis, pagamos en horas de espera. No había más de 30 kilómetros -de Madrid a Alcalá de Henares- hasta nuestro nuevo destino, pero tardamos tres horas en recorrerlo.

Esperamos el primer transporte tostándonos como lagartos. Primero avanzamos en dirección opuesta a nuestro destino, buscando una carretera principal. Lo logramos, sorteando al menos dos campamentos de refugiados, de los cinco que mantiene ACNUR en Ghana. Estábamos próximos a Elubo la ciudad fronteriza con Costa de Marfil y punto de encuentro y acogida de refugiados. 

En estos campamentos viven desde hace un año entre 16.000 y 18.000 personas. Huyeron a Ghana desde Costa de Marfil, después del conflicto interno de 2011, desatado tras las Elecciones Generales que perdió el ex presidente Laurent Gbagbo -es el primer exjefe de Estado enjuiciado en el Tribunal Penal Internacional por crímenes contra la humanidad-.

No pudimos entrar en los campamentos, pero sí nos hablaron de ellos y muchos refugiados paseaban por los pueblos vecinos con normalidad. Los campamentos son asentamientos a las afueras de otros pueblos. Las personas que allí viven tienen las necesidades básicas cubiertas -alimentación, alojamiento, sanidad básica, agua potable- y poco más. También tienen muchas ganas de buscarse la vida y muchas dificultades lingüísticas para conseguirlo. Costa de Marfil es un país francófono y Ghana anglófono. ACNUR proporciona educación primaria en francés para los menores -después, toca integrarse en un sistema inglés-, pero los adultos no lo tienen fácil. Las etnias, a pesar de la proximidad, en este caso no comparten lenguaje local aunque sí costumbres y clima. La falta de oportunidades es el problema.

Muchas de las personas refugiadas: hombres, mujeres, niños y ancianos temen regresar. En Costa de Marfil se desató una guerra civil y esto siempre provoca divisiones entre familias, comunidades, tensiones y miedo, mucho miedo a volver. Algunos incluso son excombatientes. Cuando uno se marcha, lo abandona todo y entonces… ¿para qué dar marcha atrás? Y encima hacerlo con las manos vacías, ¿qué pueden encontrar allí? ¿Paz? ¿Algún familiar? ¿Rechazo? ¿Represalias?

New and old Akwidaa

Le íbamos dando vueltas a este tema cuando el tro-tro llegó a un lugar donde no podía avanzar más en lo alto de una cuesta. Habíamos viajado por caminos de cabras traqueteando. Paró, desembarcamos y ahí nos quedamos. Estábamos en NewAkwidaa y teníamos que ir a Old Akwidaa. Algo así como Patones de Abajo y Patones de Arriba en Madrid pero al revés. Un chico muy amable nos invitó a seguirle entre ambos pueblos.

Se trataba de una aldea de pescadores, uno de esos lugares en Ghana donde las casas se construyen con bambú y techo de paja, a veces uralita, y puede que algo de adobe o cemento, depende del poder adquisitivo, a menudo muy escaso, de quienes las habiten. Sin calles trazadas, donde las lluvias pueden hacer estragos, con los niños compartiendo hábitat con animales, aguas estancadas, sin saneamiento ni servicios básicos. Un sitio humilde donde la gente hace acopio de dignidad para sobrevivir.

Cruzamos entre las casas y al llegar a la playa nuestro nuevo amigo nos señaló hacia el este. “Vuestro alojamiento está por allí “¿Cómo?” -dije- “Hacia allí, en línea recta, no dejéis la playa y llegaréis”. No tengo mala vista, hacia un calor agotador, con el sol abrasándonos la sesera, y no me lo podía creer. Casi una horita de caminata para descubrir un eco-lodge montado por una pareja de británicos -otros buscadores de sandalias perdidas-, enamorada del lugar y promotora de varios proyectos de turismo sostenible, empleando personal local y respetando el medio.

La coherencia obligaba a no contar con más luz que la de las placas solares, tener límites en el agua para ducharse y disponer de un váter donde los excrementos se disuelven hasta convertirse en compost o abono orgánico. Hasta que el proceso se culmina los olores se adueñan del espacio. Un pequeño sacrificio cuando uno no está acostumbrado. Pero como dice mi amigo Víctor, milana bonita, también parecía una molestia separar la basura en varios cubos hace años y hoy ya lo tenemos asimilado. Pues eso.

Los alimentos que allí se consumen son de temporada y salvo la cerveza, los refrescos o el vino, todo era del lugar. Buen proyecto, lleno de extranjeros, como no podía ser de otra manera. Las personas locales juegan en otra liga. Allí conocimos a Steffi y James, británica y australiano, broker de la city londinense y empleado de multinacional en Lomé. Una pareja, a priori, con intereses muy opuestos a los nuestros. Pero una noche de conversación, con unas copas de por medio e intercambio de experiencias, hace que las diferencias se evaporen. Es interesante aprender también de otros estilos de vida y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Al final de la velada, quedó un brillo de duda en sus ojos. Ninguno estaba del todo satisfecho con trabajar catorce horas al día, no verse casi nunca, vivir en hoteles, comer a diario en restaurantes o viajar por África en vehículo privado con chofer incorporado. Mala vida, buena gente.

A casa

El martes emprendimos regreso a Takoradi, junto a una pareja de alemanes, ambos voluntarios. Él había pasado seis meses trabajando en un proyecto con niños de la calle en las afueras de Kampala, Uganda, y ella regresaba este año a Ghana tras una estancia de varios meses en 2011 como voluntaria en la Región Central. No tenían mucho más de 20 años y ya atesoraban unas cuantas experiencias fuera de su país. Dudaban entre seguir estudiando o incorporarse al mercado laboral -claro, son alemanes-, y habían decidido viajar un tiempo por África. Ya lo conté una vez, pero uno siente envidia de estos chicos que hacen con poco más de 20 lo que uno se atreve con poco menos de 40.

La vuelta a Acra fue larga, pero cómoda. No sé cómo es posible, pero el caso es que existen unos autobuses elegantes y europeos que hacen el trayecto Acra-Takoradi en los dos sentidos en 4 horas. En varias ocasiones he preguntado por ellos a diversas personas, compañías de transporte y en estaciones de autobuses de la capital. Nadie ha sabido decirme de dónde parten en Acra. Sin embargo, en Takoradi, resulta facilísimo encontrarlos y se promocionan mediante altavoces a los cuatro vientos.

Fue llegar a Acra y darnos de bruces con un contraste de esos que duelen. Veníamos con un sabor de boca lindo, bronceados por el sol, encantados de haber variado nuestra dieta, hecho nuevos amigos y paseado por playas preciosas. Pero de golpe y porrazo rompíamos la maldita burbuja para ver de nuevo la realidad. Bajo el puente de la desesperación, en las proximidades del Nkrumah Circle, el corazón mismo de la ciudad, encontramos a una persona avanzando con medio cuerpo sumergido entre las aguas fecales, buscando cualquiera sabe qué. Una imagen terrible. La pobreza en estado puro. Sólo alguien necesitado de verdad bajaría a esas aguas inmundas jugándose la salud. Estábamos de vuelta.


En busca de la sandalia perdida

Sé que llegará un día en el que echaré de menos el polvo rojo del camino, las incomodidades constantes de viajar en tro-tro, no saber nunca la hora de partida del vehículo en el que te encuentras montado, la extenuante humedad que a veces te dificulta la respiración, los ataques repentinos de fiebre que van, vienen y a mitad de recorrido se entretienen… y cuantos inconvenientes afronta uno al desplazarse por las zonas rurales de África en transporte público. Algún día también echaré de menos el viento alborotándome la melena, la libertad de poder dirigir los pasos donde se nos tercie, la agradable sensación de compartir esta experiencia o la sonrisa infantil que aparece en mi rostro cada vez que preparo la mochila. 

Algún día, insisto, extrañaré que sea jueves y no tenga nada que contarles, salvo un comunicado de más o de menos sobre algo grave que ocurra en cualquier parte del mundo.

Huyendo de las celebraciones religiosas

Era Semana Santa y en Ghana se celebra por todo lo alto, como cualquier festividad cristiana, al menos en la parte Sur donde vivimos. No hay procesiones, ni capuchones, ni velas, ni personas echándole saetas a las imágenes… pero tampoco hay silencio. Resuenan los tambores, los cánticos, se agitan las hojas de las palmeras en el domingo de ramos, las calles se vacían durante las ceremonias, se llenan las iglesias hasta la bandera y a veces se habilitan sillas en las afueras.

Los Pastores, reverendos, sacerdotes y demás ministros de Dios afinan sus gargantas, ensayan sus sermones, repasan las referencias bíblicas; y los feligreses se visten de domingo, aunque a diario no tengan más que harapos. La solemnidad también se apodera de los rostros de los niños. Ay, los rostros de los niños africanos, cuán expresivos son, ¿verdad? 

Ante este panorama y sin ánimo de resultar frívolos, nosotros nos fuimos en busca de nuevos destinos. Allá cada cual con sus creencias.

Para adelantarnos al tráfico, partimos el miércoles -en Ghana son festivos el viernes y el lunes, a diferencia de la mayoría de localidades españolas que celebran jueves y viernes santos-. Dimos las vueltas de siempre en Acra para llegar a nuestro hotel habitual. A medida que pasa el tiempo y uno reconoce los lugares también los va haciendo un poco suyos y la pereza de la capital se diluye como una de esas pastillas efervescentes. Aunque no lo parezca, tenemos nuestros bares, restaurantes, tiendas y lugares preferidos en esta ciudad que tan poco nos gusta.

Feliz Cumpleaños, Mr Harris

La noche nos guardaba una sorpresa. Celebraríamos el cumpleaños de Mr. Brian Harris, septuagenario británico, en una taberna humilde y con solera, de esas que uno sueña siempre con descubrir. Uno de esos lugares donde se aprecia el sabor de la tradición, de la historia, de la idiosincrasia de un país. Una especie de Casa Labra en Madrid. Se llama Attos y para mi desgracia no sabría volver.

Mr Harris, con más de cuatro décadas residiendo en Acra, conoce los rincones y rutas secretas de la capital ghanesa como si fuera su Londres natal. No en vano, a pesar de que maneja un chofer, él siempre guía, indicando en qué calle girar o en cual otra aparcar. Y eso en Acra no es nada fácil, créanme.

A falta de pintas de real ale -añorando a Oli-, fuimos apurando botellas de Club y Star, las marcas rubias de cerveza local más populares. Brian nos regaló detalles de su biografía. Llegó a Ghana en 1966, después de que su padre le quitara de la cabeza la idea de ser piloto al servicio de su majestad. Se hizo ingeniero, aventurero y hombre de negocios con base en África Occidental, alternando Acra con Lagos (Nigeria), formando una de las primeras colonias de expatriados en la zona.

Oyó hablar de nosotros en Ada, donde tiene una casa frente al Volta, y un día de hace dos meses dejó recado en Mizpah para invitarnos a cenar. Brian es una persona acomodada con preocupaciones sociales, una especie de mecenas para las comunidades pobres de la zona. Orfanatos, escuelas, hospitales… Son muchos los proyectos en los que invierte su dinero y su tiempo. Uno de ellos es la escuela para menores sin escolarizar y sin recursos en la comunidad de Maranatha, junto al estuario de Ada

Esa escuela es nuestro espejo, la hermana mayor de lo que estamos haciendo en Anyankpor.

Pero volvamos a la noche. Ya saben que somos voluntarios y que vivimos en una zona rural. Nuestro contacto con expatriados es escaso, pero esa noche desfilaron unos cuantos personajes por nuestra mesa para felicitar a Mr. Harris y pudimos comprobar lo diferente que puede resultar un lugar dependiendo de quién lo mire, de dónde mire y de cuánto quiera abrir los ojos.

Además, pasamos en pocas horas de la humilde taberna al lujoso restaurante, del tabernero local al dueño australiano, de la cerveza ghanesa al vino sudafricano. Un brutal contraste de esta experiencia africana que vivimos. Qué extraño resulta adaptarse tan rápido a lo bueno, si es langosta, viene servida en vajilla de porcelana y hay tantos cubiertos alrededor que uno duda sobre cuál debe coger primero.

Busua, de nuevo

La mañana siguiente, a eso de las 7, nos pusimos en marcha. Buscábamos una sandalia perdida en los confines occidentales de Ghana.

A bordo de un autobús de línea con dirección a Takoradi entablamos conversación con una trabajadora social finlandesa -entrada en años-, de vacaciones en Ghana, voluntaria hace décadas en Israel. Al palique se unió el ayudante del conductor y una familia local -dos mujeres y tres niños, los cinco en tres asientos-.

Desgranamos palabras en lengua local, conversamos sobre el país, curioseamos sobre los lugares que íbamos a visitar al oeste e hicimos el trayecto de seis horas mucho más llevadero. Es fácil en África pegar la hebra con cualquiera. En Europa, a menudo viajamos de forma individualista, intercambiando -como mucho- frases de cortesía con la persona que se sienta al lado, pero eso es imposible en Ghana. Todo el mundo quiere saber dónde vas, quién eres, qué haces…. Después de varios meses, también nosotros lo preguntamos. Lo que en casa es una invasión de la intimidad aquí se considera buena educación.

El reloj acariciaba las 4 de la tarde cuando llegamos a la playa. Antes del baño, volvimos a padecer esta costumbre ghanesa a la que no terminamos de cogerle el puntillo. Hacía tres semanas que habíamos reservado una habitación en Busua -estuvimos allí en Navidades- y confirmamos la reserva y hora de llegada dos días antes… Pues bien, cuando nos presentamos en el Lodge -hotel/casa rural- no teníamos habitación. Con esa tranquilidad local, sin ningún remordimiento, nos tocó acomodarnos en un habitáculo minúsculo y gracias. Nos dieron una colchoneta y a otra cosa, mariposa.

Al menos, allí seguían mamá Florence, Frank the juiceman y otros artistas que promocionan sus productos con su nombre, como ya les conté hace meses. Comimos a gusto y disfrutamos de la mejor playa del país. 

Recordamos por qué habíamos decidido volver, a pesar de las informalidades de algunos hosteleros.

Sandalia, ¿qué sandalia?

Ya era viernes y festivo cuando volvimos a la carretera, en dirección hacia Costa de Marfil. Nos separaban unos 70 kilómetros de nuestro destino, Beyin, y de ahí restarían menos de 30 hasta la frontera. Cogimos una sucesión de taxi compartido más tro-tro-, más taxi compartido de nuevo y más taxi recompartido por última vez -recompartido significa que en vez de cuatro pasajeros, los últimos 15 kilómetros éramos seis en los tres asientos de atrás-. Total: cinco horas de viaje. Sí, han leído bien. Cinco horas para 70 kilómetros. Como si fueran de Madrid a Toledo, por ejemplo. Sin duda, en bici lo habríamos hecho más rápido… o no. El estado de las carreteras era peor que paupérrimo, los tiempos de espera en la distintas estaciones o cruces de caminos fueron largos, las paradas de los viajeros cada pocos metros de trayecto eran continuas. Qué sé yo. Estos son los viajes de los que hablaba al principio de este post.

Llegamos agotados, empapados en sudor, bajo ese sol de justicia que tantas veces he descrito, pero con la moral alta. Estábamos en uno de esos lugares donde probablemente Jesucristo perdió una de sus famosas sandalias. Quizá pudiéramos encontrarla. Nos sentíamos exploradores de un mundo nuevo. ¿Quizá los primeros españoles en llegar allí? La emoción duró apenas cinco pasos, los que dimos hasta advertir un cartel en lengua castellana: Café Puerto

Preguntamos y, efectivamente, Pepe, valenciano, lleva más de una década en la zona. Se dedica al negocio de la madera pero hace cuatro meses montó un restaurante que despacha las mejores paellas del país -con arroz chino-, regadas con vino de Valdepeñas -aúpa La Mancha- y un entrante de ali oli, sepia y otras viandas semejantes. Como si se tratara de un chiringuito español, pero en plan elegante.

Y por la noche, a la luz de las velas y al calor de un sorbo de ginebra azul, Pepe cuenta historias de por qué la vida le llevó hasta allí. Más tarde, de madrugada, cuando los últimos clientes se retiran -nosotros- coge su barca con motor y se adentra en los manglares del lago cercano. Allí se construyó una casa y la música de Mozart rivaliza con los aullidos de la fauna del lugar.

Como vecinos, a varios centenares de metros -imposible calcular las distancias en la selva-, Pepe tiene a una comunidad de unas 500 personas que viven en el pueblo flotante de Nzulezo

No puede haber un lugar más aislado en este país, aunque la bella costa que lo baña y la frondosidad de la selva justifican de sobra la visita.

Además, nosotros descubrimos otro paraíso para alojarnos -en realidad nos lo había soplado un canadiense que encontramos en el Norte hace meses-: cabañas de madera, palmeras gigantes y un mar bravío para nosotros solos. 

Sí, elegimos un buen lugar para dedicarnos un poco de tiempo. Ahh… y no, no encontramos ninguna sandalia. A decir verdad, se nos olvidó buscarla.


La sal… ¿para quien la trabaja?

Esta es la historia de un conflicto tan antiguo y repetido que parece mentira que se reproduzca con tanta asiduidad en las distintas latitudes del mundo. Es un conflicto sobre la propiedad de la tierra y sobre los derechos de explotación de lo que esta produce. Bueno, no es estrictamente tierra… En esta ocasión se trata de sal y de la laguna de Songor, un enclave natural a las afueras de Ada Foah, al sureste de Ghana, con una extensión de casi 383 kilómetros cuadrados, según fuentes gubernamentales.

Al menos 65.000 personas viven en la zona -unos miles más durante la época de extracción más intensa-. Tienen desde hace años el alma en vilo y dos espadas de Damocles sobre sus cabezas. Por un lado, la de perder su trabajo, que consiste en obtener sal de esta laguna, llevarla al mercado en sacos de 25kg o venderla al mejor precio posible. Y por otro, la de perder sus hogares, ya que podrían ser desalojados de las proximidades de la laguna para que las empresas privadas con el consentimiento del Gobierno construyan una plataforma de explotación moderna. Es un viejo conflicto que reabre el debate del desarrollo. Dos mundos opuestos condenados a entenderse… o a enfrentarse.

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De acuerdo a la información oficial, la laguna de Songor concentra la producción de sal más importante de Ghana. La estimación del Gobierno es que esta laguna puede producir más de un millón de toneladas año, cuando en la actualidad sólo está produciendo 115.000. ¿Por qué? Porque, de momento, la mayor parte de su explotación la realizan de forma artesanal, durante la época seca, pequeños grupos de trabajadores. La propuesta del Gobierno es realizar la explotación a gran escala, con maquinaria avanzada y desarrollando una industria alrededor. Para ello, realojaría a las personas en otros lugares y daría trabajo a los que pudiera en la propia laguna.

Ghana y Senegal son los grandes exportadores de sal de África Occidental y compiten por exportar un producto natural vital para los habitantes de la zona, muy apreciado para el consumo humano y la conservación de alimentos. Piensen que se trata de lugares donde la electricidad todavía hoy es una quimera para miles de personas.

La tierra de los antepasados
Históricamente, el terreno pertenece a las comunidades asentadas desde antes de que existiera Ghana -1957-. Llegaron aquí hace siglos, se dice que procedentes del Valle del Nilo, descubrieron la laguna y tomaron posesión de ella. En África la tradición es oral y la Historia se cuenta sin fechas a través del boca a boca y generación tras generación, al menos hasta hace poco, cuando intelectuales y universitarios locales -y algunos extranjeros- empezaron a plasmar el pasado sobre el papel.

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Las 15 comunidades de la laguna de Songor están agrupadas en 10 clanes, cada uno con su propio chief, autoridad local sin papel administrativo real pero muy respetado por la cultura local. De los 10 chiefs, y aquí empiezan las confusiones, cuatro son considerados por la corriente tradicional como los únicos con poder de negociación real, ya que afirman que los seis restantes representan a comunidades que se asentaron en la zona más tarde. No todas las partes implicadas opinan igual.

Según la ley no escrita del lugar, a nadie que pertenezca a cualquiera de estas comunidades se le puede negar nunca el trabajo y el beneficio de la sal que obtenga. Cualquiera podía y puede llegar allí, asentarse y trabajar, con el consentimiento del chief de turno. Así han funcionado siempre y así quieren seguir funcionando.

El Estado quiere la tierra
Sin embargo, las autoridades tienen otra postura. Desde los años 70, dos empresas de explotación -una ghanesa y una multinacional- presionan a las autoridades para que promulguen leyes que les permitan extraer y comerciar la sal de Songor.

El Gobierno ha probado varias estrategias para hacerse con el control. Lo intentó por la fuerza bruta durante la época del gobierno militar de Rawlings y en 1985 una joven, Margaret Kuworno, Maggie, embarazada, murió tras los disturbios provocados por la policía, que entró a sangre y fuego en las comunidades próximas a la laguna, desalojó a sus habitantes y tomó el territorio. Maggie se convirtió en una mártir local. No fue el primer enfrentamiento pero sí el más violento de la historia contemporánea de la laguna. La presión popular posterior hizo que las fuerzas del orden tuvieran que retirarse, aunque el Estado se apropió de una pequeña extensión, que posteriormente cedió a dos empresas extractoras para que trabajaran en la zona.

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A lo largo de los años se ha logrado un equilibrio tenso entre las partes. Las empresas han querido más territorio y han firmado acuerdos que no todos reconocen como válidos. En estos años, algunos chiefs han vendido parte de “su” terreno sin informar a los habitantes – recibiendo regalos y dinero a cambio- lo que ha encendido aún más a la población y ha provocado una gran desconfianza. Si el chief ha vendido el terreno sin consultarme, el chief no me representa, es un corrupto y no acepto esta decisión. Pero no todo el mundo ha sido capaz de volverse contra su propio chief.

La vuelta a la democracia de Ghana en 1992 también trajo cambios en los métodos para hacerse con la propiedad de la laguna. El Gobierno considera, a raíz de la Constitución aprobada ese año y el conjunto de normas legislativas desarrolladas después sobre este respecto, que todos los minerales que se producen en el país son propiedad del Estado. Y la sal entra en esta categoría, igual que el oro o el petróleo, otros de los ricos recursos naturales de este país.

La Carta Magna les da el derecho de explotación y se ha plasmado en un plan de acción que no se ha negociado con toda la población local y que lleva desde 2004 pendiente de ejecución.

Una cooperativa, una voz…
La mayoría de las comunidades están dispuestas a resistir y a luchar por lo que consideran suyo, su modo de vida y el lugar donde están sus hogares y el resto de pequeños puestos de trabajo que se han generado alrededor: mujeres que venden comida, agua o crédito para móviles a los trabajadores. En 1984 para proteger sus intereses nació la cooperativa de defensa de la laguna de Songor, en la que están representados muchos trabajadores, aunque no todos.

Sin embargo, la división y diversas actuaciones de los distintos agentes implicados le ha dado al gobierno la excusa perfecta para afirmar públicamente que no tiene con quién negociar y que por tanto aplica la ley a su manera.

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… Y un ejemplo de democracia
De esta guisa, llegamos a la actualidad y a Radio Ada, que como emisora comunitaria y defensora de la identidad de las comunidades del distrito Dangme, entre las que se incluyen Songor y otras, pretende mediar en el conflicto.

Para empezar, ha generado encuentros entre las empresas, los chiefs, el Gobierno, los políticos, la cooperativa y la ciudadanía, basados en tres principios clave: libertad de expresión, respeto mutuo y rendición de cuentas. Estas reuniones se celebran cada dos meses, son abiertas -he participado en tres de ellas- y, además, se realiza un programa de radio con las novedades sobre lo que se discute, dando voz a todas las partes e informando a la ciudadanía veraz y puntualmente.

Hay testimonios interesantes. Cynthia Dornukie Setiameh, perteneciente a la comunidad Goi, una de las más afectadas y amenazadas de desalojo, declaró hace poco: “Si ellos quieren realojarnos en otro lugar, nosotros queremos que la laguna nos siga adonde vayamos… nuestra mayor ocupación aquí es obtener sal… Nosotros no sabemos hacer otra cosa. ¿Qué vamos a hacer en otro lado? ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos o a pagar las tasas de las escuelas?”

Durante el último encuentro celebrado a finales de marzo, uno de los chiefs tradicionales habló claro sobre el sentir popular: “Nadie puede separar a las personas de Ada de la laguna de Songor. Culturalmente, la laguna de Songor es parte de las personas de Ada y las personas de Ada son parte de la laguna de Songor. Define nuestra identidad”.

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Por su parte, las empresas también intervinieron y a través de sus portavoces expresaron la oportunidad de empleo local y mejora para los jóvenes de Songor que generaría la nueva industria. Las autoridades, apoyándolas, añadieron los avances que podrían traer en unas comunidades donde sus habitantes no disfrutan de los servicios básicos ni de infraestructuras mínimas, y donde el trabajo infantil es una realidad.

Y así están las cosas ahora, en la fase de la discusión, la participación y la búsqueda de soluciones democráticas. Como observador, una vez más, África me brinda una lección. A pesar de que muchos de los habitantes de las comunidades son iletrados -el 32% nunca pisó una escuela-, su determinación y espíritu de lucha es inmenso. Se enfrentan a un enemigo poderoso, Gobierno y empresas, que tienen a su favor leyes locales, abogados preparados y muchos más recursos. Pero aquí no se rinde nadie.

Por fortuna, la batalla en estos momentos se libra en el escenario público, frente a los micrófonos de Radio Ada, y todas las partes parecen aceptar el envite. En el horizonte, están las Elecciones Generales de diciembre -las últimas se ganaron hace cuatro años por un escaso margen- y cualquier candidato regional sabe que su posición sobre la laguna puede darle o quitarle miles de votos. Es el momento de las promesas, todos lo saben y ejercen influencia a su manera.


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